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Los últimos años del siglo están asistiendo al desarrollo acelerado de las que se han venido en llamar nuevas tecnologías.

Entre éstas, brillan con luz propia las que hacen un uso intensivo de la electrónica y las telecomunicaciones. Así, una serie de avances tecnológicos complementarios han venido a confluir, provocando la eclosión de un proceso cuyo desarrollo, posibilidades y consecuencias apenas comienzan a descubrirse.

Entre ellos, dos merecen la pena ser destacados: la miniaturización e integración de la “circuitería” electrónica, crecientemente compleja, a escalas cada vez mayores, y el desarrollo de potentes herramientas y algoritmos de cálculo para el tratamiento de las señales que transportan la información. Este proceso ha dado lugar al fenómeno conocido como la digitalización de la información.

Siendo apasionantes en sí mismos los aspectos tecnológicos y científicos de estas disciplinas, aún más relevante resulta el escenario a que nos conduce. Efectivamente, la progresiva aceleración del movimiento tecnológico durante la última mitad del siglo ha fructificado en importantes avances de gran alcance en nuestra sociedad. Sin embargo, ninguno, con la única excepción de aquéllos relacionados con la alimentación y la salud, presenta mayores implicaciones y retos sobre la civilización humana, tal y como la hemos conocido en los últimos milenios. Así, no existe rama del conocimiento humano, ni de las artes plásticas, ni actividad social o mercantil que no vaya a sufrir una inflexión en su devenir, en su proceso de creación o en cualquiera que sea el aspecto que desee abordar, como consecuencia de la aparición de este nuevo fenómeno tecnológico.

Por otro lado, el nuevo escenario así alumbrado presenta el original aspecto de un sistema mallado, por lo que nunca antes resultó más afortunado el empleo de la palabra “red” para su calificación. Esta característica de interconexión simultánea entre todos su miembros, amén de posibilitar hasta el infinito toda relación e intercambio, impone a su vez una nueva condición al mercado: contribuye a que el beneficio aportado al sistema por la incorporación de un nuevo miembro exceda con mucho al coste de la misma.

En definitiva, este final de siglo nos despide con la certeza de que la necesidad humana de comunicación resulta la más insaciable de todas. Y así, nuevos desarrollos alimentan nuevos servicios que a su vez suscitan crecientes demandas. Esta característica de las telecomunicaciones acelera y cataliza las ya conocidas ventajas tecnológicas del proceso, estimulando la bajada de precios, la extensión del sistema y la aparición de nuevas aplicaciones.

Fruto de todo lo anterior es la creciente participación de las tecnologías de la información en la creación de riqueza mundial. Y factor aún más importante, la aparición de una nueva cultura universal, con todo lo que ello supone desde un punto de vista empresarial, económico, político y social.

Hasta aquí, las telecomunicaciones y su pléyade de aplicaciones telefónicas, documentales, audiovisuales, informáticas, etc.

Sin embargo, más allá de sus consecuencias económicas e industriales, directas o inducidas, son evidentes las condiciones de partida de una nueva revolución, de índole social, que anuncia la revisión de un buen número de fronteras, reglas y pautas de comportamiento que han resultado válidas hasta hoy desde el inicio mismo de la andadura de la sociedad humana. Existen voces que nos advierten sobre el advenimiento de una nueva sociedad. Una sociedad que establecerá relaciones entre sus miembros con independencia de elementos antaño considerados críticos, como la distancia, los horarios, los factores climáticos, las fronteras políticas, el idioma, los factores productivos o las diferencias de clase. El mundo se hace cada vez más pequeño y, paulatinamente, desaparecen las posibilidades de crear reductos aislados, bien sean éstos de índole política o social. Todo ello supone un nuevo escenario. Y el gran reto de nuestro tiempo: el control de los instrumentos que la tecnología pone a disposición de la humanidad, con el fin de que su desarrollo resulte armónico, creativo y respetuoso con los valores que siglos de cultura y civilización han conseguido cristalizar. Y que contribuya finalmente a la consecución de un mundo más libre, más rico, más justo, mejor.

NUEVA REVISTA quiere sumarse a este debate, para el que gustosamente ofrece sus páginas a quienes, desde cualquier disciplina, consideren tener algo interesante que aportar.


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