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El pasado nueve de marzo, la Asociación Turca de los Negocios y la Industria, equivalente a nuestra CEOE, inauguró una oficina en París y en el transcurso de la ceremonia, su presidente, Ömer Sabanci, pronunció un breve discurso en presencia de miembros de los gobiernos francés y turco y de una selecta representación de los mundos empresarial, cultural, político y periodístico de la capital gala. En su alocución, cuidadosamente preparada para las elites de un país comunitario cuya opinión pública es mayoritariamente hostil a la entrada de Turquía en la Unión Europea, el máximo representante del sector más dinámico, más avanzado y más innovador de la sociedad turca, manifestó excelentes propósitos, ponderó ventajas, exhibió progresos, disipó temores e incluso dejó entrever de forma medidamente exquisita algunas advertencias que ojalá su auditorio escuchara receptivamente.

Tras recordar que las fuerzas liberalizadoras opuestas al absolutismo del sultán siempre se habían inspirado a lo largo de los siglos XIX y XX en los pensadores franceses de la Ilustración y que el propio Kemal Atatürk atesoraba en su biblioteca la obra completa cuidadosamente anotada a mano de Rousseau y de Montesquieu, el anfitrión se permitió referirse a su patria como el futuro «motor del crecimiento europeo». En efecto, tras una crisis económica de proporciones devastadoras en el año 2001, Turquía ha registrado en 2002 un incremento del PIB próximo al 8% y de casi un  6% en 2003, a la vez que ha conseguido una mejora notable de la disciplina fiscal, una bajada histórica del tipo de interés básico y una inflación que por primera vez en una generación se ha situado en cifras de un dígito. Aunque estos datos prometedores no se han visto acompañados todavía de una evolución positiva de la tasa de empleo, no cabe duda de que ésta pronto se producirá, si el presente rumbo se mantiene. Hay que tener presente que estamos hablando de un país con un producto nacional bruto de medio billón de euros, sin contar su economía sumergida, que es una de las mayores de la OCDE; con una población de 75 millones de habitantes, de los que el 30% tienen menos de quince años, con unos servicios que representan el 60% del PIB y una producción industrial que aporta el 25%, y con un volumen de exportación a la Unión Europea de 23,3 millardos de euros y de importación de 28,3 millardos. A ello que hay que añadir que Turquía es hoy el primer productor europeo de televisores y de fertilizantes artificiales, el sexto de refrigeradores y el séptimo de vehículos automóviles y de acero; que el número de usuarios de Internet es en estos momentos de nueve millones; el de teléfonos móviles, de 27 millones; y que dispone de 28 canales de televisión de cobertura nacional y de un centenar de ámbito local. No es difícil imaginar lo que semejante potencial demográfico y productivo puede dar de sí adecuadamente dotado de unas instituciones sólidas, una Administración eficiente y honrada y un sistema educativo modernizado y potente.

Y es probablemente la tremenda capacidad de desarrollo que anida en el seno de una sociedad que de manera unánime pugna en esta hora histórica por incorporarse a Occidente en todos los aspectos de su vida colectiva, escogiendo para tan loable meta la adhesión a la Unión Europea como el camino más viable y más atractivo, la que despierta en algunos de sus futuros socios un nivel de suspicacia que ya empieza a aflorar sin disimulo. Cuando el ex presidente de la República francesa Valéry Giscard d’Estaing se pronunció en términos extraordinariamente catastrofistas en el otoño de 2002 sobre los efectos de la entrada de Turquía en la Unión, se desencadenó una polémica de gran alcance debido a que el antiguo primer mandatario presidía en aquellos días la Convención encargada de elaborar la propuesta de nueva Constitución Europea. Las opiniones en favor y en contra proliferaron en los medios y los partidos políticos tomaron conciencia de que se encontraban ante un asunto espinoso con consecuencias electorales imprevisibles. El Consejo Europeo de Helsinki se había manifestado inequívocamente en diciembre de 1999 con una declaración en la que se señalaba que «Turquía es un Estado candidato destinado a incorporarse a la Unión sobre la base de los mismos criterios que los demás Estados candidatos. Mediante la construcción de la Estrategia Europea en vigor, Turquía, al igual que otros Estados candidatos, se beneficiará de un proceso de pre adhesión, que estimulará y apoyará sus reformas».

No se puede decir más claro, ni el compromiso adquirido puede ser más firme. A partir del Consejo de Helsinki, aunque el tema colea como expresión de intenciones en las instancias comunitarias desde hace cuarenta años y otros Consejos anteriores —Luxemburgo en diciembre de 1977, Viena en diciembre de 1998— también han sido bastante explícitos al respecto, Turquía es un país candidato con derecho a entablar negociaciones formales de adhesión en el instante en que se cumplan las condiciones exigidas. Fingir que este hecho no se ha producido es tan contraproducente como inútil. Tal como ha dicho ingeniosamente el eurodiputado francés Jean Louis Bourlanges, la cuestión turca no debe pertenecer a la amplia panoplia de problemas que Bruselas no afronta o bien porque es demasiado pronto o bien porque es demasiado tarde. En el caso que nos ocupa, y tratándose de un Estado que pertenece al Consejo de Europa, a la OCDE y a la OTAN, todo apunta a que estamos más en la segunda situación que en la primera.

¿ES TURQUÍA TAN FEROZ COMO LA PINTAN?

Es obligado preguntarse las razones por las que Turquía inspira temor a muchos ciudadanos de la Unión. Turquía es vista como un país pobre, muy poblado, insuficientemente democrático, con una trayectoria histórica plagada de violencia y, obviamente, musulmán. No está de más examinar cada una de estas características. Si la pobreza de Turquía preocupa en la medida en que podría amenazar el equilibrio del presupuesto comunitario y, combinada con su fuerte crecimiento demográfico, introducir una insoportable presión migratoria sobre las áreas más prósperas de Europa, tampoco se puede olvidar que su renta per cápita es del orden de la de Polonia, de Eslovaquia o de las repúblicas bálticas, y casi el triple que la de Bulgaria o Rumania, las cinco primeras ya miembros plenos de la Unión y las otras dos con llegada prevista en 2007. El crecimiento demográfico turco, sobre el que circulan predicciones que apuntan a una población de cien millones de habitantes en 2050, se moderará a medida que aumente el nivel de vida y estimaciones que conducen a una estabilización en torno a los ochenta y cinco millones en 2030 aparecen como más plausibles. Por consiguiente, el fantasma de olas desbordantes de anatolios invadiendo las grandes urbes europeas y gravitando como una losa sobre los sistemas de protección social tiene una consistencia análoga a la de espectros similares surgidos en el pasado con motivo de la adhesión de Grecia, Portugal y España o actualmente rampantes a causa de la feliz irrupción de los antiguos países comunistas. En cuanto a la expansión del mercado interior en ochenta millones de consumidores y al reforzamiento del capital humano comunitario gracias a una vigorizante inyección de fuerza de trabajo joven e ilusionada, no vendrán nada mal en un continente avejentado con sombrías perspectivas para garantizar el futuro de sus pensionistas.

Pasando a la belicosidad turca, de la que han dado testimonio a lo largo del siglo pasado sus choques con armenios, grecochipriotas y kurdos, este tipo de conflictos siempre admiten por lo menos dos perspectivas y el siglo XX europeo no permite a prácticamente ninguno de los Estados miembros de la Unión, incluidos los mayores entre los seis fundadores, impartir demasiadas lecciones de comportamiento pacífico y respetuoso del derecho internacional.

En relación a la pureza democrática, un somero análisis histórico de los últimos cien años muestra tantos ejemplos de dictaduras, algunas de ellas de una atrocidad sin precedentes, en el territorio que hoy ocupa la Unión de Quince y no digamos la de Veinticinco, que más vale por un elemental sentido del pudor abandonar esta línea crítica.

En lo que se refiere al presente, nadie con un mínimo grado de ecuanimidad se atreverá a negar los progresos espectaculares realizados por Turquía en el cumplimiento de los criterios de Copenhague desde que el Consejo Europeo de Viena subrayó en diciembre de 1998 la necesidad de impulsar la Estrategia Europea de preparación para la adhesión.

CUESTIONES CULTURALES

Y nos queda el tema más incómodo, el de la religión. Este es un punto en el que impera la hipocresía porque ninguna figura política, analista social o representante de la sociedad civil europea se atreve a enunciarlo con claridad, refugiándose los que se oponen a la adhesión de Turquía a la Unión en los restantes argumentos antes enumerados. Recuerdo una reunión del Grupo Parlamentario Popular en el Parlamento Europeo hace unos tres años en la que uno de sus miembros manifestó su enérgico rechazo a la candidatura turca con el peregrino planteamiento de que los turcos eran «diferentes a nosotros». Pedí la palabra para inquirir amablemente en qué radicaba la susodicha diferencia y me interesé por su naturaleza, dado que no alcanzaba a percibirla, por lo menos no en una intensidad superior a la heterogeneidad que se advertía en la sala en la que nos encontrábamos, con diputados y diputadas de quince países distintos, muchos de ellos, a su vez, caracterizados por una rica diversidad interna. El interpelado farfulló algo sobre diferencias culturales y, por supuesto, fue incapaz de suministrar una respuesta convincente, aunque todos los presentes sabíamos lo que tenía en mente sin osar explicarlo.

Pues bien, el recurso a la religión para cerrar la puerta de la Unión a Turquía no sólo no contribuiría a salvaguardar la identidad europea, sino que, por el contrario, la sometería a una contradicción flagrante. En efecto, si hay una nota distintiva de la cultura política de nuestro continente es la asunción de un conjunto de principios y valores universales como fundamento ético de la convivencia. La democracia, el respeto de los derechos humanos, el imperio de la ley, la igualdad hombre-mujer, la separación de la religión y el Estado, la tolerancia, las libertades civiles y el cultivo de las virtudes cívicas definen un espacio público laico, en el que las creencias religiosas pertenecen a la esfera de la conciencia individual y donde, por consiguiente, debe imperar la libertad de cultos y la completa eliminación del menor atisbo de teocracia. La negativa a admitir que Turquía pueda, el día que satisfaga los requisitos políticos y económicos fijados por la normativa comunitaria, convertirse en un miembro de pleno derecho de la Unión aduciendo incompatibilidad religiosa tendría como corolario inevitable la caracterización de Europa como un «club cristiano». A este respecto, resulta aconsejable recordar que si bien muchos de nuestros valores poseen un origen que se encuentra en el mensaje evangélico, otros se han implantado en contra de las más feroces resistencias de las iglesias católica, ortodoxa o protestante en sus diversas modalidades, por lo que el trazado de los límites de Europa en función de la confesión dominante nos colocaría en el bando de esos fundamentalistas que con tanta razón condenamos como ajenos a la racionalidad y a las luces.

En un terreno más práctico, Bosnia y Albania aspirarán seguramente, cuando las circunstancias les sean favorables, a emular a Eslovenia en su vocación europea y no parece factible frenar sus legítimas ambiciones por tratarse de países de mayoría musulmana.

UN PAÍS MUSULMÁN SECULARIZADO

Por otra parte, un desaire de este calibre al único país musulmán que ha hecho de la secularización su gran objetivo nacional desde la abolición del califato en 1924 no aparecería a los ojos del mundo como una muestra encomiable de coherencia europea, en una época en que vivimos bajo la sombra sobrecogedora del choque de civilizaciones. La onda sísmica que se propagaría a continuación desde el Próximo Oriente hasta Indonesia a lo largo y a lo ancho de una inmensa zona del planeta que alberga a mil millones de personas de fe islámica, que encierra en su subsuelo vitales recursos energéticos y que se agita a impulsos del fanatismo asesino, introduciría un factor de riesgo tan elevado para la estabilidad global, que estremece sólo pensarlo. Asimismo, los avances más significativos en la democratización de Turquía han tenido lugar desde que un partido islamista moderado ha alcanzado el poder a través de las urnas, siendo una de sus primeras medidas la ratificación del objetivo de incorporarse a la Unión Europea como gran prioridad nacional.

El éxito de esta trascendental empresa proporcionaría al resto del islam un ejemplo sin parangón y lanzaría el mensaje de que es perfectamente posible que una sociedad en la que los ciudadanos son en su inmensa mayoría de religión musulmana se transforme por propia voluntad en una sociedad abierta, absolutamente homologable a las más democráticas, avanzadas y desarrolladas del globo. La renuncia a aprovechar una oportunidad irrepetible de este calado geoestratégico por motivos electorales cortoplacistas o por prejuicios xenófobos soterrados constituiría un error de una magnitud gigantesca, cuyas consecuencias negativas pagaríamos durante mucho tiempo y cuyo coste sería probablemente insoportable. Mientras Occidente invierte en Iraq centenares de miles de millones de dólares y miles de vidas en llevar la democracia a Oriente Medio por la vía coactiva pagando un precio altísimo en sufrimiento y destrucción, poner obstáculos a un proyecto libremente emprendido de europeización de uno de los Estados más grandes y más influyentes del islam no revelaría una clarividencia excesiva.

CON LA FRONTERA HEMOS TOPADO

Sin embargo, subsiste el interrogante de la delimitación de las fronteras de la Unión. ¿Hasta dónde ha de llegar la ampliación en el futuro? ¿Cómo compaginar el engrandecimiento físico con la solidez del proyecto de integración? Los reticentes a abrir negociaciones de adhesión con Turquía alegan que una vez culminadas éstas, sería imposible negar un tratamiento análogo a los países del Magreb, a Egipto, a Israel, a Líbano, a los Estados del Cáucaso, a Moldavia, a Ucrania, e incluso a los Estados turcomanos de Asia Central. Desde esta óptica, el recuerdo de determinadas ofertas de Silvio Berlusconi a Rusia en la euforia incontrolada de una cumbre bilateral provoca vértigo.

