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Jardiel Poncela pertenece, como Lope y muy al contrario que Cervantes, al género de autores que dejaron amplia noticia de su vida (idas, venidas, amores, enconos, escrituras y polémicas). Todo ello, prolijamente contado en los prólogos de sus obras. No obstante, aún carecemos de biografía imparcial o edición rigurosa de sus obras completas, a la altura de su singular figura y su abundante producción. Resulta chocante, además, que hombre tan trabajador (desde adolescente hubo de mantener a los suyos), que publicó numerosas novelas de éxito —siempre bajo el sello de Biblioteca Nueva-, gracias al gran editor y amigo que fue José Ruiz Castillo, y estrenó cerca de treinta títulos, producidos por empresarios como Tirso Escudero y Arturo Serrano, sin olvidar su carrera en cine, amén de innumerables artículos y conferencias, falleciera a los cincuenta y un años en la más absoluta pobreza. Ni sus frecuentes visitas a los casinos de Montecarlo o San Sebastián, ni los extravagantes negocios de su padre, ni siquiera el holgado tren de vida que se permitió a veces explican el declive final.

Lo cierto es que, a la altura de 1950 (año de las cuatro cartas inéditas ahora publicadas), no aparece el mismo hombre brillante, optimista, ingenioso, seguro de sí, que envió largas cartas hasta Hollywood a su amigo. Quedan lejos los tiempos en que ambos se divertían jugando a ser actores de las películas que dirigían o adaptaban para la Fox (por ejemplo, Primavera en otoño o Una viuda romántica, ambas de 1933), la etapa de tertulias, paseos y confidencias literarias. Y aquí es preciso recordar algo que no hemos visto publicado en ninguna parte, ni siquiera en la apasionada biografía Mío Jardiel, de Rafael Flórez: el propio Jardiel afirma -y así se viene repitiendo-, que cambió el título de su comedia Lo que le pasó a Pepe después de muerto (1939) por el de Un marido de ida y vuelta, al parecerle éste más comercial. Hubo otra razón más: la obra se titulaba Lo que le pasó a Paco después de muerto Pepe, pero alguien advirtió a Jardiel de la coincidencia con que, muerto en accidente el general José Sanjurjo (1936), Francisco Franco pasó a ser cabeza del levantamiento militar. Una casualidad que invitaría al chiste fácil o a la sospecha macabra. Aquel estreno de 1939 coincidió con el de Cario Monte en Montecarlo, opereta con música del maestro Jacinto Guerrero, para la que Jardiel solicitó de Paco López Rubio (hermano de Pepe y excelente dibujante) unos decorados bellísimos. También, entre amigos, más de una vez comentó López Rubio la historia de un granadino pariente suyo que, víctima de una depresión, se metió en la cama y jamás volvió a levantarse de ella. A él mismo le sirvió de personaje en una novela que ha quedado manuscrita e incompleta, con el título de Un hombre acostado. Tal personaje fue aprovechado por Jardiel para convertirlo en el Edgardo de Eloísa está debajo de un almendro. Han pasado demasiadas cosas desde las primeras, larguísimas cártas: una guerra civil de tres años (con breve detención de Jardiel y consecuente viaje suyo por Europa y América) y el inicio de una actividad nueva: la de empresario teatral, que le deparará no pocas amarguras, entre ellas el violento incidente producido por los exiliados republicanos españoles en Montevideo (1944), cuando allí se presentó con sus cómicos, tras el cual Jardiel regresa arruinado a España. Desde 1945 en adelante, su economía va dando tumbos cada vez mayores y, paralelamente, también la salud de su sistema nervioso. Su comedia Como mejor están las rubias es con patatas (1947) resultó un fracaso. Por si fuera poco, también su corazón sufre un revés sentimental. Debe dinero a la actriz Catalina Bárcena, a la Sociedad de Autores, que bloquea su cuenta, a la revista La Codorniz (dirigida entonces por Alvaro de Laiglesia) por el cobro anticipado de unos artículos que no llega a entregar, razón por la cual le embargan el automóvil. Solo sus artículos diarios en El Alcázar (sin fuerzas para escribir otra cosa) y la generosidad de los amigos (entre ellos, López Rubio y el joven actor Fernando Fernán Gómez) le ayudan a sobrevivir. Su último estreno teatral, Los tigres escondidos en la alcoba (1949), un éxito, no logra sacarlo de la alcantarilla espiritual en la que se hunde. No importa que tenga dos comedias comenzadas y bastantes en proyecto. La novedad de la penicilina llegaría tarde para su última neumonía. Víctima de la enfermedad, de la incomprensión de unos, del afecto de otros y hasta víctima de sí mismo, moría Enrique Jardiel Poncela, el 18 de febrero de 1952, en su domicilio de la calle Infantas 40 de Madrid.

