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El maestro Martín de Riquer recupera el manual de literatura universal que fabricó en colaboración con el llorado José María Valverde hace exactamente medio siglo (Barcelona, Noguer, 1957-1959, tres volúmenes) y que ha conocido varias reediciones, de las que recuerdo una de Planeta, en tres tomos también, de 1968, y la edición en diez volúmenes que apareció en 1984, asimismo en Planeta, y que iba enriquecida por una muchedumbre de textos literarios que constituía una auténtica antología de las letras mundiales. La Historia de la literatura universal de Riquer y Valverde que ahora comentamos ha aparecido bajo el mítico sello de Gredos, toda una garantía editorial que ha cambiado de dueño últimamente y milita en las filas del grupo internacional de libros y revistas RBA. Desde un principio, Riquer se hizo cargo de la literatura antigua, medieval y, parcialmente, de la renacentista y barroca, y Valverde de la literatura más cercana en el tiempo a nosotros, fundamentalmente de la literatura universal de los siglos XVIII al XX. Creo recordar que en la edición en tres tomos de Planeta, que es la primera que cayó en mis manos, llegaban a firmar Riquer el primer tomo y Valverde el tercero, apareciendo en el segundo como coautores ambos estudiosos.

Debo decir que la Historia de la literatura universal no ha envejecido en absoluto en el último cuarto de siglo, y no sólo a través de las sucesivas revisiones a la que sus autores han ido sometiéndola (Valverde hasta su muerte, en 1996, y don Martín hasta la fecha), sino a causa del estupendo castellano en que fue escrita, que se lee, y valga el tópico, como la más apasionante de las novelas. En un mundo escolar como el nuestro, en el que la literatura universal no ha rebasado el nivel de asignatura optativa, ofrecer una síntesis de la materia en dos volúmenes tan cuidados, gratos y manejables como los que ofrece Gredos-RBA supone algo más que una apuesta editorial, convirtiéndose en un servicio público: ni más ni menos. Al hilo de la importancia objetiva que tiene el que vuelva a los escaparates de las librerías españolas la felicísima síntesis de Riquer y Valverde, han surgido en mi mente las reflexiones que siguen en torno a la ausencia de contenidos históricos en nuestros planes de estudios, tan devaluados desde el tardofranquismo.

La pedagogía moderna ha marginado, no sólo en España pero sobre todo en España, del curriculum escolar las materias históricas, empezando por la Historia con mayúscula, reinterpretada al gusto de la administración autonómica de turno, y terminando en las disciplinas históricas secundarias («secundarias» no en un sentido subsidiario, sino puramente conceptual), como la historia de la literatura, la historia de la filosofía, la historia del arte,etc. Me resisto a concebir unos estudios primarios y secundarios en los que no se hable, siquiera someramente, a los alumnos de personalidades históricas como Ramsés II, Julio César o Alejandro Magno, así como no es de recibo que la juventud española acceda a la universidad sin que nombres propios como Shakespeare, Homero, Dante y Dostoievski le sean familiares. Esos nombres no sólo son importantes por sí mismos, por su valor de ejemplo literario y la maravillosa riqueza de sus palabras, sino como complemento imprescindible del estudio de la literatura española, toda vez que cualquier literatura nacional sólo existe como abstracción y no puede estudiarse aislada de las demás, sobre todo si éstas pertenecen a su misma órbita cultural. Por poner un ejemplo: sin un mínimo conocimiento de las letras clásicas grecolatinas y de autores como Petrarca no puede entenderse en absoluto la obra poética de Garcilaso (por citar sólo un nombre) y, en general, la poesía del Renacimiento español.

En el área de la música todo el mundo tiene muy claro quiénes son los gigantes del género. Si todo el mundo que asiste periódicamente a conciertos o escucha música clásica por la radio, tuviese la misma inclinación por la literatura, el problema sería menor. Pero es que si Mozart, Beethoven o Mahler son nombres conocidos incluso a nivel popular (probablemente porque la música no exige tanto nivel de participación como la literatura, que es mucho más «activa» que aquélla), no ocurre ni mucho menos lo mismo con autores como Goethe, Montaigne o Keats. Y la principal culpa de esa ignorancia la tienen los planes de estudio vigentes. Y no es que la música o la pintura— que circula por cauces similares— sean precisamente unas privilegiadas en el ordenamiento pedagógico, pero parece evidente que tienen a su servicio más cauces de comunicación al margen de la escuela. Si la literatura universal no es alentada desde la escuela, no es fácil que la gente se acerque a ella o, mejor dicho, que se acerque con las suficientes garantías como para enterarse de lo que tiene entre manos y disfrutar, por tanto, plenamente de ello. Porque los clásicos de la literatura universal no son sólo un conjunto cerrado de obras más o menos geniales, sino un camino abierto de relación con el mundo, del que proceden y al que modifican, creándose una compleja red de interferencias mutuas entre ellos y la Historia (con mayúscula).

