Compartir:

En los inicios de su carrera, a los veintiséis años, Antonio Gaudí (1852-1926) escribió en la memoria del proyecto de los candelabros de la plaza Reial (1878):

“Por muy bueno que sea un proyecto, por más que se haya logrado una mejor combinación de los materiales, (…) si la ejecución (…) se ve obligada a introducir variaciones que hagan inútil alguno o algunos miembros y perdiendo con ello la delicada unidad, primer elemento de belleza (…), queda transformado en un incoherente zurcido de distintos elementos, que por más que sean buenos en sí, les pasará lo que al monstruo de Horacio[1]; de aquí que la parte principal de nuestro candelabro es la ejecución, que debe ser apropiada, sencilla y esmerada, es decir llevada a cabo con amor”.[2]

El flamante arquitecto ya estipulaba dos principios de su arte: el artista concibe su obra mediante el amor, guiado por la intuición más allá de la razón planificadora; y cada miembro contribuye a la estabilidad, a la decoración y a la simbología de la obra de arte, que es una síntesis, una delicada unidad, la cual es la primera condición para que sea bella.

Templo de la Sagrada Familia © Shutterstock
Templo de la Sagrada Familia © Shutterstock.

Las ideas estéticas de Gaudí fueron teorizadas y explicadas con detalle quince años después por su amigo Josep Torras i Bages (1846-1916), elegido por los artistas que fundaron en 1893 el Cercle Artístic de Sant Lluc como su primer consiliario, cargo que dejó al cabo de cinco años, en 1899, para ser consagrado obispo de Vic.

Torras i Bages había estudiado Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, leyendo a Dante, a Goethe y a Taine

El sabio sacerdote había cursado la carrera eclesiástica utilizando como texto directamente a santo Tomás y había estudiado Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, leyendo a Dante, a Goethe y a Taine. Careciendo de formación específica en Bellas Artes, mantuvo entrevistas con diversos artistas para que le explicasen el concepto que tenían de su propia obra. Gaudí se convirtió en su interlocutor constante y en su objeto de estudio, para preparar las conferencias que anualmente impartía en el Cercle.

En la de 1897, teorizó una experiencia básica de Gaudí: cómo la obra de arte exterior vive previamente en su autor, concebida por el espíritu libre, racional y con luz propia del artista, fecundado por el lugar y el tiempo donde dicho artista vive. Se trata, según Torras i Bages, del verbum cordis de Tomás de Aquino.

“Este verbo tiene una especie de vida; no es la imagen muerta de la memoria, no tiene la forma pasiva de ésta, sino que es engendrado por un esfuerzo del espíritu, es hijo de la luz que hace visible dentro de sí mismo aquello que los ojos de la cara por sí nunca habrían visto. El verbo es la misma actividad del espíritu. (…)

Por eso en el genio, en sus operaciones creadoras, hay una intensidad de amor, el amor a su criatura. (…)  El verbo del corazón es el último de la potencia humana, según santo Tomás, porque es la operación perfecta, la obra del genio, pues como afirma el Angélico, este verbo no sólo el hombre lo forma, lo engendra, sino que lo pare, le da ya una existencia en cierto modo propia, si bien siempre accidental.[3]

La obra de arte es hija de su autor, es el eructo o parto de un verbum cordis, viviente primero dentro del artista, que pone en juego todas las facultades de su persona para concebirlo. Torras i Bages remachaba: “Esta colaboración del amor en la formación del verbum cordis es tan evidente que encuentra corroboraciones en la Sagrada Teología. (…) En la Naturaleza divina, el Engendrador está unido con el Engendrado por medio del Amor.[4]

Gaudí decía a sus colaboradores: “Para hacer las cosas bien, es necesario: primero el amor; segundo, la técnica”

Gaudí lo enseñaba así a sus discípulos y colaboradores: “Para hacer las cosas bien, es necesario: primero el amor; segundo, la técnica.[5]

Unos meses antes, en 1896, Torras i Bages había ingresado en la Acadèmia de Belles Arts de Sant Jordi y en su discurso, partiendo también de Tomás de Aquino, teorizó lo que Gaudí decía sobre la belleza. “Lo esencial de la belleza, la transparencia del Infinito en las cosas naturales, consiste indudablemente en un cierto resplandor. Sin él no hay objeto bello. La armonía o proporción, siguiendo el finísimo análisis de santo Tomás, constituye el sujeto, pero no la esencia de la cosa bella. (…) La luz o resplandor es como la forma del Infinito.[6]

