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Se cumplen treinta años desde que se editara por primera vez esta pequeña obra de Christopher Derrick (Ediciones Encuentro, 1982 y 1997) que incluye como subtítulo Una educación liberal como si la verdad contara para algo. No era idea original suya y por ello pide disculpas a su gran amigo E. F. Schumacher autor del libro Lo pequeño es hermoso: una economía como si la gente contase para algo. Este libro de Derrick es en realidad una carta de agradecimiento en la que recoge sus reflexiones sobre la educación liberal a partir de sus experiencias en el transcurso de una estancia en el Thomas Aquinas College de Calabasas, California, institución educativa ajena a las nuevas modas académicas y docentes de otros lugares.


El autor tiene claro qué significado debe tener el concepto «liberal» aplicado a la educación. No se trata de educar a través de la libertad sino de hacerlo para la libertad. El resultado de ello, según Derrick, será «alguien que no estará cualificado para ejercer una profesión específica. Pero, por otra parte, se le habrá estimulado a desarrollarse como persona de la manera más completa posible. Será alguien que leerá mucho, informado, sensible; apreciará el arte, entenderá algo del mundo, su historia y sus problemas; tendrá muchas simpatías y espíritu tolerante y, si surgiera cualquier cuestión pública o política, sabrá darle otra salida que la del simple prejuicio o interés particular. Tendrá cierta facilidad en las difíciles artes de leer, escribir y pensar: dispondrá de recursos internos y será alguien con quien valga la pena hablar».


Derrick protagoniza a su vez una de las vidas paralelas de las muchas que componen Escritores conversos, de Josep Pierce (Palabra, 2006), en el que se relatan minuciosamente aquellos años del renacimiento intelectual anglosajón que supo reflotar su cultura en momentos de barbarie como los vividos en el transcurso del siglo XX y, como su título indica, describe el transitar paulatino de muchos de aquellos intelectuales desde el protestantismo anglicano al catolicismo.


Una iniciativa como el Club Socrático de la Universidad de Oxford, presidido por C. S. Lewis, fue una muestra de la inquietud de los personajes de aquella época, un foro abierto a la discusión de objeciones intelectuales relacionadas con la religión y el cristianismo en particular.


hde_img1.jpgPero no fue la única, también existieron otras muchas, como La Espada del PEspíritu, de la que fue presidente Christopher Dawson que describía los fines de la asociación como «un regreso a los principios sobre los que se ha edificado la civilización occidental y nuestra propia vida nacional; y, por lo tanto, opuesta tanto a la deliberada apostasía del estado totalitario como al materialismo superficial de nuestra cultura secularizada».


Dentro de unos meses, quizá algún año, el debate en torno a los avances de la Unión Europea regresará de nuevo intentando hacerse un hueco entre tantas pugnas nacionales. Con los nuevos liderazgos consolidados, o por consolidar, nuestros orígenes volverán a ser motivo de discusión como lo fueron ya antes de los primeros referendos para la aprobación de la nueva Constitución europea. Y así, Los orígenes de Europa (Rialp, 2007), titulaba Christopher Dawson el libro en que recogía sus reflexiones sobre la unidad de algo más que un continente.


Dawson llegó a ser considerado una figura clave en el renacimiento intelectual católico, cuya influencia se extendió mucho más de lo que su fama de hoy en día podría sugerir. No en vano, su hija Christina recordaba que T. S. Eliot, otro de los protagonistas del libro de Pierce, «admiraba su obra y alguna vez afirmó que, en aquel momento, Dawson constituía la influencia intelectual más importante de Inglaterra».


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