Compartir:

« A USTED, YO LO RECUERDO»1

En marzo de 1995 recibí una llamada de Viena. Una voz de mujer me preguntó si era cierto que cincuenta años atrás yo había participado en la liberación del campo de concentración de Ebensee. Así era  — le contesté—: estuve en ese campo en mayo del cuarenta y cinco. Quien me llamaba resultó ser la realizadora de una película documental; la mujer me invitó a Austria, a participar en las filmaciones dedicadas justamente a ese cincuentenario.

Así fue como volví a ver el escenario que me conmocionó entonces, en aquel lejano mayo: el lago azul, de una belleza increíble, casi divina, y las montañas rocosas que pendían sobre él. En cambio, durante mi segunda visita vi unas villas confortables rodeadas de jardines donde florecían las rosas y zumbaban los cortacéspedes. Y sólo en un lugar, en la parte oriental, según recuerdo, de aquella población pintoresca y despreocupada se alzaban los restos de un portalón de cemento redondeado en su parte superior.

A principios de mayo de 1945, a la derecha del portalón se apilaban como troncos unos cuerpos desnudos. Parecían cadáveres de adolescentes; luego comprendí que eran muertos víctimas del hambre, esqueletos envueltos en una piel seca. Durante la guerra tuve que ver de todo; el recuerdo más pavoroso fue el de un soldado muerto al que, uno tras otro, planchaban con sus orugas los tanques. No olvidaré el crujido de los huesos y el espectáculo de la carne triturada. Pero cuando vi, apilados como si fueran troncos de leña, lo que no hacía mucho habían sido seres vivos… En 1945 yo ya no era un niño, en febrero había cumplido veintisiete años, pero para aquello no me habían preparado ni siquiera los tres años de guerra. Sin poder apartar los ojos, miraba y pensaba en mi padre, que murió de hambre en Leningrado, y también en mis hermanos y en mi madre, que habían sobrevivido a los horrores del bloqueo…

El operador se acercó con la cámara y se me pidió que compartiera con los demás mis recuerdos. Yo conté como pude lo que recordaba haber visto aquel mayo del cuarenta y cinco, qué es lo que vio entonces el conmocionado teniente mayor Etkind. Detrás de la cámara había varias personas, entre ellas un anciano de baja estatura y aspecto juvenil; me acuerdo que llevaba un gorro austríaco con una pluma. Cuando acabé de hablar y la cámara se alejó, el anciano se me acercó y dijo: «A usted lo recuerdo». Sus palabras se me antojaron casi ridículas: ¿cómo me podía recordar? Había pasado medio siglo, el joven oficial soviético había tenido tiempo de envejecer, y además ¿de dónde salía aquel personaje inesperado?

El anciano con la pluma en el sombrero se presentó: «Me llamo Wladyslaw Zuk, soy polaco». Wladyslaw Zuk había pasado por varios campos de concentración: Oswiecim, Mathaussen, hasta llegar a Ebensee, centro que se llamaba oficialmente «Campo de trabajo Zement». Aquí los presos —que llegaron a sumar veinte  m i l— horadaban la rocosa montaña abriendo galerías. Extenuados por el hambre, helados de frío, trabajaban entre once y doce horas diarias, azuzados por los guardias. A los que caían, éstos los pisoteaban con sus botas hasta matarlos, o los azotaban con látigos. Los-cadáveres eran arrojados a una fosa común o quemados en el crematorio (« ¿Quiere que le muestre dónde se encontraba?»). El jefe del campo, el Oberschturmführer Antón Ganz, una criatura sádica y omnipresente, se hacía acompañar por un perro enorme al que azuzaba contra los presos, y cuando se emborrachaba rociaba de balazos con su pistola a quien se le antojara. «Hacíamos todo lo posible para no cruzarnos con él, porque te podía matar de un balazo o destrozarte la cara con su látigo, por pura diversión».