Es que Gaudí, que en su juventud había escrito que la unidad es el primer elemento de belleza, en su madurez se presentaba a sí mismo como un arquitecto griego y repetía a sus discípulos la definición de Platón, que recogía el ideal del hombre griego: “La Belleza es el resplandor de la Verdad.[7]

Al hacerlo, se definía a sí mismo -al artista- no como un fabricante o elaborador de belleza, sino como un buscador de la misma. La fabricante o elaboradora de belleza es la Verdad; ella es quien la emite. Es su resplandor, es decir la luz muy clara que arroja, como hace el sol[8]. La Verdad brilla con gran fuerza, emite luz, que el artista es capaz de captar y mostrar a los demás hombres. Por tanto, “la Belleza vive independiente del Arte, es anterior a él, no es hija de los artistas; al revés, éstos son sus discípulos y buscadores.[9]

Torras i Bages ejemplificó que el Arte es sólo el medio de transmisión de una cosa más alta

En el citado discurso de ingreso en la academia, Torras i Bages ejemplificó que el Arte es sólo el medio de transmisión de una cosa más alta y existente antes de ser conocida, con el oficio que Gaudí había aprendido de su padre y seguía ejerciendo: “El talento del artista consiste en hacer resplandecer la luz divina en la materia, en bañarla de ella en la fragua de su inspiración; y así como el hierro al ponerse rojo es hierro y fuego a la vez, así la obra artística es materia y es espíritu. El artista no es solamente un hombre mañoso, es un vidente, es un contemplador de lo invisible que él hace visible a los demás hombres por virtud de cualidades natas de su espíritu, no adquiridas.[10]

Salida de escalera y chimeneas de La Pedrera. © Shutterstock

Cuatro años antes, en el verano de 1893, Gaudí estaba en Astorga y le avisaron de que su cliente y amigo, el obispo Joan Baptista Grau, se había herido con una rama durante la visita pastoral a caballo en Tábara y deseaba verle.

“Nadie hacía caso de su herida, pero yo enseguida comprendí que el obispo iba a morir. Y lo dije a los que le rodeaban… ¿Por qué comprendí que el obispo estaba enfermo de muerte?… Lo encontré tan bellamente transformado que me vino la idea que no podía vivir. Estaba “hermoso”, demasiado “hermoso”… ¡todo lo personal había desaparecido! Las líneas de la cara, el color, la voz… No quedaba del ser más que algo sin relación con las cosas. Y la belleza perfecta no puede vivir. La tesis, abstracto de las divinidades griegas, no habría vivido.[11]

Gaudí tenía cuarenta y un años y sabía que la verdad platónica, la tesis, abstracto de las divinidades griegas, no puede vivir en nuestro mundo, en el cual, sin embargo, sí puede captarse su resplandor, es decir la fuerte luz que emite. ¿Cómo? Pues gracias a los artistas. Torras i Bages precisaba, viendo a Gaudí: “En el genio del artista viven a su modo, porque las encarna en su entendimiento, les da forma y, por medio de ésta, las da a conocer a los demás hombres, y en esta vida que el artista sabe dar a las esencias, encarnándolas dentro de sí y después presentándolas a los demás hombres, consiste la belleza del Arte.[12]

De esta concepción de la Belleza, buscada por Gaudí jornada tras jornada en su labor de artista, mientras era observado por Torras i Bages, los dos amigos pudieron extraer cinco corolarios, aplicados por Gaudí en su trabajo y explicitados por Torras i Bages en sus discursos académicos.

El primer corolario es la relación íntima entre belleza y vida. Torras i Bages, siguiendo a Goethe, afirmaba que “La belleza se encuentra donde hay vida. La suma belleza se encuentra sólo en aquella Substancia que vive esencialmente por sí misma; y de la cual deriva toda vida. Todo ser que tiene la vida comunicada, tiene también la belleza comunicada.[13]

En su concepción tomista, las esencias son pura abstracción, y por tanto no viven más que en el Verbo de Dios. Pero en el Verbo de Dios todo es vida. Para Gaudí, que belleza y vida son indisociables era uno de los problemas fundamentales en la práctica del arte. Observaba como las plantas, los animales y los hombres pierden su belleza en la medida en que pierden su vida. Estaba convencido de que en el arte sucede lo mismo que en la naturaleza y por eso todas sus obras, ya desde las primerizas, como El Capricho y la casa Vicens, son un canto a la vida. En la Fachada del Nacimiento,

“a diferencia de los pórticos de Chartres, que son una página de misal ricamente adornada con figuras, las imágenes no yacen inscritas en las superficies, (…) enmarcadas por líneas geométricas. Se han emancipado y viven libremente, colocándose con espontaneidad en su lugar. (…) Florecen los árboles, crecen las plantas y se detienen los pájaros con el latido y la espontaneidad de la vida. (…) Y el hombre se adelanta al primer plano de la vida para proclamar, no la independencia del vegetal y del animal, sino la armonía, el evangelio de una fraternidad universal entre todas las criaturas redimidas por la luz.[14]

 Estudiaba las gallinas, ocas, etc. y sus polluelos en movimiento, para captar mejor las formas de la vida

Para hacer la Fachada del Nacimiento, don Antón montó un aviario en las obras. Estudiaba las gallinas, ocas, etc. y sus polluelos en movimiento, para captar mejor las formas de la vida, que es lo que le interesaba. Era como un retorno a la primera infancia cuando, enfermo de reumatismo, no podía seguir las clases en el colegio y pasaba sus días en el Mas de la Calderera observando los movimientos vitales de las gallinas como quien lee una página del mejor de los libros, que para él siempre estuvo abierto: la Naturaleza.

Indicaba a los modelistas que los copiasen del natural así, en sus actitudes características de correr, picotear, etc. Las figuras se hacían de barro y, una vez aprobadas por el arquitecto, se reproducían en yeso y se le entregaban. Y don Anton en persona componía los grupos en el mismo lugar que ocupan en la fachada, montando su “belén, hecho de piedra y de luz, de sombras que resaltan con gran efecto plástico varios centenares de imágenes que emergen al color de la vida desde la oscuridad de la materia, en una sinfonía universal en que desde las galaxias hasta la más humilde violeta del bosque, la Creación completa, cantan el gozo supremo del cosmos espiritual y material por el nacimiento de Dios dentro de él.[15]

La maledicencia se cebó en el arquitecto y en su obra, atacando sobre todo las representaciones de los capones y gallinas, ocas y pavos propios de la mesa de Navidad, de los placeres de la mesa y sus excesos, en las seis grandes peanas, por considerarlas un asunto pagano, impropio de un templo. Gaudí fue llamado al Obispado y tuvo que explicar que los gallos y pavos “no se representan como en un banquete, sino llenos de vida, tanto los animales como las plantas, para ocupar su lugar en el homenaje de toda la naturaleza al Sumo Hacedor.[16]

Más adelante, en la convalecencia de Puigcerdà, en 1911, a los cincuenta y nueve años, proyectó la Fachada de la Pasión, cuyos vectores de fuerza convergen en la Resurrección.

El segundo corolario es que siendo la Verdad única, se puede expresar lo mismo a través de diversas artes: poesía, arquitectura, música, etc.

Gaudí, poeta de la arquitectura, creía que las diferentes artes tenían una íntima conexión que se podía poner de manifiesto en cada obra concreta

Gaudí, poeta de la arquitectura, creía que la misma Verdad era la que resplandecía en la belleza arquitectónica y en la belleza literaria; que las diferentes artes tenían una íntima conexión que se podía poner de manifiesto en cada obra concreta. Así, la puerta y los pabellones de la Finca Güell, realizados en 1883, a sus treinta y un años, son una trasposición arquitectónica del undécimo trabajo de Heracles, según la versión de L’Atlàntida del gran poeta y amigo Jacinto Verdaguer.

El castillo interior, de la gran literata Teresa de Ávila, fue la inspiración del convento de las Teresianas, en 1.888; la poesía del citado Verdaguer se hizo piedra en la Fachada del Nacimiento a partir de 1894 y la meditación de la poesía de Juan de la Cruz dio como fruto la Fachada de la Pasión, en 1911, cuando contaba cincuenta y nueve años.

