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La editorial Siruela publica una bellísima edición (como suya) de Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda de Roger Lancelyn Green (1918-1987), autor de exquisitas recopilaciones de literatura popular, y miembro de la tertulia oxoniense de los Inklings con J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis. La edición viene con las ilustraciones de Aubrey Beardsley (1872-1898): un lujo. La excelente traducción de José Sánchez Compañy está a la altura, además.

El original se publicó en 1953 y recoge, con sentido estético y narrativo, las historias dispersas del ciclo artúrico. Las dota de unidad y trabazón, siguiendo con especial complicidad a sir Thomas Malory, recopilador del ciclo en La muerte de Arturo, publicada en el siglo XV.

El Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda. Siruela, 280 pags. 28 euros.

«La historia del rey Arturo y las aventuras de sus caballeros han sido narradas tantas veces que, a primera vista, no parece que haya motivo para volver a contarlas una vez más», se excusa Lancelyn Green, aunque a renglón seguido da la razón exacta: «Pero con las grandes leyendas pasa lo mismo que con los mejores cuentos de hadas: cada época debe volver a contarlas, pues siempre hay en ellas algo nuevo por descubrir; cada reelaboración las presenta a la siguiente generación con renovada viveza y frescura, y es ahí donde radica su inmortalidad».

Una vigencia que recordaba recientemente la catedrática y especialista en el mito arturico, Victoria Cirlot, a raíz de la publicación de su libro Luces del grial.

El autor, otro caballero de la Tabla Redonda

Sir Roger Lancelyn Green cumple su palabra como si de otro caballero de la Mesa Redonda se tratase (ya desde su propio nombre). Hay que destacar, en efecto, la viveza y frescura de su prosa, evocativa y plástica. «Hacia el bosque cabalgaron con la armadura completa, entrando y saliendo de las sombras de la mañana. […] la luz que se derramaba como lluvia dorada al filtrarse por entre las frescas hojas verdes de los árboles, reflejándose en su bruñida armadura» O esta otra imagen: «La niebla es rojiza a la luz de la mañana. ¡Aquellos jinetes cabalgan hasta las cinchas en un mar de sangre!»

Lo más interesante, con todo, es que Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda no se limita a transmitir o a embellecer un cuerpo narrativo, sino que también es fiel al espíritu más acendrado de la novela de caballerías.

Chesterton: «Las niñas siguen soñando con un Príncipe Azul, y no con un presidente de la república».

Como explica el profesor de Cambridge, Ryan M. Reeves, la caballería fue una propuesta pedagógica o civilizatoria de la Iglesia a los duros señores de la guerra altomedievales. Supuso a la larga un gran éxito social y sus apelaciones llegan a nuestros días, a veces transmutadas incluso en súper héroes de cómic o en películas de capas y espadas. Chesterton nos hizo notar la pervivencia del mito con su peculiar estilo: «Las niñas siguen soñando con un Príncipe Azul, y no con un presidente de la república».

Recuerda Rob Riemen en Nobleza de espíritu (Taurus, 2007): «La vida humana no se puede moldear a gusto de las autoridades. La política no está facultada para prometernos la felicidad. El pensamiento político no es capaz de resolver las grandes dudas existenciales. En opinión de Thomas Mann, únicamente la cultura, la ética, la religión y el arte nos pueden indicar el camino a seguir». Eso hizo (hace) la apelación a la nobleza de espíritu de las leyendas artúricas.

Más sistemáticamente estudia este aspecto un impagable José Enrique Ruiz-Doménec en La novela y el espíritu de la caballería (Biblioteca Mondadori, 1993): «Los ideales, ritos y formas de vida creados por el espíritu de la caballería han hecho de los europeos unos individuos diferentes al resto de los habitantes de la tierra: unos buscadores constantes, tenaces, de la libertad como único ámbito de acción. Esta identidad por medio de la diferencia con los demás toma la levedad en serio, la proyecta hacia la construcción de la sociedad, la utiliza para asentar la voluntad de poder sobre las esperanzas que corren delante del hombre. En esta titánica tarea la novela fue el principal elemento, entre otras muchas cosas porque liberó al europeo del peso de la tragedia clásica, que había encerrado a griegos y romanos en el tiempo circular».

A veces, hablando de la fascinación que producen las más exitosas series televisivas se comenta lo bien que, gracias a ellas, se entendía retrospectivamente la locura de Alonso Quijano cuando entra en esos mundos de extrema fantasía, con personajes exagerados, tan atractivos como violentos, y con argumentos inacabables y entrelazados. Viendo series de claro en claro, se termina por empatizar con el viejo hidalgo manchego.

Modelos atemporales

Mucho mejor se le recuerda leyendo las aventuras de la Tabla Redonda, porque entonces la identificación es con don Quijote. Por el poder emulativo del modelo moral que proponen. Un efecto que no escapó a un perspicaz Max Scheller en un libro fundamental de 1957, Modelos y líderes, recién reeditado en España por Ediciones Sígueme. Allí dice: «Mientras que hoy existe una cantidad enorme de literatura sobre el problema del liderazgo, muy pocos han evaluado la importancia, la formación, la eficacia y la fuerza formadora de almas que poseen los modelos (por ejemplo, el sabio, el “alma bella” o el ideal de caballero)».

Este libro puede leerse, por tanto, como un ameno manual de virtudes modélicas. El amor a la aventura, el esfuerzo, el ánimo, la delicadeza con las damas («Señora, de poca valía sería el caballero que no pudiera soportar las ofensas de una dama» dice uno de los personajes), la deportividad con los enemigos («Me habéis acometido como corresponde a un caballero esforzado; caballeros así ponen gran contento en mi corazón»; «Cuanto más fuertes y poderosos sean mis enemigos, mayor será mi honra si los venzo»; llegando al culmen con Sir Gawain cuando confiesa a Lanzarote: «Muero por vuestra mano, y no se puede morir por una mano mejor»), la amistad, la fidelidad a la palabra dada, etc.

Lo que no quiere decir, en absoluto, que estemos ante un libro moralista ni, muchos menos, ñoño. Para empezar hay un punto gore en las truculentas heridas, en las cabezas decapitadas que rebotan contra el suelo y en una fiereza que el extremo esteticismo no disimula. Salpica la sangre.

El libro refleja sin ambages los complicados conflictos morales de los personajes

Además, no simplifica, sino que refleja sin ambages los complicados conflictos morales de los personajes. Sir Gawain, el sobrino del rey Arturo, «experimenta la oscuridad del tiempo, las tensiones escritas en el espíritu de las personas, incluso el valor del extrañamiento personal como forma de vida», según resume Ruiz-Doménec.

Más complejo aún, como señala el mismo estudioso, es Lancelot: «el mejor caballero y al mismo tiempo el más traidor de todos». De lo que es consciente, como nota Lancelyn Green: «Mas Lanzarote hundió la cara entre las manos y las lágrimas corrieron entre los dedos, pues recordó su propio amor por Ginebra».

El mal, ni más ni menos, sin medias tintas, acecha el reino de Arturo, y las historias lo reflejan de forma transparente. Se le puede combatir, esforzadamente, y hasta puede aprovecharlo: «Los que son como vos [esto es, los caballeros auténticos] hacen el bien a partir de los manejos de los malvados». Aquí apunta el empeño pedagógico del ciclo artúrico, ya desde Chrétien de Troyes. Lancelyn Green no sólo ha sido fiel, sino que ha dado un decidido impulso asequible y actual a esa intención.

Lo que explica su insistencia no sólo en que la verdadera nobleza no viene dada por la sangre (cuántos caballeros de origen humilde o, incluso, desconocido), sino ni tan siquiera por las obras. En realidad, la clave es la disposición interior porque, a pesar de la brillantez y el atractivo de las metáforas medievalizantes, se aspira a una auténtica nobleza de espíritu. Más claro no lo puede señalar.

El consejo que recibe Perceval

Véase el primer consejo que le dan a Perceval: «Pero la auténtica valía de un caballero no radica en los grandes hechos de armas, sino en el espíritu con que los emprende». Cuando Perceval vence a un viejo caballero, éste todavía tiene autoridad moral para decirle: «Os enseñaré todo lo que debe saber un caballero, pues no basta una hazaña como esta para alcanzar auténtico honor. [Perceval] aprendió sobre el bien y el mal, y sobre el deber del caballero de defender siempre al débil y castigar al cruel y al malvado».

Nacien, el ermitaño de Carbonek, alecciona a sir Bors: «Muy pocos caballeros se sentarán en la Tabla Redonda y vos, sir Bors, sois uno de los elegidos, pues, aunque no habéis realizado grandes hazañas ni ganado fama imperecedera, es en la pureza de la vida y no en el orgullo de los actos donde radica aquello que hace a un hombre digno de terminar su empresa».

Todo esto aguarda en el fondo, enterrado como un tesoro, y se atisba entre líneas. Por la superficie asistimos de una lectura amenísima, excitante y hermosa. Apela a sentimientos muy nobles y a conflictos espirituales muy íntimos, desde luego, pero lo hace desde la sensibilidad literaria más exquisita y el más primoroso sentido narrativo.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.