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Ludwig von Mises nació en 1881 en Lemberg, una ciudad entonces dentro de las fronteras del Imperio austro-húngaro, pero hoy parte de Ucrania (Lviv). Mises pertenecía a una familia judía de clase acomodada. Pronto dio muestras de una inteligencia y clarividencia poco comunes, de las que gozó hasta la muerte. Su lengua materna era el alemán, aunque llegó a dominar el inglés y otras. Fue uno de los pocos afortunados que abandonó Europa antes de que Hitler empezara con el exterminio judío. Falleció en Nueva York, en 1973.

Mises ha pasado a la historia como uno de los economistas más solventes e influyentes, un pensador de una profundidad y calidad extraordinarias. Su ensayo capital, La acción humana (1940, en alemán; 1946, en inglés), es uno de los libros más importantes del siglo XX. Véase aquí la versión canónica inglesa de esa obra: Human Action. Mises es quizá el representante más eminente de la Escuela Austriaca de Economía.

Ludwig Von Mises: "La teoría del dinero y del crédito", Madrid, 2012
Ludwig von Mises: “La teoría del dinero y del crédito”, Unión Editorial, Madrid, 2012

La teoría del dinero y del crédito supuso el estreno de Von Mises en el panorama mundial de los economistas. Esta obra se publicó por vez primera en alemán en 1912 bajo el título de Die Theorie des Geldes und der Umlaufsmittel (“La teoría del dinero y de los medios fiduciarios”) y fue reseñada en 1914 por un joven prometedor llamado John Maynard Keynes, que “hizo un juicio bastante negativo del contenido del libro”, señala José Antonio de Aguirre en la introducción a la edición española de La teoría del dinero y del crédito, publicada por Unión Editorial. La teoría del dinero y del crédito va acompañada de una presentación del profesor Jesús Huerta de Soto a la obra completa de Ludwig von Mises.

Aguirre relata que el objetivo de Von Mises era “combatir el inflacionismo, es decir, aquella política económica que recurre, para resolver los distintos conflictos que se presentan, a aumentar la cantidad de dine­ro, un fenómeno moderno asociado a la aparición y consolidación de los bancos centrales y el dinero fiduciario” (p. xxxix).

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, la revolución keynesiana se impuso. Se olvidó, como pone de manifiesto Von Mises en su libro, que “el dinero es, ante todo, un medio común de cambio que el mercado ha seleccionado como tal y no una crea­ción de la ley. Por este resquicio abierto es por donde penetran todas las doctrinas inflacionistas” (p. xl), apunta José Antonio de Aguirre en el mismo prólogo, y añade: “Hoy muchos aceptan que el dinero no pasa de ser una creación de la ley que decreta sencillamente el «curso legal» de un papel que no se refiere a nada. Los billetes del Banco de España hace ya tiempo que eliminaron la cláusula de «se pagará al portador», y así hacen otros muchos bancos centrales emisores” (p. xlii).

Pero el dinero no es una creación de la ley; es una mercan­cía que el mercado selecciona como medio común de cambio. De lo contrario termina ocurriendo lo que a la moneda alemana” en la gran hiperinflación que siguió a la Primera Guerra Mundial. La expulsión de la circulación de la moneda del Estado en momentos de inflación pone de manifiesto la auténtica naturaleza del dinero. Recuérdese que en la Europa del Este, bajo el dominio soviético, durante décadas, nadie quería tener ni un rublo ruso ni un zloty polaco en el bolsillo, ni el resto de divisas de aquellas tierras, porque se depreciaban a marchas forzadas. El dólar o el marco eran los reyes.

Para que el dinero tenga valor de uso es nece­sario que tenga antes valor de cambio. Como dice Von Mises, se precisa un valor de cambio basado en alguna otra cosa distinta a su función monetaria para que un bien pueda ser considerado dinero. De ahí el papel que ha jugado el oro en toda la historia de la humanidad. “Los «sustitutos monetarios» (billetes de banco y cheques) funcionan como el dinero, pero no son «dinero» (p. xlvi). Mises entiende por medios fiduciarios los billetes de banco y los saldos en cuenta corriente a la vista.

