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En política, la mayoría de los acontecimientos suelen revestir la calificación de coyunturales y, sin embargo, la forma de afrontarlos, la aptitud que se percibe al tratarlos, las orientaciones que se establecen al analizarlos, el encaje que de los mismos se hace en la realidad y en la historia, nos dibujan con nitidez el perfil de quien le corresponde la misión de interpretarlos o de representarlos.

El componente estructural que tienen las consecuencias y las conclusiones políticas se eleva sobre la casuística, sobre la reiterada y concatenada profusión de acontecimientos, sobre el panel de hechos conexos y/o inconexos con objeto de permanecer en el mundo de las certezas y no diluirse en el almacén de los datos. Además, salvo los genios -aburridamente siempre bien- y los mediocres irredentos -de perfil plano-, la mayoría de los ciudadanos tenemos días buenos y malos. Digo esto por no dejar de referirme al «ángulo meteorológico» que incide con frecuencia, para bien o para mal, en las actuaciones de los políticos, y que computa positiva o negativamente en el promedio de su trayectoria política.

Los nítidos contornos del perfil mostrado por el candidato Borrell en el pasado debate sobre el estado de la Nación son difíciles de difuminar, mientras que contemplamos, sin embargo, la desaparición del aura, como fugaz estela, que imantaba, hasta antes de ayer, la figura del candidato. Carecen de valor, por falta de recorrido (pocos kilómetros todavía), lo que inhabilita, en definitiva, el juicio fiable, las opiniones o impresiones primerizas que se debaten entre el contratiempo puntual y el fracaso definitivo que conllevaría la quiebra -es decir, la insolvencia definitiva- del candidato.

Pero, en definitiva, el diagnóstico político más usual después del debate oscila entre la merma del crédito político otorgado por la sociedad, o el de su plena eliminación, al haberlo gastado de forma inútil y pródiga, con actuación desdichada y ajena a la línea de expectación creada y reconvertida, políticamente, en decepción generalizada.

Recordemos que el principal activo de Borrell lo constituye el aval, con el que soporta el crédito que recibe de la sociedad, de su presentación y triunfo, sin padrinos, en las elecciones primarias del Partido Socialista. Borrell ni heredó, ni fue designado, sino que triunfó sobre lo que estaba escrito, se alzó sobre lo que solo estaba pendiente de ser ratificado, pero que aún necesitaba cubrir déficits de legitimidad y de impulso político. Él era una simple coartada y… hubo que cambiar el guión. Es verdad que él surgió de la emoción de la política, de lo imprevisible, de la oportunidad alcanzada, de la esperanza democrática que se manifiesta al rebelarse, con aparente responsabilidad y seriedad, frente al conformismo inevitable y frustrante que conllevaba «el atado y bien atado» previo a su triunfo electoral.

Quiere todo esto decir que, en el proceso y en el resultado de esas primarias, hubo una cierta recuperación de la ilusión partidista en sectores que comparten ideas de izquierda o que pudieran llegar a comprender o impulsar su oportunidad (?) y, por consiguiente, a votarlas. Un cierto aire heroico, por tanto, de triunfador solitario, que encajaba en el retrato de un self made politician, pero al que le faltaba que esa imagen forjada por las circunstancias se correspondiera con la existencia de un programa político atractivo que mejorase al que, ahora mismo, triunfa en España. El desencuentro entre una «sobreimagen» recién adquirida y la constatación de un insustancial proyecto político regresivo, antiguo y probadamente fracasado, quedó en evidencia en este debate. Borrell se equivocó de tono y desempolvó el de hace una década. Estatismo, intervencionismo, progresividad fiscal, protección social al margen de la competitividad, crecimiento del Estado de bienestar sin reformarlo ni acotar sus prestaciones etc. Ni «la izquierda del centro» ni el «centro de la izquierda», solo izquierda rancia y tópica; era la izquierda de manual, de libro de bolsillo, la izquierda dogmática, incapaz de evolucionar, e inmovilista mientras la Historia camina en dirección contraria.

Se situó en el carril por donde da los últimos tumbos el socialismo democrático, con sus recetas ya superadas. Ignoró la «tercera vía» que propugna Tony Blair, que pretende -desde la renovación de las ideas socialistas y de un «nuevo consenso» con otras de otro tipo- dar respuesta a los retos del siglo XXI y acabar con «la cultura de la dependencia», que es la que pone en peligro el Estado de bienestar al estimular, en torno a él, la competencia desleal: no en vano puede parecer ésta una alternativa mucho mejor a la de buscar o aceptar un trabajo, pues se perciben las mismas prestaciones sociales y más subsidios.

