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Bajo la forma de una serie de estampas de estadistas y otras personalidades de análoga significación de los diversos países del mundo que ha tratado en sus años de presidente del Gobierno, y de algunos acontecimientos vividos par él en ese tiempo, José María Aznar acaba de publicar un Libro en el que, entre otras cosas, manifiesta con hechos y palabras los principios ideológicos y políticos que han guiado sus actuaciones públicas desde que en 1982 fue elegido diputado al Congreso por Ávila, primero de Alianza Popular y luego del PP. Estos Perfiles y retratos de Aznar son un «libro político», incluso de «filosofía política», y no unos fragmentos de memorias que estarían más cerca de la autobiografía que de la historia. En sus casi cuatrocientas páginas se explica mucho de lo que el presidente Aznar ha hecho en el gobierno de España y por qué lo ha hecho. Todo lo cual se expone no con declaraciones teóricas o exposiciones doctrinales, sino refiriendo decisiones, realidades y actitudes.

Hace casi cinco siglos, el humanista valenciano Luis Vives escribió para el joven príncipe Fernando, hermano de Carlos V y futuro sucesor suyo en el Imperio, un conjunto de declamaciones o discursos sobre situaciones planteadas en la República romana. Afirmaba Vives que ese libro suyo no era una colección de ensayos retóricos, sino una obra de filosofía política, complementaria de los sabios tratados de otros autores. Con él enviaba al príncipe «una obra útil para la administración de un Estado en las variadas circunstancias de la vida pública», porque en ella se contenían ejemplos y casos prácticos que confirmaban la doctrina y estimulaban su aplicación a las realidades de la vida. En un sentido análogo el libro de Aznar es un libro «político» e incluso de «filosofía política». También es, desde el punto de vista literario, un libro de «diálogos».

La mayor parte de sus cuarenta y un capítulos están dedicados a personalidades políticas del mundo con las que el autor ha mantenido una relación directa y fluida, aunque en algún caso resultara tan áspera y difícil como en sus conversaciones con Fidel Castro. La lista de los interlocutores de Aznar, entre los jefes de Estado y de gobierno que aparecen en el libro, está cuajada de nombres que en estos años últimos han llenado — y llenan— titulares de periódicos: Bill Clinton, Jacques Chirac, Putin, Rabin, Georges W. Bush, Havel, Carlos Menem, Alvaro Uribe, Ernesto Zedillo, el ya mencionado Castro, Adolfo Suárez, Thatcher, Kohl, Berlusconi, Lionel Jospín, Antonio Guterres, Durao Barroso, Tony Blair. A ellos se unen los islámicos Hasán II, Gadafi y Jatamimás los hispanos Fraga y Pujol y los más próximos parientes del autor, los dos ilustres periodistas Manuel Aznar, abuelo y padre, y Ana Botella, junto a los siempre llorados y entrañables Gregorio Ordóñez y Miguel Ángel Blanco, compañeros de partido del autor, víctimas del terrorismo de ETA.

Con especial atención y respeto ha consagrado Aznar uno de los más cuidados capítulos del libro al papa Juan Pablo II, relatando conversaciones mantenidas con él en el Vaticano y en España, principalmente con ocasión de las impresionantes jornadas del pontífice en Madrid, a principios de mayo del 2003, con las grandes aglomeraciones de la tarde de Cuatro Vientos y la mañana de la plaza de Colón.

Por último, hay también unos capítulos sobre ilustres amigos personales del autor, que han sido, o son, figuras destacadas de las letras y las artes como Cela, Vargas Llosa y Chillida; o los muy diferentes en género y estilo Plácido Domingo y Julio Iglesias, cuya alineación sucesiva, de uno tras otro, prueba la versatilidad de las aficiones musicales del autor. Alfredo di Stefano, el veterano futbolista, español de adopción e ídolo juvenil de su fidelidad «madridista», está incluido por Aznar en ese tropel final de personajes ajenos a la política que cierra el volumen.

Hay igualmente otras secciones en torno a determinados acontecimientos, decisivos para Europa y el mundo, o para España y para el autor, que él vivió en su camino a la presidencia del Gobierno, o durante ésta y a su término tras las elecciones de marzo del pasado año. Son los que se titulan «9 de noviembre de 1989» (la caída del muro de Berlín), «19 de abril de 1995» (el día en que sufrió el atentado de ETA), «Despacho de la Moncloa» (su presidencia), «la Cumbre de las Azores», «Génova 13» (su adiós a la presidencia del PP), y «11 de marzo de 2004» (el terrible atentado de los casi doscientos muertos de los trenes).

No faltan en el libro algunas revelaciones importantes que, o se han dicho aquí por primera vez o no recuerdo yo haber leído en otro sitio. Una de ellas tiene como protagonista a Fidel Castro. En una visita a la Moncloa hablaron Aznar y él del embargo norteamericano. Aznar cuenta que le dijo que si estuviera en sus manos levantaría el embargo cuanto antes: «Mañana mismo o al cabo de muy poco tiempo y acababa con el régimen en tres meses». «Castro me contestó —añade Aznar — literalmente que él necesitaba el embargo para esta generación y la siguiente» (pág. 260).

También con Putin ocurrió una anécdota sabrosa y de cierto alcance político. En la reunión que mantuvieron los dos presidentes en la Moncloa, cuando el de Rusia vino a Madrid, Aznar empezó diciéndole que los servicios de la presidencia le habían informado de que Putin era un hombre frío, serio, que rara vez se reía, pero con el que se podía llegar a acuerdos. Putin, entonces, echó mano al bolsillo de la chaqueta, sacó un papel «y me lo dio a leer. Le pedí que lo tradujera, porque, como es natural, estaba en ruso». Venía a decir que los servicios rusos habían dicho á su presidente que «Aznar es un hombre frío, serio, que no se reía fácilmente, pero con el que es posible llegar a un acuerdo». «El hielo, concluye Aznar, estaba roto» (pág. 176).

Otra historia de las que me han llamado la atención tiene que ver con el Papa. En la tarde de su llegada a Madrid en mayo del 2003, Juan Pablo II le dijo a Aznar «que ahora en España se le quería menos que durante la visita que hizo en 1982». El Papa recordaba el acto de aquel año con los jóvenes en el Bernabéu. Pero, escribe Aznar, «me atreví a llevarle la contraria e incluso a decirle que Su Santidad estaba equivocado». El razonamiento, continúa Aznar, era bien sencillo. El había estado en el Bernabéu y sabía que allí cabían cien mil personas, y esa misma tarde de la audiencia en la Nunciatura, el Sumo Pontífice iba a celebrar un acto con los jóvenes en unos espacios en que podían asistir hasta medio millón de personas. «No sé, mañana se lo diré», replicó el pontífice. Al día siguiente, 4 de mayo, en la plaza de Colón se llegó a Aznar un eclesiástico del séquito del Papa que, con referencia a la conversación de la víspera, «me dijo, de parte de Su Santidad, que yo tenía razón» (págs. 89-90).

Pero el libro de Aznar no es una mera galería de ilustres contemporáneos y una ensalada de anécdotas sabrosas y hechos menores poco o mal conocidos. Es, decía yo, un libro político e ideológico, en el que el autor no sólo cuenta historias que ha vivido sino que expone, refiriendo hechos, recordando palabras y explicando actitudes, la política que él ha llevado a cabo al frente del gobierno, los principios en que se asienta y su visión de lo que es y debe ser España y su lugar en Europa y en el mundo.

Hace falta estar ciego o negar la evidencia para no reconocer que, al término de los dos mandatos de Aznar, España estaba por dentro y por fuera bastante mejor que en 1996 y eso es el fruto de una buena gestión que se sustenta en algunas ideas claras. Los gobiernos españoles de estos años, por ejemplo, han dirigido una política económica liberal moderna que ha permitido un desarrollo equilibrado de la vida social, rebajando el desempleo y internacionalizando la vida económica nacional con las inversiones exteriores y la presencia española fuera. Y, en general, se ha mantenido la paz social y el juego constitucional de la política con pleno respeto de las libertades públicas y privadas de todo orden.

Aznar ha demostrado que cree en la vigencia de los Estados nacionales en el seno de la Unión Europea, igual que Blair y Berlusconi, sin que hayan de someterse a las hegemonías «carolingias». Igualmente piensa en la necesidad del mantenimiento y refuerzo del vínculo atlántico, que para España es además una vocación y un compromiso con su propia historia. Esa política subrayaba la conveniencia de una estrecha colaboración técnica y económica con nuestros vecinos del sur (léase Marruecos) sin aceptar ni siquiera la conversación sobre las ciudades españolas del norte de África. (Véase el capítulo «Hasan II»). Igualmente, para Aznar han sido y son de interés español las buenas relaciones con otros países  musulmanes como prueban los capítulos de Gadafi y Jatami, pese a las profundas diferencias  políticas, sociales y humanas entre ellos nosotros.

