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Un negro con maracas

Aquella radio, una Magestic que vino de Barcelona, estaba puesta todo el santo día. Por eso Antonio Machín siempre entraba por las ventanas. Lo suyo era flotar como un globo de feria, ascender por el aire atravesando el patio de luces. A veces llegaba del mercado con un par de gardenias para mi abuela, o venía de hablar con la Luna, o decía que era un salado vendedor de maní — y ahí le esperaba yo, dispuesto a birlarle un cucurucho y ponerme morado—.

Ahora bien, fuese cual fuese la canción, Machín siempre venía con sus maracas. Era un negro con maracas. Entonces se podía llamar a las cosas por su nombre y un negro era un negro. Sin más. En mi familia no se ofendía nadie, menos aún si el autor de la ocurrencia era mi abuelo Joaquín, que volvió de La Habana cuando Machín triunfaba en Europa, justo al borde de la guerra mundial.

«Tremendo bolerista», sentenció una vez con firmeza judicial. Le había conocido en el Casino Nacional allá por el veintimuchos, casi el treinta, cuando Machín vendía cientos de miles de discos en los Estados Unidos. Años después el corazón se le hacía lágrimas oyendo Madresita («con “ese”, niño, con “ese”, que en Cuba no hay “zeta”»). Se esponjaba mi abuelo con ese bolero, lo recuerdo bien. Quizá porque desde los nueve años había sido un fugitivo de la miseria, tan española entonces y tan olvidada hoy. O eso fingimos y levantamos muros cada vez más altos. A cambio de prosperar en América no abrazó nunca más a su madre, desterrada en su tierra. Para siempre.

Machín había nacido en Sagua La Grande, hijo de un español blanco y una cubana negra. Aprendió a cantar en el coro de su parroquia y pronto hizo el camino de Santiago… de Santiago de Cuba, se entiende, que es la cuna de casi todo en la isla. A l menos de casi todo lo importante: la música, el ron y las revoluciones aunque salgan homicidas. Como la última, aunque esa no pudo llevarse a Machín por delante.cuba_1.png

Para entonces, finales de los cincuenta, el cubano era ya una figura inmensa, un cantante legendario convertido en la banda sonora de la España de Franco. De esos años recuerdo con precisión infantil una pregunta de mi hermano: «Mamá, ¿por qué Baltasar canta?». Era (y es) un talento sensible. Para nosotros Machín era el rey negro de la cabalgata. No había otro. A l menos no lo hubo hasta que un día nos sentamos con mi abuelo a ver un combate de José Legrá. ¡Coño con los cubanos! ¡Estaban por todas partes!

En aquellas tardes de lluvia mi madre siempre andaba con la plancha, dale que te pego. Entonces llegaba mi padre, el de los buenos tiempos, cantando por el pasillo Bésame mucho. Porque tenía buena voz el condenado, aunque se prodigara poco con el negro de Sagua. Lo hacía porque a ella le gustaba verle alegre, y cantar era señal cierta de que tenía el alma en forma.

Machín. El bueno de Machín, el que nunca renegó de sus orígenes, aunque fuese nieto de esclavos. Eso le hacía un poco más grande, que no más guapo. «Bello, lo que se dice un mulato bello, no lo era ni un poquitico», confesó en cierta ocasión mi suegra, una cubana de las de antes. O sea, espontánea y señorial al mismo tiempo, capaz de volver

loco a cualquier gallego… cosa que hizo. Al opinar así de Machín violó una de las leyes intocables de sus monjas de Vista Alegre: «No hable usted nunca de hombres. Es impropio de señoritas». Igualito que en España, vamos. A veces, sin embargo, ella se ponía el mundo por montera y decía lo que sentía. Ahí se retrató Ana María: le gustaba el moreno, pero sólo cuando cantaba.

Los boleros de Machín eran, en definitiva, un hombro en el que llorar, una manera sencilla de decir lo más íntimo. Por ejemplo, «perdóname» o «te quiero», que se diga como se diga siempre suena ingenuo. Así que, si usted quiere quemar sus naves sin hacer el ridículo, eche mano del negro de las maracas y plántele a su esposa un bolero como Dios manda. Por ejemplo, Toda una vida. Bien agarraditos los dos, que es un modo sublime de demostrar amor.

Entre tanto yo, con su permiso, pa’ Baracoa me voy, aunque no haya carretera.

La Habana sumergida

Parecía un manglar. Ni más ni menos. La marea salvaje la había disfrazado de europea y aquella era otra ciudad. Pongamos por caso Amsterdam o Venecia, tan bellas con sus canales. Pero no. No era posible. Aquella era La Habana. La de Cabrera Infante. La de Lezama y Carpentier. La capital de los cubanos allá donde envejezcan. Pero de veras que parecía un manglar, todo azotado por la loca Wilma y su música de viento. Todo salvo los habaneros. Esos flotan. S o n de corcho. Llevan medio siglo con sus vidas de boya, arrastrados por corrientes rebeldes que lo mismo vienen de Moscú que se van a Miami.

Era fascinante ver al Atlántico a sus anchas, metido en el Sevilla hasta la cocina, Prado convertido en piscina y La Rampa en tobogán. Agua salada por las calles dulces de la bahía, al pie de las murallas, mientras el aire tartamudo deslizaba sus sirenas y el faro del Morro enlucía su cal y canto con nieve efímera. Como si el océano hubiese amanecido con el bendito anhelo de limpiarle el alma al Malecón, ese de varadero sueños desafectos, dique extenuado de revoluciones, muro de sangre.

El oleaje, lo juro, estaba crecido como un comandante en su asamblea. Iba y venía. Rítmico y criminal. Igual que un comandante. Danzaba la mar como una cubanita en su fiesta de quince años, edad rosa en la que la verdad es lo que uno cree. «Vamos bien, compañeros», se veía decir a una voz plana de papel. Otros, sin embargo, se lamentaban sobre las ondas. «¡Qué va! ¡Está bueno ya! ¡Que La Habana no aguanta más!». Por eso muchos se van. Van. Van.cuba_2.png

Aquella heroína que flotaba en el aguacero tremendo era la misma en la que deseó morir Rubén Darío, fácil presa del demonio de todos los alcoholes y de la furia de todas las tempestades. Es decir, Cuba en estado puro: alcohol, furia y tempestades. La más asesina llegó también por mar, desembarcada en un arenal colorado y oriental, una abuela en inglés que sólo merece ser traicionada. Mil veces mil. O un millón.

Aquella dama sumergida que respiraba bajo unas aguas bíblicas era la ciudad de las columnas, pero en ella hasta el mármol estaba aguado.

No había manera. El viento y la marea eran alegres conquistadores que se paseaban del brazo por la Alameda de Paula; ocupaban O’Reilly como arrogantes ingleses al asalto e inundaban la Plaza de la Catedral, bautizada de nuevo —agua sobre agua— con su nombre viejo: La Ciénaga. Buscó entonces el océano caníbal a Neptuno para rendirle honores y sólo el Palacio de Aguas Claras pudo indicarle dónde estaba la calle del dios marino. «Allá, allá, cerca del Parque Central», le dijo con una sonrisa de otro siglo, encantado de recibir en casa a sus primas las olas.

Entonces la altamar se remansó, dispuesta a pintar La Habana de añil aguamarina, segura de quedarse para siempre. Nada nuevo. El último que llega quiere quedarse para siempre. Pero la tarde, disgustada con esa locura de salitre perpetuo, decidió romperse en flechas de mil colores, saetas lanzadas desde el ocaso por un sol ya mexicano. Justo en el instante que llegaba de Santiago la luna guajira, espejo que convierte en pardos a todos los gatos verde olivo. Ese momento mágico en el que el trueno de las nueve, puntual como un capitán general, consagra noches de ronda y anuncia amaneceres de ron, camino del amoroso abismo con paso seguro, idéntico al mulo suicida del poema.

Oí entonces a la bella Habana llorar su última voluntad. Se confesaba a susurros con la Giraldilla, muy seria y muy grave, porque grave y serio era el desahogo. C o n elíseas palabras decía así: «No poseyendo más en mi memoria que las noches y su vibrante delicadeza enorme; no poseyendo más entre cielo y tierra que mi memoria, en este tiempo homicida, ha decidido llamar a las cosas por su nombre y hacer testamento. Es este: les dejo el tiempo. Todo el tiempo».

Así que la que un día fue diosa apetecida por el alba, la dueña de la Perla, la yegua desbocada del Caribe, a esa hembra legendaria, a La Habana codiciada en sábanas blancas por miles de españoles, y de ingleses, y de africanos, y de americanos, y de cubanos, y de soviéticos, y otra vez de americanos y españoles. A esa, a esa misma… sólo le quedaba el tiempo. Sólo el tiempo solo. Todo el tiempo. Y pródiga, en un último gesto de grandeza, lo regalaba con majestad de reina madre. Todo lo demás se lo había llevado, fuerza cinco, un ciclón rojo de Birán.cuba_3.png

Iré a Santiago

Esta mañana he colgado la bandera de Cuba en la ventana de mi casa. Ondea libre. Esta mañana he sacado del armario la guayabera de hilo crudo de mi abuelo, la última que se hizo a medida en El mago de la tijera, La Habana, 1959. «Si vistes guayabera con yugos pareces el millonario rico de la población», decía siempre canturreando la copla por guajiras. Esta mañana he puesto un disco olvidado de María Teresa Vera y he dejado que el son montuno invadiese el aire. Esta mañana, señores, he sacado del bar un ron viejo de Bacardí y le he dicho, muy bajito, para que no se asuste: «Compay, va siendo hora de que tú acabes en un daiquiri y yo con tremenda borrachera».

Esta mañana, en fin, mi alma salió a pasear por Santiago de Cuba. Iba yo muy contento con mi sombrero de paja de verde, Enramada arriba, Aguilera abajo. A los que encontraba en mi camino les decía: «¡Por fin llegó el fin!», y ellos me saludaban enseñando los dientes. Pasé por la plaza de Dolores y tomé Reloj a la altura del colegio de los jesuitas. La calle Heredia seguía tan bella y culta como siempre, escoltada por Elvira Cape y su biblioteca. Entré entonces en el parque Céspedes y hasta saludé a Diego Velázquez en la ventana de su casa.

La curiosidad me comía porque en la terraza del Casa Granda todo era guaracha. Sonaba Celia Cruz y una mulata caníbal (como sólo se dan en Santiago —y eso muy de cuando en cuando—) se meneaba con hechizo de santera. En las mesas algunos aseguraban que La Francia había abierto de nuevo, mientras que otros se citaban para ir al Country a pasar la tarde. Los guayabitos corrían por todo el parque, excitados con la noticia de que se iban a Siboney a remojarse en la playa. Siboney, Siboney. Palmas, arena y monte.

Mientras subía las escaleras del Club San Carlos recordé a los más viejos del lugar, los que cada 31 de diciembre se vestían con su Black Tie para celebrar el año nuevo. Recordé a Danielito, a Mario, a Pepín. A mi mente también vinieron Palmira y Joaquín, Amalio y Edelmira, habaneros de Marianao, pero locos por la gozadera oriental. Todos danzaban con elegancia de otros tiempos. Todos murieron lejos, pero todos volvían conmigo. A l cesar la música cogí el Oriente y me puse a ojearlo con apego. No había penurias, ni Fulgencios ni Fideles. En sus páginas estaba la vida. Sólo la vida. Vulgar, anodina y maravillosa. La vida en forma de cartelera de cine, anuncios por palabras y partido de pelota en el Campo Leguina.

Todo eso pasaba mientras las campanas de la catedral anunciaban misa. Por un instante quise ver el perfil episcopal de Pérez Serantes en la terraza, no sé si rezando el rosario o tomando la fresca. Justo en ese momento, un pregonero se paró delante de mí con su carretón. Llevaba mamey, mangos, mamoncillos. Fruta jugosa y madura, dulce porque venía de El Caney. Él me contó que en Sevilla los guajiros volvían a sus faenas, abandonadas muchos años atrás, y que Charco Mono daba saltos de contento porque estaba lleno de agua.

Subí a Puerto Boniato para disfrutar de un panorama majestuoso y ya olvidado por mis ojos. Era el mismo de siempre… No. No era el mismo. Ahora lucía distinto porque desde allí se veía a todos los que habían vuelto a Santiago. Esta vez para quedarse. Mayito, A n a María, Totén y Nina. También Enriquito y su hermana Rosa, Graziella, Manuel Jorge, Fernando el asturiano, el tío Guille, Marino y Alberto, que estaba ya en Punta Gorda preparando las cañas de pescar mientras Carlos el chino batía palmas como un niño porque Cayo Smith volvía a llamarse Cayo Smith. En Ciudamar vi cómo los botes cruzaban a La Socapa y vuelta, mientras que en Fortaleza lucía de nuevo el anuncio de siempre y desde El Morro —marea b a j a — se veían los restos del Oquendo, oxidado y tozudo como un español, resistiendo ahora y siempre a las olas del Caribe. Más se perdió en Cuba, almirante.

Entonces pedí un mojito al mesero y me acodé en la baranda del San Carlos antes de volver a mi casa, que es donde vivo, pero no donde sueño. Mi hogar y mi alma están en Santiago. Creo que ya para siempre. Esta mañana he colgado la bandera de Cuba en la ventana de mi casa. Ondea libre.


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