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UNA DESPEDIDA Y UNA MIRADA ATRÁS

El año pasado fallecía Carmen Martín Gaite dejando una novela inacabada, que ahora edita Anagrama: Los parentescos. En un emocionado prólogo, la también escritora Belén Gopegui relata la génesis de esas 250 páginas, que Martín Gaite dejó ya listas en su versión definitiva. Las novelas inconclusas tienen sus detractores, pero en este caso la publicación ha sido un acierto y deja al lector con la nostálgica duda de un desenlace que no se adivina. lbnsvs1.jpgEl narrador, desde sus dieciocho años, se impone la tarea de rememorar su infancia y adolescencia para intentar dotar de sentido ai ifo familiar en que se haya envuelto: mudo hasta los cuatro años, irá descubriendo qué tipo de parentesco poseen las personas que viven con él y otros seres que aparecen y desaparecen como por arte de magia. «¿Eres algo mío?», será la pregunta habitual del niño cuando se topa con una cara nueva en su casa.

Entre Segovia y Madrid, el benjamín de la extraña familia irá descubriendo difíciles secretos familiares: quiénes son «los de arriba», qué relación tiene con «la señora del palo», de dónde sale una niña loca llamada Olalla. Con tremenda simpatía, Martín Gaite nos va llevando a través de su prosa espléndida a los territorios de la infancia y a las sucesivas transformaciones de la edad, que llevan a descubrir qué hay de Jekyll y Mr. Hyde en cada uno de nosotros.

También mira atrás Cristina Fernández Cubas {1945), que lleva veinte años publicando sin prisas novelas y cuentos de calidad sobresaliente. En Cosas que ya no existen (Lumen) abandona sus misteriosas historias de ficción para dibujar un dibro de recuerdos» de lo que no existe ya o está en vías de extinción. Si todo lo que tenemos es la memoria de la memoria, es lógico que la escritora desconfíe de la pura objetividad de sus propios recuerdos, confeccionados con historias escuchadas y alterados con olvidos conscientes. Por eso se deja llevar de la intuición al recuperar retazos de su vida: desde recuerdos de infancia a impresiones de viajes por Latinoamérica y Egipto. La observadora Fernández Cubas se detiene en la anécdota reveladora, capaz de poner al descubierto la verdad de una historia familiar o el intríngulis de las relaciones internacionales, cuando descubre que la frontera de un país queda reducida a la barrera que dibuja una pierna humana. También hay aquí olores y lutos antiguos, muertes prematuras y dolores que sanan, gestos cómplices llenos de vida, envueltos en ta excepcional prosa de Cristina Fernández Cubas.

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CONTRABANDO DE GÉNEROS

Algunos escritores continúan explorando en las fronteras entre realidad y ficción, sirviéndose para sus historias del periodismo, el perfil biográfico e incluso la fotografía. Manuel Rivas (1957), que lia recibido dos veces el Premio de la Crítica y una vez el Nacional de Narrativa, reúne en La mano del emigrante (Alfaguara) dos relatos y un álbum fotográfico, bajo el signo común del extrañamiento. En el primer cuento largo, Rivas relata el misterio del gallego Castro, que trabaja como celador en un hospital de Londres. Sólo después de su muerte, sus compatriotas emigrantes averiguarán la historia del tatuaje -unos pequeños pájaros marinos llamados «paíños»- que lleva en su manó: se revelará entonces un secreto trágico, que lleva el sello del remordimiento y la nostalgia. En el segundo relato, Rívas nos traslada al mundo de los naufragios: con las técnicas del reportaje periodístico asistimos al baile entre la vida y la muerte, y a esos momentos mágicos que deciden la despedida del mundo de los vivos o la resurrección. «La vida humana transita enrre el Apego y la Pérdida», avisa Rivas en el prólogo: emigrantes y náufragos forman una casta especial en la historia de ese tránsito. Queda por escribir su trágica identificación contemporánea en la ruleta rusa de las pateras del Estrecho.

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Menos conocido que Rivas es Javier Cercas (1962), que ha conseguido con Soldados de Salamina (Tusquets) una de tas mejores novelas de la temporada. Planteada como una investigación de varios episodios de la vida dei escritor Rafael Sánchez Mazas, relata el desarrollo de esas pesquisas, sus resultados y un colofón también detectivesco, que acude a cualificados testigos para redondear una historia apasionante. Sánchez Mazas era a! final de la guerra el falangista vivo más antiguo y uno de los creadores de ese sueño sangriento empeñado en instaurar un «régimen de poetas y condotieros renacentistas» en pleno siglo XX. A punto de morir fusilado en Collell cuando las tropas republicanas se retiran hacía la frontera francesa, Sanche: Mazas salva la vida gracias a la indulgencia de un miliciano que opta por no delatarle. Cercas investiga el confuso episodio, un suceso «tan remoto como la batalla de Salamina», moviéndose entre la desconfianza que le producen los testimonios de diversos testigos y la curiosidad por hallar las claves humanas de aquella guerra cruel. La propia historia irá imponiendo su verdad al investigador, atrapado entre los dos fuegos de lo real recordado y lo real sucedido.

DOS HISTORIAS POCO CONVENCIONALES

Continúa abierta otra línea intersante de la narrativa española contemporánea: la de quienes apuestan por historias que parecen escaparse de las manos, rayando en lo onírico a base de una imaginación algo desbocada. Eloy Tizón (1964) prosigue con Labia (Anagrama) su firme progresión como escritor anticonvencional, tras el libro de relatos Velocidad de los jardines y la novela Seda salvaje, finalista del Premio Herralde. La labia de Labia nos transporta en cuatro episodios a la infancia y co»lienzo de la adolescencia de un niño de un barrio extremo de Madrid, que siempre «estaba en obras, o en ruinas, a saber». Frente al aburrimiento del colegio, se le abre un espacio a la fantasía gracias a su afición por el dibujo y su fascinación por una papelería del barrio, regentada por las tres hermanas Gallardo, solteras y «listísimas». Será la hermana Gallardo «de en medio» quien tomará a su cargo al niño para darle clases de escritura, hasta producirle con sus historias esa «intoxicación de palabras» que le hace escribir a la vuelta de los años. Con su labia, va ocupando espacio en la novela al relatar la historia de los amores de Cario magno y una princesa acatarrada en su torre delgadísima, con sus conjuros, fantasmas, pócimas, traidores y sueños eternos. lbnsvs4.jpgDe allí el autor nos traslada a una extraña academia de dibujo, y luego a París, para seguir el derrumbamiento de un escultor que fue novio de esa hermana Gallardo «de en medio». Vendrán luego las malas notas, la prohibición paterna de frecuentar la papelería, el intento de hacer del despistado un hombre de provecho. Las voces se entrecruzan, las historias se abandonan para recuperarse después, retratando con ternura a esos maestros de la infancia que sabían «cómo hacer del mundo un lugar emocionante». Una historia alocada, en la que destaca una prosa imaginativa y and tópica que es capaz de definir el amor como «tocar un violín al rojo vivo». Es una de las lecciones de esa hermana Gallardo «de en medio», que cree firmemente que el valor de la literatura reside en la caligrafía, y que escribir es «una forma de rezar».

También, curiosamente, define la escritura como «una fonna de rezar» la protagonista de El secreto de la lejía (Planeta) de Luisa Castro (1966), que ha obtenido el Premio Azorín de novela. En este caso, la excentricidad de )a historia viene dada por un caso de metempsicosís, cuya víctima es una joven gallega llamada Africa que se traslada a Madrid para leer en la radio sus poemas y termina quedándose en la capital, atrapada en los hilos de una serie de personajes que pululan por la movida de los ochenta.

Una extraña curiosidad hace que no pueda desvincularse de las rarezas que la acechan: la locura de Piedad, la esquizofrenia de Stoneman, el arisco retiro del escritor Eleuterio Costa. Todos parecen querer ayudarla, pero desaparecen con la misma facilidad con la que entran en escena. Un inverosímil pero probable asesinato termina por enredar las cosas, y Africa ya no podrá distinguir bien ta frontera que separa la cordura del desequilibrio. La poesía, como la lejía, blanquea y corroe a la ve:, y hay que andarse con ojo en esto de ia escritura. La prosa de Luisa Castro se aproxima al poema con sus observaciones desbocadas, fruto de esa «cosa rota» que es la vida.

NOVELAS ATMOSFÉRICAS

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Otros tres valiosos escritores han primado en sus obras la atmósfera concreta, por delante de la acción. El interés de estas novelas estriba no tanto en la peripecia general de sus historias, sino en la fuerza de los personajes inscritos en un espacio cerrado.

Lorenzo Silva (1966), ganador del Nadal del pasado año, publica ahora El nombre de los nuestros (Destino), ambienrada en el protectorado de Marruecos durante la Guerra de África de comienzos del XX. Poco importan las estrategias militares ante el tedio de las trincheras: Silva rescata a un puñado de combatientes de distintas procedencias e ideologías para dibujar el sinsentido de la contienda, las horas muertas a ta espera del ataque de la «harka», aquel ejército irregular marroquí despreciado por los mandos españoles. Un anarquista, un sindicalista, un sargento que siente el fervor militar, un marino novato y un jefe musulmán de la policía indígena que pelea al lado de los españoles se reparten el protagonismo del aburrimiento y la acción, conforme la novela adquiere velocidad y llega al enfrentamiento encarnizado. Entonces, el hambre, las privaciones, la lucha cuerpo a cuerpo igualarán a esos seres encerrados en su destino, catapultados al heroísmo o la derrota, náufragos en el mar incomprensible de los intereses políticos y militares. La crueldad convivirá entonces con gestos amistosos, demostrando que en medio de la abyección aún es posible encontrar huellas de humanidad.

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En el caso de la novela de José Carlos Llop (1956) Hablame del tercer hombre (Muchnik), es la atmósfera de la infancia la que se hace presente en un lugar olvidado de los Pirineos a finales de los cuarenta. Es tiempo de nieve y maquis, y el niño se encuentra atrapado en una guarnición militar a la que es destinado su padre. Es tiempo también de míticas películas, y la sombra de «El tercer hombre» planeará sobre las intrigas y gestos incomprensibles de aquel ambiente cerrado, Llop recrea con maestría todo un mundo de infidelidad, secuestro y muerte apenas entrevisto en sus verdaderas dimensiones, a través de retazos de conversaciones, llamadas telefónicas, silencios y secuencias en blanco y negro, como en el viaje de Harry Lime bajo las alcantarillas de Viena. Solapándose a la fantasía infantil, poblada de viajes, batallas y actrices de película, se desarrolla ese otro mundo oscuro de los adultos, con sus intereses secretos, sus envidias y venganzas, esa «vida entre sombras» que el adolescente no llega a desentrañar pero que guarda en su memoria para el futuro. Una inconcreta nostalgia envuelve estas páginas de un tiempo que se nos antoja ya muy remoto.

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Queda para el final la reseña de otra novela de atmósferas, esta vez centrada en el estudio sicológico de los personajes: la madre y la hija de Todo un carácter (Alfaguara) de la catalana Imma Monsó (1959). La madre es quien merece el calificativo de ser «todo un carácter», mientras la hija -una veinteañera apática que prepara unas perezosas oposiciones- sufre en lo más íntimo el torbellino verbal de su progenitora. La voz de la bija, resentida y rebelde, traza un dibujo del activismo desenfrenado de su madre, a quien siempre le defrauda el presente y huye de la felicidad como de la sarna. Los caracteres aparentemente antagónicos de ambas sirven de caldo de cultivo a un singular combate dialéctico, que hace tomar posturas inconmovibles y asumir papeles de atacante y víctima, que a veces se sospechan falsos. La novela avanza sin apenas contratiempos, con pulso firme y un humor impagable que apela constantemente a la inteligencia del lector. La tremenda simpatía de estas páginas, su profundidad y el ingenio de sus juegos verbales, convierten a Todo un carácter en la mayor y mejor sorpresa de lo que va de temporada.


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