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En otoño de 1992 se desencadenó la crisis que precipitó el final del Sistema Monetario Europeo. Nuestros gobernantes de entonces, haciendo gala de la tan española trilogía de soberbia, ignorancia y frivolidad, decidieron «sostenella y no enmendalla» (a la peseta), y apostaron en contra de la tendencia general de los mercados. Las ventas masivas de divisas no bastaron para mantener la cotización de nuestra inflada moneda, y la operación se saldó con una masiva devaluación de la peseta y con unas pérdidas aproximadas de un billón de pesetas para el Banco de España. Las del Banco de Inglaterra, en defensa de la libra, fueron aún mayores.

Detrás de aquella colosal especulación que desencadenó el fin de nuestra particular pompa de jabón, hay un personaje que saltó a la notoriedad pública: George Soros. Escasamente conocido fuera de los medios financieros internacionales, Soros se convirtió en el «enemigo público número uno» de los bancos de reserva europeos. Sin embargo, como él mismo ha repetido en múltiples declaraciones, siempre ha operado dentro de las normas que permite el sistema; los fallos de éste no son imputables a él, sino al sistema mismo y a sus diseñadores.

El libro que comentamos es una recopilación de dos largas entrevistas hechas por Kristina Koenen, periodista del Frankfurter Allgemeine Zeitung, y por el financiero de la Banca Morgan Stanley, Byron Wien. En ellas se profundiza, de manera ágil y amena, en la biografía, opiniones y realizaciones de Soros, un carácter mucho más rico y atrayente de lo que en principio se pudiera pensar.

Judío húngaro, Soros vivió la ocupación nazi y aprendió de su padre el arte de la supervivencia en circunstancias críticas, algo que le sería sumamente útil en los avatares de los mercados financieros internacionales. Una vez emigrado a Londres, Soros entró en contacto con las enseñanzas de Karl Popper, y quedó especialmente prendado de la idea de «sociedad abierta». A este ideal ha consagrado sus fundaciones filantrópicas, comenzadas a principios de los años 80 tras unos contactos iniciales con movimientos de resistencia al comunismo, tales como «Solidaridad» en Polonia, o el movimiento «Carta 77» en Checoslovaquia. Actualmente, esas fundaciones se concentran fundamentalmente en los países del antiguo bloque soviético: Hungría, Rusia y Ucrania, entre otros. En ellos, su mecenazgo ha permitido la apertura, en 1991, de la «Central European University» de Budapest o la creación de la «International Science Foundation», dirigida a mantener a la comunidad científica rusa. El propósito subyacente de sus Fundaciones -de las que Soros habla como su realización más preciada- es precisamente ayudar a organizar la transición de «sociedades cerradas» a otras «abiertas», mediante la profundización en el modo de pensar crítico y en la organización de instituciones propias de un régimen de libertades.

Para Soros, la esencia de la «sociedad abierta» no radica meramente en la ausencia de intervención gubernamental. Más bien se trata de una estructura sumamente compleja que descansa en leyes e instituciones, y que requiere ciertos modos de pensar y determinados patrones de conducta. Precisamente, la misma sutileza de esos mecanismos hace que todo el sistema resulte natural, al regularse a sí mismo y, en consecuencia, a que los ciudadanos lo tomen por descontado. Soros insiste en que una de las principales fallas de la «sociedad abierta» es la falta de valores por los que la gente esté dispuesta a luchar. Es preciso llegar a una situación de supresión de libertades y derechos, a una «sociedad cerrada» en definitiva, para movilizar las energías del ciudadano. Sin embargo, una sociedad, al igual que una persona, necesita de creencias que le sirvan de guía, pues la racionalidad, orientada hacia fines meramente utilitaristas, no es suficiente. Soros cree que los neoliberales han sacralizado el valor del mercado, un mecanismo económico que a pesar de ser imperfecto resulta el mejor de los posibles, pues permite la corrección de errores gracias a los datos que el juego de la oferta y la demanda proporciona.

Junto a sus reflexiones sobre la «sociedad abierta», Soros propone toda una teoría de la inversión que ya había esbozado en un libro que pasó en el momento de su publicación sin mayor pena ni gloria: The Alchemy of Finance. Partiendo del concepto de falibilidad de Popper, Soros describe la conexión entre nuestras percepciones sobre los fenómenos y las repercusiones que éstas tienen sobre los mismos, lo que establece una relación reflexiva entre ambos. Se trata de una incursión en el terreno de la epistemología y de la teoría de la acción humana que, en su aplicación personal a la inversión financiera, se ha demostrado extraordinariamente fructífera. Baste recordar que mil dólares invertidos en 1969 en el «Quantum Fund», creado por Soros, serían unos dos millones en 1995, de haberse reinvertido los beneficios. El libro contiene una interesante descripción del ciclo especulativo e insiste en la importancia de percibir el punto de inflexión de las tendencias del mercado para «estar por delante de la curva». Precisamente a esta difícil habilidad atribuye Soros el éxito de sus operaciones en los mercados.

Como si no le bastara con esas facetas de financiero, filántropo y filósofo, Soros se define además como un «estadista sin Estado». Resulta interesante ver como un hombre que ha amasado una inmensa fortuna y, en conexión con ella, importantes relaciones personales, se siente un tanto frustrado por no poder participar de manera más influyente en la toma de decisiones sobre los grandes problemas internacionales. Soros nos obsequia con sus opiniones sobre el futuro de las Naciones Unidas, la guerra de Bosnia, la reforma de la OTAN o la evolución de la sociedad norteamericana, entre otros. Así, estima que Estados Unidos, líder del mundo libre y primera superpotencia durante la era de la «guerra fría», carece ahora de las palancas económicas y de la motivación interna necesarias para desempeñar ambos papeles. El actual sistema internacional, que Soros considera en progresiva descomposición, precisa numerosas intervenciones armadas (Somalia, Ruanda-Burundi, entre otras), que los Estados Unidos no están dispuestos a llevar a cabo por falta de voluntad política. Mientras tanto, la construcción europea se encuentra ahogada, estima él, en una jungla de reglamentaciones burocráticas y de falta del impulso político necesario, entre otras razones porque las dos potencias centrales, Alemania y Francia, miran una hacia el este y la otra hacia el sur. Puntos de vista éstos que son, indudablemente, dignos de ser considerados, por más que se vea en ellos el talante voluntarista de un hombre de negocios, acostumbrado a la ejecución inmediata de sus decisiones e impaciente ante la complejidad que reviste cualquier problema social, máxime si éste se enmarca en una dimensión internacional.

El propio Soros se define, con humor, como el estereotipo del judío plutocrático, bolchevique, sionista y conspirador mundial. Sin embargo, lo que queda tras la lectura de este interesante libro es la aproximación a la vida y al pensamiento de un destacado actor de nuestra época, de un hombre que, en definitiva, es algo más que un «bucanero de las finanzas», faceta que resulta ser la que menos le interesa, y por la que es conocido del gran público.


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Alfonso López Perona (Madrid, 1956) es licenciado en Derecho e ingresó en 1984 en la Carrera Diplomática. Ha estado destinado en las representaciones diplomáticas españolas en Zaire, Perú, Estados Unidos, India, Portugal, Argelia y Guinea Bissau. Ha sido subdirector general de Programas de Cooperación de la Agencia Española de Cooperación Internacional; jefe del Gabinete Técnico del presidente del Tribunal Constitucional, y subdirector general de América del Norte.