Compartir:

Keynes es, para los políticos, un recurso que nunca falla: cada vez que hay crisis, se apela a sus enseñanzas para sacar a la economía del atolladero. También la actual pandemia ha hecho que se recuerden sus propuestas. El economista británico viene a ser una especie de salvavidas de la política económica, al que se echa mano cuando el barco está hundido o a punto de precipitarse en lo más profundo del océano.

Pero no es lo mismo Keynes que el keynesianismo. ¿Qué es lo que realmente propuso? Tal y como explica Zachary D. Carter, periodista político y económico, en un best-seller recientemente publicado, The Price of  Peace, lo cierto es que, si no debemos negar a Keynes el éxito a la hora de enderezar el curso del desarrollo económico tras la II Guerra Mundial, por otro lado, quienes se preciaban de ser sus herederos parecen finalmente haber traicionado los postulados básicos de sus propuestas.

Las ideas de Keynes responden a un contexto histórico marcado por las desastrosas consecuencias de los conflictos bélicos y, especialmente, la pérdida del predominio inglés sobre la economía

En resumen: lo que plantea Carter es que, desde Galbraith a Solow, sin olvidar a otro economista americano importante como Paul Samuelson, autor del manual de economía más recomendado de todos los tiempos, estos supuestos seguidores del brillante autor de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero lo que hicieron fue transigir con el mercado, dando lugar a esa vía intermedia entre intervención y libertad económica que ha caracterizado en gran parte la política de la segunda mitad del siglo XX. Y lo que llevamos del XXI.

The price of peace. Zachary D. Carter. Random House, 2020. 608 págs. 29¡71 € (papel) / 11'01 € (digital)
The price of peace. Zachary D. Carter. Random House, 2020. 608 págs. 29’71 € (papel) / 11’01 € (digital)

Para Carter, esa entente cordiale entre capitalismo y keynesianismo no ha sido suficiente a la hora de capear las crisis, como la última tormenta, la de 2007-2008. Pero tampoco ha servido para poner de manifiesto la revolución que inspiró una de las mentes más brillantes de la historia, como lo fue Keynes a juicio de otro británico de Cambridge, tampoco falto de inteligencia: Bertrand Russell. Al final, ese keynesianismo descafeinado que llegó a Estados Unidos fue fácilmente reemplazado por el embate de los neoclásicos. Y el neoliberalismo, tan criticado en la última recesión, ha provocado mayor desigualdad y marginalidad, por lo que es imprescindible, según quienes suscriben esta lectura de la historia económica, volver al Keynes primigenio.

Eso es lo que pretende Carter. Nada más y nada menos. En este sentido, no puede entenderse al personaje que se encuentra detrás de Las consecuencias económicas de la paz sin adentrarse en su apasionante biografía. Keynes era el hijo de una acomodada familia y un adicto a la buena vida y los placeres intelectuales. Fue integrante del círculo de Bloomsbury, un grupo en el que se había conciliado el hedonismo con el elitismo cultural. Nada de esto último es intrascendente, sino muy importante para entender sus aportaciones, ya que en gran parte sus medidas económicas responden a la necesidad de democratizar ese estilo de vida privilegiado y sublime que Keynes disfrutaba.

Carter considera a Keynes un intelectual en quien los intereses prácticos, el progreso, la moral y la economía están muy vinculados y van de la mano

Ahora bien, en términos económicos, ¿en qué consiste la revolución keynesiana? Como trata de poner de manifiesto Carter en esta biografía intelectual, imprescindible para entender la evolución de la política y la economía de la historia reciente, las ideas por las que conocemos a Keynes, y que aparecen reflejadas en sus obras, no nacieron en la década de los 30, sino que responden a un contexto histórico marcado por las desastrosas consecuencias de los conflictos bélicos y, especialmente, la pérdida del predominio inglés sobre la economía. Por otro lado, no es solo un economista: Carter lo considera el último ilustrado, es decir, un intelectual en quien los intereses prácticos, el progreso, la moral y la economía están muy vinculados y van de la mano.

Keynes hizo de los juegos de lógica un placer y pasó los veranos que interrumpían su frenética vida laboral urdiendo un tratado de probabilidad. Comprendió en profundidad los secretos de la estadística y, desde esta óptica, trata de ofrecer una respuesta a lo que no se puede controlar. Aludió a los “espíritus animales”, para hacer referencia a esos factores que ni el economista más versado puede formalizar o racionalizar, pero que en muchas ocasiones explican la actitud de los consumidores.

En la época en que Keynes escribió, Gran Bretaña perdió músculo financiero como consecuencia de la I Guerra Mundial; el centro bursátil se trasladó de la City a Wall Street y el mundo pasó a depender, desde entonces, del Tío Sam. Keynes buscó contrarrestar este desplazamiento, pero el desarrollo histórico posterior -la II Guerra Mundial y, especialmente, los acuerdos de Bretton Woods, en los que se estableció definitivamente la paridad de las divisas nacionales con el dólar- fue por otros derroteros, aunque sin desviarse por completo de los que él aconsejaba, como veremos.

Hoy parece que vivimos en circunstancias distintas, pero el ensayo de Carter, aun no traducido al castellano, revela que no tanto como cabe suponer. Existirá, ciertamente, una disputa entre los partidarios de apretarse el cinturón y quienes, en contra de la austeridad, piensan de un modo más cortoplacista, proponiendo, en línea con su magisterio, aumentar el gasto público para estimular la demanda. Sea como fuere, sin embargo, el mercado tiene sus deficiencias y, en ocasiones, es necesaria la intervención para corregir sus desviaciones. Hasta qué punto hay que hacerlo y en qué sentido es lo que se discute desde entonces.

Sin embargo, en época de Keynes la necesidad de intervenir no estaba tan clara. Y es esto precisamente lo que resulta tan revolucionario, porque Keynes fue un hereje para quienes vivían todavía amparados por la constelación de la economía clásica. Vino a decir que, a diferencia de lo que suponían los economistas, de Adam Smith en adelante, la mano invisible del mercado no era suficiente para sostener el equilibrio. O, lo que es lo mismo, que no había ningún automatismo por el que la búsqueda del interés privado reforzara la eficiencia económica y el reparto equitativo de la riqueza. Esta era la razón por la que el futuro de la economía -en resumen, la viabilidad de un país-, exigía que la política fuera en su rescate, ayudando a paliar las secuelas de las posibles desestructuraciones.

LA ECONOMÍA, EL PRIMER ASUNTO DE LA POLÍTICA

En realidad, desde su ensayo sobre los efectos de la primera conflagración mundial en la economía, se puede resumir la enseñanza de Keynes diciendo que su principal contribución fue la de convertir la economía en el primer asunto de la política. Su certeza de que detrás de todo político se encuentra un economista difunto no ha podido ser más verdadera. Por ejemplo, en su participación en la conferencia de paz, creyó que el principal objetivo tenía que ser el de cancelar la deuda. Buscaba, así, aliviar el peso de la reconstrucción y facilitar la pacificación del continente, puesto que esa medida reduciría la “ansiedad” de las partes en liza y, como explica Carter, habría recursos para los programas de ayuda.

Junto a ello, y aunque se mostró hostil al mantenimiento del patrón oro, que desapareció finalmente tras la II Guerra Mundial, Keynes fue partidario de las reparaciones de Alemania, pero planificándolas, evitando que este país cayera en recesión. Pero quería evitar, sobre todo, que pudiera hacer sombra al predominio económico inglés. Se ha dicho que Keynes pretendía evitar que Alemania se adentrara en la espiral de la crisis y, por tanto, que de haber seguido sus consejos tal vez se hubiera evitado lo que sabemos por la historia que ocurrió en 1933. El objetivo del británico era económico, más que moral: lo que deseaba era anular al posible competidor continental de Gran Bretaña. El peligro, sin embargo, estaba al otro del lado del Atlántico.

 EL ESTADO DEL BIENESTAR

Si en Keynes la economía se convierte en la principal preocupación política, también se puede decir que la economía se profesionaliza. En este sentido, no está de más señalar que su obra más conocida, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero se publicó en 1936, tras la llamada Gran Depresión, en la que el desempleo alcanzó cotas históricas. El libro trataba de proponer una solución a la crisis diferente a la tradicional. Para Keynes el empleo no estaba relacionado con el precio del trabajo, sino que tenía que ver con la demanda y, por tanto, lo importante era que el sector público estimulara esta última para superar el estancamiento y dotar de liquidez al sistema.

Su teoría era también, y así se interpreta en estas páginas, un ataque frontal contra el imperialismo. En efecto, Keynes ofrece de alguna manera los instrumentos políticos para mantener a flote las finanzas de un país, sin necesidad de contar con la ayuda de sus poderosos vecinos. También su trabajo en la creación del Fondo Monetario Internacional -junto con su homólogo estadounidense, Harry Dexter White- muestra su interés por asegurar la supervivencia autónoma de los países, sin necesidad de contar con el respaldo de un Estado que los salvaguarde. Aunque dependemos todavía mucho de EE.UU., ahora la rivalidad con China y el poder internacional que la UE se niega a ceder están compensando la balanza. La estabilidad es la mejor receta contra cualquier tipo de tutelaje, podría haber dicho Keynes.

Keynes no era enemigo del capitalismo. Pensaba que se había desarrollado sin control y que era necesario incidir en el impacto que determinadas medidas políticas podían tener en la economía

Asimismo, al enfrentarse con habilidad y pericia técnica a las deficiencias de la economía de mercado, explicando que no se trata de inestabilidades inexorables, sino de respuestas a determinadas decisiones de orden político, también ayudó a comprender que la desigualdad no era el precio a pagar por el progreso, como se pensaba. Es por ello por lo que, a pesar de los años transcurridos, su obra no deja de suscitar nuevamente interés, ya que hay en la actualidad más sensibilidad ante las injusticias. Si algo ha enseñado el economista británico es que la inequidad económica puede ser solventada por correcciones.

 Carter sitúa las aportaciones de Keynes en un amplio contexto económico y político, sin olvidar su sempiterna rencilla con Hayek ni la suerte que deparó al keynesianismo administraciones consideradas progresistas. Pero conviene precisar que, a diferencia de comunistas y aun de socialistas, Keynes no era enemigo del capitalismo, sino que se consideraba un defensor del mismo. Pensaba que, hasta entonces, este sistema económico, tan beneficioso como se había mostrado, se había desarrollado sin control y lo que creía es que era necesario incidir en el impacto que determinadas medidas políticas podían tener en la economía.

El libro de Carter es una biografía intelectual, por lo que es necesario dar unas breves pinceladas también acerca del personaje. La vida de Keynes fue interesante y frenética, ya que, si como economista participó de los principales acontecimientos de la primera parte del siglo XX, desde los Tratados de Paz hasta las grandes reuniones diplomáticas, fue un exquisito amante del arte y un enamorado de la cultura. Carter consigue ofrecer un perfil de Keynes, una figura trascendente sin la que es imposible entender el curso posterior de la centuria. Así, por ejemplo, aunque el principal artífice del Estado de Bienestar fue William Beveridge (1879-1963), el desarrollo de un capitalismo social en el que se articula la libertad económica con intervención para corregir los fallos del mercado y el reconocimiento de derechos sociales beben directamente de sus enseñanzas.

El autor apunta a que el verdadero keynesianismo puede ayudar a superar las amenazas políticas que se ciernen sobre los países desarrollados, como el populismo

Pero si hay consenso a la hora de señalar la conveniencia de reconsiderar las enseñanzas keynesianas, no es menos cierto que de acuerdo a los expertos eso no tiene por qué implicar la vuelta a las mismas. La situación económica mundial ha cambiado y a raíz de las crisis sucesivas se está poniendo en entredicho el sistema que Keynes ayudó a articular en Bretton Woods. Vamos hacia una economía menos institucionalizada, más volátil, por lo que se ha de debatir hasta qué punto tenemos que seguir confiando en el alcance de las decisiones políticas.

Carter no plantea ninguna solución concreta, pero apunta a que el verdadero keynesianismo puede ayudar a superar las amenazas políticas que se ciernen sobre los países desarrollados, como el populismo. Ahora, la crisis del COVID también hace que se plantee la posibilidad de una mayor estimulación e incluso conservadores como Trump vuelven a recetas extrañamente cercanas a las que propuso el genial economista británico.

Lo que está claro es que, sea cual sea la postura sobre su herencia, estamos lejos de haber comprendido y asimilado sus enseñanzas.


Compartir: