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¿Puede realmente un libro cambiar el curso de la historia? Es posible que, en algún caso excepcional, tal cosa haya sucedido, pero hay que ser bastante escéptico con respecto a la capacidad revolucionaria que tiene hoy la letra impresa. Por ello, aunque disienta de la opinión de un periódico tan prestigioso como The Times, no creo que la obra de Bernard Connolly sobre los problemas económicos y las intrigas políticas que han acompañado a todo el proceso de integración monetaria en la Unión Europea llegue tan lejos.

Y no por falta de esfuerzo de su autor. Será difícil, en efecto, leer ataques más duros y mejor informados hacia uno de los mitos del europeísmo de nuestros días. Connolly es un experto en cuestiones monetarias y ha desempeñado, además, puestos de responsabilidad en la Comisión Europea. Su crítica no es, por tanto, la del nacionalista británico tradicional que se siente perdido en cuanto cruza el canal de la Mancha (perdón, el “Canal inglés”). Se trata, por el contrario, de un ataque bien fundamentado, que plantea cuestiones cuya respuesta sincera pondría en apuros a más de un gobernante europeo. El problema es que ninguno de ellos va a querer contestar estas preguntas y -lo que es más grave- que casi nadie, fuera de Gran Bretaña, va a presionar a sus políticos para que lo hagan.

Poca duda cabe de que nuestro autor tiene razón en mucho de lo que dice. Y, pese a ello, la lectura del libro no deja una impresión plenamente satisfactoria. A partir de unos sólidos fundamentos de teoría económica, en la obra se analizan bien los perniciosos efectos que sobre algunas economías europeas -y, en concreto, sobre las más débiles como la española- puede tener un sistema de tipos de cambio fijos, cuando los mercados carecen de la flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios externos y la movilidad del factor trabajo se ve dificultada por costes de transacción muy elevados. Tales efectos serían razón suficiente para replantearse el sentido mismo del proyecto de la moneda única. Pero no es éste el objetivo principal del libro. La obra, aunque trate de un tema básicamente económico, es ante todo un estudio político. Sus protagonistas no son los técnicos ni las ideas económicas, sino los gobernantes, a los que Connolly ve como estrategas en un campo de batalla, en el que las naciones europeas luchan entre sí para el logro de sus propios intereses bajo la amable pantalla de la cooperación. Y aquí está, en mi opinión, la principal de sus debilidades.

Es innegable que la unión monetaria esconde tras su fachada de instrumento para reforzar la integración económica europea un contenido político de hondo calado. No es casualidad que la unión monetaria haya sido, desde hace algún tiempo, una de las principales banderas de los federalistas europeos. Si el objetivo es la construcción de una Europa federal, la creación de una moneda común y de un banco central europeo son, sin duda, pasos en la dirección adecuada. Y si, en cambio, se prefiere una Europa confederal y descentralizada, el proyecto de unión monetaria difícilmente puede aceptarse en sus términos actuales.

Pero Connolly va más allá de este tipo de argumentos para introducir una teoría conspiratoria, de acuerdo con la cual son las élites de Francia y Alemania las que están dando alas a la unión monetaria para conseguir objetivos nacionales, no europeos. Concretamente, para nuestro autor, el objetivo de los gobernantes franceses -casi todos “enarcas”, es decir, antiguos alumnos de la prestigiosa Escuela Nacional de Administración de París- es intentar frenar lo que parece el crecimiento irresistible del poder alemán en Europa. Los alemanes, por su parte, buscarían extender su poder político ofreciendo a los franceses una colaboración, al menos aparente, en la dirección de la política económica de la Unión. Sin embargo, ambos países tendrían un punto en común: su desconfianza hacia los planteamientos de mayor libertad de mercado impulsados por Gran Bretaña desde la década de 1980. Los demás países, los periféricos, desempeñamos solamente papeles secundarios en el drama.

Nunca he creído, sin embargo, en la validez de teorías conspiratorias tan complejas como ésta. Connolly acierta en muchas de sus conclusiones, pero es dudoso que la causa final de los problemas de la unión monetaria europea se encuentre en las intrigas políticas descarnadas que describe en su libro. La realidad suele ser más sencilla y las conspiraciones palaciegas menos importantes de lo que a menudo se cree. A lo mejor lo que sucede simplemente es que los políticos europeos siguen sin entender que los mercados a menudo funcionan no por lo que ellos hacen, sino a pesar de lo que hacen.


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