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Para muchos españoles, patria es un concepto turbio y poco deseable. Con abuso, lo utilizó el franquismo contra la sociedad civil mediante exceso de gestos y sevicias; ahora abusan de él nacionalismos periféricos que buscan convertirse, unas veces mediante el crimen y siempre con voracidad y reivindicación del privilegio, en naciones excluyentes, casi siempre a partir de un pasado que, a fuerza de reinventado, resulta a menudo imprevisible. No vendrá mal, aunque razonablemente enemistados con todo lo que recuerde a nación, patria, patriota y cosas por el estilo, la lectura de este libro de Maurizio Virolli. Porque abandonar el patriotismo en manos de los nacionalistas acaso sea un mal negocio histórico.

Propone Virolli una antinomia manifiesta ya en el subtítulo: al “patriotismo” de raíz republicana, adhesión a una tierra cuando es defensora de libertades, a ese patriotismo propio de los ciudadanos más que de los súbditos, se le opuso en un momento dado de la historia un enemigo surgido de él mismo: el “nacionalismo”, entendido como defensa de lo telúrico, lo esencialista, lo propio, lo inmutable, lo excluyente. El primero idealiza la Roma republicana: son autores itálicos cuya ideología culmina en el Quattrocento (Matteo Palmieri, Leonardo Bruni) y, sobre todo, en ese defensor de la libertad que fue Maquiavelo. La del Maquiavelo de los Discorsi y otros escritos es la ideología de las libertades de las ciudades italianas cuando ya no se justifica el dominio de las oligarquías familiares y se advierte la quiebra del sistema de “mosaicos” nacionales como el de Italia. Esos republicanos tendrán una ilustre descendencia, aunque durante mucho tiempo el absolutismo venza en Europa cualquier otra tendencia. En el siglo XVII, ningún pensador de la altura de Maquiavelo defiende el patriotismo republicano. Sin embargo, en el XVIII, los ilustrados franceses (Montesquieu, Voltaire) toman el relevo, mientras Rousseau lo trasciende y le aporta un viraje que, en defensa en un principio, será la grieta por la que se cuele el nacionalismo.

Vendrá entonces el integrismo nacionalista por sus pasos contados: desde Herder, “primer teórico del patriotismo como algo ajeno a la libertad”, hay un pulso que acabará ganando el nacionalismo concebido como integridad en detrimento del patriotismo entendido como convivencia en libertad. Si la Revolución francesa había puesto en marcha este patriotismo (“Vive la Nation ” expresaba una lealtad nueva frente a “Vive le ROÍ’), a finales del siglo XIX la reacción se había hecho con el discurso nacional-patriótico: en Francia será, además, antirrepublicano. Liberales, progresistas y socialistas se quedaron sin discurso nacional. Es más, lo abandonaron con asco semejante al antes evocado a las fuerzas reaccionarias, acaso porque unían éstas a su sinrazón un furioso mal gusto. Quedaron por el camino profetas del patriotismo republicano como Mazzini.

Virolli propone, entonces, un “patriotismo sin nacionalismo”, título del epílogo. Evoca nombres y testimonios como los de Cario Roselli, un socialista que no se conformaba con que el patriotismo lo monopolizaran los fascistas; o Simone Weil y el último Croce. Y la curiosa propuesta de Jürgen Habermas, que rehizo un concepto de patriotismo constitucional en un contexto arduo, el de la Alemania que se curaba de la resaca criminal-nacionalista. Virolli destaca la polémica de su compatriota Rusconi con Habermas, al que consideraba demasiado racional. De él creía que no apelaba a nada profundo. Mas Virolli, que admite esa crítica en parte, no cree que apelar a ciertas profundidades sea prudente ni propicio en defensa de libertad alguna. Desde Herder, la etnia de la nación ha ido demasiado a menudo en contra de la libertad de los ciudadanos como para no estar en guardia. Virolli plantea “la posibilidad de un patriotismo sin nacionalismo” (pág. 228), porque “el patriotismo de la libertad no requiere homogeneidad social, o cultural, o religiosa o étnica” (pág. 229). Ni lingüística, repite aquí y allá.

Tan sumaria exposición deja fuera muchos nombres y matices: tómela el lector como incitación a la lectura del libro, una feliz iniciativa de Acento, una magnífica traducción de Patrick Alfaya MacShane, un libro recomendable para rearmarse (estamos inermes) ante los integrismos de casa y de fuera.


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