Wladyslaw Zuk interrumpió su relato: entramos en el cementerio memorial donde se alzaban los monumentos a las víctimas de muchos países: polacos, italianos, franceses, húngaros. Durante decenios, no se acordaron de los rusos. Stalin consideraba que todo el que caía preso era un traidor. Sólo con la llegada de la perestroika se levantó en el lugar una torre oxidada: un monumento a los soldados y oficiales soviéticos caídos en aquel campo. Allí, al fondo, se había alzado el crematorio; de él, sin embargo, no quedaba ni rastro. Después de la guerra los terrenos del campo se vendieron a bajo precio; las gentes que construyeron las casas de los alrededores tenían escasos medios, de manera que el crematorio fue desmontado y sus piedras se emplearon como cimientos. Junto al muro del cementerio vi dos monumentos con inscripciones judías. Cuando la guerra estaba llegando ya a su final, trasladaron a este campo a los judíos húngaros (conviene recordar que en Hungría, de una población de diez millones de habitantes, los alemanes exterminaron seiscientos mil judíos), y casi todos murieron aquí.

Wladyslaw Zuk se ofreció a enseñarme las galerías; antes yo sólo las había visto de lejos. Abrió un portón pesado que daba a una de ellas, allí se había instalado el museo; era de unos diez metros de alto, y tal vez recorriéramos hacia el interior más de un kilómetro. Pasillos como aquél había, según parece, doce. El mando alemán les concedía una gran importancia estratégica, sobre todo desde que la aviación aliada empezó a bombardear de forma sistemática y masiva los centros militares alemanes. Aquí, en esas enormes galerías de Ebensee, se preveía instalar las fábricas que producían el «arma secreta» que la propaganda nazi denominaba V-2 («V» de Veergeltungswaffe), el arma de la venganza. Los cohetes no llegaron a producirse en serie, y en las galerías se instaló una refinería de petróleo. Pero se ordenó horadar la montaña con la máxima celeridad y había que llevar las vagonetas con sus moles de piedra deprisa y corriendo. Zuk me sacó de aquel antro oscuro y húmedo y pasamos de nuevo bajo el portón del campo. Zuk se detuvo: «Aquí estaba la Appellplatz: el lugar de reunión». Nos sentamos en un banco y Zuk prosiguió.

« MEINE HERREN! »

El día 5 de mayo reunieron a todos los presos que podían andar; éramos unos diez mil; de ellos, entre enfermos y moribundos habría más de seis mil. Formamos, como siempre, por barracones, pero aquel día hubo muchas cosas que sucedieron de manera diferente: por ejemplo, nadie hizo el recuento. El Lagerführer Antón Ganz se encaramó sobre algo elevado. Una hilera de soldados de las SS armados con ametralladoras lo rodeaban; como se hacía cuando en las reuniones se ahorcaba a algún preso, para amedrentar al resto. Pero en esta ocasión no se ejecutaba a nadie. No obstante, había muchos soldados de las SS, circunstancia que nos amedrentaba. ¿Qué se le habría ocurrido a Ganz? Desde las torres que rodeaban la Appellplatz nos apuntaban las ametralladoras pesadas. Nos mirábamos los unos a los otros. Aquella gente era capaz de todo. Gracias a las noticias interceptadas poco antes por nuestros informadores voluntarios, sabíamos que las tropas norteamericanas y soviéticas se acercaban por ambos lados.

Al fin Ganz comenzó a hablar. A su lado se encontraba Hrvoje Macanovic, un joven croata, que traducía del alemán a varias lenguas. El Lagerführer pronunció con voz ronca:
Meine Herren!…¡Señores!

Se oyeron sollozos. Hacía mucho que nadie se dirigía a nosotros de este modo. Ya que éramos lo peor de lo peor. Y de pronto: «Meine Herren! ». Eso sólo quería decir una cosa: que su situación era desesperada.

El sentido de la breve alocución fue el siguiente: «Ante la noticia de que los norteamericanos se disponen a bombardear el campo, hemos decidido salvar a nuestros reclusos de una muerte segura. De manera que les proponemos que entren en las galerías; allí estarán ustedes a salvo de todo peligro; les proporcionaremos alimentos…».

Pero los reunidos gritaron al unísono: «Nein!».

Hacía ya varios días que, por los guardas que nos simpatizaban, estábamos enterados de que los nazis querían encerrarnos en las galerías y volar los accesos. Estábamos pues condenados a morir en aquellas enormes tumbas. De manera que gritamos «¡No!». En las distintas lenguas: «¡No!».

