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Javier Gomá, que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2004 por su libro Imitación y experiencia, nos ofrece ahora una continuación, Jentonces anunciada, al tiempo que reitera su plan original prometiendo otro par de volúmenes que seguramente han pasado ya la etapa de las musas y están en el telar.

En una época en que buena parte de la filosofía (engañosamente atraída por el modelo de las ciencias) tiende a producirse en artículos breves y en revistas arcanas, el proyecto de Gomá exhibe características insólitas. Estamos ante un libro de filosofía personal, original e inhabitual, un libro que, además, es fácil de leer (relativamente, se entiende, a lo que ayuda un espesor poco extenuante) y que, sin duda, sirve para que el lector tenga que abandonar sus categorías más peculiares y se dedique a pensar. No es poco, desde luego. Javier Gomá ha sorprendido siempre por una aparente contradicción en su escritura que es a la vez juvenil e impetuosa (para lo que suele ser el gremio) pero sorprendentemente madura, trufada de unas lecturas que atestiguan la sólida formación del autor y el buen gusto con que se mueve entre los clásicos. Su escritura es clara y carece de cualquier pedantería académica, aunque lo que trata de decir no siempre es de fácil interpretación; el autor, tal vez consciente de esa cualidad de sus análisis, nos recuerda con frecuencia por dónde vamos y lo que estamos haciendo al compartir sus análisis. La razón de esta peculiaridad me parece que reside en que el género que nos ofrece es tributario de una concepción según la cual la filosofía es, casi exclusivamente, una meditación personal sobre ciertos interrogantes de la existencia humana. En esa clase de discursos es muy difícil la comparación con cualquier canon, de manera que el lector (y esto dista mucho de ser un inconveniente) tiene que hacer algo más que leer y comparar (con lo que sabe o cree saber), tiene que aceptar el reto de llegar hasta el final porque la obra no está construida según una geometría común sino conforme a una experiencia personal. Textos como éste hacen especialmente cierto el aserto de que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es.

¿De qué trata el libro de Gomá? La respuesta no sería fácil si se nos exigiese una aproximación, digamos, académica, a partir de la tipología común o de las escuelas. No estamos ante un texto de[[wysiwyg_imageupload:1018:height=375,width=200]] filosofía de tal o cual clase, de tal o cual especialidad, sino ante un capítulo de una meditación original, llena de interés, pero personal desde la cruz hasta la fecha. El autor admite sin dificultad que lo que él hace pertenece a lo que él mismo describe como «confesiones de la naturaleza humana», un género mixto o híbrido, si tal cosa cabe, en el que, como advierte al principio se trata de conjugar el Emilio de Rousseau y el Ser y tiempo de Heidegger (dos ejemplos, dicho sea de paso, mucho más indigeribles que esta supuesta secuela). Para avanzar un poco en la comprensión de Gomá, hay que tener en cuenta otra de las características de esta obra singular (y no me refiero sólo a este libro) que deriva muy directamente de la fuente que se reconoce: la propia subjetividad, enteramente ajena a categorías preestablecidas, descaradamente ingenua y voluntariamente atenida a sí misma como única fuente de legitimidad intelectual.

Este libro podría haber sido escrito aunque no existiese la ciencia, aunque no existiese la psicología, aunque nadie hubiese hablado nunca de roles sociales, de otras civilizaciones o de la estructura económica. Conforme a ello, el autor nunca pone en duda que se pueda hacer eso que precisamente está haciendo, como no duda tampoco de que las palabras le van a servir dócilmente para lo que él quiere que sirvan, y es un hecho que lo hacen con notable gentileza. Así, asume, por ejemplo, que sus reflexiones le ponen «en comunicación directa con lo esencial humano». Justo es decir, sin embargo, que Gomá ha dedicado su primer libro precisamente a dilucidar el concepto de experiencia de la vida, de manera que no nos hayamos, en ningún caso, frente a una improvisación sino frente a una meditación muy articulada. Consecuentemente con esta confianza en la posibilidad de decir algo que tenga pleno sentido para cualquiera independientemente de su lugar, época y condición, Gomá plantea una estrategia que, desde el punto de vista retórico, procede a base de rodeos para presentar con nitidez lo que, a su modo de ver, es la [[wysiwyg_imageupload:1019:height=105,width=180]]cuestión clave: ¿cómo se articula la experiencia individual y subjetiva (la autoconciencia como algo absoluto) con la doble fuente de objetividad que se manifiesta en la común existencia de los otros y en la muerte? Nuestro autor entiende que esta cuestión es clave en la maduración de cada cual y resulta sorprendente, aunque también persuasivo, cuando identifica la mortalidad con la condición social, con la pertenencia la polis, con la asunción de que nuestra supuesta condición única debe ceder el paso a la plena conciencia de nuestra sustituibilidad, casi de nuestra fungibilidad, en el tejido social que nos arrebata la individualidad más radical y nos constituye en unidades de un conjunto soberano y, a su modo, inmortal.

