Compartir:

 

En su ensayo La idea de las generaciones, publicado 1923 en El tema de nuestro tiempo, escribía Ortega y Gasset: “una generación no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada”. Las palabras de Ortega, en diálogo con su análisis acerca de la masa y del arte deshumanizado, se convirtieron en punto de referencia para la filología hispánica que no tardó en catalogar y categorizar la historia de la literatura española en generaciones de autores, todas ellas en torno a una fecha histórica concreta y todas ellas definidas a partir de unas características socio-culturales comunes. La inercia y, sin duda, la tradición historicista de la filología, no sólo asentaron la idea de “generación” como concepto y categoría críticas, sino que pasaron por alto las aporías intrínsecas a la propia idea de “generación” que, por su naturaleza aglutinadora, homogeniza y desatiende las divergencias entre los autores que de ella forman parte.

 Es preciso realizar este preámbulo, si bien el tema del presente artículo nada tiene que ver con el concepto de “generación”, para poder presentar al escritor Juan Gómez Bárcena (1984) sin caer en el manido y algo vacuo adjetivo de “autor joven” y sin cometer el error, no poco frecuente, de leer la obra de Gómez Bárcena dentro de los parámetros de una generación, paradójicamente inexistente, de nuevos autores de la literatura española. La inexistencia de dicha generación no sólo se debe a la dificultad, incluso, imposibilidad de definir unos trazos comunes, sino también a la ausencia de un punto de referencia que los aúne. Bien es cierto que en el 2013 Juan Gómez Bárcena trató de reunir en la antología Bajo Treinta (Salto de página), bajo el criterio de la edad –todos eran menores de treinta años-, una serie de autores que, como indicaba el propio Gómez Bárcena en la introducción, podían pensarse como componentes de una misma generación que lleva el lastre de ser acusada de incapaz “de generar literatura de calidad”. Señalaba el autor y antólogo: “la generación al completo es culpada de un modo abstracto precisamente porque no sabemos nada de ella; porque está ausente en el catálogo de sellos de referencia y no se nos ha dado un puñado de nombres en el que depositar nuestras esperanzas”.

 Sin entrar en detalle en las palabras de Gómez Bárcena, unas palabras que requerirían un análisis más del campo editorial y del campo del periodismo cultural que del valor literario de los autores, sí es cierto que los autores que hoy comienzan su carrera literaria están, en la mayoría de los casos, ausentes de los catálogos de las editoriales clásicas o de los grandes sellos. Sin embargo, es precisamente desde esta ausencia y desde su posicionamiento paralelo a un mercado literario con demasiados vicios de forma que autores como Juan Gómez Bárcena han conseguido destacar en el panorama literario sólo y exclusivamente por el valor literario de sus obras, en concreto de su primera novela El cielo de Lima. No ha sido un premio literario el responsable de descubrir a Gómez Bárcena, mas ha sido su obra aquella que ha situado al autor, puede que no en el centro del mercado, pero sí en el centro de atención de la crítica literaria más atenta.

 Sin embargo,  precisamente para ilustrar la respuesta crítica a un análisis generacional del autor, lo que cabe destacar de Juan Gómez Bárcena es su posición respecto a la tradición literaria y a sus contemporáneos, con los que, compartiendo un mismo contexto socio-geográfico, no configura un grupo homogéneo: en efecto, mientras El cielo de Lima, por sus juegos metaliterarios y su juego referencial con la historia y la historiografía remite a un autor como Sergio del Molino,  Los que duermen, un libro de relatos anterior a la novela,  coloca a su autor  junto a Jon Bilbao o Juan Carlos Márquez. “Es cierto que no puedo apreciar demasiados elementos comunes entre los autores de mi generación”, señala Gómez Bárcena, “siento afinidad con algunos autores recientes, como Sergio del Molino, Andrés Barba, Jon Bilbao, Antonio Orejudo o Luisgé Martín, aunque en ningún caso hablaría de un movimiento generacional o de una corriente estética con unos fundamentos muy definidos”. Para este autor hay, a pesar de las diferencias, una línea de continuidad entre su libro de relatos y su primera novela: “siento que Los que duermen y El cielo de Lima tienen similitudes importantes: más allá de las diferencias de género y temáticas, me parece reconocer en ellas una voz similar, si bien a mi juicio está mucho más depurada en El cielo de Lima”. Si bien en lo referente al género literario, los relatos que componen Los que duermen, inscritos en lo que podría definirse un neofantástico con fuerte influencia de la ciencia ficción –de ahí la relación con autores como Jon Bilbao o Juan Carlos Márquez-, difieren de El cielo de Lima, ambas obras comparten una reflexión crítica acerca del presente y una elaboración de materiales e historias tomadas e introducidas, casi a modo de collage, en una nueva trama de ficción.

 En cierta manera, en parte siguiendo la estrategia de Sergio del Molino en Lo que a nadie le importa, Juan Gómez Bárcena trabaja con materiales de no-ficción, con documentos historiográficos, con textos ensayísticos, principalmente filosóficos, para elaborar un texto segundo que los abraza y los incorpora, borrando todo posible margen entre ellos, en una única y palimpséstica ficción. Asimismo, en El cielo de Lima Gómez Bárcena incorpora la reflexión en torno a la propia escritura a través de la narración del enamoramiento de Juan Ramón Jiménez por una joven inexistente, inventada por dos jóvenes poetas de Perú. La relación de correspondencia –historia no inventada, sino documentada e históricamente verificable- entre el poeta español y la joven, cuya voz es creada por estos dos jóvenes, permite a Gómez Bárcena ensayar acerca de los mecanismos de la creación literaria y, sobre todo, acerca del estatuto de realidad que adquiere la propia ficción: “El propio material novelesco de El cielo de Lima exigía un cierto tratamiento metaficcional, dado que hasta cierto punto José y Carlos se comportan de hecho como co-creadores de una ficción, y yo traté de sacarle el máximo partido posible a esa premisa”. Sin embargo, Gómez Bárcena rechaza la idea de que hoy día la literatura no puede prescindir de una reflexión acerca de sí misma: “creo que la literatura es lo suficientemente rica y compleja como para permitir todo tipo de temas y orientaciones estéticas o filosóficas. En ese sentido, no creo que la metaficción o la reflexión sobre el proceso creativo deban jugar necesariamente un papel esencial en la literatura actual”. En efecto, en su próxima novela, tal y como él mismo apunta, “no hay ninguna presencia de ingredientes metaficcionales”. La próxima novela, comenta el autor sin desvelar grandes detalles, volverá a partir de hechos históricos, volverá a jugar con la realidad, en este caso del pasado, para una reelaboración literaria.

Si bien resultaría  más un juego adivinatorio que un ejercicio crítico comentar la próxima novela todavía por publicar, es posible observar en el recorrido narrativo de Juan Gómez Bárcena una propuesta literaria que, por una parte, retoma la tradición hispanoamericana, en concreto la lección recibida de Bolaño y el juego temporal y espacial que plantea el neofantásticos de autores como Borges, Cortázar o Bioy Casares, y por otra parte, en concreto en El cielo de Lima, dialoga con la narrativa, de corte realista, incluso costumbrista,  actual, representada por autores como Sergio del Molino, Luisgé Martín o Andrés Barba. En la interferencia y en el diálogo de estas dos tradiciones, rehuyendo del experimentalismo, Juan Gómez Bárcena ha conseguido construirse una voz propia a la vez que hacer de su obra una de las expresiones literarias más interesantes del actual panorama literario. “No puedo dejar de percibir su hostilidad y precariedad”, indica el autor con respecto al actual panorama literario, “sin embargo, tengo la sensación de que en cierto sentido estas dificultades no son nuevas, y la suerte del escritor literario ha estado siempre comprometida por la escasez de lectores y la falta de interés del mercado”.  Resulta difícil negar la precariedad del panorama literario actual, tan difícil como pasar por alto la necesaria reflexión acerca de la suerte del escritor literario en dicho panorama, sin embargo, sería erróneo adentrarse en estas problemáticas, que espacio y tiempo requerirían, pasando por alto el aspecto que, al fin y al cabo, define y encumbra a un escritor: su valía literaria y el interés de su propuesta narrativa.

 En el caso de Juan Gómez Bárcena sólo es posible concluir que El cielo de Lima ha despuntado es, sin lugar a dudas, una de las obras literarias más ambiciosas, por su estructura, por su mezcla de estilos y por el planteamiento temático, de los últimos años en la literatura española. Independientemente de la ceguera del mercado, la crítica y, obviamente, los lectores están obligados, en nombre de la literatura, a presar atención a este autor que, afortunadamente, tras salir indemne de la antología de la que él mismo fue antólogo y antologado, se presenta como una voz autónoma, en diálogo transhistórico y transgeográfico con la literatura, como un autor para el cual la única definición verdaderamente válida son su nombre y su obra.


Compartir:

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad de Barcelona. Es colaboradora habitual de El Asombrario, El Confidencial, Letras Libres, The Objective, Llanuras o Altair.