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Poca duda cabe de que La teoría general del empleo, el interés y el dinero* es el libro de economía más importante que se ha escrito en nuestro siglo. Y solo otras dos obras en la historia del pensamiento económico –La riqueza de las naciones y El capital– han superado su influencia en la formación del mundo contemporáneo. Cuando Keynes escribió su libro era ya un personaje importante en el mundo de la universidad, la política, el periodismo y la cultura. En pocas palabras, un triunfador nato en la elitista sociedad británica de entreguerras, convencido de que podía y debía desempeñar un papel importante en el mundo que le había tocado vivir. Sin tener presente esta idea, no es posible comprender la Teoría general ni su sorprendente triunfo, tanto en el mundo de las ideas como en la vida política y social, a lo largo de varias décadas.

Aunque, como todas las obras destinadas a modelar la sociedad en la que se escriben, la Teoría general puede leerse como algo más que un libro de economía, resulta evidente que es, ante todo y sobre todo, un libro de teoría económica, que debe entenderse en el contexto del pensamiento económico de su época y del conjunto de la obra de su autor. ¿Cuál era tal contexto? Uno de los problemas más interesantes planteados por la teoría monetaria del primer tercio del presente siglo fue el del posible desequilibrio entre el ahorro y la inversión como consecuencia del carácter monetario de una economía. La idea de que pueden existir desajustes en el proceso que transforma el ahorro en inversión había preocupado mucho a Keynes en las décadas de 1920 y 1930. En su opinión, eran estos desajustes la causa de las depresiones y el paro. Keynes estaba convencido de que la economía convencional no era capaz de explicar estos fenómenos adecuadamente. La formulación de una teoría capaz de sentar las bases para la resolución definitiva del problema fue así su preocupación principal durante estos años, en los que redactó sus dos libros más importantes: el Tratado sobre el dinero y la Teoría general Lo que diferencia estas dos obras no es tanto el problema discutido como la solución que para él se ofrece en cada una de ellas.

En el Tratado Keynes intentó reformular la teoría monetaria de Cambridge con el fin de incluir en ella un instrumento que le permitiera analizar las fluctuaciones cíclicas y los desajustes que, de acuerdo con su interpretación —seguramente en exceso simplista— la teoría del ahorro y la inversión de los economistas clásicos era incapaz de explicar. Para el Keynes de la década de 1920 el tipo de interés desempeñaba un papel fundamental en estos desequilibrios, y eran los factores monetarios los principales responsables de las crisis. Su análisis se fue modificando, sin embargo, a lo largo de la primera mitad de la década de 1930. La gran diferencia entre el Tratado sobre el dinero y la Teoría general, desde el punto de vista del análisis económico, es el papel que a la renta se asigna en el último de estos libros como elemento equilibrador de la oferta y la demanda agregadas. La idea de un desajuste entre el ahorro y la inversión como causa de la depresión y el paro sigue siendo básica en el nuevo modelo. Pero el tipo de interés deja de desempeñar el papel fundamental que tenía asignado en el Tratado. Y el mercado de crédito ya no es el responsable máximo de las fluctuaciones cíclicas. Ahora bien, si la renta pasa a ser el concepto clave del modelo y es la demanda agregada la variable que determina la renta, ¿por qué no controlar la demanda para garantizar la prosperidad y el pleno empleo? ¿Y no es el gasto público la variable más adecuada para ello? El camino hacia un protagonismo creciente del Estado queda así esbozado. La llamada entonces “nueva” economía keynesiana se encargaría de desarrollar sus implicaciones.

Aunque la Teoría general es una obra muy técnica y de lectura difícil -el propio Keynes afirma en el prólogo del libro que lo escribió no para el público en general, sino para sus colegas economistas-, tuvo una repercusión social enorme desde el momento mismo de su publicación. Pronto resultaría evidente que, una vez derrotado su gran rival de la década de los años treinta, el profesor Hayek, la obra de Keynes había pasado a dominar el discurso académico, dentro y fuera de Inglaterra. Pero esto no fue solamente lo que le proporcionó la resonancia que tuvo en el mundo social y político. Tal cosa fue posible porque de sus páginas se extrajo una serie de recetas que, con el tiempo, cambiarían en gran medida la forma de entender el papel del Estado en la vida económica. Y no se trata tampoco de que en la Teoría general se expliquen esas recetas al ciudadano o al político. En realidad, los apartados del libro dedicados a política económica son bastante pobres y alguna de las observaciones del propio Keynes —como aquélla incluida en el prólogo a la edición alemana, en la que reconocía que muchas de sus ideas se aplicarían mejor en un régimen totalitario que en uno democrático- no eran las más convenientes para la difusión generalizada de su mensaje. Pero lo que Keynes buscaba no era influir de forma directa en la opinión pública, sino minar algunos de los principios básicos que habían servido de fundamento a la economía británica desde hacía más de un siglo. Así, principios como la valoración positiva de la austeridad y el ahorro, del equilibrio del presupuesto público o del laissez faire, fueron cuestionados en el libro. Y, lo que es más importante, Keynes ofreció a los economistas un fundamento teórico para rechazarlos como antiguallas carentes de valor.

El paso del mundo de las ideas al de la política práctica, con una audiencia deseosa de escuchar el nuevo mensaje, fue sencillo. El ciudadano medio vio en la nueva doctrina una forma de escapar de las leyes económicas que había considerado durante largo tiempo como inevitables. Y el político se encontró con una teoría que le decía que lo que siempre había deseado en el fondo hacer —gastar y dirigir la economía sin demasiadas restricciones- era la mejor política posible.

Hubo, naturalmente, quien comprendió desde el principio que estas ideas acabarían dando origen a un fuerte crecimiento de los impuestos y de la inflación en las economías occidentales, como efectivamente sucedió años más tarde. Pero Keynes, pese a ser consciente de lo que los políticos podrían hacer con el instrumental que él mismo les suministraba, no se preocupó nunca mucho por ello. Su presunción y confianza en sí mismo eran demasiado grandes para ello.

Es bien conocida a este respecto la anécdota que contaba Hayek acerca de la opinión de Keynes sobre los efectos de sus ideas. Parece que en 1946 Hayek le preguntó, en una conversación informal, si no estaba inquieto por las conclusiones prácticas que algunos de sus discípulos estaban sacando de sus teorías. Keynes le contestó que no se preocupara, que sus ideas habían tenido sentido en la época en la que fueron formuladas, la década de los años treinta, y que, si en el futuro llegaran a ser peligrosas, él mismo se encargaría de cambiarlas y de orientar a la opinión pública en un sentido diferente. Pero tres meses más tarde -concluye Hayek- Keynes murió. Su teoría -y sus consecuencias- le sobrevivirían aún varias décadas.


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