Artículo

Los diccionarios de citas

por Marqués de Tamarón

DIPLÓMATICO Y ESCRITOR

Publicado en | Aforismos | antología | citas | diccionario | Letras

January 2001 - Nueva Revista número 073

ARTÍCULO

Sabido es que por una misteriosa ley de origen desconocido (¿chanza divina? ¿asechanza diabólica? ¿ley aberrante de probabilidades?) siempre que uno tiene sus libros repartidos entre varios lugares y busca uno, ese libro está indefectiblemente en otro sitio. Tan sólo conozco una aparente excepción a la regla y es la de cierto potentado madrileño de quien se rumorea que cada vez que compra un libro lo hace por triplicado: un ejemplar para su casa, otro para su despacho y otro para su casa de campo. Sin embargo —y aquí habla la envidia— esa solución plutocrática no servirá más que para las bibliotecas de nuevo cuño. En cuanto intente uno duplicar una biblioteca vieja se topará con la dificultad de que muchos de sus libros están agotados.

Así es que mejor resignarse a la condición huidiza y evanescente de la obra ansiada. O comprarse un buen diccionario de citas y, de ése sí, cuantos ejemplares hagan falta. ¿Oigo el ruido de vestiduras rasgadas? Pues serán de quienes no se han parado a pensar seriamente en los diccionarios de citas y en para qué sirven, serán de intelectuales hipócritas que creen poco elegante comprobar una cita en un diccionario en lugar de releerse entera una biblioteca (y como esto último no lo hacen, siempre citan mal) o serán de quienes no disfrutan hojeando un libro variopinto por puro gusto.

Y es que los diccionarios de citas bien hechos, como el de Wenceslao Castañares y José Luis González Quirós (editorial Noesis), sirven para tres cosas muy distintas. En primer lugar, para verificar la autoría o la redacción exacta de unas palabras que se recuerdan de forma imprecisa. Como el recuerdo inexacto es una de las fuentes de la discordia —la otra otra es la del recuerdo exacto, sobre todo de agravios, pero eso es en otras lides— conviene mucho tener a mano los argumentos de autoridad allí donde suelen empezar estas disputas cultas, para dirimirlas antes de que se enconen. Mi amigo Patrick Leigh Fermor, que vive en el Peloponeso, tiene todos sus libros de consulta en el comedor. Se conoce que con tanto raki las sobremesas se vuelven polémicas y quisquillosa la erudición.

—No te sulfures, que ya Séneca advertía que la ira es una locura momentánea.

—¡Falso! ¡Lo dijo Cicerón!

La discusión, además de fútil, podría ser eterna. O durar un minuto, el tiempo de buscar la palabra ira en este diccionario y encontrar la remisión a Horacio, con la frase Ira furor brevis est.

La segunda función del diccionario de citas es servir de antología. Y no sólo de antología didáctica, de crestomatía, sino de selección placentera de aforismos, trozos de poemas y frases más o menos históricas. Para cumplir con esta función de libro de mesilla de noche, es menester que el diccionario contenga una mezcla juiciosa de citas conocidas por el común de los lectores y de citas que nos resulten novedosas, que estén ahí por puro capricho soberano del recopilador y que hagan pensar al lector «no conocía yo esto, qué hermoso es». Conviene, para ello, que los fragmentos poéticos no sean demasiado breves, salvo que tal o cual verso aislado tenga valor apodíctico o de encantación. Pues bien, el diccionario que aquí comentamos cumple con creces ambas condiciones. Contiene todos los platos básicos de un buen menú pero también tapas, entremeses y postres insólitos y gustosos. Y tiene el buen criterio de no mutilar la poesía más allá de lo imprescindible: reproduce enteros sonetos de Garcilaso, Quevedo y otros, el monólogo de Hamlet (salvo los dos últimos versos, que en rigor no son soliloquios) y buenos pedazos de muchos poemas. Con igual generosidad, da cabida a párrafos largos de pensadores, con lo que evita al menos algunas citas fuera de contexto.

La tercera misión de todo diccionario de citas es secreta, vergonzante e imprescindible. Permite presumir de sabio y leído en conferencias y discursos. Me atrevo a proponer a los señores Castañares y González Quirós que en la tercera edición de su obra incluyan alguna cita apócrifa de un personaje inventado por ellos; ya verán como termina siendo citado como argumento de autoridad. Podría ser algo así:
Hippolyte Cornut-Picard, 1740- 1794
Revolucionario francés
Le peuple a toujours raison, sauflorsqu'il se trompe.
«El pueblo siempre tiene razón, salvo cuando se equivoca» (últimas palabras, camino de la guillotina).

Cualquiera que perdiere unas elecciones podría aliviar mucho su pena citando a Cornut-Picard, y ello sin caer en incorrección política, puesto que se estaría invocando a un revolucionario.

No se crea, sin embargo, que la elaboración de una obra de consulta como ésta es tarea siempre alegre y amena. Para que sus lectores la disfrutemos y aprovechemos, sus compiladores han debido de trabajar duro elaborando buenos índices —sin ellos la obra carecería de utilidad verificadora— y traduciendo los textos no escritos en castellano. Pero después de varias horas de manejar este diccionario, llega el lector a la conclusión de que también los compiladores han disfrutado reuniendo a esta brillante asamblea de ingenios. Yo imagino a don Wenceslao y a don José Luis como un par de caballeros ilustrados del siglo XVIII preparando la tertulia ideal.
—Don Wenceslao, ¿convidamos a don Carlos Marx?
—Pues claro, don José Luis, ya sé que era algo revoltoso, pero hombre culto al cabo; recuerde que su tesis doctoral versó sobre Epicuro y Demócrito. El problema está en los criminales que además carecían de sutileza, como el Mariscal Stalin...
—Es que así fue el siglo XX, asesino y zafio. Dejemos al georgiano intervenir con una sola frase... «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?»
Suspira don José, toma una pizca de rapé y estornuda.
—Sea, mas demos entonces un centenar de veces la palabra al ministro de Estado Goethe. Y una sola al profesor Chomsky, ese fatuo sin fuego. En cambio don Alberto Einstein es de los nuestros, racional pero no racionalista. Que hable cuanto quiera.

Y así habrán discutido durante horas, como buenos anfitriones, con generosidad y malicia, hasta reunir esta espléndida tertulia de un par de millares de santos, pillos, profetas, verdugos, cortesanas, poetas... y ningún pelmazo.

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