Aquel fue un momento decisivo. Comprendíamos que nuestro «no» era un auténtico motín. Los prisioneros del campo dejaron de ser reclusos. Aún no sabíamos cómo iba a acabar aquella explosión de valor y de decisión. Ganz podía dar la orden de abrir fuego desde las torres, nos podían introducir a la fuerza en las galerías; los de las SS eran muchos, no menos de seiscientos muchachos sanos, bien alimentados y armados. ¿Cómo podíamos resistirnos? Además tenían de su parte a los Blockältester, los responsables de los barracones, los innumerables «capo» y los soldados de la Wermacht. Pero al Lagerführer el acto de desobediencia lo cogió por sorpresa; aquello no había pasado nunca. Transcurrieron varios minutos, un tiempo que nos pareció infinito. Ganz se acercó al grupo de soldados de las SS que se encontraba tras él e intercambió con ellos unas palabras. Nosotros no oíamos nada; el grupo se encontraba a unos treinta metros de nosotros. Finalmente, Ganz, con aire contrariado, eligiendo con dificultad las palabras (Macanovic traducía con la misma lentitud), dijo que si no queríamos ir a las galerías, allá nosotros: «Nosotros queríamos salvaros. ¿Vosotros preferís morir bajo las bombas? Es asunto vuestro. No respondemos de las consecuencias».

Todos suspiraron aliviados. Ganz dio orden de regresar a los barracones. Y comprendimos que había perdido el poder; que daba las órdenes sólo para hacer ver que seguía siendo el jefe. Rodeado de sus soldados de las SS, Ganz se fue. Y entonces, comprendimos de pronto que se había ido no sólo él, sino todos los demás, que se habían marchado para siempre. Que éramos libres.

¿Sentimos felices? La palabra felicidad no alcanza a expresar lo que sentimos. Por la impresión de los sentimientos, los más débiles de nosotros caían desplomados. Quien podía bailaba. Sonaron en muchas lenguas La internacional, La marsellesa y luego la gente se puso a cantar sus himnos nacionales: de Italia, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Grecia, España…

LA VENGANZA

Sobre lo que pasó después, cuando la fiesta se convirtió en matanza, Wladyslaw Zuk hablaba con desgana: le resultaba doloroso recordar. Lo contaré en pocas palabras, partiendo de las suyas y de los testimonios que he podido recoger.

Al primero a quien el campo ajustó las cuentas fue a un responsable de barracón, al terrible Blockältester Ludwig Kh. Era conocido por su sadismo y su perversa manía del orden; si descubría la más pequeña mancha en el uniforme de un recluso podía matarlo a latigazos con su pesado cinturón, del que nunca se separaba. El ya citado traductor Hrvoje Macanovic en sus declaraciones ante la comisión que investigó unos meses más tarde «El caso del campo Zement», en relación a los «días de baño» semanales y sobre el responsable de llevarlos a cabo, Ludwig Kh., contaba lo que sigue:

«En invierno, con una temperatura de 15 a 20 grados bajo cero, los habitantes de los barracones se desnudaban por completo. La gente se quedaba sólo con sus zuecos de madera y se protegían con sus finas mantas. Bajo la vigilancia del responsable del barracón, armado de su pesada porra y acompañado de sus desalmados ayudantes, los presos recorrían andando en columnas de a cinco unos 800 metros basta los baños. Todo esto sucedía después de una jornada de doce horas de trabajo, tras la cena y el recuento nocturno, que duraba no menos de una hora, de manera que nos bañábamos ya muy entrada la noche. Luego otra hora de espera, en plena intemperie helada, hasta que te llegara el turno. Luego, después de bañarte en un ambiente sofocante y de terrible calor, la mayoría se quedaba esperando en cueros sobre la nieve, hasta que todos los habitantes del barracón hubieran formado para dirigirse todos juntos de vuelta a los barracones».

