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SERGIO PITOL

Los mexicanos leen el libro de Europa —Praga—

Los mexicanos, y los latinoamericanos en general, empezamos a conocer Europa desde la niñez. Para quienes nos interesaba la literatura, Europa era fundamental. La mayor parte de los libros que he leído son ingleses. Conocí, transité y me detuve mucho en la literatura inglesa, tanto que en algunos años solamente leía a los ingleses, algo que el europeo generalmente no hace. Hay una carta maravillosa de Cioran a su traductor en España, el filósofo Fernando Savater, donde le dice que no ha conocido hombres de letras que hayan podido dominar tantos aspectos de la literatura, de la filosofía europea, como los latinoamericanos: «Lo que sucede en la Europa oriental sucede también en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos».

Cioran se refiere, entre otros, a Borges, quien tenía una cultura inmensa, una cultura que un europeo no podría permitirse. La sed de borrar estas carencias, que nosotros pensábamos tener en nuestros países, nos hizo atravesar el océano por medio de los libros. De tal manera que cuando llegué a Inglaterra, que fue el primer lugar donde estuve en Europa, muy joven, me interesaba ver si había todavía restos de la casa donde vivió Virginia Woolf, por ejemplo. Sabía dónde estaba la casa de Henry James. Y comencé a descifrar la ciudad precisamente como si estuviera leyendo un libro sobre literatura inglesa. En tal casa, en tal calle, en tal plaza, sucedió una escena de Dickens, o de Evelyn Waugh o de Anthony Powell.

Durante el periodo de entreguerras muchas personas que después se convirtieron en escritores importantes fueron a estudiar — o a vivir— a París. Para una familia latinoamericana Europa era Francia y, específicamente, París. Si un escritor mexicano aprendía un idioma extranjero, era casi seguro que ése fuera el francés. Los jóvenes iban a estudiar leyes o medicina o ingeniería, mas debido a su avidez, al poco tiempo de estar en París, se agruparon en los movimientos de vanguardia, especialmente en el surrealismo, que fue el movimiento más fuerte en París. Y casi todos abandonaron los estudios para dedicarse al conocimiento de las letras, de la vida y se colmaban del saber clásico y de los autores contemporáneos. De repente, tras releer a los cronistas de la Conquista de México, por ejemplo, empezaron a recobrar la memoria de los países que habían abandonado y leyeron a los clásicos latinoamericanos, las nuevas cosas que ocurrían en el Continente y se volvieron no solamente mexicanos: se volvieron, en París, latinoamericanos. Cuando regresaron a su patria tenían una cultura muy amplia, pero también un sentimiento nuevo, entrañable, que les motivó a descifrar su país. No a la manera de la literatura nacionalista de nuestros países, que era más bien aldeana, como el costumbrismo. No iban a ser costumbristas. Iban a aplicar toda la cultura aprendida y a entreverarla con las raíces más fuertes. Eso le sucedió a Octavio Paz, a Jorge Luis Borges y también a mí. A Juan Rulfo no: él estuvo fuera muy poco. La obra de él se formó con procedimientos literarios que no eran los que se usaban en México, por eso no son costumbristas sus textos, no son aldeanos. Rulfo siempre decía que la influencia más fuerte de su obra eran los escritores nórdicos, pero sobre todo un islandés que se llamaba Halldór Laxness, cuya obra se publicó en español sólo tras haber obtenido el premio Nobel. A mí me pasó algo semejante a lo que le ocurrió a Octavio Paz, quien conocía la literatura francesa, las filosofías del momento, el existencialismo, la cultura oriental que le dio muchos poderes interiores. Sin embargo, si uno revisa la obra completa de Paz, el mayor número de volúmenes está dedicado a temas mexicanos (Dominio mexicano). Esa era la forma de ser europeo, ciudadano del mundo y escritor nacional.

Después me fui a Italia y advertí que el espectáculo humano estaba debajo, como sustrato, de una concepción cultural o artística. En Italia pude corregir a contemporáneos de mi edad o mayores, italianos cultos, algunos de sus conocimientos sobre el Renacimiento, sobre la Edad Media, sobre fenómenos contemporáneos de literatura italiana, hasta que de pronto sentí una especie como de bochorno, sentí que tenía yo que enraizarme más para no ser solamente un intérprete.

Me acerqué también, de forma novedosa, a España, al Siglo de Oro. Lo empecé a revisar y a ampliar mis conocimientos sobre sus escritores y sobre las literaturas latinoamericanas.

Llegué a Praga como embajador, fue mi primer puesto de esta naturaleza. Había estado yo, antes, en dos países eslavos: en Yugoslavia y en Polonia y había sido agregado cultural en Moscú. Desde muy joven —y lo digo en El viaje— la literatura y la cultura rusas me sedujeron. Y me he convertido, con los años, en un eslavista. He traducido libros rusos, libros polacos y he escrito mucho sobre ellos. Había estado de vacaciones, antes, en Praga, en viajes muy breves de tres o cuatro días y, al llegar otra vez allí me di cuenta de la diferencia tan grande respecto de las otras culturas eslavas como la rusa y la polaca. Praga era un fenómeno muy diferente donde los elementos eslavos estaban muy entrañablemente ligados a una cultura germana. La escuela de Viena, el grupo de escritores de lengua alemana pertenecientes a las líneas culturales de Viena, tuvo figuras soberbias, universales, que trascendieron el ámbito de lo nacional como Kafka y Rilke. Entonces estaba yo en un país eslavo que no tenía una gran tradición literaria, porque el checo siempre fue, hasta la independencia, en 1918, un lengua hablada por los empleados, artesanos y campesinos.

Thomas Mann decía que no había nadie, en el siglo XX, que tuviera un alemán tan elaborado, tan distinto, tan individual, como el de Kafka. La diferencia de Checoslovaquia respecto de los otros países eslavos era muy ancha. Porque Bohemia había participado, desde el siglo XVIII, en la revolución industrial. Era un país de amplia y fuerte industria, con movimientos obreros, lo que no existía en Rusia ni en Polonia, y por eso las literaturas de estos países son muy distintas. Siempre me ha conmovido la excentricidad de estas literaturas: son literaturas diferentes a las del resto de Europa. Son sociedades excéntricas: individualidades que están en la frontera de la racionalidad y la demencia. Esto produjo una literatura delirante. Los movimientos emergentes en Polonia fueron exorbitantes, literaturas exorbitadas. En la otra orilla esta calma, esta tranquilidad, esta prudencia de los checos quizá no me permitió establecer la conexión que tenía yo con las otras culturas, con la rusa y con la polaca.

Diré, por último, que la armonía en los órdenes de la arquitectura de Praga es verdaderamente excepcional: cómo del Románico se pasa al Gótico y de éste al Barroco en iglesias perfectamente góticas, iglesias que se barroquizaron en el periodo jesuita. Y luego este Barroco se vuelve art noveau y del art noveau se transita al art decó con una especie de sutil flexibilidad que no se observa en otras ciudades de Europa. En contraste con esto, la ciudad de México tiene momentos arquitectónicos excepcionales, pero es una ciudad extraordinariamente estridente. Junto a una iglesia maravillosa hay edificios de los años 30 ó 40, esos primeros rascacielos de la avenida Juárez. Ambas formas son regímenes enemigos, regímenes arquitectónicos enemigos. Uno va descubriendo cosas maravillosas pero siempre empantanadas en una arquitectura que es su enemiga, como en una suerte de estridencia visual. En Bohemia no. Porque además, al principio de la independencia, cuando se crea Checoslovaquia, un grupo muy importante de arquitectos empieza a crear una serie de pequeños puntos de contacto o vasos comunicantes entre los estilos para que cuando uno admire aquello perciba la mayor armonía: Praga es una de las dos o tres ciudades más bellas y misteriosas del mundo.

SILVIA MOLINA

De aves, nubes y estrellas —Bruselas—

Al llegar a Bruselas busqué en el cielo, entre la lluvia y el viento, los pájaros que describe en sus poemas William Cliff volando hacia el Mar del Norte, y me sorprendí de encontrar sólo el rastro de unas aves invisibles que estampan en el azul o el gris, a todas horas, una y otra vez, la firma de la OTAN con sus blancas estelas interminables.

Vivo en una ciudad que nació de la semilla que llevaba en su mitra un santo (Saint Géry); por eso, tal vez, tiene tantos parques y bosques; y por eso, también, es silenciosa y disimulada. Si no lo supiera, no creería que Bruselas es la capital de Europa, y que en ella se deciden acciones sociales y políticas de importancia para el mundo entero. ¿Cómo una ciudad tranquila, donde la gente no tiene prisa, la comida no se sirve a deshoras y el transporte toma su tiempo para abrirse paso por las calles estrechas de la ciudad, alberga el Parlamento Europeo y tantos organismos internacionales?

En Bruselas el portero te da los buenos días, el chofer del tranvía te desea una buena jornada y el cartero te dice adiós desde la acera de enfrente. La capital de Europa no hace ninguna ostentación de su poder. Como cualquier ciudad europea es multicultural y además de sus tres lenguas oficiales se hablan en el metro varios idiomas africanos y centroeuropeos, el español y el inglés. Quien menos idiomas habla por aquí domina cuatro. Los burócratas y los diplomáticos no andan en limusinas, y reservan con toda humildad su mesa hasta para comer mejillones y papas fritas en el restaurante de la esquina, sin duda tan bueno como el mejor, y llegan al teatro quince minutos antes de que se inicie la función.

Desde la capital de Europa he aprendido a ver no sólo mi país y mi continente, sino el mundo entero, de forma distinta. La primera vez que vine, jovencita, los latinoamericanos en Europa eran los burgueses. Hoy en día, la migración latinoamericana es fuerte. En Bruselas los indocumentados mayoritarios son ecuatorianos y peruanos, sobre todo. Los europeos tendrán que conocernos mejor para integrar a su desarrollo a los trabajadores que llegan buscando lo que sus países no pueden darles. Viviendo en Bélgica me doy cuenta de que los latinoamericanos necesitamos invertir muchísimo más en educación a largo plazo: es lo único que nos podría beneficiar en el futuro. Veo también que los europeos deberían ponernos más atención por varias razones: la principal es que nos necesitan para mantener la estabilidad económica y política del mundo.

Celebré con los belgas la llegada del euro y me emocionó ver las primeras monedas españolas, francesas, holandesas, alemanas… Las estrellitas de la bandera de la Unión Europea en la mano, y más todavía. Por la mañana escucho las noticias mientras me arreglo: estoy al tanto de la política belga, de las reuniones de los ministros, de las decisiones del Parlamento Europeo, de los problemas de Europa, de la crisis en Oriente. Por la noche veo las noticias por televisión y asisto al funeral de la reina madre, y a la guerra entre Israel y Palestina, a las declaraciones de los dirigentes de Estados Unidos. ¿Dónde está Latinoamérica en los medios?

Por desgracia, no en lo mejor que tenemos, sino en las crisis de Argentina, Colombia, Venezuela. Como toda Europa, Bélgica nos ve con simpatía, y por estar la sede del Parlamento Europeo aquí, nos presta un poco más de atención, pero todavía tiene poco tiempo para mirarnos. He aprendido que hacer que nos conozcan con más detenimiento es fundamental. Sólo así apreciarán mejor nuestra cultura, nuestra creatividad, nuestra riqueza y nuestra fuerza.

Silvia Molina (México D F, 1946) recibió el Premio Xavier Villaurrutia por La mañana debe seguir gris (1977); el Nacional de Literatura Infantil Juan de la Cabada por Mi familia y la Bella Durmiente cien años después (1992); el Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional de Guadalaj ara por El amor que me juraste, que fue nominada para el prestigiado IMAPC Dublin Award 2001 a la mejor novela escrita en inglés o traducida a ese idioma; y el Leer es vivir, concedido por Everest (España), a su obra Quiero ser la que seré.

 

EDUARDO LANGAGNE

Una canción portuguesa (con certeza)

La creación artística es sin duda una de las ventanas que las identidades nacionales ofrecen al mundo. Quien desee asomarse a un continente, a un país, a una comunidad, encontrará a través de la ventana del arte una manera de entenderlos. Brecht tenía aquel personaje que llevaba un ladrillo en la mano para mostrarles a todos cómo era su casa y la literatura rusa creó aquella frase que sugería: pinta tu aldea y serás universal. Nuestro Juan Rulfo ha propuesto un llano universal y una Cómala que muchos reconocen aunque no exista.

Para quien esto escribe es muy difícil evitar el uso de la primera persona para hablar de Portugal. Cuando era niño, en las clases de geografía, en los momentos mágicos de encontrar figuras en los mapas del mundo, Portugal siempre me asombró porque mostraba el tosco perfil de un hombre que mira hacia el océano. Supe después que el océano era ese territorio entrañable, y sin duda misterioso, en el que los valerosos portugueses se aventuraron para arribar a lejanas tierras y ahí dejar como herencia ese idioma que —se dice— algunos clásicos castellanos definían como español sin hueso. Una amiga mía, de lengua portuguesa, preguntaba sonriendo irónicamente quién era el escritor sin huesos que había dicho eso. Más tarde vino para nosotros el descubrimiento de Pessoa, presentado en México por Octavio Paz a través del artículo «El desconocido de sí mismo», publicado en la Revista de la Universidad en 1962 y más tarde integrado a su libro Cuadrivio. Existen en la actualidad numerosas traducciones que difunden la obra de un poeta que ha logrado provocar un interés vivo por la lengua de Camões. Hace poco publiqué un artículo más o menos amplio donde hablaba de la presencia de Pessoa en México y del gran interés que ha suscitado su lectura. También debemos mencionar que gracias al narrador Hernán Lara Zavala, director de literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM, por sus siglas), publicamos una Antología de la poesía portuguesa del siglo XX, preparada por Fernando Pinto do Amaral, y traducida principalmente por autores mexicanos como Carlos Montemayor y Francisco Cervantes, cuyo trabajo sostenido en favor de la literatura lusitana ha sido notable y reconocido. Presentamos la antología en Portugal y así pude conocer, vivir, Lisboa.

En fechas recientes se han publicado poemas de Fiamma Hase Pais Brandão y de Nuno Júdice, uno de los grandes poetas no sólo de Portugal, sino de toda Europa, y todavía en plena producción. A finales de los años ochenta José Saramago asistió a la ciudad de Morelia, en el Estado de Michoacán, a un encuentro internacional de escritores; muy pocos enterados lo conocían, su fama creció rápida y merecidamente al tiempo que daba a conocer sus mejores obras. Quien escribe estas líneas, pocos años antes de su premio publicaba que la lengua portuguesa merecía un Nobel, y sostenía que Saramago era un fuerte candidato. Lo era.

Pero también hay que darle un lugar preponderante a Figo en la repercusión que Portugal tiene en México; Figo navega valerosamente por las canchas del mundo igual que los antiguos marinos desafiaban las tempestades. Y ni qué decir de la música, a través del cine europeo conocimos a Madredeus, grupo que más tarde tuvo éxito en México. Hablo del éxito profundo que no siempre arrastra multitudes pero es capaz de dejar huella. Madredeus estuvo en Guanajuato en ocasión del importante festival internacional que ahí se celebra anualmente y admiramos de muy cerca la bellísima voz de Teresa Salgueiro. Pero ya teníamos noticia de Amalia Rodrigues, cuyo repertorio desde hace muchos años ha sido programado regularmente en una estación radiofónica singular de México, Radio Educación, una estación cultural de no poca audiencia.

Así conocemos a Portugal, su literatura y su música han sido para nosotros una ventana que nos ha permitido acercarnos a ese país representado en los mapas por un hombre que, allende el mar, mira hacia nuestro continente y con oporto brinda con nosotros.

Eduardo Langagne (1952) obtuvo el Premio Casa de las Américas de Cuba en 1980 y el Premio Nacional de Poesía de su país en 1994- Tiene una veintena de libros publicados, principalmente de poesía.

 

JUAN VILLORO

La patria grande —Berlín—

En mi adolescencia, Europa era el Londres de la contracultura y las muchachas con pelo de arco iris, la maquinaria de goles del Bayern München, los museos infinitos y los cautivadores laberintos medievales. También el sitio donde Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa habían encontrado los mundos de los que provenían y que recreaban en la escritura.

Cuando llegué a vivir a Berlín Oriental, en junio de 1981, el paisaje desconocido se me presentó como una oportunidad para entender a México en forma distinta. «El camino a nosotros pasa por los otros», había dicho Octavio Paz.

La literatura es siempre una forma de la extranjería. El escritor tiene que inventarse una distancia para observar su entorno y recuperarlo como algo a un tiempo genuino y singular. Vivir en otro país —en especial rodeado de otra lengua—, activa toda clase de nostalgias, abre perspectivas, permite una original revisión de lo que se consideraba muerto o ya sabido o poco relevante.

En forma paradójica, la estancia en Alemania me llevó a un contacto más íntimo con mi propio idioma, pero sobre todo, a advertir que pertenecía a una comunidad cultural más amplia. Como la mayoría de los mexicanos que cursamos la universidad en los años setenta, había tenido maestros chilenos, uruguayos, argentinos, guatemaltecos, exiliados en México por los variados desastres de América Latina. Sin embargo, sólo en Berlín cobré conciencia de la milagrosa familiaridad que une al archipiélago hispanoamericano. La vida prusiana, que con babélica ironía llamábamos «deutsche vita», provocaba en los latinoamericanos emociones, humores e irritaciones, si no idénticos, al menos sumamente compartibles. Pude haber descubierto esta patria grande en México, pero sólo la vislumbré al formar parte de ella en el extranjero, al identificarme con esa tribu desplazada por el azar y por la historia a las neblinosas estepas alemanas.

Vine a Europa en busca de las numerosas lecciones de la extranjería. De manera obvia, esto representó el estimulante careo con una cultura ajena; de manera misteriosa, la conquista de un país imaginario y cierto. Sólo desde la distancia entendí la fuerza de un idioma peregrino: el español de América, un lugar para vivir.

IGNACIO PADILLA

Londres plural

Desde mis lecturas infantiles de Conrad, Stevenson y Conan Doyle, Londres siempre fue para mí una Trapisonda, la polis del imaginario que todo niño, creo yo, elige para habitar en sus fantasías. Inglaterra era Londres, y Londres era radical, indiscutiblemente decimonónico.

Nuestras ciudades imaginarias, invisibles, se aferran a la memoria y al ser con mucha mayor intensidad que las ciudades recordadas, y supongo que es por eso que esta ciudad — o más bien, aquella ciudad— siguió y sigue habitándome con una nitidez que a veces me espanta.

Cuando, muchos años después, llegué finalmente a Londres, me descubrí en un lugar enteramente distinto del de mis quimeras. La capital de Inglaterra y el Reino Unido se reveló de pronto como lo menos inglés del mundo. En esta ciudad, sólo los ingleses parecían minoritarios y extranjeros, y el mundo entero se hacinaba ahí no con la incómoda convivencia que en las capitales europeas suelen producir los movimientos migratorios, sino con una naturalidad antigua y sabía que aún ahora me es difícil explicar. Cosmopolita, amplia, vital, cómica y balanceada en los extremos de la civilización y la barbarie, la insularidad y la tierra firme, Londres se convirtió en mi otra ciudad amada.

El Londres que ahora habito, ya no como lector ni como viajero, sino como casi un ciudadano ordinario, es más bien extraño, diría que penosamente inaccesible. Ahí, fuera de estas oficinas y de estas gestiones agotadoras que apenas dejan tiempo para pensar, no se diga para escribir, Londres es ahora un lugar misterioso al que la falta de tiempo me niega el acceso. Será cierto acaso que un diplomático está destinado a morir siempre de sed junto a la fuente.

Ignacio Padilla (México DF, 1968), es uno de los más conocidos miembros de la generación del Crack, junto con Jorge Volpi y Pedro Ángel Palou. Padilla obtuvo, por su novela Amphytrion, el premio Primavera 2000.

 

GILBERTO PRADO GALÁN

No vale un canto sonoro/el silencio que te oí —Madrid—

Los ecos de la prosa de Francisco de Que vedo y la reverberación sin orillas del genio de Lope configuraron, para mí, la primera imagen de Madrid. A esta imagen habría que agregar la propiciada por el serventesio de Antonio Machado, ése que inicia «¡Madrid, Madrid!, ¡qué bien tu nombre suena!…», y la significada por los urentes pasajes de algunas novelas de Pío Baroja —La busca, por ejemplo—. Recuérdese que fue Baroja quien dijo a Luis Cernuda que, si quería ser escritor, debería vivir en Madrid: puerta para la conquista del nombre y de la fama literarios en España, como lo entendió ese grupo de escritores de las provincias (la generación del 98), primero, y como lo entenderían más tarde los poetas de la generación del 27: la mayoría vivió en Madrid, en el «rompeolas de todas las Españas».

La imagen de Madrid, desde México, era una imagen literaria y, por ello, vasta, irreductible, proteica. Había caminado por sus calles a través de la literatura: las calles, entonces, eran de papel: «Pisó las calles de Madrid el fiero / monóculo galán de Galatea» (Góngora). Había visitado, a través de Unamuno, el Museo del Prado; y cuando digo «a través de Unamuno» no me equivoco: él me llevó a conocer, asido de sus ásperos y profundos versos, El Cristo de Velázquez. Yo recorrí el cuadro del pintor sevillano en las páginas de Unamuno. Recién llegado a España pude estar allí frente al manadero de luz significado por aquel cuadro que reunía, en una imagen, el fervor de tantas y tantas generaciones. El Museo del Prado significaba, para mí, además de Las Majas, El Cristo de Velázquez. Y cuando me detuve, absorto, frente a la cascada luminosa, visible y transvisible (lo que el cuadro decía a mis ojos y lo que los ojos me informaban) comprobé que la imagen primera se fundía, para siempre, con aquella pintada, verso a verso, por el pensador vasco en uno de los poemas más vigorosos de la literatura española:

¿Dónde más estaba Madrid? Estaba vivo, tembloroso, en las calles paradigmáticasp, mejor, en las calles esenciales: aquellas sin las cuales es imposible concebir la ciudad capital: la de Alcalá y la Gran Vía (cuyo nombre bien pudiera trocarse, sin riesgo, en la Gran Vita: por el jaleo incesante que la gobierna, porque ignora el régimen del sueño) y, sobre todo, en la calle —o callejón— del Gato, transitada por el sabio de la barba pluvial, por aquel hombre que había puesto a danzar, sobre un ruedo memorioso, a los protagonistas de la España del XIX y de principios del XX, por aquel hombre que nos había mostrado la vida íntima de Madrid y, tras prolongar la sinécdoque, la vida de la España toda: Valle Inclán era Max Estrella y éste era mi guía, hacia el camino de los espejos, de los espejos cóncavos. Cuando vine a Madrid busqué la calle del Gato y allí imaginé las extremidades imposibles de Valle Inclán y de Cervantes unidas mediante la magia de sus mejores libros en el cielo de cobalto —¿de qué color es el cobalto?— del horizonte madrileño.

La ciudad son las calles y los monumentos y los asombros escultóricos y la literatura; mas la ciudad es, sobre todo —visito aquí un lugar común— la geografía sentimental de sus habitantes. Antes de asomarme al fenómeno humano de Madrid, imaginé la Fuente de la Cibeles, la Puerta de Alcalá, la Puerta del Sol, El Palacio Real, la Plaza Mayor, y pude comprobar que el distingo era, quizá como nunca, pertinente: para conocer una ciudad hay que caminarla, para conocer una ciudad hay que vivirla más allá de la curiosidad efímera de los turistas, hay que vivirla y convivirla, hay que sentirla, palpar sus escondidos tesoros y amarla.

Madrid era —y sigue siendo— más, mucho más, que la suma de los asombros que aquí reseño. He podido caminar por las calles del otro Madrid, el oloroso a castañas, el de las callecitas con nombre y heráldica seculares, el Madrid que retrató Pío Baroja y que le dictó algunas de las más crudas páginas de su trilogía La lucha por la vida: allí late el misterio de la condición humana. El enérgico color local, evidente en el olor policromo de los mercadillos y en las recias voces castizas que tramontaron los siglos, contrasta con la proyección de la ciudad como capital de uno de los países de la Unión Europea y, asimismo, como confluencia de las lenguas romances y vernáculas. En Madrid circulan, con incansable vitalidad, voces que en México han sido desplazadas por la presencia semejante de otros vocablos: explosionar, competición, cotilleo, paleto, melonada, picajoso. Una dolorosa noticia fue saber que, en España, el verbo platicar había muerto: uno de los verbos más fuertes de México y presente en los escritores españoles de los Siglos de Oro: ¿en qué año presenció Madrid los silenciosos funerales de esta bulliciosa palabra?

En el recorrido imaginario por las ciudades que no conocemos evitamos, sabio ardid de la (des)memoria, los sitios donde se multiplica el dolor: las cárceles, los cementerios y los hospitales. Hay algo que tiene Madrid, una sentimentalidad de abolengo, que enmarca con un halo de dignidad, de solemnidad y silencio místicos, las tragedias y las desventuras. El alma de España es, a pesar del escepticismo y de la estridencia que la modernidad y la posmodernidad han impuesto, un alma con sedimento místico, como lo vio Ganivet: yo he escuchado el silencio sin sombra de las catedrales.

A la imagen del Madrid español superponía la otra imagen: la del Madrid mexicano. Atisbaba Madrid por los ojos abiertos de sus escritores y de sus artistas. E imaginaba también la ciudad a través de las referencias de nuestros más altos poetas: el Madrid de 1937, agobiado por las bombas, descrito por Octavio Paz en los versos claros de «Piedra de sol». Ése era el Madrid mexicano (aquí se publicó el primer libro de Sor Juana) o el México español, el México visto por Miguel de Unamuno o, mejor, el Méjico visto por Unamuno, obstinado —como tantos todavía— en escribirlo así, con jota, mientras el sabio más grande de nuestros escritores polemiza y cruza los brazos de la equis, como santo y seña, como reliquia histórica, como metáfora del oxigenante éxodo, en su correspondencia con el búho español: el México español debe escribirse también con la equis que pintaba, afirmándose español mientras se confirmaba mexicano, aquel polígrafo que había escrito páginas inmortales en España, y que me ha ayudado a entender la médula de esta ciudad, contra las máscaras sonoras y el ajetreo que no duerme, mediante la transparencia de sus versos. Yo quiero decirle a Madrid lo que Alfonso Reyes a su tierra: Madrid: «No vale un canto sonoro / el silencio que te oí».

Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 1960) ha publicado una docena de libros de poesía y ensayo en las principales editoriales mexicanas. Por su trabajo crítico ha merecido tres premios internacionales y uno nacional. Es director de la revista de literatura iberoamericana ArteletrA.


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