Alejandro Salas

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Del «roba, pero hace» a la recuperación de la confianza

En muchos países de América Latina, «roba, pero hace» no es necesariamente un eslogan de campaña política atribuido en tono de broma a un candidato en un programa televisivo o en una publicación de sátira política, como podría parecer a primera vista. En Latinoamerica esta frase condensa muchas veces una realidad muy compleja.Asombra ver que cuando un reportero o encuestador encara a un ciudadano en la calle preguntándole por su preferencia electoral o su simpatía portal o cual político, éste responda, franca y abiertamente, que tal político podría haber robado, pero eso no es relevante, pues le reconoce todo lo bueno que hizo por el país o la ciudad.Lo mismo sucede, y con mayor frecuencia, en la intimidad de una sobremesa después de un almuerzo de fin de semana con amigos o vecinos. Al hablar de política no son pocos los que confiesan su apego o nostalgia por algún político que pudo haber usado el presupuesto público y su posición de influencia para su propio despegue económico, pero que «bien lo vale si hizo mejorar la situación general del país». La misma actitud se tiene en ocasiones en el caso de violaciones de los derechos humanos.Dentro de los términos estrictamente racionales de un cálculo económico de tipo coste-beneficio económico, pensar que quien hace acciones es muy valioso a pesar de que robe no es del todo inválido en un primer momento. Supongamos, por ejemplo, el caso de un diputado que moviliza sus relaciones para interferir en un proceso de licitación pública para proveer algún servicio u obra al Estado en que termina favoreciendo a la empresa de un familiar suyo. Asumamos también que el producto comprado cumple con la calidad requerida. El único problema es que el precio es un 10% superior al de aquel competidor que debería haber ganado el contrato si el concurso hubiera seguido un proceso transparente y justo.Por otro lado, ese mismo político realiza un óptimo trabajo promoviendo legislación que genera, favorece y atrae inversiones extranjeras que, a su vez, aumentan los niveles de empleo local. Visto así, el balance coste-beneficio estrictamente económico (sobre precio en una licitación frente a cientos de puestos de trabajo) no resulta malo. En otras palabras, se trataría de un político que roba, pero que aporta al país.LOS COSTES ESCONDIDOS DE «HACER ROBANDO» Lamentablemente los efectos en la vida real no son producto de balances coste-beneficio tan simples. Hay una infinidad de factores difíciles de cuantificar que pueden inflar exponencialmente el coste en esta ecuación y minimizar el beneficio, incluso anularlo o en la mayoría de casos hasta volverlo un nuevo coste.Los verdaderos efectos de la corrupción se manifiestan cuando ésta desvía fondos que ya no estarán disponibles para mejorar la calidad y cobertura de los servicios públicos que los ciudadanos demandan. Ocurre cuando un niño muere por falta de atención médica apropiada, cuando una inundación causa decenas de muertes debido a la incapacidad del Estado para levantar las obras de contención o cuando se reduce el analfabetismo muy lentamente...

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