Aznar es un demócrata y un liberal en economía y política, solidario con los con los métodos y los frutos de la transición política española de hace veinticinco años y con la Constitución de 1978. Su esfuerzo por ampliar hacia el centro las bases electorales y políticas del Partido Popular, sin destruir la antigua AP, responde a una profunda convicción. Igual que estimando la personalidad política de Jordi Pujol mantuvo con éste y con su partido una posición clara, queriendo incorporarlos al gobierno de España para reanudar la tradición integradora presente en las mejores cabezas del nacionalismo catalán (págs. 76-77).

Con ese mismo espíritu de sumar política e historia ha trabajado con constancia y energía promoviendo que en el Tratado Constitucional se reconocieran — o más bien se proclamaran— las raíces cristianas de la cultura y de la sociedad europeas, en lo cual apoyaban su postura los primeros ministros de Austria, Holanda, Italia, Luxemburgo, Polonia y Portugal, mientras que no se hubieran opuesto otros más, aunque al final acabara triunfando el veto francés representado por los dos últimos presidentes derechistas de la nación gala del último tercio de siglo, Giscard y Chirac, que fueron los más jacobinos y laicistas de la Convención y del Consejo.

En esa misma postura política e ideológica se encuentra el episodio de la famosa «Carta de los Ocho» en defensa y promoción de los valores atlánticos de la que fue redactor y gestor Aznar, y cuya aceptación y suscripción por Havel habría de dar lugar a una descortés e intempestiva reacción de Chirac (pág. 124) que no tenía precedentes, ni afortunadamente seguimiento, en las reuniones del Consejo Europeo: El presidente francés vino a decir que los checos eran nuevos en el club y que allí para hablar había que pedir permiso a los mayores.

Pero el libro de Aznar es también una apreciable obra literaria. No porque el autor sea un brillante narrador profesional o un maestro del idioma, aunque en estos aspectos sea un escritor estimable, sino, sobre todo, porque resulta un escrito de un género literario infrecuente en la pluma de un político. No cae en narcisismos ni autocomplacencias, ni en un proceso de justificación de todo lo que el autor ha hecho en el regimiento de España, o de condenación de sus connacionales que le son contrarios, como éstos vienen haciendo durante más de un año ya sin darse un momento de reposo; Tampoco son unas memorias aunque en ellas se cuenten cosas importantes y otras de manifiesto interés, de que el autor ha sido testigo o gestor en su ya larga vida política.

Más que una serie de capítulos o episodios sin relación entre sí, el libro viene a ser una serie bastante coherente y equilibrada de «diálogos» narrativos en estilo indirecto —que dirían los gramáticos—, o en tercera persona, en los que el autor habla con sus interlocutores teniendo él como asunto principal, siempre vivo, se la mencione o no, a España, su vocación y su destino, sus intereses y su esfuerzo por ganarse el lugar que le corresponde y al que debe aspirar en los asuntos del mundo.

En sus cuarenta y un capítulos Aznar habla con sus interlocutores y con el contexto histórico y político del mundo en que le ha tocado vivir y administrar su patria. En todas sus páginas hay un diálogo de consensos y discrepancias entre el autor y el interlocutor que da título a la correspondiente sección. Aznar escucha y hace por comprender las razones y la posición del otro, pero sin dejar de manifestar y defender las suyas, sean convergente o discrepantes. Todo ello con firmeza, cortesía y algunos rasgos de humor, sin ofender a los de enfrente. Quizá el personaje que resulte peor parado es Castro, pero no porque Aznar le ataque, ni pelee con él, ni casi le discuta, sino por sus hechos y sus palabras, más por la penosa impresión que al presidente español le causó la situación de Cuba cuando visitó la isla. Los más apreciados y en algunos aspectos admirados son Juan Pablo II, Havel, Blair, Berlusconi y Bush.

Yo no sé si este libro es el mejor de los de Aznar o no. Pero no dudo en afirmar que es un libro interesante y ameno, que está bien construido y que es una obra de historia y también de pensamiento. Su lectura ofrece experiencias y enseñanzas para esa tarea de quienes dedican años de su vida a trabajar en la dirección de los Estados.


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