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Mi experiencia como lector de poetas traducidos al castellano me ha conducido con frecuencia a sensaciones desconcertantes: si por una parte he entrado en contacto con mundos personales y sociales ajenos a la poesía hispánica, por otro lado he lamentado la insuficiencia de una expresión casi siempre renqueante, postiza, muy desproporcionada con la profundidad de ideas y emociones que trata de transmitirnos el autor extranjero en cuestión, y que en castellano apenas conseguimos entrever. A menudo, incluso, llego a disfrutar más con un poeta hispánico de mediana estatura literaria que con una gran poeta de otro idioma. Y el problema, de difícil solución, está en que, si la poesía es expresión verbal que nos hace revivir experiencias ajenas, cuando la expresión verbal que leemos es bien distinta de la que el autor forjó para esa experiencia, el poema leído en traducción es, esencialmente, otra cosa. Lo leeremos, sí, para acercarnos a otros ámbitos culturales y a otras formas de percibir el mundo, pero nuestro placer estético en esos casos suele ser muy limitado.

Ante este volumen editado por Andrés Sánchez Robayna, De Keats a Bonnefoy (Versiones de poesía moderna), que contiene versiones castellanas de grandes poetas contemporáneos realizadas por el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna, he experimentado algo muy distinto: un placer que, junto al asombro por la originalidad de cada poeta, me ha permitido saborear la expresión prácticamente inigualable de la verdadera poesía. En este libro no sólo me he reencontrado intelectualmente con los mundos de Keats, de Hopkins o de Seferis, sino que he disfrutado con su poesía como pudiera disfrutar con la de Antonio Machado o la de Vicente Aleixandre. El mismo Sánchez Robayna, en la introducción al conjunto, se hace eco del deleite estético con que los miembros de este Taller han trabajado (cada uno sobre su texto, para exponer luego su versión provisional a las sugerencias de todo el grupo de traductores). No se ha tratado, en el decir de Sánchez Robayna, de una mera satisfacción por representar con la mayor corrección lingüística una traducción rigurosamente meditada, sino de volver a gozar con la belleza de un gran poema, que los traductores han conseguido mantener con la mayor intensidad posible a pesar del cambio de lengua, que en poesía es como cambiarlo todo. Una vez leída la introducción y todos los poemas recogidos, el secreto parece estar en haber compaginado una alta competencia lingüística en el español y en la lengua original del poeta con una afinada intuición estética que capta la peculiar belleza del texto original -en su inseparable fusión de emoción y lenguaje- y va buscando los medios, poco a poco, para representar esa peculiar belleza en la lengua nuestra, materna, la que al traductor y al lector nos resulta connatural.

Tratándose, además, de poesía contemporánea, donde la invención verbal tiende a ocultar todo el protagonismo del pensamiento, el reto de la traducción y de una nueva versión acertada es aún más desafiante. Llama la atención, asimismo, que una labor aparentemente tan individual como la creación y la lectura poéticas puedan encontrar en el trabajo colectivo de un grupo de traductores ese eco tan distintivo e intenso que todo poema genial deja tras de sí. Creo que el modo de trabajar expuesto sintéticamente en la introducción del libro (y que se ha explicado con más detalle en otros trabajos editados por el Taller de Traducción Literaria de La Laguna, iniciado en 1995) puede ser un buen referente para la traducción poética de otros muchos autores, con el objeto de que en un futuro próximo la lectura de poetas extranjeros no consista sólo en asomarse a un mundo novedoso pero confuso, sino en escuchar casi todas las notas de su partitura, aunque sea interpretada con otro instrumento, el de nuestra lengua.

El Taller de Traducción Literaria de La Laguna, con este y con los diversos volúmenes publicados en sus más de diez años de vida, está consiguiendo consolidar una tendencia de la traducción poética que se estaba echando en falta después del rigorismo lingüístico amenazante durante los años setenta y ochenta. En efecto, en aquellas décadas, y como consecuencia de la difusión masiva de la lingüística estructural y de la teoría literaria por ella propiciada, cada lengua se concebía como un sistema tan perfectamente organizado en fonemas, palabras y oraciones, que la traducción de poesía, si quería respetar la naturaleza de cada poema, no podía hacer otra cosa que trasponer a nuestra lengua, con la mayor fidelidad semántica posible, las palabras y frases de la lengua original (los fonemas y demás aspectos fonéticos se daban por elementos inaccesibles para el traductor fiel); olvidando que la expresión poética no es la mera suma de palabras y frases, sino de una emoción tan personal y compleja que ha de transgredir, por pura necesidad, las perfectas normas de todo un sistema lingüístico: desde la sintaxis y el léxico hasta los sonidos, ritmos, entonaciones y, por si fuera poco, la coherencia misma de los enunciados verbales. De esta traducción pretendidamente literal, fiel al significado «bruto» del poema pero insensible ante los mil pequeños detalles lingüísticos que dan al texto poético su precisa singularidad, en los últimos quince años -con notables precedentes- hemos ido pasando a una traducción de la intuición poética global que, además de competencia lingüística en las dos lenguas en cuestión, exige una mirada atenta a todo el organismo verbal que es el poema, el cual no puede ser troceado en frases para luego traducirlas por separado -aunque muy fielmente- a la lengua castellana.

Para descender a ejemplos que ilustren convenientemente cuanto vengo diciendo, pongamos el caso de un poeta tan genial como sencillo tras su compleja laboriosidad lingüística, Gerard Manley Hopkins. Su poema Pied beauty [Varia belleza], relativamente corto, fue escrito originalmente así:

Glory be to God for dappled things-
For skies of couplecoulour as a brinded cow;
For rosemoles all in stipple upon trout that swim;
Freshfirecoal chestnutfalls; finches wings;
Landscape plotted and pieced-fold, fallow, and plough;
And all trades, their gear and tackle and trim.

All things counter, original, spare, strange;
Whatever is fickle, freckle (who knows how?)
With swift, slow; sweet, sour; adazzle, dim;
He fathersforth whose beauty is past change:
Praise him.

En el libro El naufragio del Deutschland y otros poemas (Madrid, Rialp, Colección Adonais, 1984), que pretende ser una antología del gran poeta inglés, Ángel Martínez Baigorri nos ofrece una traducción indudablemente más literal (pese a los involuntarios errores). Veamos el resultado de esa fidelidad a las palabras y oraciones:

Gloria a Dios sea dada por las cosas abigarradas;
por los cielos de doble color como una vaca pinta;
por las motitas rosa, todo un dibujo puntillista, sobre la
  [trucha que nada;
castaño en cataratas de ardientes brasas frescas, alas de los
  [pinzones;
paisaje ajedrezado, aparcelado, apriscos, tierras en barbecho,
  [aradas;
y las faenas todas, sus aperos, aparejos, aderezos.
 
Todo lo que es a sí mismo contrario, singular, raro, extraño;
todo lo que es voltario, vario (¿quién sabe cómo?),
con lo veloz, lo tardo; con lo dulce, lo agrio; con lo
  [deslumbrante, lo opaco;
todo nace del Padre, en quien habita su hermosura inmutable:
  [Alabadle.

La traducción de este poema que se incluye en el volumen editado por Sánchez Robayna pertenece a Margarita Fernández de Sevilla, y ha dado lugar a la siguiente versión, aparentemente más libre. El lector atento juzgará cuál de ellas refleja con mayor nitidez la luz del poema original de Hopkins:

Gloria a Dios por las cosas moteadas,
Por los cielos manchados como la vaca pinta;
Por los lunares rosa salpicados sobre la trucha que nada;
Las castañas en ascuas al caer; las alas del pinzón;
La tierra parcelada y repartida -labor, barbecho, aprisco;
Y todos los oficios, sus arreglos y aperos y aparejos.

Por todos los contrastes, lo original, lo raro, lo sobrante;
Cualquier cosa que cambia, con pecas (¿cómo así?),
Rápida, lenta; amarga, dulce; fúlgida, tenue;
Todo lo engendra aquel de belleza inmutable:
Loado sea.

La poesía de otras lenguas, vertida a la nuestra con esa conciencia de la totalidad del poema, puede abrir nuevos horizontes al lector que busca tanto el goce estético como lo esencial humano en medio de la diversidad de culturas y tradiciones poéticas. Además, en el caso del poeta hispánico, tal disfrute de la poesía extranjera enriquecerá su creatividad verbal por medio de su propia lengua, que es su cauce natural de invención poética.

Por lo demás, este libro de «versiones sobre poesía moderna» nos permite entender el largo y cada vez más sorprendente sendero de la lírica contemporánea, que empezó en el Romanticismo con una apasionada desconfianza hacia la razón universalizadora de patrón físicomatemático (como aquí bien reflejan los poemas de John Keats y de Robert Browning), y continuó, ya en el último tercio del siglo XIX, con la visión simbolista del mundo, que concebía al Universo como un Absoluto esencialmente Bello y sólo representable por medio del poema (el PoemaMundo, que aquí puede leerse en G. M. Hopkins, Jules Laforgue, W. B. Yeats, Paul Claudel, para luego evolucionar hacia la poesía pura en los textos de Paul Valéry y Carles Riba, cada uno a su modo). En los albores de las vanguardias, hacia la segunda década del siglo XX, el poeta moderno tiende a expresar su lamento ante la degradación materialista de la sociedad industrial, para lo cual opta por una escritura libérrima, exponente de su máxima subjetividad y de sus deseos insatisfechos (Apollinaire, Conrad Aiken, André Breton), hasta llegar en muchos casos a construir poemas que representan un mundo perfecto frente al desolador mundo real (Wallace Stevens, Hilda Doolittle, Pierre Jean Jouve, Hart Crane, Robert Desnos y Giorgos Seferis). Pasada la II Guerra Mundial (aunque con notables precedentes, como el de Bertolt Brecht), la poesía entra en una edad que podríamos denominar posmoderna, no negadora de las revoluciones vanguardistas, pero sí necesitada de un mayor orden lógico para expresar las inquietudes humanas esenciales ante un mundo masivamente desolado y desprovisto de esperanza en el progreso. En esta nueva edad poética encontramos tendencias muy variadas, pero que tienen en común la concepción ciertamente desmitificadora -y a menudo irónica- de la poesía. Con frecuencia se hace más patente la dimensión moral de la vida humana, cuya grandeza no se justifica sólo por una supuesta belleza independiente, al modo esteticista (aunque tal moralidad resulta muy natural y armónica, sin entrar en conflicto con el fin estético del poema): tal es el caso de los textos de Mario Luzi y de Sophia de Mello Breyner). Sin embargo, esta desmitificación de la poesía no supone necesariamente falta de respeto ni desconfianza en ella, como demuestran los poemas hondos y serenos de Yves Bonnefoy.

El intento por conquistar el individualismo espiritual y expresivo, en honda y dramática tensión por encontrar la trascendencia -social, cósmica y aun religiosa-, recorre la poesía contemporánea desde sus inicios románticos hasta el presente, y tal proceso queda patente en este libro. Es verdad que, de ser una antología, faltarían muchos nombres esenciales de la poesía moderna; pero el presente volumen no es una antología, sino la muestra de cómo la traducción poética puede ser fiel al texto original sin dejar por ello de ser auténtica poesía.


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