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Aristóteles estableció que toda virtud se encuentra en el justo medio, actitud ésta que rehúye de dos actitudes erróneas, la que peca por exceso y la que lo hace por defecto. Así, la generosidad se encuentra entre la prodigalidad y la tacañería. Pero no se trata de ser generosos. Una vez que se opta por la generosidad, Aristóteles nos invita a que lo seamos en grado sumo. Esta vieja enseñanza aristotélica tal vez permita encontrar el límite entre el sano centro político y el enfermizo Toda gran política y todo político genial que en la historia han sido pueden caracterizarse por el “centrismo”, por el acierto al conciliar términos aparentemente opuestos e inconciliables. Más concretamente, la democracia nunca ha sido la consecuencia del radicalismo (aunque exista una democracia radical que suele ser la antesala del totalitarismo). En Atenas fue el resultado de la concordia entre la aristocracia y el pueblo frente a los tiranos y consistió en la paulatina extensión a una porción de ciudadanos cada vez mayor del ideal civilizatorio de la aristocracia. El régimen parlamentario inglés, aurora de la democracia moderna, fue obra de concordia entre los partidarios del poder real y quienes propugnaban la soberanía del Parlamento. El liberalismo político de Constam, Tocqueville, Lord Acton o los doctrinarios constituye una posición superadora de la antítesis entre el radicalismo revolucionario y la ofensiva reaccionaria. La reciente Transición  española, en suma, fue también obra de la concordia, triunfo del reformismo frente al rupturismo y al continuismo. En este sentido, la virtud política reside en el centro. Una vez que se consolida un régimen moderado, nacido de la concordia, también cabe la existencia de un espacio político de centro. No faltan, desde luego, opiniones que reducen el centrismo a mero talante que debería adornar, como la elegancia o la veracidad, tanto a la derecha como a la izquierda. Tampoco invita a confesarse de derechas o de izquierdas la conocida aseveración de Ortega: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil; ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral. Además, la persistencia de esos calificativos contribuye no poco a falsificar aún más la ‘realidad’ del presente, ya falsa de por sí, porque se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que responden, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías”. Bien es verdad que el filósofo se refería a una época europea no caracterizada precisamente por el imperio del buen sentido político. Lo que no entraña el centro, en el sano sentido de la palabra, es la ausencia de convicciones, el eclecticismo, el pragmatismo electoral nacido de la sospecha de que las elecciones, como los partidos de fútbol, se ganan en el centro, la traición a los ideales y el imperio de la interesada componenda.


Ésta, y no por razones estrictamente impersonales, parece ser la causa de la inteligente diatriba anticentrista que se contiene en el muy inteligente, irónico, combativo y absolutamente recomendable (salvo, quizá, para izquierdistas con escaso sentido del humor y propensiones sectarias) ensayo de Alejo Vidal-Quadras La derecha. Un intento de destilación axiológica, que es, aunque no solo eso, un magistral panfleto político. Baste mencionar la poco inocente cita evangélica con la que comienza: “Y serán reunidas delante de Él todas las gentes, y los apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda”. No hará falta decir que el autor no se limita a caracterizar a la derecha, sino que no desaprovecha la ocasión para zaherir y fustigar a una izquierda, a la que reconoce el mérito de haber  ganado en España, por ahora, la batalla de la propaganda, hasta el punto de que la “derecha contrita” reviste sus “miserias” bajo el púdico ropaje centrista. Ésa es la razón de que la izquierda pueda descalificar a su adversario con el anatema de “la derecha”, convirtiendo una palabra definitoria en un apestoso estigma. Mientras la derecha  es identificada con su tradición más autoritaria, la izquierda no se recata en asumir su no escasa raigambre violenta y solo cubre con un púdico silencio los episodios más cruentos. Y es que izquierda y derecha son elementos de la topografía política que distan de ser conceptos unívocos. “Hablar de la derecha como especie única y poner en el mismo saco al conservadurismo liberal y reformador de Cánovas y Maura, al carlismo integrista y montaraz, al monarquismo autoritario de Primo de Rivera, a la férrea dictadura de Franco y al moderantismo democrático y conciliador de la UCD, indica hasta qué punto se puede intentar abusar de la simplificación interesada con fines de movilización electoral”.


Para caracterizar a la derecha contemporánea, Vidal-Quadras propone un criterio axiológico: la actitud hacia el binomio libertad-igualdad. Frente a la izquierda, la derecha otorga primacía a la libertad sobre la igualdad y opta por la libertad “negativa” frente a la “positiva”. Mientras “la derecha es el conjunto de ideas y actitudes que derivan de la elección de la libertad negativa como objetivo moral primordial”, “la izquierda es el conjunto de ideas y actitudes que derivan de la elección de la libertad positiva como objetivo moral primordial”. La distinción entre libertad positiva y negativa, que deviene privilegiado criterio diferenciador, ha sido propuesta por Isaiah Berlin a partir de una concepción clásica en la tradición liberal, al menos desde el célebre ensayo de  Constant sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. La libertad “positiva” o “libertad para” consiste en la capacidad de actuar, de hacer cosas, de participar en la vida pública. La libertad “negativa” o “libertad de” consiste en la ausencia de coacción, en la reserva de un espacio lo más amplio posible en el que nadie, ni la sociedad ni el Estado, puede intervenir. Aunque las dos clases de libertad son compatibles, se producen tensiones entre ellas, tensiones en el fondo entre libertad e igualdad. Mientras la derecha se decanta hacia la libertad “negativa”, la izquierda lo hace hacia la “positiva”. El problema de la izquierda suele ser que al caminar ansiosamente hacia la igualdad suele perjudicar a la libertad y, al final, no consigue ni la una ni la otra. Decir que en el comunismo soviético había igualdad pero no libertad es una prueba de la pérdida de contacto con la realidad.


Tal vez el criterio propuesto por el autor, bien es verdad que solo como criterio diferenciador contemporáneo, insista demasiado en las diferencias económicas entre la derecha y la izquierda. Cabría añadir, sin duda, su oposición en torno a otros valores, cosa que el autor en algunos casos apunta. Son tantos los desatinos intervencionisas del socialismo que se le puede perdonar algún exceso neoliberal, si bien jocandi causa, como la humorística analogía entre los atracadores y los inspectores de Hacienda. Vidal-Quadras ha escrito un ensayo combativo e inteligente que, con un humor inusual en textos políticos (menos aún en los propios de la izquierda, que se toma a sí misma demasiado en serio) propone un criterio axiológico para deslindar la derecha y la izquierda, vapulea al centro como derecha contrita y vergonzante y de paso fustiga al “ogro filantrópico” izquierdista mediante el arma exquisita de la ironía.  


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