Los que enfermaban de pulmonía morían. Al ver un piojo sobre el prisionero, Ludwig lo azotaba con su pesado cinturón. Las autoridades valoraban la entrega de aquel responsable. El Lagerführer le concedió el cargo de «ejecutor de los castigos», función que compartía con la de verdugo. Era pues lógico que sobre él recayera el odio de los presos. A este hecho se refiere en su relato Drahomir Bárta2, el único recluso que logró llevar un diario secreto y quien más tarde escribió la historia de la resistencia en Ebensee:

«Nos vino a ver a la oficina y se puso a gritar como un loco, protestando porque lo habíamos destituido como responsable. De las palabras pasó a los golpes, Ludwig sacó un cuchillo y se arrojó sobre nosotros hecho una fiera. Nosotros no teníamos armas y tampoco esperábamos que nos atacara. Ludwig, loco de furia, atacaba a diestro y siniestro. Nos hirió a casi todos, corrió la sangre. Sólo cuando dominamos nuestro miedo y nos armamos de mesas y sillas, con todo lo que cayó a nuestras manos, conseguimos reducirle. Finalmente le arrancamos el cuchillo y lo arrojamos afuera por la puerta. En el campo todos lo odiaban; había matado a mucha gente. Ante la oficina se había reunido un grupo de reclusos. Al ver a Ludwig caído ante la entrada y cubierto de sangre, los reunidos comprendieron en seguida que la situación en el campo había cambiado y que el poder había pasado a nuestras manos. Y se arrojaron sobre él. Lo arrastraron hasta la Appellplatz, que se encontraba a unos metros de nuestra oficina y lo ataron al poste. Se reunió mucha gente, unas doscientas personas. Y todos querían escupirle en la cara. Lo acuchillaron, y su cuerpo quedó colgado, atado al poste, durante largo rato».

De igual modo le arreglaron las cuentas al gitano Hartman, que hasta entonces había aterrorizado a todo el mundo. De Otto, el kapo del hospital, que llevaba sobre su conciencia centenares de víctimas, se encargaron los españoles: lo arrojaron vivo al horno del crematorio. Muchos responsables del campo, conocidos por su crueldad sin límites fueron ahogados en el estanque contra incendios. En total, aquel día, más de sesenta presos que habían torturado a sus compañeros encontraron la muerte.

LOS APESTADOS

Wladyslaw Zuk prosiguió su relato. Al día siguiente, el 6 de mayo, entraron en el campo los norteamericanos. Era el Tercer Regimiento de Caballería (se llamaba tradicionalmente de «caballería», aunque en realidad era una unidad de infantería motorizada).

Recibimos a los libertadores con entusiasmo, con alegría y con cariño. Nos lanzábamos al encuentro de los tanques, tratábamos de encaramarnos a ellos, queríamos abrazar y besar a los tanquistas… Los norteamericanos miraban con asombro y miedo a la horrenda muchedumbre de seres semidesnudos y monstruosamente escuálidos, nos hacían bajar a empujones de sus vehículos, trataban de desprenderse de las manos que se clavaban en sus uniformes y tras dar más gas aceleraban la marcha. Luego comprendí por qué se habían espantado de aquella manera. Los norteamericanos no sabían ni dónde habían llegado ni a quién habían liberado. A aquellos soldados, como a la mayoría, nadie les había explicado nada previamente. Por eso al vernos pensaron que habían dado con una leprosería; no habían oído nada de los campos nazis. Así se entiende que se sintieran horrorizados al ver cómo aquellos apestados se lanzaban sobre ellos. Lo único que se les ocurrió entonces era alejarse cuanto antes y los más lejos posible de aquel maldito lugar.

He aquí un fragmento de un informe oficial norteamericano; un documento del Estado Mayor del Tercer Regimiento de Caballería:

«El Tercer Regimiento de Caballería prosiguió el seis de mayo su avance hacia el sur sin hallar resistencia alguna por parte del enemigo. En su camino nos encontramos de nuevo con prisioneros de guerra, que ocupaban grandes espacios del territorio liberado. A la una del mediodía los destacamentos de vanguardia alcanzaron la población de Ebensee e informaron que en el lugar había un campo de concentración. Posteriormente nos llegaron noticias de que en el campo había quince mil presos políticos y que sus condiciones de vida eran insoportables. Cada día, por causa del hambre y de las enfermedades no tratadas, morían cerca de trescientas personas. Los reclusos viven rodeados de inmundicia y hedor; no hay pues nada de extraño en el hecho de que estén dispuestos a comerse sus cadáveres. El campo se puede comparar con el de Buchenwald o el de Ohrdruf». Y en un estudio sobre la historia de esta misma unidad (editado en 1946 en San Diego) se dice:

«El 6 de mayo al batallón A […] se le encomendó la misión de penetrar en el espacio de los Alpes Austríacos. El destacamento, que se movía hacia el sur de la ciudad de Gmunden, bordeando un pintoresco lago de un color azul intenso, llegó a la ciudad de Ebensee. En las afueras de ésta se descubrió un campo de concentración, separado de la ciudad por un río tempestuoso. Es imposible describir dicho campo. Las palabras no pueden transmitir el hedor de la carne humana en descomposición y el horror de las condiciones en las que vivían aquellas famélicas momias humanas… Ningún miembro del Tercer Regimiento de Caballería olvidará aquel campo».

