Enrique Andrés Ruiz

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Escritor, poeta y crítico de arte español
Juan Manuel Bonet

Juan Manuel Bonet, Vía Labirinto

  Suele suceder entre los admiradores de una obra artística o literaria que a la alegría por haberse encontrado juntos en su devoción, siga una convivencia, según los casos, difícil, que para mí al menos se va haciendo más difícil a medida que el fervor asociativo inicial va mudando en imitación del autor, con una ortodoxia vigilada en régimen casi de policía. Pasa entonces que la admiración ha cuajado en un culto; por eso es posible echar mano de lo común con otros ámbitos devocionales y decir, por ejemplo, que quienes comparten la feligresía estética pertenecen a una cofradía. Todos hemos conocido, y pertenecido, a alguna. Quizá lo hagamos aún, a mayor o menor distancia. Es curioso, no obstante, que de igual manera gradual habrá desde el comienzo miembros más o menos librepensadores, junto a otros, ciegos devotos (cada cual tiene su naturaleza y siente a su manera lo que Bloom llamó «the anxiety of influence»). Pero lo que resulta ya menos costumbrista —y de más calado— es justamente la razón y la sinrazón de lo que Ferlosio llamaba en su conocida y maravillosa solapa «el afán emulatorio». En cada una de nuestras admiraciones es como si entreviéramos el atisbo de una plenitud, una realización personal de lo que, al modo kantiano, llamaríamos la posesión de un juicio estético. Pero es precisamente su ajuste con la persona del poseedor lo que lo convierte en irrepetible, en inimitable. Sin embargo, quien mueve a la admiración por la obra, también mueve a la imitación del gesto. Porque el seguimiento es la manera positiva de nombrar el mismo fenómeno que en su versión negativa se llamaría replicación, copia. A lo largo de muchos años, he coincidido con Juan Manuel Bonet en unas cuantas cofradías. Que recuerde ahora, están, entre las de mayores, la de Ramón Gaya, la de Juan Manuel Díaz-Caneja, la de José María Eguren, no sé, la de Cirlot..., puede que alguna otra. Lo importante del caso, sin embargo, es que aun formando parte de muchas (y, en muchos casos, de lo que vendría a ser su junta directiva), él no se arrodilla en la capilla de ninguna; tiene la suya propia. Juan Manuel Bonet es uno de los rarísimos individuos contemporáneos nuestros a los que creemos capaces de promover —con su obra— esa rara devoción, esa atracción suficiente como para suscitar la imitación —de su mundo—. JMB es, sin ir más lejos, el único crítico de arte que ha hecho del gusto personal lo más parecido a aquel juicio estético, alguien, pues, que en el terreno artístico ha suscitado verdades compartidas a partir de lo que, en principio, eran solo pasiones privadas. Pero justamente es esto lo que lo pone en riesgo patético de imitación. Merece la pena que nos detengamos a pensar qué ha ocurrido entonces, sospechando ya que bajo estas comidillas se encuentra algo más grave, algo que consiste en la incapacidad que la adhesión inatacable tiene, paradójicamente, para comprender rectamente su poesía. Como se recuerda a menudo, T.S. Eliot decía en...

El jardín de las rosas: Eliot y el significado religioso

Ni la poesía ni los ensayos de Eliot son fáciles de comprender. En sus escritos laten muchos motivos y muchas temáticas, especialmente complejas. Enrique Andrés Ruiz explora cómo entender el significado religioso en la obra del autor de La tierra baldía, del que se celebra este año el 50 aniversario de su muerte.