Hacia 1870, dos tercios del aumento de la oferta monetaria procedían de la creación de medios fiduciarios y este proceso continuó de forma ininte­rrumpida, de manera que tras la Primera Guerra Mundial (1914-18) el oro había desaparecido de la circulación y el 95 por ciento de los incrementos de la oferta monetaria procedía de la creación de medios fiduciarios.

Las cosas han empeorado: el Banco Central Europeo y la Reserva Federal de los Estados Unidos, sobre todo desde la crisis financiera a partir de 2007, han creado dinero inflacionario en cantidades astronómicas y en opinión de muchos expertos eso nos está abocando a una crisis de carácter casi apocalíptico, por las falacias en las que tal manera de proceder dice sustentarse. Las caídas de las Bolsas estos días tienen mucho que ver con ese dinero inflacionario. En las Bolsas había activos artificialmente sobrevalorados por un dinero previamente creado de la nada por los bancos centrales; un dinero que no sabía a dónde ir puesto que no se podía invertir en empresas productivas y rentables. Véase por ejemplo este juicio reciente de Daniel Lacalle: “No hay falta de estímulo monetario en la economía. La oferta monetaria mundial se ha disparado hasta los 81 billones de dólares, un máximo histórico, en medio de la epidemia, la mayoría de las principales economías han recortado los tipos y han aplicado tasas reales cero y negativas. De hecho, los principales bancos centrales ya estaban inyectando más de 150.000 millones de dólares al mes (PBOC, ECB, Reserva Federal, etc.) en una economía dopada mucho antes de que el coronavirus fuera noticia”. Frank Shostak lo expresa hoy así: “La probable aparición de una gran crisis económica no se debe tanto al coronavirus, como lo sugiere el pensamiento popular, como al resultado de la política monetaria de la Reserva Federal. Los ciclos de auge y caída económicos no son causados por conmociones como el coronavirus. El mecanismo responsable de ellos es la política monetaria del banco central. Es probable que el impacto del coronavirus debilite el conjunto de ahorros reales, amplificando así la crisis económica, pero no tiene nada que ver con el ciclo de auge y caída como tal“.

Más claro aún es Antony P. Mueller en una entrevista del pasado 6 de marzo: “En los Estados Unidos, la base monetaria pasó de 830.000 millones de dólares en enero de 2008 a más de 4 billones de dólares en septiembre de 2014, y en la actualidad, en enero de 2020, asciende a 3,4 billones de dólares. Sin embargo, este drástico aumento no ha provocado una inflación de los precios y ha estimulado la actividad económica sólo moderadamente. La razón de ello es que el sector de la banca comercial sólo transformó una parte de esta base monetaria en dinero en circulación y que los agentes económicos redujeron la velocidad de las transacciones”. Vale la pena leer sus declaraciones completas, en el enlace anterior y en el que sigue (segunda parte de la entrevista, del 9 de marzo): “Más dinero del banco central no significa más crédito comercial para los inversionistas y consumidores de la economía. Además, más dinero que entra en la economía no significa necesariamente más demanda porque los poseedores del dinero pueden reducir la frecuencia de las transacciones, la llamada velocidad del dinero. Cuando los agentes económicos gastan menos y mantienen sus activos monetarios durante un período de tiempo más largo, la velocidad de circulación del dinero se reduce. Por lo tanto, es erróneo postular que más dinero significa más crédito y que más dinero siempre significa más gasto. Esa fue la falsa suposición de los monetaristas.”

En efecto, Ludwig von Mises, en el prefacio a la primera edición inglesa de su obra (1934), subrayaba la pérdida del valor del dinero como consecuencia de que “los gobiernos no se sienten suficientemente fuertes para pro­curarse por medio de impuestos o empréstitos los recursos que precisan para atender a los gastos que consideran imprescindibles, o bien para li­mitar sus gastos a los que pueden afrontar con los recursos de que dis­ponen”, y recurren “a la emisión de billetes no convertibles” (p. lxxiii). Añadía: “No estamos muy lejos de una situación en que por «política económica» se entienda ante todo el modo de influir sobre el poder adquisitivo del dinero. ¿Debemos mantener el actual contenido de oro de la unidad monetaria, o debemos orientamos hacia un contenido más bajo?” (p. lxxv). De la frase anterior solo hace falta cambiar “contenido de oro” por “poder adquisitivo” para situarnos en 2020.