Hubiera sido honesto y serio, y se hubiera encuadrado en «la corriente de éxito», que Borrell hubiera defendido ideas de este tipo, como hace Tony Blair desde la «izquierda del centro». Pero Borrell renegó de las reformas y volvió a los clásicos y fracasados planteamientos de más gasto social para extender los sistemas de protección, sin enterarse de que así es como se debilita al Estado de bienestar y a la sociedad que demanda las oportunidades que surgen de la competencia. Borrell se situó en «la corriente del fracaso».

Pero, más decepcionante aún fue su perfil personal, que transluce un talante, unas formas y un estilo que sería preocupante de llegar al gobierno. Es el perfil de las obsesiones, de la parcialidad en los análisis, de la conformación de la realidad desde su particular gusto, de ignorar la lógica en la prioridad de las cosas, para imponerlas desde el capricho personal. Toda su intervención transcurrió olvidando la realidad inmediata del país (euro, situación económica, oportunidades para España, etc.), en un intento de demostrar que España estaba mucho peor de lo que los españoles pensaban (la Seguridad Social en quiebra, nada más y nada menos) y que el Gobierno español había hecho trampas para alcanzar los requisitos de Maastricht y, por lo tanto, no merecíamos estar ahí.

Una intervención pesimista, llena de tecnicismos, pero alejada del sentido común, irresponsable desde el punto de vista político (debería saber el Sr. Borrell que no ha entrado el Partido Popular en el euro, sino España), una intervención inmadura y carente de la moderación que, en el fondo, históricamente siempre ha habido en estos debates. En definitiva, una intervención de ésas que dejan mal sabor de boca.

Por otro lado, Borrell dedicó la misma energía que en su discurso y con el mismo éxito, a la labor de doma de los escaños de la oposición. Perdió los nervios empeñándose -pues no le cabía en la cabeza que no pudiera ser así- en que el Parlamento se convirtiera en un claustro con el privilegio de conocer su nombramiento como jefe (honoris causa) de la oposición y de oír su lección magistral.

Al final, parecía el jefe de una empresa de seguridad obsesionado con el mantenimiento del orden público y la quiebra por sorpresa de la Seguridad Social (en versión devengos). ¡Qué atractiva oposición!

Todo esto sin dejar de referirnos al inquisitorial «conteste, conteste» dirigido al Presidente, propio de interrogatorios de otras instancias y profesiones, espero que no aprendidas en su paso por Hacienda, y que provocan una cierta inquietud. Borrell no hizo un análisis ajustado de la labor del Partido Popular que reconociera los logros y pusiera el acento a los peros en aquello que desde la oposición política estimara mejorable.

Borrell no emitió su opinión sobre el funcionamiento de la coalición parlamentaria que sostiene al Gobierno y que mantiene la estabilidad del país. No profundizó ni en su eficacia, ni en su coste, ni en su juego interno.

Los cambios políticos y de gobierno que se han producido en España (UCD, PSOE, pp) han sido fraguados sobre unas mínimas bases de sentido común, moderación y racionalidad. Los españoles, por ahora, no han dado saltos en el vacío, no han llevado al poder a nadie que no estuviera preparado para ello o que tuviera aristas inquietantes. Incluso aunque Borrell quiera jugar exclusivamente al «liderazgo aritmético», es decir, a la suma de votos de PSOE e IU que, partiendo de los datos del 3 de marzo, registran una diferencia de 2 millones de votos respecto al PP. Esta tesis técnicamente es posible, pero políticamente improbable por causas que van, desde una cierta modificación de la estructura social en estos dos años, al triunfo habitual, en la serie histórica, del voto moderado en España, el cual abriría, en última instancia, la abstención en la izquierda templada y, además, los trasvases lógicos de votos en elecciones generales a opiniones mayoritarias del mismo espacio social (por ejemplo, de los nacionalistas) o también al planteamiento subyacente en elecciones generales de un cierto referéndum a la labor del gobierno, que parece muy buena en este caso.

Por lo tanto, para obtener la confianza de los ciudadanos desde la oposición, parece que hay que ser mejor que el Gobierno: la aritmética es una ciencia exacta, y la política es inexacta.

Aznar estuvo brillante en este debate. Defendió con eficacia, seriedad y convicción los logros de su Gobierno. Fortaleció su coalición política. Mostró un camino de gestión con proyección de futuro, construido sobre la base de una tierra fértil, que tiene naturalmente problemas y riesgos (que exige estar con ojo inquieto, si la lluvia tarda»), pero que está lleno de oportunidades. Seguro y firme en la dirección del país, estuvo preciso y certero en la comunicación a los ciudadanos del rumbo de la nación.

Nada está definitivamente ganado; la política se hace, se teje todos los días (aunque exista gente que se dedique a destejer), pero vamos caminando a buen paso por el mejor sendero.


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