Alfonso Armada

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Periodista
literatura para viajes

Escribir el viaje. Más que una literatura, una vida

Antes de saber lo que quería ser, lo que iba a ser, lo que podía llegar a ser empecé a devorar las bibliotecas de mis primos. En mi casa apenas había libros. Pero en las de algunos de mis primos maternos y paternos abundaban colecciones completas: de Edgar Rice Burroughs, de Emilio Salgari, de Enid Blyton, de Julio Verne, de Karl May, de Tintín... Como paso más tiempo fuera que dentro, mi escritorio, mi mesa de trabajo, es un mapamundi escalofriado. Un caos que amenaza con subvertir el orden de las cosas, mi propia estabilidad emocional. Por eso, como todo viaje empieza con un deseo, como todo verdadero viaje es espiritual, voy a hacerlo sin moverme de mi asiento, al menos durante la próxima hora. Sin un mapa, sin un itinerario, sin una idea clara salvo que escribo para viajar y viajo para escribir, y que la lectura es, como el viaje, una forma de estar en el mundo, de tomar posesión espiritual del mundo, de darle sentido al tiempo. Aparto un papel y saco un libro, retiro una pila y encuentro una fotografía, rescato un recorte y me encuentro con... La única condición de un cierto azar. Lo que está sobre mi mesa, lo que me salta a los ojos en cuanto abro el libro, tal vez porque así me gustaría seguir a partir de ahora, de esta tarde de verano, carcomido de nostalgia por el invierno, la estación de las lluvias, cuando más quiero irme, cuando más quiero quedarme aquí, leyendo, a salvo de los accidentes del mundo, expuesto a las aventuras insospechadas del mundo. «Hecho con bambú del Monte del Sur, este instrumento tiene su origen en la zona del oeste. Ha adquirido nuevas magias en tierras centrales de China. Hoy, lo toca para mí An Wanshan, un tártaro, despertando tristeza a los vecinos presentes, y arrancando lágrimas de nostalgia a los expatriados. A muchos les gusta, pero pocos entienden. Su melodía emotiva evoca una tormenta furiosa que barre la inmensa tierra, y sacude moreras secas y cipreses viejos, haciéndolos temblar ante la frígida ráfaga. Se oyen chillidos y quejas de las crías del fénix, rugidos al unísono de un dragón y de un tigre. Atruena un coro de cien cataratas y mil manantiales de otoño. De pronto la música se convierte en la triste Elegía de Yu Yang. Torbellino de nubes. Pálido el sol. Oscuro el cielo. Cambia la melodía de nuevo y se oye el susurro de los sauces en primavera. Se abren espléndidas flores en los jardines imperiales. Se encienden brillantes luces en el gran salón en la víspera del año nuevo. Copa en mano, escucho estas melodías encantadoras». ‘Escuchando a An Wanshan tocar un caramillo tártaro’, por Li Qi (690-751). En Trescientos poemas de la dinastía Tang, edición bilingüe de Guojian Chen (Cátedra. Madrid, 2016). Haz ahora la prueba de apagarlo todo, de bajar las persianas si están subidas, de dejar la habitación en penumbra, de alumbrarte si es posible con una vela (a la manera de Georges La Tour) o de una linterna, y de volver a leer, en voz baja, para ti, o para quien te acompañe, el mismo poema, tratando de que tus recuerdos y tu imaginación armonicen con el...

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