“La teoría del dinero y del crédito” y la reconstrucción monetaria

Von Mises actualizó en 1953 La teoría del dinero y del crédito: con un prefacio y con un nuevo y sustancioso capítulo sobre “Reconstrucción monetaria”. El prefacio de la edición de 1953 y “Reconstrucción monetaria” suponen un resumen actualizado de la primera edición de la La teoría del dinero y del crédito. Por ello vamos a extractar a continuación el hilo central de la argumentación de esa parte, con las propias palabras de Von Mises traducidas del inglés por Juan Marcos de la Fuente. Solo añadimos títulos y negritas:

La inflación

“Las grandes inflaciones de nuestro tiempo no son algo que haya caído del cielo, sino fruto de la acción humana, y más precisa­mente de la acción de los gobiernos. Son producto de doctrinas que atri­buyen a los gobiernos el mágico poder de crear riqueza de la nada y de hacer feliz a la gente elevando la «renta nacional»” (p. lxxix).
“Una de las principales tareas de la economía consiste en refutar la fundamental falacia inflacionista que viene confundiendo la mente de escritores y políticos desde los tiempos de John Law a los de Lord Keynes” (p. lxxix).
“El dema­gogo no se preocupa de las consecuencias remotas de su política. Se de­cide por la inflación y la expansión del crédito, aunque sabe que el auge que produce es efímero y conduce inevitablemente al fracaso. Puede incluso alardear de ignorar los efectos a largo plazo, ya que «a largo plazo, todos muertos». Lo único que le interesa es el corto plazo” (pp. lxxix-lxxx).

La propiedad privada

“La propiedad privada de los medios de producción tiende a po­ner el control de la producción en manos de los más capacitados, garan­tizando así a todos los miembros de la sociedad la más plena satisfacción de sus necesidades. Otorga a los consumidores el poder de elegir a los proveedores que les suministran de la manera más barata todo aquello que precisan con mayor urgencia y de este modo someten a los empresa­rios y propietarios de los medios de producción, es decir a los capitalis­tas y terratenientes, a la soberanía de los consumidores. Hace libres a las naciones y a sus ciudadanos y proporciona amplio sustento para una población en constante aumento” (p. 383).
“El principal problema político es cómo evitar que los dirigentes se conviertan en déspotas y tiranicen a los ciudadanos. La defensa de la libertad de los individuos contra el abuso de los gobiernos tiránicos es el motivo esencial de la historia de la civilización occidental. El rasgo característico de Occidente es la promoción de la libertad de la gente, pre­ocupación desconocida a los orientales. Todas las maravillosas conquis­tas de la civilización occidental son frutos madurados en el árbol de la libertad“ (p. 384).

Defender el dinero fuerte

“Es imposible captar el significado de la idea de un dinero fuerte si no se comprende que fue concebido como instrumento para la protección de las libertades civiles contra las despóticas incursiones de los gobier­nos. Ideológicamente pertenece a la misma clase que las constituciones políticas y las cartas de derechos” (p. 384).
“El pos­tulado del dinero fuerte surgió inicialmente como respuesta a la práctica principesca de adulterar la acuñación. Más tarde se elaboró cuidadosa­mente y se perfeccionó en la época en que —a través de la experiencia de la moneda continental americana, el papel moneda de la Revolución Fran­cesa y el periodo inglés de la restricción— puso de manifiesto lo que un gobierno puede hacer con el sistema monetario de un país” (p. 384).
Dinero fuerte significa patrón metálico. Las monedas patrón son de hecho una determinada cantidad de ese patrón tal como precisamente lo determinan las leyes del país. Sólo este tipo de dinero puede tener sin limitación la cualidad de curso legal. Las monedas divisionarias y cual­quier clase de papel moneda tienen que ser, a su presentación y sin de­mora, convertidos en el patrón monetario legal” (p. 385).
“Una doctrina sana sólo puede salir victoriosa si es capaz de refutar los errores de sus adversarios” (p. 385).
“La excelencia del patrón oro consiste en que hace que la determinación del poder adquisitivo de la unidad monetaria sea independiente del go­bierno y de los partidos políticos. Además, impide que los gobernantes burlen las prerrogativas financieras y presupuestarias de las asambleas representativas. El control parlamentario sobre las finanzas sólo es efec­tivo si el gobierno no se encuentra en una posición que le permita reali­zar gastos no autorizados sirviéndose para ello del aumento de la circu­lación del dinero fiduciario” (p. 386).