Si la literatura universal no es alentada desde la escuela, no es fácil que la gente se acerque a ella o, mejor dicho, que se acerque con las suficientes garantías como para enterarse de lo que tiene entre manos y disfrutar, por tanto, plenamente de ello

En otro orden de cosas, llevamos demasiados años soportando un concepto pedagógico que merece la repulsa más terminante por nuestra parte: las lecturas obligatorias. Obligatoriedad y lectura son términos absolutamente incompatibles: si es lectura, no puede ser obligatoria. Las hordas psicopedagógicas, además de alienar últimamente la mente de nuestros muchachos y muchachas con absurdas sesiones de una supuesta —y sectaria— educación para la ciudadanía, lograron instalar en su día en los planes de estudio el monstruoso concepto de «lecturas obligatorias», que ha amenazado y sigue poniendo en peligro la afición a la lectura de nuestros estudiantes. Casi es mejor no enseñar nada de literatura— eso es, prácticamente, lo que, por otra parte, ocurre— que obligar a leer a la gente.

Sí me parece aconsejable, y enormemente positivo, enseñar a los niños y adolescentes historia de la literatura, tanto universal como española, o sea, unas lecciones que les informen de que allá, en el principio de las letras universales, estuvo la canción primeval estudiada por el gran C. M. Bowra en su libro Primitive Song, que después vino la épica a alegrarnos la vida con la epopeya mesopotámica de Gilgamés, los poemas homéricos, el Ramayana y el Mahabharata, y que luego nació la lírica, y el teatro, y la historiografía, y la filosofía, y la oratoria, y la prosa científica, y la novela, y que todas esas cosas, y los cantares de gesta medievales, y Cervantes, y Rabelais, y el conde Potocki, y Borges, y Pessoa, y Manuel Machado, fueron apareciendo para hacer al hombre más libre y más sabio y, sobre todo, para darle gusto, porque la literatura es, por encima de todo, placer; de modo que tan sólo deben leer aquellos a quienes les gusta leer y no todo el mundo, porque nadie, y menos un Ministerio de Educación, puede obligar a nadie a divertirse con algo que no le divierte.

Si enseñara literatura —cosa que no haría nunca, porque me merece demasiado respeto para hacerlo; las personas y cosas que uno ama no debe uno ir presumiendo de ellas por ahí y enseñándoselas a la gente—, lo haría resumiendo el precioso manual de Riquer y Valverde que acaba de reeditar Gredos-RBA, pero añadiéndole un buen puñado de ilustraciones y de cuadros didácticos de distintos colores, y me agenciaría con ello unos apuntes en los que cupiera un abrégé de literatura universal lo más atractivo y completo posible, ordenado cronológica y genéricamente, al estilo de los viejos y nobles manuales que estudiaron nuestros mayores, antes de la débacle pedagógica en España, que dio comienzo en los años sesenta del siglo pasado y todavía no ha tocado fondo. Junto a ese manual, debería figurar una nutrida antología: recuerdo, por ejemplo, con nitidez la benemérita Antología que, en volumen exento, servía de pendant al magnífico manual de literatura española de Hurtado y González Palencia, o la Antología de Ediciones S. M. que acompañaba al correspondiente manual de lengua y literatura de sexto curso de bachillerato que estudiábamos en el Pilar, con Javier Escrivá disfrazado de Segismundo en la cubierta. Un florilegio en el que los estudiantes, de forma voluntaria y gozosa, acicateados en todo momento por el sincero entusiasmo del profesor, velasen sus primeras armas en la sagrada caballería lectora.

La literatura universal debe regresar a los planes de estudio con esa misma rotulación, dando con ello muestras del cosmopolitismo que ha de informar nuestra política cultural, lejos de las posturas tristemente aldeanas que han caracterizado la escena patria en los últimos cuatro años

Un sano escepticismo liberal-conservador debe respetar la añeja tradición didáctica y, si acaso, limpiarle el polvo. (Un ejemplo: los libros alemanes e ingleses más leídos por los niños no han variado sustancialmente, ni siquiera en su aspecto exterior, en los últimos ciento veinte o ciento treinta años.) Pero hay conceptos que a los psicopedagogos— que al cabo son quienes imponen su omnímoda voluntad en la elaboración de los planes de estudio en España— les ha dado por desterrar de su parcela de poder, y son el buen gusto, la excelencia, la sana competitividad, el aprendizaje de las lenguas clásicas, el cultivo en profundidad de las viejas y sabias humanidades. Al dogmatismo pseudoprogresista le cabe el dudoso honor de haber impuesto unas ideas pedagógicas que nos han embrutecido hasta límites insospechados, entre ellas la absurda e insalubre implantación de las lecturas obligatorias.

El mapa de la literatura es el mapa de nuestra vida. La literatura universal debe regresar a los planes de estudio con esa misma rotulación, dando con ello muestras del cosmopolitismo que ha de informar nuestra política cultural, lejos de las posturas tristemente aldeanas que han caracterizado la escena patria en los últimos cuatro años. Y debe hacerlo por la senda de la curiosidad y del goce. El estudio de la lengua es igualmente imprescindible, pero ni se puede ni se debe convertir a la literatura en una sucursal de la lingüística, porque la literatura no es sólo el análisis de la última columna aparecida en un periódico— los análisis de texto en los exámenes de selectividad versan, la mayoría de las veces, sobre artículos de diarios afines al gobierno socialista—, sino el estudio histórico de los clásicos, espejo donde los hombres se han mirado desde antiguo y no veo ninguna razón para que no se sigan mirando.


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