Navidad en Westminster bajo el rincón de los poetas

«¡Oh, mira...!»¿Es que aquí no ha llegado milord, el Petirrojo? ¿Es que no ha visto nadie todavía su anuncio de gloria derramada que enrojece la nieve, el farol que deshace la niebla cuando salta?¿Es que aquí nadie sabe de ninguna noticia? ¿Gira aún aquel tiempo que regresa incesante, siempre el mismo, sin nadie que sepa de otro tiempo con fin y con principio, como vida de un hombre?¿Es que aquí todo vuelve, ciego y sordo, y no deja de volver a la noche del oscuro silencio, sin luz en cada rostro, que nadie reconoce? ¿No laten las campanas por ti, por mí, por alguien?Y cansan las preguntas. Pero si algún poeta de los que arriba, en piedra —su nombre irrepetible, su fecha irrepetible— permanece el recuerdo; si alguno descendiera, qué no preguntaría.Y si fuera el amigo de las lenguas de fuego, cómo se frotaría los ojos cuando viera que todavía aquí, como en los viejos tiempos, como si nada, todo... érase que se era.Porque aquí, bajo el suelo de Londres, con su cielo de piedra y con sus nubes de piedra, de aquí crece el sueño que llamamos la poesía inglesa. Pero aquí es inmutable sustancia la materia.Aquí se abre el sendero del país de la zarza dorada donde el pájaro de invierno no ha llegado, y el futuro es un eco, y el dragón todavía defiende las tinieblas de los bosques distantes.¿Hay alguien aquí, bajo las piedras con sus nombres? ¿Hay alguien o es que, acaso, centinelas del aire hechizan los oídos con burlas? ¿No hay verdades que hagan lo que dicen, que digan lo que hacen?(...)No hay caminos que lleven hasta el centro del bosque. Ninguna huella deja cuando salta entre ramas la esquiva ardilla gris. Y en el musgo del sueño ningún erizo escribe carta de despedida.Suenan los cascabeles de brillantes trineos y la danza enloquece: las zarpas del león esconden unicornios; las niñas se hacen daño en espinas del agua del arroyo de palo.Y todo cambia y nada se detiene: los pétalos del lobo con la risa del castor, y los dientes del acebo, y las flores del ratón, y las grandes escamas del abeto de madera de plata.Y vuelan como plumas; como en ronda las hadas recorren la corteza de la tierra, incansables, y se burlan con muecas del sol y la distancia y extravían los pasos del viajero en la sombra.¿Nunca vais a nacer? ¿No saldréis de este bosque donde el rostro ocultáis en las uñas del oso y en la fuente de miel, hechizando los ojos y girando en el tiempo, estéril y vacío?Yo sí voy a morir. Pero yo tengo un nombre que ha salido de un vientre y una voz azulísima donde nació el amor, nacieron las palabras, donde nació el dolor y todo de la nada...Y entonces, ya en la niebla de los puentes de Londres, para acabar digamos lo único que cuenta: la llegada del pájaro, del verdadero pájaro del acontecimiento y la transformación.Y su renovación, que no...

Para leer a Julio Martínez Mesanza

 IEl alma antigua es obediente. Lo sería, incluso, si no hubiera orden al que obedecer. Si fuera así, como seguro que hoy nos lo parece, si ya no reconociéramos el qué o quién de esa obediencia, esa misma alma, errante, vagaría en busca de su dueño.Esto, que yo creo exacto, quizá haga falta, hoy, explicarlo un poco. En este hoy, frases así resultan como gaseosas, envueltas en un gas o niebla de olvido; y también lo contrario, demasiado claras: tan claras, tan claras que de pura claridad echan para atrás a nuestros contemporáneos. Pero sí, el alma tradicional, es —sobre todo— obediente. Y no decimos que esa alma «fue» sino que «es» obediente. Porque ella es cada vez que aparece, cada vez que obedece; y una de las que podríamos llamar sus características, una de las esenciales, es precisamente este no andar sujeta a la historia, más exactamente a esa concatenación progresiva de hechos y propósitos ya exclusivamente humanos en que la mentalidad espontánea de hoy ha resumido lo que la historia sea. Lo que cambia en la historia es la situación, la presencia o no, allí, de ese orden o autoridad —también serviría dicho así—, pero no la obediencia del alma a ellos.Ideas de la historia hay muchas; pero sobre todo dos, que, además, vienen a ser agua y aceite. Julio Martínez Mesanza es el único, de entre los que yo he conocido, que puede ser llamado «poeta de la historia». Aunque no en el antiguo sentido en el que se decía, por ejemplo, «pintor de historia» para señalar al que representaba glorias o hechos dignos de conmemoración. El viejo pintor se parece en esto —se parece porque no tiene nada que ver — a los antiguos, los mucho más antiguos poetas de la tradición, sobre todo griega, desde Homero hasta los llamados arcaicos del guerrero siglo VII a.C. En el mundo, debieron pensar ellos, todo perece pronto —las generaciones de los hombres como las de las hojas—, todo menos las especies que se renuevan; y sólo la fama de sus hechos puede lograr para los humanos algo de perduración individual, por no decir de eternidad. No es éste el sentido en que nuestro poeta puede ser llamado «poeta de la historia». Más bien lo es en el que podemos decir «filósofo de la historia» o «teólogo de la historia» de quienes no parece que hayan estado por confundir lo que la historia significa con las cosas que suceden en ella. Y, sí, en efecto, todo el mundo se habrá dado cuenta de que en los poemas de Julio Mesanza salen muchos guerreros, y caballos, y fortalezas, y combates. Y que las batallas y los ejércitos aparecen allí, incluso, con los mismos nombres con los que han pasado a esa historia de las cosas sucedidas. Por todo eso se ha dicho de él, con rapidez, que se trata de un poeta épico, sencillamente porque se ve, así como en la azogada piel de sus versos, que están hechos...

Poema de ida y vuelta

El autor le dedica un poema a las carreteras por las que siempre viaja.

Sobre plaza del árbol

Analisis de la poesía de Bonet "Plaza del árbol".

Para una historia de la intensidad

La pintura española contemporánea. La distinción de Juan Ramón Jiménez entre lo universal y lo internacional.

Gaya Nuño, el numantino

Reseña de la vida y obra de Gaya Nuño.

Un cirlot, dentro y fuera

Reseña del libro "Bronwyn" de Juan Eduardo Cirlot.

Hondo y digno, Alfonso Albalá

Enrique Andrés Ruiz comenta la reciente edición de Poesía Completa, de Alfonso Albalá (Ayuntamiento de Coria, Colección Temas Caurienses, 1998).

Lasso de la Vega, la novela de la poesia

Reseña de la vida y obra de Lasso de la Vega, poesía.

Eugenio Montejo, palabras que salvan la vida

No podemos descubrir a Montejo. Es tarde. Es, además, y lo digo por si alguien hubiera que a la aparición de Partitura de la cigarra se siente mordido por esa tentación, una manera, esta de comenzar en su caso dando campanadas por un hallazgo, de confesar la inocencia y la pobretería propias, a más de las que son patrimonio del reseñismo literario de un País entero.Eugenio Montejo, una de las voces mayores de la poesía en lengua española de nuestros tiempos, publicó antes en España, en 1987 y en la editorial Laia de Barcelona, una antología titulada Alfabeto del mundo, igual, por tanto, que la que un año después publicaría el Fondo de Cultura Económica en México, con el poemario ya completo de aquel su último libro hasta entonces. Renacimiento nos dio luego, en 1997, Adiós al siglo XX, y Pre-Textos culmina el itinerario montejiano de aquí con esta Partitura de la cigarra. O sea, que para descubrirlo es tarde, y eso si hubiera eximente por la probable dificultad —algo que no debe considerarse mucho en un lector de poesía— de haberse hecho antes con los libros americanos que Montejo lleva publicando desde los años sesenta. Es tarde aunque la docena y media de fieles que componen la cofradía española que siente devoción por su poesía no entienda la razón; es tarde aunque los cofrades quisiéramos que el descubrimiento de los primeros poemas que llegaron a nuestras manos no hubiera sucedido nunca todavía, aplazando así un poco más la dicha que aguardaba.«Tarde, muy tarde han llegado a mis manos los restos del Cuaderno de Blas Coll, cuyos fragmentos más legibles trato de recomponer en las anotaciones que transcribo». Así comenzaba por decir nuestro poeta venezolano en aquella repesca de los apuntes de un misterioso impresor de Puerto Malo que, trufada de sus propias glosas a las más o menos visionarias pero tan lúcidas consideraciones lingüísticas de aquel personaje, él mismo quiso editar como «la ilusoria tentativa de un arte poética». Y toda la escritura de Montejo parece estar condenada, abocada a esta suerte de tardanza; no ya la que afecta a la imperdonable renuncia española a su nombre y a su obra (mientras la publicidad hace al tiempo prontos «autores imprescindibles» entre tantos otros), sino la que anida en la médula de su propia poesía, una poesía de la tardanza y del casi desvalimiento con los que las palabras de nuestro lenguaje llegan a la cita a la que les convocan la realidad, las realidades del mundo. Por eso el poeta trata de recomponer los fragmentos más legibles. Por eso hemos creído que su tarea se va a convertir en la de una especie de traductor, el traductor de unas voces, de unos sonidos, de unos paisajes que desde luego le hablan, le llaman, le están llamando, pero él no sabe lo que dicen, lo que le dicen, porque ellos no están en realidad diciendo nada, y porque muy probablemente ellos no estén ya allí, él haya llegado con...

Las cosas del campo

Se trata de una crítica al libro de José Antonio Muñoz Rojas "Las cosas del campo" y a su propia persona.

Malinconia

Cuando se acercaba, en su edición de 1999, la fecha de inauguración de ARCO, la polémica ya estaba servida. Francia iba a ser el país invitado, y el comisario encargado de la selección, el joven crítico Nicolás Bourriaud, en declaraciones previas al desembarco, había manifestado que la pujanza del panorama artístico francés se debía, acaso por primera vez, a una actividad artística volcada sobre la internacionalidad de sus propuestas. Bourriaud, cuando se vio obligado a justificar la selección de las galerías participantes, no tuvo otro remedio que apelar a la defensa, que esas salas habían llevado a cabo, del reciente arte francés en la escena internacional. Con todo, los suplementos de los diarios que gustan periódicamente de suscitar entre nosotros espejismos de enfrentamientos, tan espurios como desinformados, no vieron motivo de debate en esos aspectos de la identidad artística, del internacionalismo del arte contemporáneo, de la vitalidad vanguardista o cualquier otro de los abordados por arguments de le petit Nicolás. Prefirierion, como siempre, fijarse en algo de más gordura, de más madera, y se agarraron a la supuesta provocación con que el comisario había herido el orgullo español cuando declaró que de Pirineos abajo el artes actual era un lánguido, trasnochado e incomunicado reflejo de la actividad creadora que tiene lugar en los focos verdaderamente relevantes para el arte de hoy. Lo malo es que a nadie se le oculta que, tras la Segunda Guerra Mundial, Francia no detenta ninguna mayoría ni minoría de acciones en esa empresa, Vanguardia S.A., y que el aburrimiento que ahora nos puedan producir Daniel Buren o el recuerdo de la influencia psicoanalítica y marxista del discurso pictórico de Louis Cane o del Viallat de los años setenta todavía es menor que el producido por el marchito continuismo vanguardista de la escena artística dibujada por Bourriaud.La lástima es que la voluntarista visión de Bourriaud escamoteara, como no pudiera ser de otra manera, lo que de vivo y crucial tiene hoy, si no la práctica artística, sí el debate crítico sobre el arte contemporáneo que se refleja en los ensayistas franceses, pero de esto tampoco parecían saber nada nuestros diarios más proclives a las despistadas polémicas culturales.Pues bien, si hay una obra y una personalidad de verdadero interés en la reflexión europea sobre el arte actual, en su caso hecha a partir de una implacable revisión de la historia más legalizada del arte del siglo XX y de su manual de tópicos, son las de Jean Clair. Nada más pronunciar su nombre, y más si se hace elogiosamente, el comentarista será muy probablemente tachado de conservador, incluso de reaccionario, y se deducirá que es algún defensor de la tradición figurativa, del oficio de pintar y de la innegociable y permanente actualidad de la pintura. Se dirá eso como si ambas cosas resultaran inseparables y, en cierto modo, es en la existencia o no de esa juntura donde se asienta el meollo de la discusión suscitada por el director del Museo Picasso de París. Así ha...

Los mundos y los dias

Crítica literaria sobre "Los mundos y los días" de Luis Alberto Cuenca.

Errata, el examen de una vida

Intentaré explicar por qué, según creo, George Steiner no es un huma­ nista. También creo que en el tal intento estriba la posibilidad de com­ prensión de uno de los pensamientos más vigorosos, hondos y verdaderos del siglo que acaba . De no ser así, no estaríamos sino ante una boutade , y no es el caso. Apelar a la verdad en su elogio no es cosa, además, que pueda hacerse sin reparar antes en que nos disponemos a abordar uno de esos tipos de pensamiento orgánico cuyos objetos han sido ubicados más allá de la verdad y la falsedad mismas (éste es su único, creo, punto tangencial con el pensamiento trágico de estirpe nietzscheana) y de cuyo autor puede decirse que, independientemente de la validación lógica de la verdad o fal­ sedad de sus rotundas afirmaciones y negaciones, él sí es verdadero.Cuando con demasiada rapidez se dice del autor de Lenguaje y silencio (1967), En el castillo de Barba Azul (1971) o Después de Babel (1975) que es un humanista, y sobre todo cuando se quiere sacar un partido urgente y mediático de la personalidad incómoda, antigregaria, radical del escritor de ese libro, Presencias reales (ed. española de 1991), que significó el aldabo­ nazo tardío para su lectura no exclusi­ vamente especia lizada en España, diciendo que es un humanista (o, lo que es lo mismo hoy, un raro, un per­ sonaje de documental histórico) o el último humanista, como se dice para más literatura, tengo para mí que se está escamoteando la particularidad, la singularidad de un perfil intelectual que a la lectura de su reciente auto­ biografía todavía se aparece con ras­ gos más distintivos. Y no es que el libro que quiere ser de sus memorias venga a añadir apenas nada sobre el corpus de ideas y pasiones que hasta ahora sus otros libros han ido constru­ yendo, sino que la coincidencia de sus reiteraciones obsesivas, de las visitas a un puñado de loci intelectuales en sus ensayos filosóficos o filológicos, con las que aparecen en el libro de su vida resulta tan apabullante como para sugerirnos la fundamental idea de encontrarnos ante alguien cuya vida de lector y de pensador constituye la médula auténtica de su intimidad. De ahí que la organicidad de su pensa­ miento se enfrente una y otra vez con­ tra toda mecánica especulativa y racional; de ahí su oposición a que las tareas críticas y hermenéuticas estén dispuestas a ganar dignidad en el mundo humanístico a costa de impor­ tar los métodos lógicos del armazón convencional de la ciencia. Su inti­ midad más profunda es, pues, la del lector que presta confianza a lo que puede desde el libro llegar de muy lejos, venir hasta nosotros desde el misterio supremo de lo que es otro inaccesiblemente, hacerse presencia desafiando toda lógica y toda miseria del análisis y de la prueba empírica. Ese lector es el que restablece el con­ trato roto por la modernidad (ayer la de Hofmannsthal, la de...

Entrevista a Ramón Gaya: «Es en pintura donde mas catastrofes se han dado».

El día que fui a ver a Ramón Gaya, Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, hacía poco más de un mes que había cumplido ochenta y siete años. Todos esos años son, y esto muy pocas veces se puede decir de otros creadores, los transcurridos en el tiempo de una vida que ha sido, que es hoy mismo todavía, el testimonio de la fidelidad, como dice el título de uno de sus espléndidos sonetos dedicado a Luis Cernuda, a una verdad. Una fe y una verdad, las que vienen a nuestro encuentro desde la obra y la vida de Ramón Gaya, que a base de una hondura irreductible y sin apenas parangón en nuestro entorno artístico, ponen en jaque de continuo a las ideas más comunes, a las actitudes y a los tópicos sobre los que hace ya demasiado tiempo se levanta ese prestigioso edificio que llamamos arte moderno. Y lo más importante es que esa honestidad suya el derecho al rechazo y a la contestación de Ramón Gaya proviene precisamente del sacrificio de esa vida entera en la que no ha cesado de predicar con el ejemplo no es de ahora, cuando, quiéranlo o no lo quieran los aferrados a las retóricas vanguardistas, hace tiempo que cayó el polvo y la ceniza sobre los postulados de la modernidad a ultranza, sino de fechas en las que poner en duda aquellas teorías y aquellas prácticas, y hacerlo en beneficio de una particular comprensión de la tradición de la pintura, era poco menos que un anatema. Pero así fue. En una Murcia que él mismo ha evocado prodigiosamente en sus escritos, y en la que Juan Guerrero Ruiz, el cónsul general de la poesía, editaba la revista Verso y Prosa, donde el propio Gaya velaría sus primeras armas literarias, el naciente y jovencísimo pintor de diecisiete años pretendía, como sus amigos Flores y Garay, imprimir sensibilidad y finura a una especie de cubismo conocido por las revistas y muy poco formalista. En 1928 viajó a París y la decepción que le produjeron in situ las obras de la vanguardia le abrió el camino hacia un regreso a la tradición de la pintura que poco a poco se fue afianzando en un proyecto de vida, llevado a cabo con inusitadas radicalidad y honradez. Durante los años de la República, Ramón Gaya colaboró en los museos de Misiones Pedagógicas y en La Barraca, el proyecto teatral popular de Federico García Lorca, y ya durante la guerra ilustró y escribió en la revista Hora de España. Tras la guerra, tras la terrible y mucho, para Gaya realidad de la guerra, el pintor se instala en México. Allí están también sus amigos Bergamín, Cernuda y Gil-Albert, y allí escribe, coincidiendo con la exposición bretoniana de 1940, su ataque al surrealismo. En 1952, Gaya se instala en Italia. En Venecia y en Roma continúa pintando al modo en que ya en México había encontrado una completa y definitiva madurez, y allí, sobre todo en la primera...

