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El 5 de enero de 2015 un grupo de aficionados asistimos en el Teatro Español (Madrid) a un ensayo privado previo al estreno de la obra teatral La sesión final de Freud. Los actores Helio Pedregal y Eleazar Ortiz interpretaban respectivamente a Sigmund Freud (1856-1939) y a C. S. Lewis (1898-1963). La sesión final de Freud es la versión castellana de Freud’s Last Session de Mark St. Germain, que fue primicia en 2009 en los EE.UU.

La fuente principal inspiradora de Mark St. Germain para el guión de su pieza es el ensayo de Armand M. Nicholi La cuestión de Dios (2002; Rialp, 2004). Tenemos, por lo tanto, la siguiente cadena de influencias en orden cronológico: del libro La cuestión de Dios al guión de Freud’s Last Session y de ahí a La sesión final de Freud.

Volvamos a aquel 5 de enero. A mí me decepcionó la pieza y no porque la función me pareciera mala, sino por las deficiencias intelectuales de este Lewis de ficción, que no se correspondían con el brillante y ocurrente Lewis de la realidad ni con el que recordaba de la lectura de La cuestión de Dios.

En La sesión final de Freud, el autor de La interpretación de los sueños habla de los Evangelios como «mitos» y de la existencia de Dios como algo propio de una mentalidad infantil. Cristo sería «un lunático» y «amar al prójimo como a uno mismo» resultaría quimérico. Freud arroja a Lewis improperios del estilo: «Hitler estará de acuerdo con usted, pero yo no». Freud ataca la «estupidez de los líderes de la Iglesia». De Santo Tomás de Aquino sostiene que «ve el mundo en blanco y negro».

Lo anterior no tendría nada de particular si las contestaciones de Lewis no parecieran las de un niño de primera comunión o poco más. Algo que de ninguna manera ocurre en la obra de Nicholi.

Para redactar La cuestión de Dios, Nicholi, profesor en Harvard, se empapó de las obras y de las biografías de Freud y de Lewis. En su monografía, un relato sin fisuras, presenta las respuestas que uno y otro dan a los siguientes interrogantes:

-La felicidad, ¿en qué consiste?, ¿cómo se consigue?; -El sexo, el placer y la búsqueda de placer. ¿Es este el objetivo fundamental del ser humano?; -El dolor. ¿Por qué el sufrimiento si existe un Dios infinitamente bueno?; -La muerte. ¿Es el final de todo? ¿Existe la vida eterna? ¿La felicidad eterna?

El profesor estadounidense subraya el llamativo paralelismo entre los escritos y las vidas de Freud y de Lewis, y deja que los argumentos hablen por sí mismos.

Freud ha sufrido críticas demoledoras desde diversos frentes científicos, y de gente tan diversa como Noam Chomsky, Steven Pinker, Steven Jay Gould o Karl Popper («el psicoanálisis es una pseudociencia»), por citar unos pocos. Las propuestas freudianas han sido ampliamente superadas y en muchos casos, con razón, ridiculizadas. Sin embargo, nadie podrá negar a Freud el gran mérito de haber sido un gran ensayista, un brillante escritor y un médico que, a pesar de su materialismo inflexible, se dio cuenta de la importancia de escuchar al paciente para curarlo, algo que olvida todo el que concibe la cura solo como el recurso a una serie de artificios mecánicos que acaba en el cóctel de pastillas. La aportación más valiosa de Freud, y quizá la única que permanezca, es la apuesta por la escucha al enfermo (no son necesarios aditamentos superfluos como acostarse en el diván), porque escucharlo, ponerse en su piel, entenderlo, es parte de la solución.

C. S. Lewis, en principio, puede parecer una figura menor ante Freud. Desde luego, es menos célebre que él, aunque ahora la gente lo conozca bastante, no por sus grandes ensayos, sino por su novela Las crónicas de Narnia. Pero ni mucho menos es una estrella que le vaya a la zaga. Escribe en su inglés nativo con más agudeza y con mejor estilo (aún) que Freud en su alemán materno. Lo hace con un lenguaje más fresco y asequible, y más chispeante. Y en los paralelismos argumentales que refleja Nicholi en su obra, Lewis destroza los raciocinios de Freud (no al contrario). Veamos el sustrato de los más importantes.

Sobre Dios. Se puede o no se puede creer. Se puede o no se puede tener fe. Pero desde luego el que cree no es más tonto o más infantil que el que no cree, como sugiere Freud y desmonta Lewis. Si se reclama bibliografía que respalde a fondo esta afirmación, además del propio Lewis se pueden citar a dos autores modernos (por no acudir al nunca superado Tomás de Aquino) que han sobresalido en este punto: Joseph Ratzinger y Hans Urs von Balthasar.

Sobre el amor y el sexo. Es mucho más bello y próximo a la realidad lo que defiende Lewis en Los cuatro amores, que la doctrina acerca de la libido y la represión sexual de Freud. La cercanía humana, la superación de la soledad, el llegar a ser uno con otro ser personal, todo eso solo se puede lograr con una visión del amor que no era la de Freud, era la de Lewis. Claro que en nuestra sociedad es más frecuente que el sexo termine separando que uniendo, porque en nuestra sociedad la sexualidad se ha convertido en la condición previa del amor, y no el amor en la condición para la unión corporal. Como ponen de manifiesto la proliferación del divorcio y las uniones sin compromiso, la experiencia amorosa real se ha convertido hoy en día en improbable. Se la dificulta, si es que no se la bloquea para siempre.

Sobre el sentido de la vida.Freud escribió lo siguiente en una de su cartas: «En el momento en que uno se pregunta por el sentido y el valor de la vida es señal de que se está enfermo, porque ninguna de estas dos cosas existe de forma objetiva; lo único que se puede conceder es que se tiene una provisión de libido insatisfecha». A eso contesta su discípulo Frankl, médico psiquiatra, fundador de la escuela de logoterapia, que sobrevivió a los campos de concentración nazis, en estos términos: «Me niego a creer esta afirmación. Considero que no solo es específicamente humano preguntarse por el sentido de la vida, sino que es también propio del hombre someter a crítica este sentido… De hecho, la voluntad de sentido incluye algo de lo que la psicología americana designa como ‘survival value’» (Viktor Frankl, Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia, Herder, Barcelona, 1980, pp. 27-28). Y esto es lo que sustenta Lewis.

Ante la pregunta heideggeriana de por qué el ser y no más bien la nada, uno se puede quedar en la perplejidad, como Freud, o seguir buscando. Nicholi, a través de Lewis, a pesar de Freud, propone aquello de lo que «eternamente se ha escrito», como dijo Lope de Vega en un soneto. La pregunta de por qué existimos conduce ineludiblemente a la metafísica, a la teología, al Ipsum esse subsistens que da sentido a todo: eso es lo que Nicholi deja patente a través de Lewis en La cuestión de Dios y eso es lo que queda borroso en su versión teatral donde, según me parece, Freud es el que «gana».


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