Regreso de nuevo al relato de Wladyslaw Zuk. Sin ahorrar detalles, el hombre me contó con qué premura los norteamericanos se alejaron de aquel infierno que se había aparecido ante su vista, de aquella muchedumbre hedionda que los militares habían tomado por unos leprosos. Y repitió la frase que ya antes me había sorprendido: « ¡Y lo recuerdo a usted!». Y prosiguió:

«Después de dejar unos mandos encargados de organizar los hospitales y las cocinas, los norteamericanos se marcharon. Nos sentíamos abrumados por la indiferencia mostrada por nuestros libertadores, o, mejor dicho, no por eso, sino por algo aún peor: por su displicencia e incluso por la repugnancia que les habíamos producido. Y he aquí que al cabo de unos días vi que llegaban al campo dos oficiales soviéticos: los dos avanzaban, iban andando, pasando junto a los cuerpos de los muertos, estrechando las manos de los vivos, y se besaban con aquellos casi cadáveres, con aquellos apestados. Y les recuerdo a ustedes dos con agradecimiento y admiración».

Zuk, por supuesto, no se acordaba de mí, sino simplemente de dos militares soviéticos, de dos hombres cuyo comportamiento le sorprendió en contraste con los espantados norteamericanos. Yo escuchaba sus palabras emocionadas con asombro y, no quiero ocultarlo, con orgullo.

EN LA « FRANCIA » DEL CAMPO

Tal vez ya sea hora de narrar mis propias impresiones de aquel día.

El 12 o 13 de mayo me llamó, siendo yo traductor, el segundo jefe de la Sección de Inteligencia, el teniente coronel Nikifórovich, y me dijo: «Vendrás conmigo a un campo de concentración alemán; los aliados nos han informado que hay gente nuestra: vamos a “liberarlos”».

El Estado Mayor se encontraba en Bruck sobre el Muhr, no lejos de Graz; el viaje hasta Gmunden y hasta la ciudad vecina de Ebensee duraba unas dos horas. Viajábamos por un camino de una belleza espectacular. Más o menos hacia la mitad del viaje nos cruzamos con un carro sobre el que ondeaba una bandera tricolor. Del carro saltó un barbudo de mediana edad que tras detener nuestro coche nos preguntó en un pésimo alemán: «¿Por dónde se va Italia?». El hombre volvía a casa. Aquellos primeros días eran tiempos de regresos. Salían a nuestro encuentro columnas de hasta hace poco prisioneros de guerra: franceses, italianos, soviéticos. Llegamos a Ebensee y entramos en el territorio del campo por el portalón al que me he referido antes. Como se señala con todo acierto en el informe norteamericano, no había palabras capaces de transmitir el horror que vieron nuestros ojos. De manera que no me voy a repetir.

Quedaban muchos soviéticos: varios miles. En los documentos publicados más tarde leí que el día de la liberación en el campo de Ebensee había 5.346 polacos, 4.258 soviéticos, 2.263 húngaros, 1.147 franceses. Apenas había judíos: fueron los primeros en ser exterminados (de los judíos muertos en 1944, el 96 % eran de Hungría y el  4% de Polonia).

Nikifórovich reunió a su alrededor una multitud de presos soviéticos (había muchos civiles, con la inscripción en el brazo RZA — Russische Zivilarbeiter), habló durante largo rato con ellos, no me acuerdo sobre qué, yo estaba demasiado conmocionado por todo lo que había visto. Pero hay cosas que no se pueden olvidar: entre los presos se encontraba el que había sido el jefe de Nikifórovich; era el capitán de la compañía cuando el futuro teniente coronel mandaba un batallón. Su encuentro se nos antojaba inverosímil, y ellos mismos se estrechaban el uno al otro las manos sin dar crédito a sus ojos. Nikifórovich decidió al momento que su compañero de armas se subiera a nuestro coche y, con otros tres más, ordenó que los llevaran a Bruck. Aquellos pasajeros nunca llegaron a su destino: por el camino bebieron vodka que resultó ser alcohol metílico y murieron todos; se salvó sólo el conductor.

A mí se me acercó un joven preso del campo con la camisa a rayas y me preguntó si hablaba francés. « ¡Fantástico! —exclamó—. Lo invitamos a Francia; hemos organizado un banquete con motivo de la liberación (le festín de la libération)». « ¿A Francia?», pregunté sin comprender. Resultó que, en cuanto se fueron las tropas de las SS, la población del campo se dividió en países; en el territorio del campo se podían ver carteles con los nombres de Italia, Hungría, Polonia, Francia, Luxemburgo, URSS, y de Alemania incluso. ¡Toda Europa en el territorio del campo de Ebensee! Nikifórovich estaba ocupado con nuestra gente (había también muchos soviéticos enfermos), de manera que me dirigí a «Francia».

De los barracones sacaron unas mesas y formaron un enorme cuadrilátero. La gente del campo se amontonaba dentro y fuera, levantando bien alto las copas de champaña y lanzando vivas a la libertad. Un agua turbia en tazas de estaño sustituía las copas, sobre la mesa había platos con el rancho del campo, pero los franceses, como franceses que eran, interpretaban con gran arte el espectáculo del banquete festivo. Aquel día de mayo fue la primera vez que vi franceses de verdad; hasta entonces sólo había tenido relación con profesores de francés rusificados desde hacía tiempo (salvo nuestra querida profesora de la universidad, Madeleine Gueráldovna Melloup, que encarnaba ante nosotros las mejores cualidades de su nación). Y fue entonces cuando, según creo, descubrí la innata e indestructible teatralidad francesa. ¡Cómo creían en su champaña, cómo se iban emborrachando con cada trago, cómo cantaban cada vez más contentos, cada vez más alto y más acompasados Sur le pont d’Avignon, Les temps des cerises, La marsellesa y La internacional! Con posterioridad en más de una ocasión me vino a la memoria aquel inaudito espectáculo. Vivo en Francia desde hace un cuarto de siglo y cada día me convenzo más de lo importante que es el teatro para este país. ¿O no fue teatral la Gran Revolución, con su Convención y sus teatrales guillotinas? ¿O el grandioso espectáculo del Imperio (y antes, el Consulado), cuando toda Francia interpretaba hallarse en la renacida Roma clásica? Hasta un carnicero en cualquier mercado francés descuartiza un pollo con un virtuosismo verdaderamente artístico…

En aquel festivo «banquete de la liberación» yo era el único espectador; muchos miraban en mi dirección con una sonrisa amistosa y no paraban de agradecer mi presencia. Me sentía feliz y comprendía que su agradecimiento no era vano, que el Ejército Rojo había llegado hasta aquí, a Austria, tras haber dejado atrás montañas de soldados caídos.

La victoria me embriagaba. Me sentía orgulloso de que nosotros —nosotros, las tropas soviéticas— hubiéramos traído aquí la libertad y la vida. ¡Pero si se me hubiera dado la posibilidad de asomarme aunque fuera con un solo ojo al no tan lejano futuro! Si en este futuro hubiera visto que los semidesnudos esclavos de ayer, torturados por los alemanes y por su propios traidores, que aquellos compatriotas míos milagrosamente salvados que rodeaban entonces a Nikifórovich, si hubiera visto cómo todos ellos, del campo de concertación alemán serían enviados a uno soviético… Si me hubieran dicho que en su patria los condenarían a penas de campos de trabajo por el hecho de haber caído prisioneros de los alemanes y haber cumplido trabajos forzados en Ebensee… ¿Lo hubiera creído? Y no obstante, esto es lo que sucedió: de Ebensee fueron llevados a Kolymá, de una esclavitud fueron a parar a otra.

MI ORGULLO

Aquel día de mayo me sentía enormemente orgulloso. Ahora me cuesta recordar con certeza los sentimientos de entonces, pero no creo equivocarme en lo fundamental.

Me sentía orgulloso de pertenecer al Ejército Rojo. El campo de Ebensee lo liberaron, es cierto, los tanques norteamericanos; pero éstos llegaron a Europa cuando lo peor ya había pasado; habían desembarcado en Normandía un año antes y se movían hacia el sur encontrando una débil resistencia. Ya entonces sabíamos que los alemanes resistían con mucho más ardor en el frente oriental, y que por el oeste estaban dispuestos a abrir el frente occidental para no capitular ante la despiadada Unión Soviética, sino ante Estados Unidos y las democracias occidentales, que se mostraban más dispuestos a llegar a un compromiso con los alemanes.

Me sentía orgulloso de que liberábamos al mundo del terror, de un terror más pavoroso que la peor de las pestes. Bastaba con recorrer el campo de Ebensee, con pasar junto a la purulenta muralla de cadáveres, para comprender de qué habíamos salvado la humanidad. ¿Sabía yo algo de los campos soviéticos? Algo sabía. Pero la euforia de la victoria, la felicidad de sentirme un libertador era infinitamente más poderosa que las informaciones confusas que uno ocultaba en su fuero interno.

Me sentía orgulloso de que en este variopinto y multinacional campo, gentes de diverso origen y clase hablaran de Iván, así llamaban a Vladimir Serguéyevich Sokolov, un coronel soviético, ex ferroviario. Se contaban historias sobre la inteligencia y el saber de aquel gigante, un hombre que en la Appellplatz sobresalía una cabeza sobre los demás: Sokolov trabajaba por dos, compartía generoso lo que tenía y lo que no, y él fue quien encabezó el grupo de resistencia armada. No menos popular fue otro coronel soviético, Yákov Nikítich Stárostin (su verdadero nombre era Lev Yefímovich Manévich). Llegó a Ebensee trasladado del campo de Melke a mediados de abril de 1945, pero en tres semanas se supo ganar el respeto de muchos (fue de los escasísimos judíos que supo ocultar su origen). ¿Podía yo no sentir alegría por compatriotas como aquellos? Pero más tarde me acordaría de ambos lleno de desesperación: ¿sería posible que estos dos héroes de la lucha clandestina del campo, que estos combatientes antifascistas se estuvieran pudriendo en una cárcel soviética?

Y además me sentía orgulloso de todo lo que me contaban sobre el papel de los comunistas en la resistencia. Quienes más y mejor hablaban de su labor eran los franceses: de entre ellos una décima parte (cerca de ciento veinte hombres) participaban en la résistence del campo. Esperaban el momento de ponerse a actuar y ese momento llegó. Por razones de clandestinidad, aislados unos de otros, a la cabeza de los grupos franceses se encontraban varios comunistas, sobre cada uno de los cuales se hablaba con auténtica veneración. El primero era Jean Laffitte, que más tarde se convertiría en un conocido escritor, autor de la novela Nous retournerons cueillir les jonquilles (1948) y el libro biográfico sobre el campo de Ebensee Ceux qui vivent (1950); el título de esta obra recoge una expresión de la novela de Victor Hugo La venganza: «Los que viven son los que luchan». Al segundo que nombraban era Henri Josh, un zapatero de cincuenta años, miembro del PCF desde 1924; todos lo llamaban «pére Henri» y se referían con entusiasmo a su entrega, generosidad y valor sin límites (el taller de zapatería donde arreglaba los zuecos de madera de los presos y las botas de cuero de los alemanes era el centro de reunión clandestino de la resistencia en el campo). El tercer francés merecedor de la estima de todos era el doctor René Quenouville, quien salvó de la muerte a decenas de personas extenuadas y contribuyó en gran medida a crear el «Comité internacional de la resistencia del campo», organización que se formó como centro clandestino en mayo de 1944- He aquí unas líneas del diario de Drahomir Bárta sobre el encuentro de los tres dirigentes del comité: él mismo, René Quenouville y Hvoje Macanovic, en julio de 1944:

«Regresábamos del hospital. El aire fresco de las montañas, una profunda impresión por nuestra despedida. Un símbolo maravilloso de las relaciones humanas entre representantes de diferentes pueblos. De hecho, tres generaciones: el doctor, Hvoje y yo: 64, 40 y 23 años. Diferentes nacionalidades: franceses, croatas, checos; origen social y profesiones distintas, diferentes caracteres, vivencias, experiencia y visiones del mundo adquiridos por cada uno de nosotros. Pero hemos encontrado un nexo común: el humanismo; además hoy es justamente 14 de julio, el día de la toma de la Bastilla. Encuentro con Hvoje y Vinco Berno en el cobertizo junto al barracón a las 11 de la noche. Después de haber discutido sobre nuestros asuntos, hablamos de la cultura francesa, y luego de la Unión Soviética. Luego pensé largo rato sobre el doctor: qué fresco se le ve para sus años. Fresco en el sentido de joven. Qué dúctil es en su manera de pensar… No puedo dejar de recordar todo el rato los últimos minutos de nuestra despedida».

Sí, de todo lo enumerado me sentía orgulloso y puedo, decir hoy también, medio siglo después, que me sentía orgulloso con toda la razón. Pero ¿en qué se ha convertido ¡todo aquello de lo que me había sentido orgulloso y entusiasmado!? La victoria sobre el nazismo adquirió un carácter grotesco, el aire de una pesadilla. El sentimiento de libertad se vio ahogado primero, en 1946, por las medidas represivas emprendidas por Zhdánov y luego por el cada vez mayor desarrollo del despotismo soviético. El sentimiento de solidaridad internacional quedó aplastado por el empuje de los nacionalismos más primarios. El noble impulso de los comunistas cedió su lugar a su alianza con los nazis. El movimiento antifascista degeneró en el fascismo más descarnado. Este es el balance que me veo obligado a hacer en 1998, en las postrimerías del siglo XX.

DOS AÑOS MÁS TARDE

En 1997 estuve de nuevo en Ebensee. Mi mujer y yo viajamos al lugar en coche. Y localicé, aunque no sin dificultades, a mi conocido Wladyslaw Zuk. Mi intención era conocer lo que no tuve tiempo de descubrir sobre la suerte de aquel polaco y todo lo que no conseguí aclarar en nuestro primer encuentro. ¿Por qué y cómo es que se quedó en Austria, cómo es que se instaló en Ebensee?

Y Wladyslaw Zuk, en un alemán más que correcto nos contó lo siguiente:

«Algunos días venía de la ciudad a trabajar al campo una mujer libre empleada de lavaplatos en la cocina, y a veces intercambiábamos de lejos alguna que otra mirada. Se entiende que era impensable que pudiéramos encontrarnos. Y sin embargo, después de la liberación, muchos de nosotros deambulábamos por la ciudad; también yo paseaba por la ciudad con la esperanza de encontrar de nuevo a aquella mujer. Y, mire usted por dónde, el caso es que di con ella.

»Desde entonces han pasado más de cincuenta años. Seguimos juntos, tenemos cinco hijos. No, míos sólo son tres. Dos hijos los tuvo con su primer marido, que murió en la guerra. Pero los cinco son hijos míos. Ahora a veces viajamos juntos a Polonia: mi mujer y los hijos han aprendido el polaco, y yo, como ve, me hago entender en alemán.

»En Ebensee me esfuerzo en hacer todo lo que está en mis manos para que la gente no olvide. Y eso que muchos quisieran olvidar. Los viejos tratan de no recordar cómo no se daban cuenta de la presencia de las fábricas de la muerte, cómo se permitieron persuadirse a sí mismos de que sólo los criminales y los asesinos iban en uniformes rayados. Los jóvenes no quieren oír hablar del desagradable pasado; les resulta más divertido el fútbol y las discotecas. Y yo me veo obligado a contrariar a unos y otros. Es duro desempeñar este papel. Más de una vez me han llamado por teléfono, me han amenazado con darme una paliza, con colgarme, me han llamado traidor y acusado de haberme vendido a los judíos y a los comunistas. No escasean entre nosotros los nuevos nazis. Pero si antes me daban algo de miedo, ahora ya no lo tengo. Sé que soy más fuerte que ellos. Que somos más fuertes».

NOTAS
1 · Este relato autobiográfico se basa, a diferencia de los demás, no sólo en los recuerdos del autor, sino también en documentos históricos. ( N. del autor).
2 · Drahomir Bárta ( 1921 – 1998)

2001 © del original ruso, Yefim Etkin
2004 © de la traducción al castellano, Ricardo San Vicente


Compartir: