Alberto Ruiz Ojeda

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Profesor titular de Derecho Administrativo. Universidad de Málaga

Gobernanza sin administración

DE VERDADES, LUGARES Y HOMBRES QUE PIENSAN               Londres, 13 de octubre de 1992, Main Theatre del Imperial CollegeUna criatura sarmentosa, encorvada, replegada casi sobre sí misma, que parece salida de una de las novelas de Tolkien, comienza a hablar desde el puesto principal de una mesa reservada para los grandes ponentes y las grandes ocasiones. Su figura sólo resulta visible por la disposición anfiteatral de un auditorio escalonado: tan increíblemente pequeño era. Estábamos congregadas dos mil y una personas, es decir, la que hablaba y unas dos mil que escuchábamos. Y allí nos tuvo una hora y media al filo de los asientos. No llevaba papeles, según pude saber posteriormente, por dos razones fundamentales: la primera porque no los necesitaba; la segunda porque no habría sido capaz de leer una sola letra con su visión tan disminuida por la vejez.Recuerdo muy bien muchas cosas de aquel día. Entramos en el Imperial con un sol radiante y, a la salida, nos esperaba una lluvia tan molesta y persistente como sólo en Londres puede darse, y es que, en la capital del mal tiempo, únicamente se conocen dos situaciones meteorológicas: a) está lloviendo; b) va a empezar a llover. Pero, sin necesidad de salir al exterior, ya nos había caído dentro el mayor de los chaparrones: pienso que no me equivoco si digo que la conferencia de sir Karl Popper, que así se llamaba, dejó a sus oyentes con la misma sensación que cuando se recibe la inesperada descarga de una enorme tormenta sin encontrar el más mínimo escondrijo que sirva de alivio. Tanto fue así que, cuando Popper terminó su intervención sin ningún tipo de aviso, o sea, simplemente dejó de hablar — como acostumbraba, según quienes le habían escuchado otras conferencias—, fuimos incapaces de arrancar a aplaudir.La tormenta cesó de golpe, exactamente de la misma forma que empezó. Sólo el amago de los dos acompañantes del conferenciante en la mesa nos recordó que debíamos cumplir con la cortesía. Pero el aplauso me pareció espasmódico, irregular, impropio de quienes acaban de padecer un maravilloso espectáculo. Pienso que nos quedamos aturdidos y confusos o, al menos, yo lo estaba, y esa era la clara percepción que tenía sobre el estado de ánimo de los que llenábamos la sala hasta rebosar. Así nos encontrábamos quienes asistimos a la última lección magistral del más importante teórico sobre la metodología de las ciencias sociales del siglo XX.«Con Hegel perdimos la vergüenza». Fue, según mis recuerdos y la reconstrucción escrita que posteriormente hice de la conferencia, la primera frase pronunciada por Popper, inmediatamente después de dar las gracias al preboste de la Universidad de Londres, a quien cayó en suerte la imposible tarea de presentarlo al público. Para ser exactos, habría que decir que Popper se limitó a repetir algo que había escrito hacía bastantes años en su fundamental obra The Open Society and Its «Hegel made us loose all decency».Esto me sirvió para practicar más adelante un ejercicio de contemplación intelectual, aunque desde una posición...

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