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Ignacio Peyró (Madrid, 1980) ya es un nombre contundente de nuestras letras. Pompa y circunstancia (Fórcola, 2015) es un canto de amor a Inglaterra prácticamente definitivo: un hito en la anglofilia, que ya es decir. Comimos y bebimos tiene un propósito, en principio, más modesto, según acostumbra a confesar el autor en las entrevistas que le hacen: «Lo suyo sería que gustara al literato sin irritar al gastrónomo, y al revés».

Comimos y bebimos Nueva Revista
Libros del Asteroide, Barcelona, 2018, 264 págs. 17,95 euros (papel) / 9,99 (digital)

No hay que dejarse engañar. Comimos y bebimos es un gran libro. Para constatarlo, podemos aplicarle los dos d’Ors. El poeta Miguel d’Ors, para considerar a un libro redondo, recurre a un expediente sencillo de exponer, pero difícil de cumplir: primero, un autor tiene que tener un dominio formal que alcance la voz propia. Luego, teniendo voz, ha de tener algo que decir con ella, más allá de lo entretenido o lo tópico, que constituya un mundo propio. Fijémonos en Peyró.

Su prosa, sin lugar a duda, es un banquete. Está sazonada con el punto justo de pimienta de crítica, con la pizca de sal de un humor constante, con la grasa crujiente de un culturalismo muy bien digerido y con el punto de cocción exacto. Es una prosa al dente. Cada frase, cada palabra, se ha pesado y se ha probado con la puntita de una cuchara de madera para darle el visto bueno definitivo.

Yo estoy deslumbrado con esta imagen que vale lo que las mil fotografías de la actriz: «Con su cuerpo de golondrina, Audrey Hepburn solía tomarse dos negronis antes de cenar». Como esa hay varias… en cada capítulo, algunas con un aire a lo P.G. Wodehouse: «Dichosos nuestros ojos que vieron Balmoral cuando en Madrid aún había más bares que parquímetros. […] La luz se iba dorando al través de los whiskies y los brandis, hasta una contextura de miel. […] Con esas avutardas disecadas que guiñaban un ojo cuando alguien llegaba a los seis whiskies». Otras son más ibéricas: «Los efectos del orujo de hierbas se miden en la escala de Richter y hay resacas que vendrán acompañadas de la trompetería del Apocalipsis, cuando no de la intensidad penitencial de un miserere» o «El camarero me trajo una cerveza rubia estupenda, una cerveza rubia y con los ojos azules, casi». En todas las frases, un denominador común: el escritor que sabe lo que se trae entre dedos y se gusta y le gusta gustarnos y nos gusta.

Lo que no está tan fuera de duda, aunque vamos a tratar de sacarlo, es la segunda parte de los requisitos. Voz propia y sustanciosa aparte, ¿hay en Peyró un mundo propio y sustancial? Aunque a veces nos parezca que se regodea en las superficies de las sofisticaciones, sí. En su defensa ligera y hedonista de la comida y la bebida hay, de entrante, un delicado conservadurismo vivido. Jamás oculto, pues lo declara: «Órgano conservador, el estómago siempre se alimenta del pasado». Lo cual tiene una dimensión práctica y costumbrista que llega al extremo de defender incluso los bares de carretera: «Porque, cada vez que entramos en un bar de carretera, estamos entrando en algo más grande que nosotros, un lugar donde de pronto todos nos convertimos en personaje, figurantes en una venta cervantina a la espera de que un nuevo Quijote irrumpa por la puerta. […] Los bares de carretera tienen algo de conservatorio del pasado». Lo hace asumiendo y medio amando sus imperfecciones con un antiutopismo que roza el sacrificio: «Si las estaciones de servicio son un enclave conservador, una de sus costumbres más queridas es, precisamente, que su cocina sea vitanda».

Esa postura conlleva una propina constante de elegía, aunque no exenta de humor: «Es una melancolía que los bodegueros puedan dedicar cien años a sus brandis y nosotros rara vez encontremos una hora para una copa de coñac», o «Lo irónico es que no hacemos más que abrir locales que intentan parecerse a los que acaban de cerrar». Nunca exenta tampoco (¡mucho menos!) de amor, porque, como recuerda citando a Leo Moulin: «Comemos lo que nuestra madre nos enseñó a comer». No es inercia de estómago agradecido de buen hijo de familia generosa que el libro esté dedicado a los padres y que el pecho se nos encoja como nunca cuando él añora, entre tantas otras cosas, «esas cafeterías a las que las madres nos llevaban a desayunar después del médico».

Estamos ante un libro que son unas pudorosas memorias sentimentales, como una confesión íntima de sobremesa. Nos habla (¡y con cuánta complicidad le oímos!) de sus años de colegio: «Por eso hay algún consuelo de paradoja en recordar la adolescencia de colegio católico, cuando —por decirlo con la delicadeza de Hardy— temblábamos como álamos, mirones lejanos de las niñas del Pureza de María, mientras yo me preguntaba si habría alguna mujer peyrógama en el mundo». Comimos y bebimos está transido de tiempo. Cuando el cardenal Du Four se tomó el trabajo de enumerar las cuarenta virtudes del armañac, según nos cuenta Peyró, la más poética, entre otras virtudes como curar fístulas, devolver el movimiento los miembros parados o aliviar la gota, era «traer el pasado al pensamiento». La prosa de Ignacio Peyró funciona como un buen armañac.

Y más. Hay un ruido de fondo filosófico en Peyró, como un tintineo de cubiertos de plata. Tiene el precedente de autoridad de Platón, que dejó dicho: «Nada más excelente o valioso que el vino fue nunca ofrecido por los dioses a los hombres». Ese posicionamiento metafísico está muy en la línea de Béla Hamvas, el intelectual húngaro que escribió La filosofía del vino (Acantilado, 2014): «Lo característico del cientificismo es que no conoce el amor, sino el instinto sexual; no trabaja, sino que produce; no se alimenta, sino que consume; no duerme, sino que recupera la energía biológica; no come carne, patatas, ciruelas, peras, manzanas o pan con mantequilla y miel, sino calorías, vitaminas, hidratos de carbono y proteínas; no bebe vino, sino alcohol; se pesa semanalmente… […] Yo soy el materialista, querido, yo, que rezo a los pimientos rellenos y a las gombóc de patata rellenas de ciruela, que sueño con la fragancia que exhala el lóbulo de la oreja de las mujeres, que adoro las piedras preciosas, que vivo en poligamia con todas las flores y todas las estrellas y que bebo vino». Peyró, que defiende a los gordos (a los de antes, naturalmente) con donosura, no será nunca un ascético, pero roza, epicureísmo mediante, un misticismo. En la línea (en todos los sentidos) de Gilbert K. Chesterton: «Los niños son glotones y los glotones son, en cierto sentido, niños; y de los niños es el reino de los cielos».

De este libro habría que advertir en la cubierta que engorda. No solo ni principalmente por el afán emulativo que inspira, sino porque ensancha el espíritu y aporta calorías al intelecto. Si sir Roger Scruton se hace fuerte en su apreciación de la belleza como centro de su cosmovisión, Peyró realiza una operación análoga con la buena mesa. Bondad, verdad, belleza, en toda la extensión comprensiva de sus conceptos, son, al cabo, los tres trascendentales.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.