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La escritora británica Virginia Woolf (1882-1942) consideraba su quinta novela, Al faro, como una de sus más valiosas creaciones literarias. Así lo indica ella misma en las anotaciones de su diario, al exponer su estado de ánimo durante la fase de escritura:

Escribo ahora con mayor rapidez y libertad que

ninguna otra cosa que haya hecho en toda mi vida;

más —veinte veces más— que cualquier otra novela.

Creo que esto demuestra que estaba en el camino correcto

y que es aquí donde podré cosechar los frutos

que alcance mi alma.

Confirman esta opinión los medios más solventes de la crítica británica, que ha incluido Al faro entre las novelas más destacadas del panorama literario del siglo XX en Gran Bretaña.

Se trata de un relato de carácter introspectivo, muy del gusto de la autora, en el que las reflexiones íntimas y los sutiles conflictos emocionales que surgen de las relaciones personales, ocupan un lugar destacado en perjuicio de una trama argumental que se convierte, como la discutida visita a un faro perdido y sin importancia, en elemento secundario, aunque su sombra se cierne de principio a fin sobre los protagonistas.

La acción se inicia en el transcurso de unos días de descanso que el matrimonio Ramsay disfruta en su mansión de la isla de Skye, perteneciente al archipiélago de las Hébridas, en Escocia. La señora Ramsay propone una excursión en barca a un faro solitario que ejerce sobre ella cierta fascinación. Su deseo tropieza con la negativa del marido, que lo considera arriesgado por la inseguridad del tiempo y el mal estado de la mar. La falta de acuerdo y el hecho de que su hijo James apoya la propuesta de su madre, crea una sobrecarga de tensión entre los discrepantes. En la velada participan varios invitados, entre los que destaca la pintora Lily Briscoe, mujer tímida e insegura a la que anima la señora Ramsay a cultivar sus aficiones artísticas y de la que se erige en mentora y consejera. Queda así esbozado en la primera parte del relato que transcurre apenas en dos días, el marco ambiental en el que se desarrollará, diez años más tarde, el desenlace de la acción. El episodio se sitúa en el mismo lugar de la isla Skye, al que acuden los supervivientes del anterior encuentro, ya que varios de los presentes en el episodio anterior, incluida la señora Ramsay, han fallecido. Tal vez movidos por su recuerdo, el viudo y sus hijos emprenden la aplazada excursión al faro, circunstancia que permite a la autora transitar por ese complicado mundo de afectos y ensoñaciones que integra por la vía sentimental, después de una pausa reflexiva, las dos secuencias en una misma representación escénica.

Virginia Woolf, mujer de exquisita formación, miembro distinguido de los refinados ambientes de la cultura, el arte y las letras en la Inglaterra de principios de siglo XX, refleja retazos de su propia biografía a través de la señora Ramsay. Late en su novela un cierto sentido del dolor, la vida y la muerte, como si la autora presintiera en la dama protagonista el destino que le aguardaba cuando decidió suicidarse, incapaz de soportar el sufrimiento de graves desajustes emocionales, que provocaban en Virginia largos periodos depresivos que, ni siquiera al pensar en el amor que su marido le profesaba, lograba superar.


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