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rdrec_img1.jpgSorprende et ambicioso título de este nuevo libro de José Luis González Quirós, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y autor ya de una estimable obra ensayística (Mente y cerebro. El porvenir de la razón en la era digitaí, Diccionario de citas, Una apología del patriotismo). La enorme amplitud de que es susceptible la palabra «cultura» nos hace temer que el proyecto de repensarla en su totalidad esté de antemano condenado a un siquiera relativo fracaso. Sólo un notable esfuerzo de abstracción podría salvar del naufragio libros de este tipo, y ese es, precisamente, el camino que ha escogido el autor para encauzar su discurso. Estamos ante un libro de generalidades, presidido por un concepto aristocrático de la cultura, entendida ésta como excelencia, como guía de pensamiento y conducta nobles. Sentada tal premisa, González Quirós nos invita a repensar los contenidos supuestamente culturales de nuestro momento, y nos sugiere criterios de diferenciación que nos ayuden a separar el grano de la paja, lo auténtico de lo espurio, lo falaz de lo genuino. Aun a riesgo de simplificar en extremo las cosas, me atrevería a decir que la intención del ensayo es fundamentalmente admonitoria, una especie de toque de atención que nos pone en sobreaviso ante los cambios, sustracciones y añadidos que inevitablemente van anejos al transcurrir del tiempo, y muy especialmente del tiempo vertiginoso en que vivimos.


Una de las advertencias más persistentes del texto es la que trata de prevenirnos frente a excesivas relativizaciones y fragmentaciones típicas del presente. Admitido el pluralismo como característica inseparable del espíritu occidental, González Quirós se apresura a sentenciar que, pese a todas las diferencias, se precisa mantener una cierta inflexibilidad de principio: «No podemos vivir —nos dice en la página 115 (y con parecidas palabras también en otros sitios)— sin suposiciones de fondo, sin ideas radicales sobre lo que significa nuestra vida y el papel que desempeñamos en el concierto del mundo». Estas nociones radicales parecen ser para el autor expresión de algo todavía más anterior y fundamental: es lo que él llama nuestras «tradiciones fundadoras», asimilables a los tres «círculos de ideas» que Max Scheler estima inseparables del hombre europeo: «el círculo de ideas de la tradición judeocristiana», «el círculo de ideas de la antigüedad clásica», y «el círculo de ideas forjadas por la ciencia moderna […], que se han hecho tradicionales también desde hace mucho tiempo».


No será de extrañar que, con este bagaje, el discurso de González Quirós sobre la esencia de la «verdadera» cultura tenga un señalado matiz conservador, adjetivo que en el contexto de sus reflexiones podría ser casi sinónimo de «civilizador». Parece como si, en el pensamiento del autor, una cierta dosis de religión, de discurrir racional y de discreto espíritu científico fuesen ingrediantes necesarios de toda cultura que pudiera merecer semejante apelativo. Para González Quiros será «insustancial» todo simulacro de cultura que se empecine en consagrar la novedad por la novedad, ignorando «los profundos, sólidos y complejos que son los cimientos en los que se apoya nuestra visión del mundo».


Juzgando el libro desde ese universo de generalidades en el que, como decíamos, se inscriben la mayoría de sus páginas, poco podría haber de sustancialmente objetable a la propuesta que conllevan. Un cierto grado de conservadurismo, igual que un cierto grado de liberalismo en cuestiones generales de arte y pensamiento, siempre resulta aceptable para una sensibilidad siquiera medianamente bien constituida. Pero de manera inevitable, y a pesar de haber querido González Quirós rehuir la mención meticulosa de personas y cosas que, a su juicio, no merecerían estimación cultural alguna, hay ocasiones en las que el discurso desciende peligrosamente de las alturas y roza posiciones que sin duda algunos habrán de juzgar en cierto modo reaccionarias, aunque también habrá otros, desde luego, que verán en ellas una valiente denuncia que ya no podía silenciarse por más tiempo.


Habla González Quirós, por ejemplo, de algunos excesos del nuevo arte; habla también de los horrores perpetrados por la llamada «telebasura» y otros medios actuales de comunicación de masas. Es obvia su indignación ante los atropellos que hoy padecemos en estos y en otros puntos, y resulta casi imposible no estar de acuerdo con el pesimismo de sus diagnósticos. Más problemáticas son sus reflexiones sobre la posmodernidad como «cultura de la irrealidad», expresadas en un lenguaje afilado e hiriente que no prescinde de sentencias como éstas: «El pensamiento posmoderno [es] una especie de historicismo volcado en el presente, sin demasiado interés en la historia y absolutamente relativista y empeñado en anteponer las palabras de la tribu a cualquier clase de visiones universales. […] Naturalmente, han sido muchos los pensadores que se han opuesto […] a esta melopea posmoderna, […] pero […] la nueva jerga cultural de lo posmoderno se impuso de forma arrolladora entre sociólogos y diversas clases de artistas […] que forman parte de un grupo de personas especialmente propenso a castigar al público con sus explicaciones, con sus ideas. […] Es la apoteosis de los creadores de universos, de nuevos demiurgos que se desembarazan de cualquier responsabilidad con lo real y se dedican tan sólo a cultivar su creatividad, su imaginación y sus deseos. […] Esto representa una cumbre del subjetivismo y de la arbitrariedad, es cierto, pero lo más importante es que representa una vía segura a la estupidez, a la pérdida de capacidad para entender las cosas» (págs. 183-185).


No sé si coincido enteramente con el autor en esta implacable descalificación del nuevo estilo.Y quizá hubieran sido deseables mayores matizaciones encaminadas a salvar de la quema ciertas formas de pensar y sentir posmodernos, dignas de cuidadosa atención. No hay duda de que son muchas las falsificaciones pseudoartísticas, pseudointelectuales, pseudorreligiosas y pseudoéticas que nos rodean por todas partes, como bien nos recuerda González Quirós en su manifiesto. Pero, querámoslo o no, la «invención», con sus riesgos, es elemento necesario de toda cultura que no quiera sucumbir en el estancamiento que la exclusiva «tradición» genera.


Sea ello como fuere, y criterios culturales aparte, el libro de González Quirós posee la virtud de la prosa ágil y amena, a veces de una intensidad que recuerda esos logrados momentos narrativos que encontramos en las buenas novelas. Si a ello se une la circunstancia de que los asuntos tratados ofrecen de por sí un interés indudable —son todos ellos verdaderos «temas de nuestro tiempo»—, es justo celebrar este Repensar la cultura y felicitar a su autor por tan oportuna publicación. Estamos frente a un libro de los que darán que hablar.


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