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Es tiempo de volver la vista atrás e intentar indagar, tomando como referencia la vida del político inglés, en aquellos hechos y circunstancias que pudieron influir en la conformación de su carácter, que sería tan decisivo en la heroica victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.

En su biografía sobre Churchill, Roy Jenkins nos da algunas claves de sus ancestros y de cómo transcurrió su infancia. Gladstone que, en general, tenía un excesivo respeto por los duques, declaró que ninguno de los Marlborough había demostrado tener “moral ni principios“. El abuelo de Churchill, séptimo duque de Marlborough, se acercó más a la respetabilidad al tener un cierto historial de servicio público (fue virrey de Irlanda durante el segundo gobierno de Disraeli). Su hijo, el hermano mayor de Lord Randolph, a la sazón padre de Winston Churchill, era, en palabras de un eminente historiador moderno, “uno de los hombres de peor fama que jamás ha envilecido el más alto rango de la nobleza británica”.

Winston Churchill nació el 30 de noviembre de 1874 y lo hizo, como la mayoría de las cosas que hizo en su vida, con dos meses de antelación. Por eso el lugar de su nacimiento no fue en la casa que sus padres estaban acondicionando en Mayfair (Londres) si no en el Palacio ducal de los Marlborough en Blenheim.

La infancia de Churchill careció de afecto real y continuado y de una relación mínimamente estrecha con sus padres. La relación era inexistente y sufrida con su padre y distante y admirativa hacia su madre, Jennie Jerome, hija de un tiburón de Walll Street, de la que Churchill, en My Early Life, escribió que “brillaba para mí como el Lucero Vespertino. La quería muchísimo, pero de lejos“.

Su padre, Lord Randolph, persiguió a lo largo de su vida la búsqueda y consecución de una fama intensamente personal. Su actuación política estuvo guiada por el oportunismo y no por unos principios coherentes. Tenía ese don de la insolencia que Jenkins define como “la capacidad de pensar frases memorablemente divertidas y el valor de pronunciarlas sin miedo“. En su corta y atribulada vida fue Secretario de Estado para la India, Presidente de la Cámara de los Comunes y Ministro de Hacienda. Salisbury consideraba que su edad mental estaba muy por debajo de lo que indicaba su certificado de nacimiento. “Su carácter’, escribió, ‘está bastante indomado. Por su impulsividad y variabilidad presenta las características de la juventud extrema“.

Lord Randolph acusaba a su hijo con frecuencia de incompetente e irresponsable, señalando su absoluta falta de valía. Así, no lo consideraba válido intelectualmente para ser algo útil en el campo del Derecho, y por ello decidió enviarle a la Sandhurst Royal Military Academy. A pesar del trato desdeñoso y distante con que su padre le obsequió, Churchill siempre honró su memoria, y el 1 de enero de 1906 escribió su laudatoria biografía. Es enorme la huella que dejó su padre en él, y siempre hubo en su actitud un intento permanente de reivindicarse ante su padre, de hacerle ver que se había equivocado con él.

El tono y el tacto con el que sabía dirigirse a nuestro hombre le ayudaron a superar sus estados de abatimiento y a mitigar sus defectos de carácter. Siempre estuvo a su lado, no tanto físicamente, porque viajaba mucho, pero sí en la profunda cercanía espiritual.

El principal legado que dejó a su hijo Winston no fue el dinero, que era muy poco, sino un deseo irrefrenable de alcanzar la fama y el éxito, y de hacerlo pronto porque los Churchill morían jóvenes (Lord Randolph murió con menos de 40 años). En el inestable equilibrio emocional de Winston (tuvo un hermano menor, Jack, con el que siempre se llevó bien) jugó un papel, fue un puntal emocional básico en su infancia, su niñera, la señora Everest, que además parece ser que tenía un gran poder descriptivo. Natural del Condado de Kent, influyó en la percepción de que Churchill lo considerara el mejor condado de Inglaterra, tanto que terminaría por comprarse allí Chartwell, su casa de campo, tan fértil en distintas ocasiones de su vida por tantas razones.

