Belén Ester

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Julián Marías y el cine. Una conversación con Alfonso Basallo

El escritor y periodista ha publicado en Fórcola su estudio “Julián Marías, crítico de cine”, donde ahonda en la pasión cinéfila del filósofo.

De Ford a Bresson. La mirada de la fe en el cine

La representación de lo sagrado ha sido, desde los inicios del arte cinematográfico, una de las formas de expresión de la fe más radicales y modernas del siglo XX. En los últimos cien años, no ha habido mejor vehículo transmisor del sentido trascendencia inextirpable al ser humano y que más dignifica su condición. Desde Bresson a Malick, la matriz de los denominados directores místicos basa sus narraciones en dos categorías comunes a la Teología: la imagen y la palabra que siguen siendo aún hoy los objetos de la narración más dinámicos y efectivos que existen. Ese grupo de creadores, a lo largo de las diferentes etapas del siglo pasado y el actual, han testimoniado la fecundidad y creatividad del diálogo entre la fe y el cine, produciéndose así el reencuentro entre la fe y el arte mismo que había sufrido los desmanes del laicismo de los siglos XVIII y XIX y del que volvería a ser víctima a partir de mediados del XX. No es casual que dicha representación de lo sagrado haya encontrado su cénit en obras maestras que abrazan la espiritualidad y la fe en directores de creencias o educación católica, pues la obsesión anicónica de otras culturas, como la protestante o la judía, contraviene la esencia del cristianismo en torno al misterio de la Encarnación en el que Dios mismo se hace icono (del griego eikôn–imagen–), a través del rostro vivo de Cristo. Así, la acción cinematográfica de los directores místicos aúna en un lenguaje artístico y espiritual, como la liturgia misma, todos los elementos simbólicos y narrativos que permitan al espectador posar su mirada sobre el hecho antropológico. El cine bíblico, desde La Pasión de Cristo de Albert K. Léar (1900) a La Pasión de Cristo de Mel Gibson (2004) pasando por las importantísimas y recurrentes Rey de Reyes (Cecil B. DeMille, 1927), El gran pescador (Frank Borzage, 1959), la revisitada Rey de Reyes (Nicholas Ray, 1959), El evangelio según san Matero (Pier Paolo Pasolini, 1964), La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965) o Jesús de Nazareth (Franco Zeffirelli, 1977), no puede estar necesariamente considerado cine espiritual, ni mucho menos místico. La grandeza de su relato no tiene por qué ir ligada a su vocación hermenéutica ni a la meditación teológica, de igual modo que una película de temática pagana puede ser profundamente religiosa y de intensa humanidad. Dicho esto, parece claro que cuando se habla de la mirada de la fe en el cine hay que centrar nuestra propia mirada en los directores que de manera más eficaz y palmaria plantean las grandes preguntas inherentes al hombre: ¿Quién soy yo? ¿Quién es Dios? Estos son los denominados directores místicos (del griego mystikós –encerrado, misterioso–). Y el misterio último es Dios, misterium tremendum et fascinan (misterio, asombro y fascinación). Si algo nos ha dado este grupúsculo de directores fascinados y asombrados por ese Misterio es que han accedido a él –y a Él– a través de la narración cinematográfica, sustentada siempre, como decimos en la imagen...

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