La primera de las cartas siguientes, fechada en 16 de febrero, se localiza gracias a Celos del aire, obra que López Rubio estrenó el 25 de enero de 1950, estreno retrasado por la permanencia imprevista en cartel de Historia de una escalera, del entonces novel Buero Vallejo. Triunfo éste que a Jardiel molestaba -suponemos que por motivos principalmente ideológicos-, como puede verse en varias cartas a Pepe (ver II y IV). La falta de dinero para vivir sin tribulaciones le impide concluir una nueva comedia. El antiguo colaborador y amigo Jacinto Guerrero, que llevaba dos años como presidente de la SGAE, y a es para él un "malvado" al que desea eliminar (el músico toledano moriría al año siguiente a los cincuenta y un años). No ha cobrado aún el trabajo aludido en una película que no hemos localizado, al unir los nombres de Sáenz de Heredia (Peloto entre amigos) con el de Pío Ballesteros, y que tal vez no se rodara. Uno de los críticos que más le defendió, Alfredo Marqueríe, recibe suenojo y amenaza por algo tan simple como señalar la coincidencia de dos escenas, una de López Rubio y otra de Jardiel.

La segunda carta (9 de junio de 1950), que arranca mencionando la visita del actor José Crespo, con fama de buena persona aunque inoportuno, y amigo desde los tiempos de Hollywood, centra la atención de Jardiel hacia la Editora Nacional por dos razones: una, la intercesión de López Rubio ante su amigo Pedro Rocamora —a la sazón director de ella-, para que se le contrate la edición de un libro autobiográfico que se titularía Sinfonía en mí, que no llegó a concluir. Otro, cotejar la representación vista de Celos del aire con el libro ya impreso por dicha editora. Jardiel aparece como sagaz espectador y lector de teatro. La datación de la tercera carta resulta sencilla por el sobre y matasellos: 18 de agosto de 1950. Fue enviada por Jardiel al Monasterio de El Paular -donde se había retirado su amigo a escribir la comedia Veinte y cuarenta-, en un tremendo estado de postración y explícito presentimiento de muerte. Su recepción debió entristecer tanto a Pepe, que secó su inspiración humorística e inmediatamente le mandó dinero dentro de un sobre por correo. Jardiel responderá (ver carta IV) agradeciéndole el embuchado, aunque censura el riesgo de enviar billetes en un sobre; le pide disculpas por interferir su creación con penas y agradece la invitación para compartir el retiro segoviano. Esta última carta, del 22 del mismo mes y año, concluye con algo que siempre hemos mantenido: la ósmosis creadora entre Mihura, Neville, Tono, López Rubio y Jardiel, cuando éste reconoce tener pensada una comedia más adecuada para ser escrita por Pepe que por él mismo.

La caligrafía de estas cuatro cartas es más irregular y descuidada, con garabatos, indecisiones y tachaduras impensables en la pulcritud juvenil (Jardiel era minucioso y limpio hasta para tachar algo). La firma aparece casi escondida por la rúbrica. Está claro que Jardiel no solo ve venir la muerte (su conocido afán por viajar a Zaragoza a la tumba materna en sus últimos momentos) sino que la desea. Pero Enrique Jardiel Poncela se mantuvo firme hasta el final, incluso para evitar el matrimonio in articulo mortis con Carmen Sánchez Labajos. Con todas sus contradicciones, Jardiel había sido, usando el título de aquella comedia juvenil firmada con López Rubio, Un hombre de bien. 


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