El discurso de Gomá es coherente y brillante en muchas ocasiones pero deja como un regusto de duda porque, pese a sus protestas de ser algo muy distinto a una mera autobiografía abstracta, no es nada fácil decir si lo que se nos cuenta es cierto o no, dicho sea en honor de los resistentes que siguen pensando que fuera de la verdad no hay nada interesante, lo que, por decirlo todo, no deja de implicar, en cierto modo, una petición de principio.

Partiendo de una metáfora brillantemente analizada (tal vez fuera mejor decir de un símbolo, de una escena mitológica, pero no es cosa de ponerse picajosos), a saber, el momento en que Aquiles es arrebatado del gineceo en el que vive feliz confundido con las mujeres para dirigirse a la lucha, a su lugar, al destino por el que lo conocemos, y, sobre todo, a la muerte, Gomá, para quien «los estadios en la vida del hombre son la medida de todas las cosas», se adentra en el análisis de la experiencia humana que se consagra en algo bastante paradójico, en el dilema fundamental, en la comprobación de que una vida fecunda supone siempre una especie de traición, una aceptación de la muerte moral antes de la muerte física, una insatisfacción del corazón que recuerda que el deseo profundo de seguir siendo y, por tanto de ser quien se es, es necesariamente traicionado por las exigencias de la eticidad, por la alienante conversión de la madurez en un «uno más». Gomá, es especialmente luminoso en este capítulo central de su libro cuando trata de desembarazar este análisis de la forma parasitaria con que lo ha despachado el romanticismo y alza su voz para hacer el elogio de la normalidad, nada que pueda confundirse con la alienación cómoda en los ritos y consuelos de la multitud que nos hipnotiza y nos mata.

Gomá afirma que su análisis de la experiencia de la vida dota a este concepto de una objetividad esencial que permite diferenciarlo nítidamente de ideas de «cuño subjetivo» como, según a él le parece, son la «felicidad» o el «sentido de la vida», expresiones que, si no me equivoco, aparecen una sola vez en este texto aunque seguramente no le parecen nada subjetivas a otros muchos pensadores.

El cierre del libro se ocupa de analizar el surgimiento y las contradicciones de la idea moderna de héroe que Gomá persigue, sobre todo, en los escritos de Rousseau y de Goethe. Nuestro autor, gran admirador de la cultura grecolatina, supone que la mente moderna ha acabado por arruinar la posibilidad de una experiencia unitaria del dilema humano que, sin embargo, era posible en épocas anteriores y que, pese a todo lo negativo que pueda decirse del relativismo posmoderno, le parece que tal vez pudiera recuperarse, seguramente conforme a la fórmula que nos recomendará en sus próximos libros. Muy en conformidad con cierto análisis corriente en estos tiempos, Gomá supone que la derrota de los mesianismos políticos (se entiende que en Europa) y el suave nihilismo de la época contemporánea (que ha sustituido el gineceo por el gimnasio y que ni siquiera sueña con la inmortalidad) abren la posibilidad de una nueva formulación positiva de la respuesta a la contradicción fundamental entre lo estético y lo ético a la que nos enfrenta inevitablemente la maduración, la vida misma.

[[wysiwyg_imageupload:1020:height=125,width=180]]Es muy fácil estar en desacuerdo con Gomá, porque tiene la valentía de exponer sus opiniones de manera desnuda, sin disimulos ni antifaces, sin falsas erudiciones y sin temor alguno a ese mundo externo que, en general, ha descrito como atosigante y fatal; es, por tanto, un autor atrevido, valiente, que no rehuye la exploración de lo desconocido y se adentra en territorios escasamente de moda o, más precisamente, que no renuncia a abordar sus preocupaciones de una manera enteramente distinta a la que en estos momentos es ordinaria.

La filosofía es una actividad que lleva ya muchas décadas sometida a invencibles equívocos y es muy humano refugiarse en el gremio, en hacer lo que otros hacen, decir lo que otros dicen o en discutir con los supuestos gigantes a ver si se nos pega algo de su grandeza. Gomá no incurre en ninguno de esos comunísimos y feos vicios: es elegante, optimista, discreto e interesante. Convendrán conmigo en que si además resultase convincente sería excesivo, aunque seguro que no será esto lo que piensen muchos de sus lectores. Una de las cosas que, a mi entender, caracterizan a un verdadero pensador es su capacidad para eludir el cerco académico, el mero comentario. Gomá supera con absoluta claridad ese test y hay que esperar que siga fiel al ambicioso y sugestivo programa que se ha trazado.


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