 

Consecuencias del inflacionismo

Esta política de inflacionismo radical es, desde luego, sumamente popular. Pero esa popularidad se debe, en gran parte, al desconocimien­to de sus efectos. Lo que la gente realmente desea es que suban los pre­cios de los bienes y servicios que ellos venden y que los de los bienes y servicios que compran se mantenga sin cambios. El productor de patatas quiere que el precio de las patatas suba. No quiere que suban los demás precios. Se siente perjudicado si estos otros precios suben antes o en mayor proporción que los precios de las patatas. Si un político declara en un mitin que el gobierno debe adoptar unas medidas que hagan subir los precios, el público le aplaudirá. Pero cada oyente piensa en la subida de precios diferentes” (p. 387).
“Desde tiempo inmemorial se ha recomendado la inflación como me­dio para aliviar las cargas de los pobres y dignos deudores a costa de los ricos y duros acreedores. Sin embargo, bajo el capitalismo los deudores típicos no son los pobres sino los acomodados propietarios de bienes raíces, de empresas, de valores, gente que ha obtenido préstamos de los bancos, cajas de ahorro, compañías de seguros, y tenedores de bonos. Acreedores no son los ricos sino gentes de modestos recursos que poseen bonos y cuentas de ahorro o han suscrito pólizas de seguros. Si el hom­bre corriente soporta medidas antiacreedoras, es porque ignora que él es efectivamente acreedor. La idea de que son los millonarios las víctimas de una política de dinero fácil no es más que un resto de atavismo” (pp. 387-388).

 

El Gobierno no puede crear bienes emitiendo papel moneda o equivalentes 

Para la mente ingenua hay algo de milagroso en la emisión de dinero-signo. Una palabra mágica pronunciada por el gobierno crea de la nada algo que se puede cambiar por cualquier mercancía que se desee. ¡Qué pobre es el arte de los hechiceros, las brujas, los ilusionistas comparado con el del Departamento del Tesoro del gobierno! El gobierno, nos dicen los profesores, «puede crear todo el dinero que necesite imprimiéndolo». El impuesto sobre la renta, anunció un presidente del Banco de la Reser­va Federal de Nueva York, es algo «obsoleto». ¡Maravilloso! ¡Y cuán maliciosos y misántropos son aquellos obstinados defensores de la anti­cuada ortodoxia económica que exigen que los gobiernos equilibren sus presupuestos cubriendo sus gastos con impuestos sobre la renta!” (p. 388).
“Cuando aparecen las inevitables consecuencias de la inflación y los precios se elevan, piensan que las mercancías se han encarecido y no ven que el dinero se ha abaratado” (p. 388).
“De pronto se descubre con sorpresa que la inflación continúa, que origina una subida de los precios y éstos se ponen por las nubes. La eta­pa crítica comienza cuando el ama de casa piensa: «No necesito una nue­va sartén. La necesitaré dentro de uno o dos años. Pero la voy a comprar porque luego será mucho más cara.» Entonces se cerrará el fin catastró­fico de la inflación. En la etapa final el ama de casa piensa: «No necesito una mesa nueva; nunca la necesitaré. Pero es más sensato comprarla que conservar un minuto más estos trozos de papel que el gobierno llama dinero.»” (p. 389).
“Ante todo conviene recordar que no es cierto que el patrón oro haya fracasado. Los gobiernos lo abolieron para preparar el camino a la infla­ción” (p. 389).

 

Qué es el interés

“La doctrina expansionista no comprende que el interés, es decir el descuento de bienes futuros por bienes presentes, es una categoría origi­naria de la valoración humana, presente en todo tipo de acción e inde­pendiente de cualquier institución social. Los expansionistas no captan el hecho de que nunca ha habido ni puede haber seres humanos que atri­buyan a una manzana disponible dentro de un año o dentro de cien años el mismo valor que a una manzana disponible ahora mismo” (p. 391).
“Con­sideran el interés como el precio que la gente tiene que pagar por recibir dinero prestado. Su nivel, por lo tanto, depende de la magnitud de la oferta de dinero. Si las leyes no limitan artificialmente la creación de di­nero adicional, el tipo de interés deberá bajar, y en definitiva acabará siendo nulo. Es preciso que desaparezca la presión «contraccionista»; se deberá acabar con la escasez de capital, y de este modo se conseguirá que muchos proyectos económicos que se hallan obstruidos por el «restriccionismo» del patrón oro, resulten realmente posibles. Para que todos puedan participar de la prosperidad es necesario quebrantar las «reglas de juego del patrón oro», cuya observancia es el origen de todos nues­tros males económicos” (pp. 391-392).
“Lo más sorprendente de este razonamiento es que surgió precisamente en países deudores, para los que el funcionamiento del mercado mone­tario y de capitales significa una afluencia de fondos extranjeros y por consiguiente la formación de una tendencia al descenso en los tipos de interés. Era popular en Alemania y más aún en Austria en los años 70 y 80 del siglo pasado, pero difícilmente se le tomaba en serio por aquellos años en Inglaterra y Holanda, cuyos bancos y banqueros prestaban am­pliamente a Alemania y Austria. En Inglaterra sólo se propuso tras la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña había perdido su posi­ción de banco central mundial” (p. 392).
“Desde luego, se trata de un razonamiento insostenible. El inevitable fracaso de todo intento de expansión del crédito no se debió a la interco­nexión internacional de los negocios consistentes en prestar dinero. Fue el resultado de la imposibilidad de que el dinero-signo y el dinero-crédi­to sustituya a bienes de capital inexistentes. La expansión crediticia pue­de inicialmente producir un auge; pero se trata de un auge que acabará desplomándose y ocasionando una depresión. Lo que produce la recurrencia de periodos de crisis económica son precisamente los reiterados intentos de los gobiernos y de los bancos por ellos dominados de ampliar el crédito en orden a fomentar los negocios mediante un bajo tipo de in­terés” (pp. 392-393).

 

Una determinada forma de inflación, salarios y paro

“El negocio va mal, dice el tendero, porque mis clien­tes actuales o posibles no tienen bastante dinero para ampliar sus com­pras. En esto tiene razón. Pero cuando añade que lo que se precisa para que su negocio sea más próspero es incrementar la cantidad de dinero en circulación, se equivoca de plano. En lo que realmente piensa es en un aumento de la cantidad de dinero que vaya a parar a los bolsillos de sus actuales o posibles clientes, al tiempo que la cantidad de dinero a dispo­sición de los demás permanece idéntica. Pide una determinada forma de inflación, es decir una inflación en la que el nuevo dinero adicional vaya primeramente a parar a los bolsillos de un determinado grupo de gente, sus clientes, lo cual le permitirá cosechar los beneficios de la inflación” (p. 393).
“El nivel de los salarios es un fenómeno del mercado: es el precio que se paga por una cierta cantidad de trabajo de una cualidad determinada. Si una persona no puede vender su trabajo a un precio que le gustaría, tiene que rebajar el precio que pide por él, pues de otro modo queda sin empleo… Sólo existe un camino eficaz para elevar los salarios reales y promover un mejor nivel de vida de los asalariados: aumentar la cuota de capital per cápita. Y eso es lo que produce el capitalismo del laissezfaire en la medida en que su funcionamiento no sufre la injerencia del gobierno y de los sindicatos” (p. 394).
“Si hay paro, dice la doctrina progresista, el gobierno tiene que incre­mentar el dinero en circulación hasta alcanzar el pleno empleo. Es, di­cen, un gran error llamar inflación a un aumento de la cantidad de dine­ro en circulación realizado en estas condiciones. Se trata justamente de «política de pleno empleo»” (pp. 394-395).
“El recurso a la inflación puede proporcionar al gobierno los fondos que no podría recaudar mediante los impuestos o los préstamos posibilitados por los ahorros del público, pues chocaría contra la gente y sus representantes parlamentarios” (p. 398).
“La escasez es el rasgo esencial de un bien económico. Los bienes que no son escasos respecto a la demanda de los mismos no son bienes eco­nómicos sino bienes libres. Nada tienen que ver con la acción humana y la economía no los tiene en cuenta. No se paga por esos bienes libres nin­gún precio y nada puede obtenerse a cambio de los mismos. Constatar el hecho de que el oro o el dólar escasean es una simple perogrullada” (p. 403).
“A los ruritanos les gustaría consumir más artículos extranjeros que los que pueden comprar exportando productos nacionales. Afirmar que los ruritanos sufren escasez de divisas es un modo más bien torpe de descri­bir esta situación. Los apuros provienen de que no producen más y me­jores cosas tanto para el consumo interior como para la exportación. Si el dólar puede cambiarse en el mercado libre por 100 rurs y el gobierno fija una paridad ficticia de 50, que trata de imponer mediante el control de cambios, la situación empeorará. Las exportaciones ruritanas caerán y subirá la demanda de artículos extranjeros” (p. 403).

Dinero, monopolio estatal y reforma monetaria

“Sin ex­cepción, todos los planes de reforma de los sistemas monetarios asignan a los gobiernos la supremacía ilimitada en materia de dinero y diseñan fantásticas imágenes de superbancos superprivilegiados. Incluso la ma­nifiesta futilidad del Fondo Monetario Internacional no es óbice para que los autores se abandonen a fantasías sobre un banco mundial que fertili­zaría a la humanidad con torrentes de crédito barato” (p. 405).
Esta forma de or­ganización económica la economía de mercado o capitalismoes en la actualidad objeto de general condena por parte de gobiernos y parti­dos políticos. Las instituciones educativas, desde las universidades a los jardines de infancia, la prensa, la radio, el teatro lo mismo que el cine y las editoriales se hallan casi completamente bajo el dominio de gente en cuya opinión el capitalismo aparece como el más nefasto de todos los males. El objetivo de sus políticas es sustituir el pretendido caos de la economía de mercado por la «planificación».” (p. 406).
“En este gran conflicto los partidarios del control público no pueden prescindir de la inflación. La necesitan para financiar su política de gasto inconsiderado y de pródiga subvención y soborno a los votantes” (p. 407).
“La excelencia del patrón oro consiste en que hace que la determina­ción del poder adquisitivo de la unidad monetaria sea independiente de las medidas del gobierno. Arrebata de manos de los «zares económicos» su instrumento más temible. Hace que no puedan recurrir a la inflación. Tal es el motivo de que el patrón oro sea furiosamente atacado por todos aquellos que esperan beneficiarse de la bolsa, aparentemente inagotable, del gobierno” (p. 408).