El alma en armas

Del libro "Las trincheras" escrito por Julio Martínez Mesanza.

El año Cirlot

 Cuando hablamos de Juan Eduardo Cirlot no debemos engañarnos. En cualquier conversación en la que se mencione su nombre o se cite su obra, lo más frecuente es escuchar una especie de lamento por alguien injustamente olvidado, ignorado, maldito, cuando no intencionadamente relegado a la devoción de unos cuantos enfermizos aficionados a las heterodoxias espirituales y demás magias alternativas. Pero esto no deja de ser un espejismo. Me atrevería a decir que Cirlot no va a ser nunca ni pasto de la actualidad ni moneda corriente en el canon a Enrique Granell Trías mediático de la cultura que vivimos. En realidad, apenarse por su escasa presencia en los hábitos generales de lectura o condolerse por la mínima atención que parece merecer su poesía o su obra ensayística presupone que algún poeta o crítico de arte no corre igual suerte y esto, verdaderamente y salvadas las escuetas excepciones de los cuatro o cinco autores incluidos en los programas del bachillerato (o como se llame), me parece pecar de inocencia. Esa es la regla general y Cirlot no se sustrae a ella.Además, si somos sinceros, debemos admitir quienes nos confesamos fascinados por el personaje y por su literatura que muy pocos autores mantienen esa suerte de presencia en segundo o tercer plano en el panorama de revisiones literarias que mantiene Juan Eduardo Cirlot desde su muerte y que, desde luego, las reediciones de sus libros y los artículos a él dedicados le convierten precisamente en una de las excepciones a la amnesia histórica y a la aburrida fugacidad de ese mismo panorama.La rareza del "caso Cirlot"Las razones de que, pese a todo, Cirlot conserve su extrañeza, su perfil crepuscular de isla no colonizable, su carácter de raro, pudieran ser acaso más finas y más de matiz.Por lo que atañe a la poesía, es bien cierto que las reducidas tiradas en las que imprimió sus libros (muchas veces series de cuadernos), que él mismo distribuía entre quienes creía merecedores, hacen casi inaccesible al público el variopinto y ramificado corpus cirlotiano. En 1974 y en Editora Nacional, Leopoldo Azancot reunió, no obstante, una significativa aunque siempre parcial muestra de su obra en el ya inencontrable Poesía de J. E. Cirlot (1966-1972), y Clara Janes se ocupó de la edición en Cátedra (Madrid, 1981) de una selección poética que consiguió ser difundida en una colección de circulación accesible y que, aun con la exclusión de muchos de los poemas fundamen1 tales, fue titulada Juan-Eduardo Cirlot. Obra Poética. También la revista Poesía (n° 5-6, 1980) incluyó una selección de textos y notas que corrió a cargo de sus hijas, Lourdes y Victoria. Pero tengo para mí que el "caso Cirlot" no debe solo su rareza a su condición de pieza de lance, sino más bien a la médula misma de una poesía hacia la que las preocupaciones intelectuales (variadísimas en el poeta, desde la música dodecafónica a la mística sufí, desde la literatura visionaria y la pintura abstracta a la filosofía más abisal) y los...

Una leccion de Ramón Gaya

Ramón Gaya
Naturalidad del arte
(y artiflcialidad de la crítica)

Pre-Textos
Valencia, 1996, 58 págs.

Sobre el prestigio politico del arte de vanguardia

Habría que ir pensando en separar el discurso teórico moderno sobre el arte, del discurso -o del curso- de la pintura como disciplina cuyo receptor idóneo es el aficionado por puro vicio o placer: porque mientras que ninguna pintura se deja contemplar desde la desconfianza en la pintura, los falsos teóricos llevan decenios marchando bajo la indestructible divisa ("Pues peor para los hechos") de la ausencia de sentido y significatividad de lo real.

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