En descargo de su madre hay que decir, que al cabo de los años, mejoró en calidad e intensidad la relación con su hijo Winston, prestándole una atención que, si bien no compensó su ausencia en sus años infantiles y juveniles, por lo menos no extendió sus plazos. La muerte de su esposo Randolph, dos matrimonios posteriores y un abundante trajín sentimental al parecer le restaron capacidad operacional para ocuparse más de sus hijos. Se desconoce si la ajetreada actividad de su madre pudo influir en la ejemplar monogamia de Churchill con su esposa Clementine Hozier, aunque como dice Jenkins, “siempre fue tolerante con quienes tenían hábitos menos concentrados“.

Lady Randolph fue de gran utilidad a su hijo en facilitarle, a través de sus importantes relaciones, los mejores destinos militares y el contacto con editoriales para que publicasen sus primeros libros.

Su matrimonio con Clementine le otorgó la estabilidad emocional y personal que hasta entonces no había tenido

En la primavera de 1908, Churchill conoció a Clementine Hozier. Su matrimonio con Clementine hasta el final de sus días le otorgó la estabilidad emocional y personal que hasta entonces no había tenido. Su buen sentido liberal y el sentido de la proporción que tenía fueron un factor de equilibrio para Churchill. El tono y el tacto con el que sabía dirigirse a nuestro hombre le ayudaron a superar sus estados de abatimiento y a mitigar sus defectos de carácter. Siempre estuvo a su lado, no tanto físicamente, porque viajaba mucho, pero sí en la profunda cercanía espiritual. Él siempre la alababa: “Clementine me ha enseñado lo noble que puede llegar a ser el corazón de una mujer“.

Probablemente un retrato psicológico de la personalidad de Churchill otorgaría una clara preponderancia a la influencia que personas tan próximas ejercieron en su forma de ser, sin menoscabo de la transmisión de los significados factores genéticos recibidos. Trasciende a ciertas facetas de su formidable personalidad una cierta tendencia al desbordamiento emocional como consecuencia de un notorio desarraigo familiar, con riesgo evidente de vacío existencial al afrontarlo, desde el valor del hombre que es capaz de vencer sus propios miedos y acepta el combate con la vida.

En esa lucha, cuyo pulso mantuvo sin pausas ni claudicaciones mantuvo a lo largo de su vida, contó con la inesperada y fiel compañía de la escritura. La necesidad de escribir aporta un método para acercarse al significado de las cosas, una lograda herramienta para tallar trabajosamente la propia identidad, un camino abierto para descifrar el sentido de la experiencia (en la acertada definición de Huxley “no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede”), y es también una llamada que reclama trabajo y rigor para contextualizar los textos dotándolo de una energía histórica y así imprimirles la impronta de la interpretación fiable.

La escritura en sí misma es un acto de valor. La escritura guió la carrera de Churchill y viceversa. Sus inextinguibles hábitos de escritor son coherentes con su vocación declarada de pasar a la historia. Aunque sus escritos eran de los más variado y muchos requerían investigación histórica, otros como por ejemplo sus Diarios, constataban, eso sí elocuentemente, los hechos que acontecían.

Analizando los escritos de Churchill, uno nunca está seguro de hasta qué punto él mismo está perfilando un personaje, un héroe al que ha de asemejar su propia vida. Siempre quiso ser un héroe, se sentía alguien predestinado, alguien que intuía y presentía estar llamado a algo grande. Quizás estaba escribiendo su destino y cada vez que se adentraba en su propio personaje se estaba haciendo más estrafalariamente heroico.

Churchill se apoyó en la escritura para que esta fuera un gran profiláctico contra una cierta propensión al desánimo, descubriendo su poder sanador. Nunca, ni en la más declinante ancianidad, dejó de tener las fuerzas necesarias para dictar sus innumerables notas breves. No olvidó su grandilocuente estilo, lleno de metáforas y fantasías, a las que recurría cuando tenía que escribir un libro. Es cierto que a efectos de documentación algunos libros que escribió necesitaron la contratación de técnicos especialistas (como en The World Crisis y otros) pero en esta puntual derivación industrial de su oficio nunca perdió el toque propio y artesanal que daba Churchill a su escritura y que le valió el Premio Nobel de Literatura en 1953.

La escritura para Churchill representó un cierto afluente vital donde calmar sus ansiedades e impaciencias, remontar su tendencia fluctuante y ocasional, pero intensa, a un intrépido pesimismo anulador (el famoso “perro negro“de Churchill). No obstante, obsesivo y obcecado, nunca olvidaba los asuntos que se traía entre manos, y siempre llevaba consigo al hilo que tiraba de la madeja.

El hábito de la escritura que acompañó a Churchill a lo largo de toda su vida ejercía en él una doble compensación: la emocional y la pecuniaria. La situación económica de la familia Churchill al poco de la muerte de su padre se hizo acuciante, y Churchill, recién salido de la Academia Militar de Sandhurst, se lanzó a hacer lo que mejor sabía. Durante toda su vida siempre pensó que el gasto debería ser determinado por las necesidades (interpretadas estas con generosidad) y no por los recursos obtenidos. Además, tuvo siempre muy asumido que cuando las diferencias entre los ingresos y los gastos fueran incómodamente grandes, la solución siempre debía consistir en aumentar los ingresos y no en reducir los gastos. Siempre gastó todos los recursos generados, con un cierto derroche de carácter epicúreo nunca ajenos a los placeres de la vida (viajar, la buena mesa bien regada, etc.). En las distintas biografías de Churchill aparece con nitidez esta tendencia epicúrea, antes, durante y después de los períodos bélicos, donde no se dejó de descorchar algunas botellas memorables.

Pues así iban pasando los tiempos, entre humaredas de buenos e inagotables habanos, apreciables destilados, que la constitución y el metabolismo de Churchill absorbían milagrosamente, con preferencia hacia el whisky con soda, el brandy añejo y el champagne francés, aunque su biógrafo Jenkins observa admirado la elevada ingestión de Champagne Caucásico durante las Cumbres preparatorias de la Conferencia de Yalta, “que hubiera enterrado a cualquier hombre corriente salvo a Churchill“. Naturalmente, el juego, no podía estar al margen de un ambiente tan logrado y algunos de sus acompañantes tuvieron que aprender a jugar al bezique, un juego de cartas francés que era el preferido de Churchill.

El historiador Edward Gibbon (1737-1794)

El origen de su floreciente vocación de escritor está vinculado a las aptitudes personales que brotaron en Harrow hacia la Historia narrativa, así como un notorio interés por emplear correctamente la lengua inglesa que lucía en sus brillantes redacciones. Además, gozaba de una excelente memoria. Recitaba mil doscientas líneas de los Days of ancient Rome de Macaulay sin cometer ningún error.

Esta vocación latente se va a ver urgida cuando sale de la academia de Sandhurst y estima palmariamente de que adolece de una gran cultura y que debía hacer algo por remediarlo, lanzándose a un plan autodidacta de intensas lecturas. Entre los libros que le envía Lady Randolph, hay dos autores que le impresionaron muy especialmente y que van influir en él decisivamente, se trata de los historiadores Edward Gibbon y Thomas Macaulay. Estas lecturas y otras de autores clásicos fueron complementadas con el trabajo hercúleo de la Lectura de los 27 volúmenes del Annual Register, donde se contienen los detalles de todos los debates parlamentarios importantes y de los distintos progresos legislativos, empezando por el Segundo gobierno de Disraeli (1874–1880). Es decir, Churchill “bombardeó sus venas de datos políticos sin diluir ni digerir“y luego, en un gran trabajo de exégesis política, resumió los informes y dio su propia opinión, moderadamente progresista, sobre cómo hubiera hablado y votado él en cada caso.

La verdad es que la biografía de Churchill, está repleta de su talante descarado, ajeno en ocasiones al respeto -aunque siempre fruto de su temperamento y no de la mala intención- y a la prudencia.

La impresión de sus lecturas, como decía, fue mayor en el caso de Gibbon, que le parecía más sólido, calificando su narrativa como “majestuosa e impresionante“, frente a un Macaulay que era “conciso y enérgico“. En el gran libro que Churchill escribió sobre los Marlborough se atrevió a refutar muy expeditivamente alguno de los enjundiosos artículos de Macaulay sobre su familia. La verdad es que la biografía de Churchill, está repleta de su talante descarado, ajeno en ocasiones al respeto -aunque siempre fruto de su temperamento y no de la mala intención- y a la prudencia. Cuenta Jenkins que el premier Baldwin, en las postrimerías del año 1924, le ofrece a Churchill el Ministerio de Hacienda y este volvía al Partido Conservador, después de una larga estancia en el Partido Liberal, donde destacó con discursos de gran agresividad hacia las filas conservadoras. Pero cuando asumió esta responsabilidad ministerial dentro del Gobierno, fue como si tuviera la experiencia en Hacienda de Gladstone, Disraeli, Lloyd George y Bonar Law juntos, y se comportó con sus colegas como si tuviese las credenciales conservadoras más irrefutables.

Volviendo a Gibbon, fue para él una gran referencia y tuvo una gran influencia tanto en su método de análisis de los asuntos políticos, incorporando a estos la perspectiva histórica, tanto en su exuberante escritura como en su grandilocuente oratoria. La obra de Gibbon “The History of the Decline and Fall of de Roman Empire“ es todo un alarde de utilización de fuentes históricas, de una búsqueda incansable de conocimiento de los hechos tal como fueron, hilvanándolos sabiamente y contextualizándolos para que se pudiera entender lo que realmente pasó. Todo esto desde el dominio del arte literario.

Simon Schama, con su habitual agudeza, dice que “ningún estadista británico desde William Pitt el Viejo estuvo más profundamente marcado por una visión tan providencial del pasado de su nación. La perspectiva de la historia que buscaba era nacional y no monárquica, pese a su cuna de Churchill. La historia, esa historia, fue la religión de Churchill y sus santos y mártires le hablaban a diario”.

Como bien dijo Lukacs, es la visión de Churchill la que engendra su retórica. Sus grandes frases eran consecuencia de su perspicacia y profundidad en los análisis y, sin duda también de su ingenio, pero no eran estas las que condicionaban y prescribían su política.

Al mismo tiempo que Churchill devoraba los libros que le enviaba su madre, como alférez de los Húsares empezó a tener sus primeros destinos en los llamados Dominions, aquellos territorios en el extranjero que pertenecían al Imperio Británico. Combinó la aventura de los viajes militares, con su trabajo de corresponsal en periódicos como el Daily Telegraph, el Morning Post y otros. La experiencia única adquirida en estas singulares aventuras le permitió no sólo el poder escribir algún libro, sino también el aliviar su ajustada situación financiera y la de su madre con los ingresos procedentes de sus crónicas o la venta de sus libros. El palpitante deseo de fama es lo que le animaba sin cesar y la mejor forma que veía de llegar a ella era siendo escritor.

Su primer libro fue “The Story of Malakand Field Force“, un exótico libro resultado de su experiencia en el Regimiento de los Húsares contra las tribus patanes en el valle de Swat, cerca de la frontera afgana de la India. No mucho después escribió la novela de ficción “Savrola”, donde se encuentra una frase paradigmática en la que bien podría estar refiriéndose a el mismo: “la ambición era su fuerza motriz y era incapaz de resistirse a ella“. Este fue el comienzo de la carrera literaria de Churchill, después vinieron “The River War“, una explicación histórica sobre la reconquista del Sudán, la biografía de Lord Randolph y otros muchos libros, así como una actividad como articulista, periódica y pertinaz, en distintos diarios nacionales o locales invariable a lo largo de su vida.

Churchill, como hemos dicho anteriormente, vivió de la escritura. Gracias a ella mantuvo un muy alto nivel de vida, aunque los abundantes recursos económicos generados eran consumidos a gran velocidad, pero su inagotable actividad y su imponente personalidad rindieron un notable beneficio en la negociación con los editores, actuando siempre con gran pericia y habilidad en la defensa de sus intereses. El estilo de vida de Churchill y su familia tiraba a derrochador y tampoco se perdió el crack de octubre del 29: precisamente estaba allí en esas fechas, donde vio cómo algunas de sus poco prudentes inversiones quedaban reducidas a la insignificancia en aquellos atribulados tiempos. Por eso en muchas ocasiones debía redoblar su esfuerzo como conferenciante, escritor, articulista, etc.

Toda esta incesante actividad como escritor, la relaciones que fue trabando en sus destinos militares, las épicas aventuras que relató con pasión para los periódicos que le contrataron como corresponsal (p.ej. su captura por los boers en Sudáfrica y su huida de un campo de concentración) le dieron una significada fama. En el último año del siglo XIX, la vocación política empieza a manifestarse con creciente fuerza, surgiendo un gran deseo de dedicarse a la política: “Lo siento de un modo instintivo. Sé que tengo razón. Tengo instinto para estas cosas. Probablemente heredado. Esta vida es muy agradable, qué terrible será sino tengo éxito. Me romperá el corazón, pues no tengo más ambición a la que agarrarme“.


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