Francisco José Martín

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Geometría variable del triángulo*

¿Habrá que rendirse a Azorín? ¿Habrá que resignarse a su impiedad? ¿Habrá que aceptar la impropiedad de su nombre como un mal menor del estudio de la literatura española? ¿Cómo se hace también con ciertos conceptos o categorías manifiestamente inadecuados, y sobre cuya inadecuación hay amplio consenso, pero tan arraigados en la costumbre de nuestros usos, y más aún de nuestros abusos, que, pese a todo, ahí siguen coronando manuales e historias de la literatura y aumentando sin tasa el número de monografías fundadas en la renuncia a entender lo que anuncian, inoportunas unas veces y otras francamente inconvenientes, impertinentes quizá? Tal es el caso, por ejemplo, y además hace al nuestro, de la famosa «generación del 98». Y no es que no hubiera tal, ni que el «método de las generaciones» deba ser necesariamente arrinconado, sino que el nombre quedó envuelto desde el principio en un enredo crítico —del que no faltó un posterior fuego ideológico cruzado— que le hizo inservible para el estudio eficaz de la literatura española de principios del siglo XX. Inservible, en efecto, por ineficaz: porque a través de su enredo no se ve bien —ni ahora ni antes— la literatura de nuestra «edad de plata». Su «eficacia» era otra que el rigor del estudio, y su uso obligado y repetido acabó por instalarse como lugar común de nuestra conciencia —literaria, cultural, histórica—. Se desveló el engaño y el nuevo celo crítico se hizo desplante de moda en frecuente nota a pie de página: se decía que no pero que sí, que era sí pero no, que se usaba solo porque había ya un arraigo del nombre, quizá incluso una tradición de estudio, y que era solo para entender de qué se hablaba, pero que, en el fondo, se sabía que era no donde decía sí. Y se hacía sin caer en la cuenta de que solo nos entendíamos en la reiteración de un malentendido. Sin caer en la cuenta que los nombres son «formas» que se ponen a la realidad, y de consecuencia la informan, y que las categorías de análisis no son contenedores vacíos de significado, sino que son ya theoría, es decir, un modo de ver —de aprehender y comprehender— la realidad que intentan aproximar. Es como mirar al cielo con un telescopio mal calibrado y pensar que no vale la pena ajustar la visión porque no hay más estrellas en el firmamento, y además, de todos modos, así —se diría— se pueden comparar los datos nuevos con los anteriores y lograr una verificación mejor fundada. Pero lo que ocurre es que este suma y sigue solo funda un despropósito. Y en él la verdad se hace aún más inalcanzable. No porque de suyo no lo sea, que es siempre alétheia, sino porque renuncia a serlo para salvar la insuficiencia de un modo de ver y acaba embocando el camino de la falsedad y de la mentira. Con Azorín pasa lo mismo. Que no es lo que parece ni mucho menos...

La herencia perdida de Azorín

Azorín constituye uno de los mayores malentendidos de la cultura Aespañola del siglo XX. Habiendo sido el artífice principal de un orden literario cuyas líneas maestras siguen aún vigentes, no supo -o no pudo- colocarse al reparo de un juicio hostil, el cual, para tomar en positiva consideración su obra, condenaba su actuación pública. La censura del intelectual permitía la salvación del literato. Impía escisión que sigue obligando a la lectura plana de un corpus magnífico. Nace así nuestra actual visión de Azorín: el escritor puro. Pero es esta una imagen falsa, una impostura cuya eficaz deconstrucción se nos hace hoy tan necesaria como urgente. Y no como práctica erudita o como reclamo de algún absoluto de ciencia o de justicia, sino como quehacer ético que busca dar al presente la solidez que deriva -o debería derivar- de la consideración adecuada del efectivo acontecer de las cosas, de su fondo insobornable y de su íntima verdad, único modo, a fin de cuentas, de abrir un cauce hacia el futuro que no obligue a la historia a transitar al borde de los abismos.Tiene reglas propias el canon. Y no es cuestión de quedar a un lado o a otro, dentro o fuera de él, sino de ver cómo todo queda transformado por esa lógica perversa que anima la configuración del orden que levanta. Todo lo transforma el canon. Nada escapa a su poder, pues se impone como dominio roturando el campo de la cultura. Y es tal su fuerza que oculta su ser tras una apariencia de absoluto que acaba por sobreponerse y confundirse con la misma realidad. Pero no es tal, desde luego. Por eso la resistencia al canon constituye el registro ético de una metodología de estudio que mira sobre todo a una comprensión holística de los fenómenos culturales. Esta resistencia se ofrece como espacio de libertad y praxis de liberación, aunque sean éstas palabras en desuso que viven hoy en retirada dentro de esta deriva posmoderna que nos incumbe y que parece habernos convencido que nada hay ya que liberar. Se olvida que la luz genera siempre sombras, y que en ellas yace oculta la clave de la impostura y la razón de ser de una verdad siempre por descubrir.El canon levanta la imagen de Azorín como escritor puro y como autor clásico. Una imagen, desde luego, que no es inocente y que obliga a Azorín a pagar un precio muy alto. No sólo a él, sino también a nosotros mismos, pues nos impide el límpido reconocimiento de su auténtico legado. La herencia de Azorín reenvía así a un desafío. Es una falta. Algo que debió de quedar interrumpido en algún punto de la historia y no acaba de llegarnos en lo que efectivamente es. Nos llega otra cosa, pero no es lo mismo. El desafío consiste en colmar esa falta, en desandar el camino de la herencia perdida y en reparar su cauce interrumpido, acaso olvidado. Y ello exige una decidida «inversión de la mirada»: ni...

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