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Para Herny Hazlitt, el economista que llevó el legado de la Escuela Austriaca a Estados Unidos, no había peor momento para sucumbir a la falacia económica que pasa por alto las consecuencias secundarias que una crisis, en la que la urgencia parece aconsejar soluciones cortoplacistas. Lo saben bien quienes se dedican a la ayuda al desarrollo y los que han estudiado las trampas de la pobreza, esas apuestas, indudablemente bienintencionadas, que han condenado a los países más necesitados a una escasez endémica. Es lo que concluía en Cuando la ayuda es el problema, la economista zambiana Dambisa Moyo, recordando que es mejor enseñar a pescar que dispensar peces.

Y aunque se han calculado con exactitud algunos de los costes de la parálisis económica en los países desarrollados, hay menos estimaciones sobre las secuelas que la pandemia dejará en aquellos que no gozan de tan buenas condiciones. En un artículo para Spiked, Daniel Ben-Ami, periodista británico especializado en temas económicos y defensor de la importancia del crecimiento, apunta que las regiones más pobres del planeta tienen que lidiar, como el resto, con la crisis sanitaria y el impacto del cierre de sus industrias nacionales, pero también con la repercusión que tendrá en ellos el cese de la actividad económica en el mundo desarrollado.

Enfrentarse al Covid sin medios

A pesar de que es pronto para sacar conclusiones, los datos indican que en las naciones con menos recursos el virus ha sido, por norma general y dentro de su gravedad, menos agresivo. Una de las razones es el clima, más caluroso en África y Asia, por ejemplo. A ello se añade la juventud de la población: en Nigeria, la media de edad es de 18,3, a diferencia del Reino Unido, donde se sitúa un poco por encima de los cuarenta años.

Con independencia de su letalidad, sin embargo, estos países están menos preparados para enfrentarse a la pandemia. Por un lado, sus condiciones sanitarias son muy deficientes, lo que debilita sus sistemas inmunitarios. Por otro, muchos de ellos sufren ya el azote de otras enfermedades. En Sudáfrica, hay más de siete millones de enfermos de sida y, según datos de la OMS, enfermedades como la tuberculosis, la malaria o, en el caso de la República Democrática del Congo, el ébola, están diezmando sus poblaciones drásticamente.

Además, medidas aparentemente fáciles como lavarse las manos o mantener una prudente distancia de seguridad, pueden ser para quienes viven en barrios atestados de la India o Bangladesh hábitos hercúleos. Como no cuentan con recursos, es peor la atención a los enfermos. África, donde viven más de mil millones de personas, apenas dispone de camas en cuidados de intensivos, por no hablar de la escasez de tests, mascarillas o equipos de protección.

Ben-Ami resume así la situación: “Las medidas de higiene más básicas para luchar contra el Covid-19 no están al alcance de la mayoría de las personas que viven en los países más pobres. Los políticos y los sanitarios pueden hablar todo lo que ellos quieran sobre la importancia de lavarse regularmente las manos, pero poner en práctica sus consejos es simplemente imposible. Así lo explica, por ejemplo, un reportaje, publicado en el Financial Times, sobre los barrios pobres de la ciudad más poblada de la India: ‘Las barriadas de Bombay, donde se calcula que vive el 40% de los 20 millones de habitantes que tiene la ciudad, son lugares especialmente propicios para la expansión del virus. Familias o grupos de trabajadores migrantes viven habitualmente en una misma habitación. Se comparten baños y fuentes (…) Y, como son pobres, quedarse en casa y perder sus ingresos para muchos no es una opción’”.

Efecto dominó

Pero los economistas no son solo quienes tienen en cuenta el largo plazo, sino también los que muestran la suficiente pericia para analizar la cadena de consecuencias que inicia una sola medida. La economía es un sistema, lo que a veces se olvida, y su lógica es parecidísima a la que rige la caída de las piezas de un dominó: una decisión en una parte del mundo, puede transformar la demanda en otro y viceversa. De ahí que, para medir el impacto de la pandemia, no solo sea necesario valorar lo que deja de ganar quien está obligado a permanecer en su casa y sin posibilidades de teletrabajar, sino todo lo que caerá junto con el descenso de ingresos.

Si se cumplen los pronósticos del Fondo Monetario Internacional y la economía de los países más desarrollados se contrae un 6%, la situación de los más pobres y dependientes, que tienen mucho menos margen de maniobra, puede ser en un futuro próximo insostenible. Porque el Covid mata, pero también el hambre.

En primer lugar, señala Ben-Ami, muchos se verán afectados por la caída de la demanda en las exportaciones de materias primas, que en muchos casos constituye el principal flujo de entrada. Es lo que ha ocurrido con el petróleo, cuya demanda internacional ha sido, hasta el declive de su precio hace unos meses, la principal fuente de ingresos para Nigeria o Angola, entre otros.

La paralización de la actividad económica en las regiones más ricas también afectará, como ha señalado el Banco Mundial, a las remesas que los emigrantes que trabajan en ellos envían a sus lugares de origen y que tienen un importante peso en la economía de estos últimos. Los cálculos vaticinan que la cantidad de dinero que llegará a África subsahariana descenderá un 21,1 % y la que lo hace al sur de Asia, en más del 22%, como consecuencia del cese temporal de la actividad en los países más avanzados. Por último, hay que hablar de la caída del turismo, otra de las actividades en las que se sustenta la debilitada economía de estos países.

Pero también el mundo desarrollado puede adoptar medidas para paliar los efectos de la crisis. Se sabe que los integrantes del G-20 han decidido retrasar un año el pago de la deuda con el fin de fortalecerles financieramente a la hora de enfrentarse con el virus, pero Ben-Ami apuesta por una medida más drástica, la cancelación, como han solicitado ciertos países africanos. Como en su libro Ferraris for all. In Defence of Economic Progress, donde se enfrenta a quienes demonizan el crecimiento económico por su impacto sobre el medio ambiente o la igualdad, Ben-Ami insiste en que este permite la difusión de la prosperidad y, por tanto, no resulta perjudicial para ninguna clase social. Es más: puede ser el salvavidas de quienes peor viven.

Aunque se están paliando en muchos lugares las condiciones del estado de alarma y reactivándose la economía, ante un rebrote el periodista recomienda valorar si el cese completo de la actividad, que tantas consecuencias tiene, es la decisión más adecuada.

“Ciertamente, los colectivos más vulnerables de la población deberían ser protegidos. Pero la paralización de la economía durante periodos prolongados de tiempo tiene consecuencias humanas devastadoras, no solo para los países más ricos, sino para los más pobres, donde incluso pueden ser más graves”, advierte.


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