El tercer corolario es que la obra de arte es a la vez material y espiritual. O, dicho de otro modo, no hay artes del cuerpo y artes del alma, sino artes humanas.

Torras i Bages lo enfatizaba para rebatir las críticas a la Fachada del Nacimiento: “No rechacemos la materia. No rechacemos algo donde resplandece la luz del sello artístico, que hasta las criaturas ínfimas de la Creación, los elementos más simples, en manos del hombre inspirado, pueden hablar a nuestro espíritu el lenguaje divino de la belleza. (…) El materialismo del Arte es imposible; materialismo y Arte son dos conceptos que mutuamente se repelen, como las tinieblas y la luz; y cuando el espíritu queda ahogado, la belleza se apaga, como cuando se pone el sol viene la oscuridad de la noche.[17]

Y, siguiendo a Aristóteles, consideraba que la fruición artística consiste en sentir al espíritu viviendo en la materia. “Por eso calificamos de videntes a los grandes artistas. (…) La materia es, usando las palabras de Ramon Llull, la ventana del Amor, a través de la cual contemplamos los altos y placenteros secretos. (…) Ella es un medio, una noble mensajera, el fuego que golpeando nuestro espíritu produce la luz de la belleza, la cual vemos entonces, según la feliz expresión de Ausiàs Marc, “no tras pared, sino por reja”.[18]

En definitiva, “la luz inefable de la Verdad, evocada del seno de la Naturaleza por la mágica vara del Artista conduce al hombre de las concupiscencias mundanas a la región de la pura actividad, al contacto con los dioses.[19]

El cuarto corolario es que el arte es universal. Gaudí lo expresaba así: “La Belleza es el resplandor de la Verdad; y el resplandor seduce a todos, por esto el Arte tiene universalidad. Por el contrario, la ciencia y el raciocinio sólo son para inteligencias capacitadas.[20]

A diferencia de un científico o de un filósofo, él no trabajaba para las élites. El suyo no es un arte de clase, aristocrático, de salón, de secta, para los iniciados, sino para todos, puesto que la Verdad es para todos, incluyendo en este todos a los peregrinos y turistas provenientes de otros contextos culturales y de las generaciones futuras. Por eso, hablaba así del futuro de la Sagrada Família: “La obra de la Sagrada Família va lentamente, porque el Amo de esta Obra no tiene prisa.[21]

Profundizando en que el arte produce en los hombres un efecto idéntico y universal, el gozo estético, Torras i Bages razonó que es porque hay una Causa única y universal, que se ha valido de diferentes instrumentos para hablar al corazón de los hombres mediante un quid divinum que caracteriza a toda obra maestra.

Esta Causa universal de las obras maestras del Arte es el Verbo de Dios, manifestación plena de su ser infinito. Es más:“Dios habla por la boca de los artistas y de los filósofos inspirados, más claramente y convincentemente que por las otras grandes obras de la creación, de las cuales dice la Escritura que cantan la gloria divina.[22]

Ello nos conduce al último corolario: el cristianismo, por la Relevación, es quien puede generar el arte mejor y más humano.

Señala Torras i Bages que, cuando san Pablo predica que el Verbo eterno es el resplandor de la gloria de Dios, hay un paralelismo fuerte con la afirmación de Platón de que la belleza es el resplandor de la Verdad.

Así, veía el arte íntimamente relacionado con el Evangelio. “Con la revelación cristiana el Infinito toma forma; sin dejar de ser Infinito se humaniza, y en el Nuevo Testamento encontramos la compenetración de lo divino y de lo humano, la realización del sueño artístico de Grecia: el Hombre-Dios.[23]

Es más, desde la perspectiva de la vida, la belleza suma sólo puede encontrarse en el Cristianismo, puesto que sólo en él se encuentra la plenitud de la vida humana. “La vida llega a su plenitud en Jesucristo, porque Él es la manifestación de aquella vida que se encuentra en el Padre, quien por medio de su Verbo da el ser a toda criatura.[24]

La Revelación no es un límite para el artista, sino un auxilio

Por ello, la Revelación no es un límite para el artista, sino un auxilio, en un doble plano: Jesucristo mismo, resplandor de la gloria de Dios; y todos los seres de la Naturaleza, creados por medio y a imagen de él y cuya belleza, por tanto, es un reflejo de su belleza. Así, la Revelación es para el artista “una iluminación de la inteligencia, una fuerte crecida del sentimiento, una evocación de formas antes nunca imaginadas, de inacabable originalidad, porque provienen de una potencia infinita.[25]

Para proyectar y construir el conjunto de la Sagrada Familia, que no era un colosal objeto de fantasía, sino la expresión plástica del Cristianismo en un solo edificio, en una sola obra de arte, Gaudí se inspiraba en la Liturgia católica. No la había aprendido estudiando tratados, sino participando en la liturgia viva, siguiendo cada día el ciclo de los quince densos volúmenes de L’année liturgique de Dom Guéranger.

“Mi guía ha sido la liturgia, siempre fuente de inspiración artística. Por eso creo en la continuidad de la obra de la Sagrada Familia, porque he procurado hacerlo todo conforme a la liturgia.[26]

Apelación a la Revelación que enmarca su más genuina, la más gaudiniana, sentencia sobre el arte y la belleza: “La Creación continúa y el Creador se vale de sus criaturas: los que buscan las leyes de la Naturaleza para conformar en ellas nuevas obras colaboran con el Creador. Los copistas no colaboran. Por esto la originalidad es volver al origen.[27]

____________________________________

[1] Se refiere a la Ars Poetica, también conocida como Epistula ad Pisones, de Horacio, en la que un pintor crea una figura monstruosa a partir de la yuxtaposición de miembros humanos y animales.

[2] Gaudí, Anton: Proyecto de candelabros de grupo para plazas y paseos de la ciudad de Barcelona (junio de 1878)

[3] Torras i Bages, Del Verb Artístic (1 de abril de 1897)

[4] Torras i Bages, Del Verb Artístic (1 de abril de 1897)

[5] J. M. Tarragona, Gaudí, El Arquitecto de la Sagrada Família, Barcelona, TorsimanyBooks, 2016, p. 13

[6] Torras i Bages, Infinit i límits de l’Art (mayo de 1896)

[7] Platon, El Banquete

[8]  Cf. Diccionario RAE, voz “resplandor”

[9] Torras i Bages, Infinit i límits de l’Art (mayo de 1896)

[10] Torras i Bages, Infinit i límits de l’Art (mayo de 1896)

[11] J. M. Tarragona, Gaudí, El Arquitecto de la Sagrada Família, Barcelona, TorsimanyBooks, 2016, p. 159

[12] Torras i Bages, Del Verb Artístic (1 de abril de 1897)

[13] Torras i Bages, De la Fruïció Artística (1 de marzo de 1894)

[14] J. M. Tarragona, La catedral de Chartres, Gaudí y la Sagrada Família [libro electrónico], 2012. ISBN: 9781301845552; ASIN: B00CP123BQ

[15] J. M. Tarragona, Gaudí, El Arquitecto de la Sagrada Família, Barcelona, TorsimanyBooks, 2016, p. 153-154

[16] J. M. Tarragona, Gaudí, El Arquitecto de la Sagrada Família, Barcelona, TorsimanyBooks, 2016, p. 160

[17] Torras i Bages, De la Fruïció Artística (1 de marzo de 1894)

[18] Torras i Bages, De la Fruïció Artística (1 de marzo de 1894)

[19] Torras i Bages, De la Fruïció Artística (1 de marzo de 1894)

[20] Isidre Puig Boada, El pensamiento de Gaudí, Barcelona, Duxelm, 2015, p. 99

[21] Isidre Puig Boada, El pensamiento de Gaudí, Barcelona, Duxelm, 2015, p. 229

[22] Torras i Bages, Del Verb Artístic (1 de abril de 1897)

[23] Torras i Bages, Infinit i límits de l’Art (mayo de 1896)

[24] Torras i Bages, Llei de l’Art (1 de novembre de 1905)

[25] Torras i Bages, Infinit i límits de l’Art (mayo de 1896)

[26] “Barcelona -Boletín religioso -En el templo de la Sagrada Familia”. Diario de Barcelona, Barcelona, 25-I-1915, n. 25, p. 1.109-1.110

[27]  J. M. Tarragona, Gaudí, el Arquitecto de la Sagrada Família, Barcelona, TorsimanyBooks, 2016, p. 304


Compartir: