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Josemaria Escrivá.
9 de enero 1902 – 9 de enero 2002

Fue maestro de vida cristiana para decenas de miles de mujeres y de hombres que, uniéndose al Opus Dei o no, recibieron sus enseñanzas y a los que llegó su novedoso y atractivo mensaje pastoral. Creó y alentó muchas y variadas iniciativas apostólicas, en su mayoría civiles y algunas eclesiásticas, dedicadas a la educación en todos sus órdenes y grados, a la promoción social y a la de la cultura cristiana. Es también autor de libros de espiritualidad que han encontrado millones de lectores en las más diversas lenguas del mundo y son apreciados por teólogos y críticos, por personalidades de la Iglesia y de la vida civil y, sobre todo, por cristianos corrientes.

LOS TRES PERIODOS DE UNA BIOGRAFÍA

La vida de Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás discurrió a lo largo de tres períodos netamente diferenciados de no muy dispar duración: el de la formación del personaje hasta la fundación del Opus Dei en el año 28; el de su apostolado en España, viviendo de asiento en Madrid, que se extiende hasta 1946; y su larga etapa romana, de casi treinta años, con centro en la Ciudad Eterna, desde donde con sus iniciativas y con numerosos desplazamientos por Europa y por América extiende su acción sacerdotal y apostólica y promueve la expansión del Opus Dei en más de cincuenta países.

DESDE BARBASTRO A MADRID

Había nacido en Barbastro el nueve de enero del año 1902 en el seno de una familia de clase media y costumbres cristianas, arraigada de antiguo en casi todas sus ramas en la región subpirenaica. Sus mayores por línea paterna eran oriundos de Balaguer, en la provincia de Lérida, y el padre, natural de Fonz (Huesca), no lejos de Barbastro. La madre era de Barbastro. Entre los varones de ambas familias había habido, y había entonces, abogados, comerciantes, algún médico, sacerdotes, terratenientes, etc. No faltaban antecedentes de carreras más brillantes en unas u otras profesiones: un tío obispo y otros antepasados más lejanos, funcionarios civiles o militares que fueron distinguidos con mercedes de la Corona. El padre de Josemaría -—don José Escrivá Corzán— tras su matrimonio con doña Dolores Albás y Blanc, se instaló en Barbastro donde trabajó en el comercio y gozaba de excelente reputación.

En 1914, la familia se trasladó de Barbastro a Logroño, en cuyo Instituto el joven Josemaría terminó el Bachillerato que había inciado en el de Lérida, a donde acudían a examinarse los alumnos de los escolapios de su ciudad natal. Más tarde, resuelto a ser sacerdote, ingresó en el Seminario de Zaragoza, donde realizó los estudios eclesiásticos y luego los de Derecho en la Facultad de la universidad de la misma Zaragoza. En 1925 se ordenó de presbítero y dos años después acababa la licenciatura en la Facultad de Derecho.

Más tarde, en 1939, obtendría el Doctorado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid (la actual Complutense, que entonces se llamaba Central). Instalado en Roma desde 1946, se doctoró en Teología en el Ateneo Lateranense, la universidad eclesiástica de la diócesis del Papa.

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En 1927, ya en Madrid, mientras era capellán del Patronato de enfermos, daba clases de Derecho Romano y Canónico en una academia de estudios jurídicos, y dedicaba todo el tiempo posible a la asistencia sacerdotal de enfermos, en sus domicilios o en los hospitales, principalmente el llamado del Rey, o de infecciosos, y a la catequesis en barrios pobres de la capital, mientras prestaba particular atención a la orientación espiritual y a la formación cristiana de los jóvenes universitarios con quienes tenía relación.

FUNDADOR DEL OPUS DEI

El hecho central en la biografía del Beato Escrivá fue la fundación del Opus Deí y su dedicación a la tarea de implantarlo en el seno de la Iglesia, a partir del 2 de octubre de 1928. Sin que se alteraran externamente ni su trabajo pastoral ni su sencillo estilo de vida, ni sus clases en la academia de estudios jurídicos donde trabajaba para ayudar al sostenimiento de su familia, aquel joven sacerdote y abogado de veintiséis años bahía encontrado la singular vocación definitoria y definitiva, a cuya realización consagraría en adelante todas sus energías.

El Opus Dei habría de ser, necesariamente, porqué son así las cosas en que intervienen los hombres, una organización -—«una desorganizada organización» dijo en alguna ocasión el fundador— y, sobre todo, un mensaje, que era a la vez viejo, por evangélico, y nuevo, por olvidado —incluso entre los buenos cristianos—, a cuya difusión y puesta en práctica se dedicarían principalmente la Obra y sus miembros. La plenitud de la vocación cristiana, conforme a las enseñanzas del Evangelio — y a la Voluntad salvífica universal de Dios—, es algo que se puede vivir, e intentar vivir, en todos los quehaceres temporales, en todas las tareas honestas ordinarias de la tierra, que son las más de las que ocupan a los hombres.

La Iglesia Católica y su Jerarquía, con la que siempre contó, acogerían las ideas y los proyectos de Josemaría Escrivá con su bendición y con su aliento, reconociendo el mensaje como cosa propia y acabarían por abrir en sus estructuras un espacio jurídico adecuado a la naturaleza y al carisma de la «organización». Todo ello siendo el Opus Dei como era según la mente del fundador, con sus sustanciales características «laicales» o seglares.

En 1968, en unas declaraciones a L’Osservatore Romano, Escrivá decía que el Opus Dei «nunca se encontrará en la necesidad de ponerse al día». «No tendrá jamás que adaptarse al mundo», porque las personas que a él pertenecen «son del mundo». En esa misma ocasión manifestaba su alegría por el hecho de que el Concilio Vaticano Segundo hubiera proclamado con gran claridad «la vocación divina del laicado», lo que ha confirmado algo que, proseguía el fundador, «veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años».

LOS AÑOS DE ESPAÑA

Durante sus años madrileños, hasta su marcha a Roma en 1946 y su definitiva instalación allí poco tiempo después, el Beato Josemaría Escrivá desarrolló una amplia labor sacerdotal de predicación y asistencia espiritual a personas de diversa clase y condición. Organizó y fomentó residencias universitarias y colegios mayores, clubs juveniles de estudiantes, actividades y retiros espirituales para mujeres y para hombres, etc., estableciendo el Opus Dei en las principales ciudades españolas y empezando por las universitarias. Al mismo tiempo iniciaba ya, desde los primeros años cuarenta, su presencia en otros países europeos (Italia, Portugal, Francia, etc.), y se ordenaron los primeros sacerdotes de la Obra, entre ellos el ingeniero Alvaro del Portillo, que sería el primer sucesor del Beato Josemaría, nombrado por el Papa Juan Pablo II Obispo Prelado del Opus Dei.

Cuando en 1939 apareció la primera edición de Camino, Josemaría Escrivá, un sacerdote aragonés residente en Madrid, era todavía un desconocido para el gran público. No obstante, a sus treinta y siete años y tras diez de trabajo pastoral en la capital de España, más los tres de la guerra civil, con análoga actividad sacerdotal en las dos zonas en que se dividió la nación, gozaba de notoriedad y gran estima en los ambientes del apostolado católico y de la Iglesia española en general.

Entre los obispos hispanos de aquellos años, que pertenecían a una o dos generaciones anteriores a la suya, eran muchos los que manifestaban su aprecio por el autor del libro Camino y acogieron favorablemente su aparición a mediados de 1939: los arzobispos y obispos de Valencia, Madrid, Avila, Palencia, León, Pamplona, Cartagena, Vitoria, etc. (El obispo de Cuenca, que le había prestado su apoyo para esa especie de ensayo de edición preliminar del famoso Camino de 1939, que habían sido las Consideraciones Espirituales de 1934, no llegó a conocer el nuevo libro. Cuando se publicó, Monseñor Cruz Laplana, que era pariente próximo de Josemaría Escrivá, se contaba ya entre los mártires de la guerra civil).

Prueba de la estimación y confianza que se sentía por don Josemaría entre la jerarquía de la Iglesia, fue que diversos prelados y algunos monasterios de religiosos le invitaran repetidamente para predicar ejercicios espirituales al clero y a los seminaristas de sus diócesis. Cuarenta años después, no pocos distinguidos prelados y otros eclesiásticos han manifestado el vivo recuerdo que conservan del contenido y del estilo, tan poco común, tan espiritual y tan humano, de esas predicaciones del Beato Josemaría.

En los primeros años treinta, el futuro cardenal Ángel Herrera Oria, fundador y director del diario católico El Debate, fundador también y presidente de la Asociación de Propagandistas, fue nombrado por la Santa Sede Presidente Nacional de la Acción Católica Española. Al disponerse a dar desde este puesto un nuevo impulso al apostolado seglar, Herrera ofreció a don Josemaría la dirección de la Casa del Consiliario, que se había creado para la formación y adiestramiento pastoral de los asistentes eclesiásticos y capellanes de la organización de las diversas diócesis españolas. La dedicación que exigía de él la promoción y desarrollo del Opus Deí le impidió a Josemaría Escrivá, que tenía entonces poco más de treinta años, asumir la responsabilidad de una misión tan honrosa.

En aquella organización de Acción Católica para la que don Ángel Herrera quería contar con la colaboración de Josemaría Escrivá eran capellanes o consiliarios otros eclesiásticos, jóvenes entonces, que en los años 40 y siguientes fueron nombrados obispos, siendo entonces Nuncio Cicognani y ministro de Asuntos Exteriores Martín Artajo: Yurramendi, Morcillo, Tarancón, Hervás, etc., que eran ya antes de la guerra civil, o serían pronto, amigos personales del Beato Josemaría.

El aprecio por las cualidades y virtudes de Escrivá era compartido por numerosos prelados y personalidades civiles de su misma generación que desempeñaron funciones de responsabilidad en la Iglesia y en la vida social de España. Entre los eclesiásticos habría que mencionar a los cardenales de Tarragona, Barcelona, Toledo, Santiago, Sevilla y Málaga, y los también cardenales españoles de curia Larraona y Albareda y el portugués Cerejeira o el italiano Tedeschini, el Patriarca-Obispo de Madrid-Alcalá, los arzobispos de Madrid, Valencia, Grado, Zaragoza, Granada, Pamplona, obispos de toda España, así como distinguidos monjes y religiosos (abades de Monserrat, Silos, Samos, el Valle, etc.) y muchos notables sacerdotes de los más variados lugares del país.

LOS PRIMEROS PASOS DEL OPUS DEI

En el Madrid de los primeros años treinta, los seglares que pertenecían a Opus Dei, o a los que alcanzaba el apostolado personal y la inspiración espiritual de Escrivá, eran probablemente ya unos centenares de mujeres y hombres, en su mayoría jóvenes universitarios, profesionales y docentes. Don Josemaría conocía bien la universidad y a los universitarios. El mismo era uno de ellos, desde que realizara sus estudios civiles en la facultad de Derecho en Zaragoza. Y había seguido siéndolo en Madrid, donde se trasladó para cursar el doctorado mientras daba clases en una academia universitaria de la capital de España.

También en Madrid fundó otro centro para universitarios, la Academia DYA ( «Derecho y Arquitectura», o como gustaba leer a algunos de los estudiantes y jóvenes graduados que la frecuentaban «Dios y Audacia») en la que Escrivá y sus primeros colaboradores atendían a la formación cristiana y al fomento de la vocación profesional de los universitarios que la frecuentaban. A la Academia DYA de la calle Luchana siguió, como un modesto pero seguro paso adelante, la primera residencia de estudiantes promovida por el apostolado de la Obra, en la madrileña calle de Ferraz, que vio interrumpida su existencia por el inicio de la guerra en julio de 1936.

Durante la primera mitad de la contienda civil don Josemaría permaneció en Madrid, donde su vida, como la de tantos otros eclesiásticos, no dejaba de correr peligro y donde parece que fue muerto un hombre que los asesinos confundieron con él. Hubo de cambiar de domicilio repetidas veces, y estuvo unos meses refugiado en la Legación de Honduras. Pero en aquellas difíciles circunstancias del Madrid republicano y casi sitiado, Escrivá continuó su labor sacerdotal, administrando sacramentos, celebrando misas en casas particulares, asistiendo enfermos y desarrollando en la medida que le era asequible una acción apostólica que alcanzó a cierto número de personas y familias que ya nunca dejarían de sentirse vinculados a su amistad.

Por fin, a finales de 1937, logró pasar a Andorra y Francia a pie por los Pirineos de Lérida, acompañado de un reducido grupo de jóvenes universitarios, algunos de los cuales eran ya de la Obra, pero todos ellos compartían la devoción por don Josemaría y se sentían discípulos suyos.

De vuelta a España, por la frontera de Irún, tras una brevísima visita al santuario mariano de Lourdes, Escrivá fue fraternalmente acogido por su antiguo amigo de Madrid, el salesiano monseñor Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, y pocas semanas más tarde se instaló en Burgos, en condiciones de cierta precariedad hasta que uno de los últimos días de marzo del año 39 regresó a Madrid.

Durante su año y medio de Burgos, don Josemaría restableció el contacto con los jóvenes «veteranos» de las residencias de Luchana y de Ferraz, viajó por distintas provincias del norte, de Andalucía y de Castilla, dirigió retiros espirituales para hombres y mujeres y desarrolló un amplio y fructífero apostolado epistolar. Pero además encontró tiempo y oportunidad para realizar dos obras importantes que fueron dos significativos jalones de su biografía. Una sería su tesis doctoral para la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, el estudio histórico-jurídico de la singular figura e institución de La Abadesa de las Huelgas. La otra fue la definitiva preparación de Camino.

En el tiempo más bien corto que le dejaban libre sus ocupaciones apostólicas, don Josemaría Escrivá se encaminaba al famoso monasterio cisterciense, fundado por el rey Alfonso VIII de Castilla, revolvía los legajos del archivo, examinaba la documentación de las Edades Media y Moderna que allí se guardaba, y logró reconstruir los rasgos de derecho civil y canónico de una institución tan singular como la jurisdicción señorial y cuasi-episcopal de la abadesa de un monasterio femenino para la que apenas si es posible encontrar algo que se le parezca en otros lugares y otras experiencias de la historia de la Iglesia.

Cuando ya en Madrid, en el mismo año 1939, el catedrático de Historia del Derecho de la Complutense, luego obispo de Tuy y Arzobispo de Grado, Fray José López Ortiz, amigo personal de Escrivá e historiador prestigioso, examinó el trabajo que don Josemaría había realizado en Burgos, dictaminó que era una investigación de gran novedad e interés y una obra terminada. Con ella Escrivá, que ya había cursado las asignaturas correspondientes a ese grado académico entre los años 1927 y 1931, se doctoró en la universidad de Madrid en el mismo año 1939.

El doctorado civil de Escrivá no era un mero título académico que añadir a su biografía, ni mucho menos un adorno. Era un precedente y un ejemplo para las personas de la Obra de profesión intelectual, laicos y clérigos, y para los hombres y mujeres a quienes alcanzaría su apostolado. El, el fundador del Opus Dei, era teólogo y sacerdote, pero también abogado y debía culminar sus estudios jurídicos. En Camino dejaría escrito — y no para los miembros de la Obra, sino para la generalidad de los cristianos—, que «el estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros» y «al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea»: para Escrivá esa primera persona del plural —nos, nosotros— comprende a la generalidad de los cristianos.

LA PUBLICACIÓN CAMINO Y LOS ESCRITOS DE SU AUTOR

Para no pocos de esos jóvenes universitarios de los primeros años cuarenta, a los que algún amigo u otras circunstancias ponian sus manos Camino, en la hermosa primera edición valenciana de 1939 —entre los que relativamente pronto tuve la fortuna de encontrarme yo mismo—, aquel atractivo volumen de diseño moderno y aire tan novedoso se convirtió en libro de cabecera, en guía de conducta, en manual de orientación espiritual y en instrumento para descubrir amplios y luminosos horizontes de vida cristiana.

La misma presentación tipográfica del libro era muy diferente de la habitual entre las obras de devoción. Mostraba que Camino aspiraba a ser recibido como algo de un estilo distinto y con una marcada vocación de libro de espiritualidad para gente cultivada, pero gente corriente.

El año 1934 en una modesta imprenta de la ciudad castellana de Cuenca, Escrivá había publicado sus Consideraciones espirituales, que contienen no pocos pasajes que se integrarían luego en el famoso Camino de 1939. En ese mismo año 34 escribió Santo Rosario, un breve libro sobre los «misterios» de esta tradicional devoción mariana de bella factura literaria, que constituye una especie de poema en prosa en el que hay páginas que ocuparían un lugar de honor en una antología de literatura mística.

Después fueron apareciendo sucesivamente el estudio histórico jurídico sobre La Abadesa de las Huelgas, que había sido su tesis doctoral, dos volúmenes de meditaciones que se titulan Es Cristo que pasa y Amigos de Dios, numerosas homilías editadas sueltas, y otras obras más de aparición postuma como Via Crucis, Surco y Forja. El primero de estos últimos guarda cierto paralelismo con Santo Rosario, mientras que los otros dos, siendo netamente distintos, corresponden al género literario Camino.

El Beato Josemaría Escrivá compuso además numerosos escritos y documentos especialmente dirigidos a las personas e instituciones del Opus Dei, en forma de instrucciones, cartas, etc., buena parte de los cuales han estado a disposición de los estudiosos de su personalidad y de su obra. El profesor Peter Berglar, biógrafo alemán de Monseñor Escrivá e historiador del Opus Dei, en la relación de las fuentes que había manejado, declaraba haber leído y utilizado, «entre otros muchos», hasta treinta y uno de estos escritos, mencionándolos con sus títulos y fechas. Son obras de diferente extensión, de carácter doctrinal y apostólico, verdaderas piezas maestras de literatura espiritual algunas de ellas, bien escritas todas. En esos documentos se invita a hombres y mujeres de nuestro tiempo a vivir y actuar conforme a lo que pide de ellos la vocación de «cristianos corrientes» en medio de la sociedad y de los quehaceres y deberes de ciudadanos de este mundo.

Sólo el material examinado y mencionado por Berglar, que estudió los que más luz aportaban a la historia de la vida y de la acción personal y apostólica de su biografiado, comprende bastante más de de dos mil páginas. De lo que dice el autor alemán, se deduce que se poseen otros muchos documentos y escritos del Beato Josemaría, los más antiguos y significativos de los cuales han sido utilizados en la excelente y exhaustiva obra de Andrés Vázquez de Prada. Algo parecido se infiere de lo que han escrito otros biógrafos de don Josemaría. En repetidas ocasiones, se le había oído decir que se llamaba Escrivá y que practicaba su apellido.

La aparición de Camino y la difusión del conocimiento del Opus Dei, así como la extensión de los apostolados que promovía, tuvieron una excelente acogida en amplios sectores católicos e intelectuales. No faltaron ciertamente incomprensiones e incluso una abierta hostilidad en algunos de estos mismos medios y por parte de miembros de determinadas organizaciones. Pero ese es un asunto sobradamente conocido y no resulta propio de esta ocasión.

La iniciativa apostólica de Escrivá con la fundación del Opus Dei y las peculiaridades de su apostolado eran manifiestamente singulares, y respondían a su particular carisma y vocación. Pero resultaban especialmente adecuadas a la coyuntura histórica de la Iglesia en el siglo XX. Y Camino contenía la almendra del mensaje apostólico del autor, que se dirigía a un vasto público de hombres y mujeres seglares y, en general, a personas de buena fe.

Las ediciones de Camino se sucedieron con un ritmo acelerado. En 1945 aparecía la tercera y en el 91 la cincuenta y dos de lengua castellana. El total de las impresas en diversos idiomas superaba las doscientas cincuenta en el momento de la beatificación del autor en mayo de 1992.

EL LIBRO, SUS FUENTES Y SU ESTILO

Las Consideraciones espirituales del 34 y Camino en 1939 fueron, en efecto, las primeras publicaciones del autor, que sin embargo no era un escritor novel. Había compuesto, en buen número, los escritos antes aludidos, en los que se consideraban muy diversas cuestiones de carácter doctrinal y de orientación apostólica y espiritual, siempre tratadas con una elegante y precisa factura literaria. Josemaría Escrivá era un hombre culto, muy seguro de su lengua, y sus monografías estaban redactadas con el dominio de la expresión de un escritor profesional y con la firme tersura de un estilo tan personal y característico como los elegantes y enérgicos rasgos de su caligrafía.

En las obras del Beato Josemaría, como se ve, no escasean los libros importantes por su contenido y por su escritura. Pero, para unos millones de lectores Camino es particularmente representativo y notable, incluso desde un punto de vista literario.