Los trucos del gobierno

Lo primero que se precisa es obligar a los gobernantes a gastar sólo lo que, de acuerdo con las leyes debidamente promulgadas, pueden recau­dar vía impuestos. Si los gobiernos pueden recibir préstamos del público y, en caso afirmativo, en qué medida, son cuestiones irrelevantes en el tratamiento de los problemas monetarios. La cuestión de fondo es que el gobierno no debería hallarse en posición de poder incrementar la canti­dad de dinero en circulación ni la de los depósitos bancarios a la vista sin plena cobertura es decir, al 100 por cienpor depósitos desembol­sados por el público. No puede dejarse abierta ninguna puerta trasera por donde pueda colarse la inflación. Ninguna situación de emergencia pue­de justificar el retorno a la política inflacionista. La inflación es incapaz de proporcionar armas a un país que necesita defender su independen­cia y tampoco los bienes de capital que se precisan para cualquier pro­yecto. No está a su alcance remediar las condiciones negativas. De lo único de que es capaz es de ayudar a que se exculpen los gobernantes cuyas políticas producen resultados catastróficos” (p. 408).
El observador poco perspicaz sólo ve lo que el gobierno ha hecho gastando el dinero de nueva creación. No ve las cosas que dejaron de hacerse y que proporcionaron al gobierno los medios que le sirvieron para conseguir su éxito. No comprende que la inflación no crea bienes adicionales, sino que simplemente transfiere la riqueza y la renta de unos grupos a otros. Olvida, además, los efectos secundarios de la inflación: las inversiones desafortunadas y la desacumulación de capital (p. 409).
La inflación y la expansión del crédito son los medios para ocultar el hecho de que existe escasez de los bienes de la naturaleza de los que de­pende la satisfacción de las necesidades humanas. El principal empeño de la empresa privada capitalista es vencer esa escasez en la medida de lo posible y proporcionar un nivel de vida cada vez más elevado para una población en constante aumento. El historiador no puede menos de constatar que el laissezfaire y el recio individualismo consiguieron, en una medida desconocida hasta entonces, proporcionar al hombre corriente abundancia de alimentos, vestidos y muchas otras comodidades. Pero por más sorprendentes que hayan sido estas conquistas, siempre habrá un límite estricto a lo que se puede consumir sin reducir el capital disponi­ble para proseguir y, más aún, ampliar la producción” (p. 411).
“En tiempos pasados los reformadores sociales creían que lo único que había que hacer para mejorar las condiciones materiales de las capas más pobres de la sociedad era confiscar los excedentes de los más ricos para distribuirlos entre quienes tienen menos. La falsedad de esta fórmula, que sin embargo sigue siendo el principio ideológico que inspira al actual sistema fiscal, no la discute ya ninguna persona razonable” (p. 411).
“La producción total de un país o de todo el mundo en un determina­do periodo de tiempo no es una magnitud independiente de la organiza­ción económica de la sociedad. La amenaza de verse privado por la con­fiscación de una considerable e incluso de la mayor parte del rendimiento de las propias actividades desanima al individuo en la persecución de la riqueza, con el consiguiente resultado de una disminución del producto nacional. Los socialistas marxistas se abandonaron en otro tiempo a enso­ñaciones sobre un fabuloso aumento de los ricos que habría de seguirse de la aplicación del modo socialista de producción. Lo cierto es que toda infracción de los derechos de propiedad y toda restricción a la libre em­presa reducen la productividad del trabajo. Una de las primeras preocu­paciones de todos los partidos contrarios a la libertad económica es hur­tar este conocimiento a sus electores. Las distintas clases de socialismo e intervencionismo no podrían mantener su popularidad si el pueblo des­cubriera que las medidas cuya adopción se saluda como progreso social en realidad reducen la producción y tienden a originar la desacumula­ción del capital. Ocultar estos hechos al público es uno de los servicios que la inflación presta a los partidos llamados progresistas. La inflación es el verdadero opio del pueblo, administrado por los gobiernos y parti­dos anticapitalistas” (p. 411).
“La empresa privada es una fuente de ingresos para el tesoro. La industria nacionalizada constituye una sangría de los recur­sos del gobierno. Pero estos recursos serán insuficientes si no se hinchan mediante una inflación creciente” (p. 413).
Permítaseme insistir sobre este punto. Si la gente desea consumir ar­tículos producidos en el extranjero, tiene que pagarlos con sus propios productos o servicios. Esto se aplica a la relación entre la gente de Nueva York y la de Iowa no menos que a la relación entre los habitantes de Ruritania y los de Laputania. La balanza de pagos siempre se equilibra; pues si los ruritanos (o los neoyorquinos) no pagan, los laputanos (o los de Iowa) no venden” (p. 417).
La reforma del sistema monetario que proponemos y el retorno a las condiciones de un dinero sólido presuponen un cambio radical en la filo­sofía económica. No se puede hablar de patrón oro mientras el derroche, la desacumulación de capital y la corrupción sean las principales características de la gestión de los asuntos públicos” (p. 426).

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