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José Luis Pinillos
El corazón del laberinto.
Crónica del fin de una época
Espasa, Madrid, 1997, 361 págs.

En los últimos tres años, se han publicado en España varios libros de pensamiento, en los que la palabra «laberinto» aparece en el título. Me vienen a la cabeza de manera espontánea, por citar solo algunos ejemplos, al menos cinco trabajos: El laberinto social (P. García Ruiz), El laberinto de la afectividad (E. Rojas), El laberinto informativo (C. Soria), El laberinto sentimental (J- A. Marina) y El corazón del laberinto, la monografía de José Luis Pinillos que ahora comentamos. Parece demasiado laberinto para tan poco espacio de tiempo.

¿O es que acaso nuestro mundo, la época en que vivimos, es algo tan complejo que solo podemos intentar un esbozo de los rasgos que la caracterizan utilizando esa metáfora? Pinillos se encuentra entre quienes comparten esta opinión, y afirma en el prólogo de su obra que, si adoptamos el uso común que ahora damos al término laberinto como «una cosa enredada, un asunto al que no se le ve salida, un embrollo», entonces «la actual situación del mundo pertenece por derecho propio a este género». Y, como es bien sabido, el nombre de moda con el que designamos «la actual situación del mundo occidental» es «postmodernidad».

El propósito que le movió a escribir un libro sobre la situación postmoderna es el/de promover el diálogo acerca de la postmodernidad en el ambiente intelectual español porque, en su opinión, «en nuestro país el interés por la postmodernidad decayó pronto, y el debate se superó antes de haber entrado verdaderamente en él». Pinillos considera que es discutible que pueda llamarse con propiedad al postmodernismo un «movimiento intelectual», porque no tiene un cuerpo de doctrina definido, y los autores postmodernos no se reconocen a sí mismos como miembros de ningún movimiento o corriente intelectual. La postmodernidad recuerda más bien al «oleaje que queda tras el gran naufragio: el de la modernidad». Sin embargo, pueden detectarse al menos dos núcleos alrededor de los cuales se focaliza el interés de la época, y que desarrollaré más adelante.

Como dice el proverbio japonés citado por el profesor Juan Masiá en alguna ocasión, «hay cosas que están demasiado claras para ser verdad». Y ésta es la sospecha que surge en los pensadores postmodernos frente al intento de racionalización totalizante y absoluta, característico de la modernidad ilustrada.

Para Pinillos, la crítica postmoderna a la modernidad resulta ininteligible si no se lee al trasluz de la historia. Por ello dedica los dos primeras panes de su libro -«Historias de Antiguos y Modernos» y «La Entrada en Babel»- a examinar el empleo del término «moderno» desde Herodoto hasta el Romanticismo, y a partir de 1900, respectivamente. En la tercera parte, que lleva por título genérico «El Debate de la Postmodernidad», se exponen las principales características del pensamiento de los autores que han entrado en discusión: Hassan, Baudrillard, Lyotard, Habermas, Rorty, Jameson, Huyssen, Jenks, Inglehart, Guiddens, Bauman, por orden de intervención

Aunque -como ya he señalado- no se puede hablar propiamente de un movimiento postmoderno, sí es posible detectar algunas preocupaciones e intereses comunes que, de una u otra manera, están presentes en esos autores y permiten establecer un par de focos alrededor de los cuales se pueden articular los «fragmentos de pensamiento» que caracterizan a la postmodernidad. Estos elementos son la aceptación de la ambivalencia de lo real, y el rechazo al concepto de totalidad.

La asunción de estos dos principios como reacción al intento unificador y uniformante de la modernidad conduce a la legitimación de la pluralidad, la aceptación de las diferencias, la toma de conciencia por parte del saber de su propia limitación, el rechazo de la pretensión de posesión de «toda» la verdad por parte de quienes ostentan el poder, o de un solo individuo, etc. Admitir estos supuestos no tiene por qué conducir necesariamente al denostado relativismo del «todo vale», pero sí ha dado lugar a la fragmentación, al «collage» intelectual, artístico y social en el que vivimos, en el que se dejan oír las voces de las minorías, las reivindicaciones feministas, nacionalistas y étnicas, y la afirmación del derecho a definir por uno mismo y desde dentro lo que uno es.

Si se me permite un símil, El corazón del laberinto no es tanto un libro para deportistas profesionales, sino para espectadores entendidos, aficionados al deporte de la filosofía. Pinillos nos relata la historia de un deporte que podemos llamar «discurso racional», describe el estado actual del terreno de juego, menciona quiénes son las principales figuras de los equipos contendientes… y nos ofrece el bagaje conceptual necesario para que, tanto si nos animamos a practicarlo como si nos quedamos viendo la jugada desde nuestro asiento, sepamos qué está pasando, y por qué hemos llegado hasta aquí.


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