Escrivá de Balaguer acostumbraba a tomar notas de pensamientos, reflexiones, experiencias, etc. de carácter espiritual o pastoral, así como de sus lecturas de la Biblia, de los Padres, de la liturgia y de los grandes escritores. Esos apuntes, de ordinario breves y enjundiosos, que venían de la vida y de los libros, eran frecuentemente elevados por el Beato Josemaría a niveles de generalidad que los hacían útiles a efectos doctrinales y prácticos para la vida cristiana de las personas que leían sus libros o escuchaban su palabra.

Parte de ese trabajo intelectual sirvió indudablemente de base a las Consideraciones espirituales y despues a Camino, e igualmente a Surco y Forja, que estaban ultimados al fallecimiento del autor y se han publicado con carácter postumo.

Tanto estas obras como sus diversas secciones pertenecen a la literatura cristiana de espiritualidad, alternándose en su texto pasajes de carácter y tono ascético, con otros a los que habría que llamar místicos, y otros, en fin, puramente pastorales o de orientación práctica, casi personalizada, para un lector cristiano.

La fuente principal de estos escritos del Beato Josemaría es, como en toda la tradición de la literatura espiritual cristiana, la Sagrada Escritura y en primer lugar los Evangelios, con muy frecuentes referencias a lo que en ellos y en los Hechos de los Apóstoles se cuenta de los primeros discípulos de Jesús y de la primitiva cristiandad. Pero las escenas bíblicas a que se refiere el autor y sus consideraciones teológicas están, por así decir, «vividas». El lector, como ha destacado Alvaro del Portillo en la presentación del primer volumen de homilías de Escrivá, es suavemente inducido a participar en ellas. No se le presentan como cosas ajenas sino como propias, como hechos o cuestiones abiertas que demandan una respuesta y que invitan a adoptar una actitud. Son al mismo tiempo una insinuación y un desafío para el que reflexione sobre lo que está leyendo.

Escrivá de Balaguer, como decía Alvaro del Portillo, cultiva especialmente la técnica (si se puede hablar así), de «meterse» y «meter» a sus lectores, como a él le gusta decir, en los hechos de la vida de Cristo. Siguiendo sus palabras se advierte que él «vive» con particular y activa presencia las escenas más entrañables de la Sagrada Familia, de Jesús con los discípulos y de la Pasión y Muerte del Salvador, descritas, o aludidas, con trazos que recuerdan la gran pintura barroca española y la literatura espiritual de lengua castellana de los siglos XVI y XVII, que tan bien conocía el Beato Josemaría.

La otra gran fuente de estos escritos es la experiencia espiritual y pastoral del autor. Abundan los pasajes autobiográficos, que ordinariamente están escritos en tercera persona, como si el protagonista de un suceso o el sujeto de una experiencia espiritual o apostólica fuera alguien distinto del narrador.

El autor se revela también como un puntual y agudo observador de la vida social. Pero no es un escritor costumbrista, sino un «pedagogo» en el sentido técnico y original del vocablo, que invita a seguirle, levantando el espíritu del lector (que a las pocas páginas es realmente un interlocutor) a la contemplación de los más nobles valores de la tradición y de la práctica cristiana.

EL ESTILO Y LA LENGUA

Se suele decir que la lengua literaria castellana experimenta un cambio sustancial, casi una mutación, entre finales del siglo XIX y principios del XX. En otras culturas europeas ha ocurrido algo semejante, pero probablemente después. La lengua escrita y la lengua hablada culta de la España del primer tercio del siglo XX llegaron a estar más próximas una de otra que en períodos anteriores de su historia.

Quizá el paso preliminar había sido franqueado por el realismo de la novela del XIX y por el prosaísmo de los poetas postrománticos. Pero ya en el siglo XX las dos corrientes que realizan esa transformación —si es que se puede hablar así—, estarían representadas por los autores del «noventa y ocho» y por los modernistas. Se trata de dos corrientes hasta cierto punto opuestas y a la vez complementarias: Azorín y Valle, Unamuno y d’Ors, Antonio Machado y Manuel.

Yo no estoy nada seguro de que el autor de Camino frecuentara a muchos de los poetas y escritores castellanos del primer tercio del siglo que tanto habían influido en la lengua española que él escribe. Sus lecturas,. que eran copiosas, eran también más sólidas y más clásicas. Pero estaba atento a la realidad de la vida, y hay movimientos y tendencias culturales y de estilo que se respiran en el ambiente, a poco que se asome uno a los libros de actualidad, a periódicos y revistas y al trato de personas cultivadas. Más con una prensa tan rica en colaboraciones literarias como era entonces la española.

El estilo de los grandes libros de Escrivá correspondería al de la prosa lineal y suelta que caracteriza a los buenos escritores castellanos de esos años. En su texto, como en otros valiosos autores de la época, no faltan de vez en cuando expresiones poéticas y brillantes, metáforas luminosas y un lenguaje figurado y transparente, rico en imágenes, pero directamente inteligible.

En su escritura se encuentra en los lugares adecuados con expresiva eficacia un cierto juego de contrastes y figuras literarias, entre las que predominan las antítesis, que acaban enfrentando al lector con una disyuntiva (aut, aut), que es seguramente lo que se proponía el autor de libros escritos para persuadir y para animar a la acción cristiana, a la práctica de la virtud y al ejercicio del apostolado.

Desde el primero de los párrafos de Camino se habla de «las huellas que borran»; enseguida de «acción y oración», de «pan y palabra» (con la expresiva aliteración de las dos voces), de «hostia y oración». Pueden arder «unas ramas olorosas» o bien «simple hojarasca»; hay que optar entre «las charcas del camino» y «las aguas que saltan», o entre «la palabra y el silencio», o responder con «sonrisa» a la «molestia»; el cuerpo y el alma son enemigos inseparables y amigos que no se pueden ver; la desvergüenza y la intransigencia, y la coacción —que no son buenas de ordinario ni buenas de por sí—, pueden resultar santas en determinados contextos. El fracaso es victoria y la victoria fracaso, etc. etc.

Probablemente, si el Beato Escrivá hubiera leído unos comentarios como éstos los desautorizaría con toda la energía amistosa y paternal de su seductora personalidad. El escribió Camino y sus otros libros para que los hombres y las mujeres se acercaran a Dios, a la amistad de Cristo y a la práctica del Evangelio, y yo habría estado cometiendo la frivolidad de glosar sus textos como si fueran mera literatura. Pero al tratar de ellos es de justicia subrayar que hay muchas páginas magistrales y que su autor, además de ocupar en el catálogo de los santos el lugar que le corresponde por sus méritos y virtudes, tiene un puesto de honor, muy bien ganado, en la historia de la literatura espiritual de nuestro siglo gracias a su inspiración, a su cultura y a su pluma.

EN ROMA Y EN TODO EL MUNDO

Durante sus años de Roma el Beato Escrivá de Balaguer fundó colegios Romanos de la Santa Cruz y de Santa María, respectivamente, para hombres y mujeres del Opus Dei, destinados a la formación y convivencia de personas de diferentes nacionalidades y culturas. Organizó y dirigió la expansión del Opus Dei en las naciones europeas a las que no había llegado antes, así como en varias de África y del Lejano Oriente, y en las Repúblicas americanas, siempre en relación con los Obispos de cada país y, ordinariamente, a petición de ellos.

A partir de la década cincuenta, Mons. Escrivá promovió la creación de centros universitarios en diferentes lugares del mundo, respecto de los cuales ejercería las funciones históricas, —que en su caso eran más reales que simbólicas o puramente ceremoniales— de Gran Canciller o Rector Honorario. La primera de esas universidades, fundada en 1952, fue la de Navarra, una institución sobradamente apreciada y prestigiada en toda España, que tiene quince mil estudiantes, once Facultades y Escuelas Superiores, media docena de centros de grado medio y varios institutos de investigación de reconocida calidad, más las Facultades y centros de estudios eclesiásticos. Otras instituciones universitarias creadas a iniciativa del Beato Escrivá existen en México, Perú, Filipinas, Japón, Colombia, etc.

Los treinta años romanos de Monseñor Escrivá hicieron de él una personalidad ampliamente conocida y respetada en toda la Iglesia a la que mostraron su afecto y aprecio los papas Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, y con la que tuvieron oportunidad directa de relacionarse centenares de cardenales y obispos durante esos pontificados, tanto con ocasión de visitas a la Sede Apostólica como en los Años Santos y, muy particularmente, durante las sesiones conciliares.