Es evidente que la Unión no puede acoger en su seno a socios que la desequilibren territorial, demográfica e institucionalmente hasta extremos insoportables. Caricaturizando este panorama, alguien ha aludido a una Unión omnicomprensiva como «la vanguardia democrática de las Naciones Unidas». Es innegable que si Europa ha de ser un agente identificable en el escenario mundial equipado con instituciones fuertes y operativas, su tamaño no puede ser ilimitado ni indefinido. En otras palabras, que la vocación universalista del proyecto europeo no ha de arrastrar a la Unión a la pérdida de la consistencia necesaria para configurar su voluntad e impulsarla en el tablero internacional. Vista bajo este prisma, la incorporación de Turquía, afirman sus adversarios, obligaría a la Unión a crecer sin otro freno que el que se derivase de los deseos de los eventuales aspirantes.

Aunque este razonamiento es de mayor peso que los demás al uso que hemos esbozado, eso no significa que sea irrefutable. Un inconveniente no equivale a una imposibilidad. De hecho, la adhesión de Turquía a la Unión, como cualquier obra humana inteligente, es una elección fruto de un análisis riesgo-beneficio lo más riguroso posible. La tesis aquí sustentada no es que Europa sin Turquía carezca de sentido o que la integración de Turquía en la Unión sea la panacea universal y el remedio a todos los males de la tierra; sino que la marcha de la historia y su previsible evolución futura nos ha conducido a un punto en que el rechazo a la pretensión turca de formar parte de Europa a todos los efectos económicos, políticos e institucionales presenta muchas más desventajas que ventajas o, dicho al revés, que su incorporación ofrece una serie de beneficios que superan netamente a los posibles costes. La Unión está absolutamente legitimada para decidir su propia composición y para, en virtud de sus intereses y de la coherencia de sus objetivos, establecer acuerdos de asociación muy especiales con Marruecos, Túnez e Israel sin llegar a la plena integración, por poner tres ejemplos clarificadores, pero considerar, en cambio, que en el caso de Turquía la fórmula oportuna consiste en la adhesión como Estado miembro.

UNA FECHA  PRÓXIMA Y CAPITAL

Ahora bien, sentada ya esta posición, no cabe duda de que el trabajo que Turquía tiene por delante es aún considerable y que de aquí a diciembre las cosas todavía se pueden torcer. Una lectura atenta de las ciento cuarenta páginas del Informe Regular de la Comisión sobre Turquía correspondiente al año 2003, dentro de su tono general cortésmente optimista, contiene una larga enumeración de deficiencias y retrasos en la implementación del Plan Nacional de Adopción del Acervo Comunitario que inspira cierta inquietud, sobre todo habida cuenta de los pocos meses que faltan para el Informe de 2004, en virtud del cual el Consejo Europeo dará su veredicto el próximo diciembre y fijará o no una fecha para el comienzo de las negociaciones de adhesión. Después de cuatro décadas de espera, Turquía no admitirá otra cosa que una respuesta afirmativa, pero sus ciudadanos, su Gran Asamblea Nacional y su Gobierno deben comprender que el cumplimiento escrupuloso de los criterios de Copenhague sobre respeto de los derechos fundamentales, imperio de la ley, democratización, libertades civiles, respeto de las minorías y supeditación del poder militar al civil es crucial para que se encienda la luz verde.

El voto afirmativo de la comunidad turcochipriota al plan de Kofi Annan de reunificación de la isla contribuirá muy positivamente a demostrar la buena voluntad turca y su disponibilidad a realizar los sacrificios necesarios.

La suerte está echada y se acerca la hora de la verdad. Turquía y la Unión Europea se juegan mucho en este envite y un fracaso después de una espera tan larga y de tanto esfuerzo por ambas partes en el actual contexto mundial es algo que ninguna de las dos se puede permitir. Es de justicia reconocer que el presidente del gobierno turco, Recep Tayyip Erdogan, así lo ha entendido desde que inició su mandato y está actuando, como diría Ortega, a la altura de los tiempos. Ojalá los líderes europeos que se sienten en el Consejo dentro de ocho meses lo comprendan también.


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Alejo Vidal-Quadras (Barcelona, 1945), Doctor en Ciencias Físicas y Catedrático de Física Atómica y Nuclear. Ha ejercido su labor investigadora y docente en la Universidad de Barcelona, en la Universidad Autónoma de Barcelona, en el Centre de Recherches Nucléaires de Estrasburgo y en el University College de Dublín. Ha sido Senador en representación del Parlamento de Cataluña y presidente de la comisión de Educación y Cultura del Senado. Fue presidente del Partido Popular de Cataluña entre 1991 y 1996 y Diputado del Parlamento Europeo y Vicepresidente de dicha Cámara de 1999 a 2014.