En vida, y aunque él pugnara por no exhibirse ni aparecer, Escrivá de Balaguer era una figura considerada, y admirada también, en los círculos eclesiásticos y del apostolado católico de los más diversos lugares. Por eso no es de extrañar que a su fallecimiento fuera tan elevado el número de los obispos que solicitaron del Papa la iniciación de los procedimientos que podrían conducir a incluir en el catálogo de los santos al ilustre sacerdote español. Fueron más de mil trescientos los cardenales, arzobispos y obispos que se dirigieron a la Santa Sede con escritos postulatorios, lo cual representaba una tercera parte larga de la Jerarquía de todo el mundo.

De modo muy particular en los últimos años de su vida, el Beato Escrivá recorrió España en viajes pastorales — en varias ocasiones y distintas ciudades— y varios países de Europa y de América en los que se hallaba establecido el Opus Dei, celebrando encuentros con miles de personas. Él llamaba a estos viajes y encuentros «catequesis», recuperando una palabra usual entre los primeros cristianos. En esas reuniones o «tertulias», como también le gustaba decir, se dirigía a los asistentes con su peculiar estilo profundamente espiritual y humano, y con esas manifestaciones de su poderosa y atrayente personalidad que son imposibles de reproducir y que han quedado reflejadas en los documentales cinematográficos en que se han recogido muchas de esas reuniones.

Josemaría Escrivá de Balaguer era, en efecto, un sobresaliente orador y, como ahora se dice, un gran comunicador, que poseía de un modo infrecuente el don de la palabra y decía siempre exactamente lo que quería decir. Era uno de esos pocos privilegiados mortales cuya palabra hablada puede ser literalmente vertida por escrito en una prosa correcta, expresiva y brillante, sin dar por otra parte nunca la impresión de hablar desde un libro. Su estilo oral se distinguía por la espontaneidad y por una frescura y gracia de dicción verdaderamente admirables, a lo cual contribuían no poco su habitual alegría y su sentido del humor, su buen humor como él mismo solía decir.

LA IMAGEN DE UNA VIDA

Pero la vida de Josemaría Escrivá, tan rica en hecho y tan fecunda en frutos, no fue ciertamente nunca un camino fácil, cómodo de recorrer. No podía ser una excepción entre los grandes del espíritu. Habló frecuentemente de rosas y de espinas, de raíces en forma de cruz, y sabía muy bien lo que decía. Sólo esas raíces que se clavan en el alma de los hombres son las que se coronarán de las ramas, las hojas y los frutos que harán del sacrificio un sacrificio gozoso. Todas estas son ideas y frases repetidas por él. Pero en el Beato Escrivá, todo eso no era un conjunto de bellas imágenes literarias ni un hábil recurso pedagógico para grabar conceptos y fórmulas en oyentes y lectores. Era la decantación o la esencia de su propia experiencia personal.

A lo largo de los tres períodos de su vida, Josemaría Escrivá habría de sufrir toda suerte de contrariedades, no pocas incomprensiones y la frecuente y más particularmente dolorosa hostilidad de gentes buenas, que no le entendían o no querían entenderle, y no dejaban de pertenecer a su mismo mundo del apostolado cristiano. Se encontró con la resistencia de estructuras consolidadas que parecían impenetrables para la novedad de su carisma, y con puertas que se cerraban ante él, unas veces con cortesía y otras sin ella, diciendo que «todavía no», «porque ha llegado Usted demasiado pronto». Pero ese fue uno de los yunques en que se forjó su espíritu.

Era hombre de notable y admirable firmeza. La suya no era la tenacidad tópica de su Aragón nativo, sino la constancia del convencido de que tiene un deber que cumplir con instituciones y con personas, y que no puede faltar a él. Por eso soportó las increíbles adversidades que tantas veces pusieron a prueba su temple, con la serenidad alegre y contagiosa de un hombre de Fe que había puesto su confianza en Dios.

Tras el solemne reconocimiento de la santidad del Beato Josemaría Escrivá, que fue proclamada por el Papa Juan Pablo II en la beatificación del 17 de mayo de 1992, los católicos podrán tributarle el culto con que se venera a los bienaventurados y demandar su intercesión ante Dios. Pero esa solemne declaración pontificia fue también el homenaje de la Cristiandad a uno de sus hijos más preclaros de estos tiempos y un honor para España y para la Iglesia de este país.


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