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Hace dos años reseñábamos el libro: Dante, la novela de su vida, (Cátedra, 2018), de Marco Santagata. Y allí dejábamos caer que el subtítulo «la novela» respondería más que nada a criterios de marketing, porque era, en realidad, un ensayo histórico. Me equivoqué. Tengo la excusa de que había leído el ensayo mucho más imaginativo de Indro Montanelli titulado Dante y su siglo (1969), y la exquisita y deslumbrada Vida de Dante de Giovanni Boccaccio. En comparación con ambos, Santagata se antojaba, en efecto, un frío profesor de historia.

"Dante". El Acantilado. 2021. 400 págs. 22,8 € (papel) / 15,99 € (digital)
«Dante». El Acantilado. 2021. 400 págs. 22,8 € (papel) / 15,99 € (digital)

Tras leer en ensayo Dante de Alessandro Barbero, publicado por El Acantilado, se percibe hasta qué punto Marco Santagata novelizó con sutileza los datos ciertos de la vida de Dante para trenzar, como se explicaba en la reseña, una historia unitaria tejida con tres hilos, uno rojo, otro de plata y el último de oro (esto es, la nobleza de espíritu, la preocupación política y la pasión poética, respectivamente). Alessandro Barbero no teje nada: se ciñe a los datos ciertos, que rebusca con afán de académico y expone sin distracciones imaginativas ni especulativas. Para compensar, conoce muy bien la época y nos ofrece los datos dantescos perfectamente contextualizados con otros de su tiempo y de su entorno.

El mérito literario de Barbero radica en la amenidad con la que despliega sus exhaustivos conocimientos sobre el autor de la «Divina Comedia»

Nos da un Dante neto, sin aditamentos de ningún tipo, pero con una certeza científica muy firme: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Su mérito literario —que lo tiene— radica en la amenidad con la que despliega sus exhaustivos conocimientos.

A pesar de esa diferencia de actitud con Santagata, coincide con él en la importancia superlativa que para Dante tuvo reafirmar su condición de noble y reflexionar sobre la naturaleza de esa condición. Estas palabras de Marco Santagata las firma el Dante de Alessandro Barbero de la cruz a la raya: «La reflexión sobre qué es la nobleza y quiénes son nobles atraviesa las obras dantescas como un hilo rojo. Dante utiliza su exploración del concepto de nobleza (de ánimo o hereditaria, es decir, de sangre) para medir las relaciones sociales y para descubrir cuál puede ser el estado óptimo de una sociedad bien ordenada, pero surge con fuerza la sospecha de que en él actúan también motivos personales y privados. Es decir, de que la suya no sea solamente una necesidad intelectual de definir al noble, sino también de definir su propia posición social».

Los primeros capítulos de Barbero tratan significativamente de la condición de caballero de Dante, de la que queda constancia en la batalla de Campaldino, donde ocupó un puesto entre los feditori (los caballeros que primero entraban en combate con la intención de herir —de ahí su nombre— al enemigo). Barbero no se anda con circunloquios: «¿Por qué hemos empezado por ese día memorable? Para contar quién era Dante hay que plantear, ante todo, el problema fundamental de su posición social». Más tarde insiste: «Para él se trataba de una cuestión muy importante».

Exhaustivas investigaciones le llevan a constatar «la posición intermedia de la familia de Dante» (p. 65), esto es, que sus pruritos de nobleza tenían una justificación real. Sin lugar a dudas, su matrimonio fue excelente: emparentó con «una de las familias más nobles de Florencia», (p. 110). Además, vivía de las rentas.

Luego, su talento poético le introdujo «en un medio social más alto del que procedía» (p. 84). Lo que explica que Dante, sin renunciar, ni mucho menos, a reivindicar a lo largo de la Comedia la nobleza de su sangre y la antigüedad de su familia, se pregunte, paralelamente —en la paralela superior—por el concepto de nobleza de espíritu. En la canción Le dolci rime, que luego comentará en el libro IV del Convivio declara que la nobleza de sangre no existe, aunque en el canto XV del Paraíso insiste en hablarnos de su tatarabuelo.

Ser noble, para Dante, «significa haber nacido con la predisposición a la virtud, a la piedad y a la misericordia, al valor, y es un don que pertenece a los individuos, no a las familias»

Contradicciones (tan naturales) aparte, lo importante es que ser noble, para Dante, «significa haber nacido con la predisposición a la virtud, a la piedad y a la misericordia, al valor, y es un don que pertenece a los individuos, no a las familias. Se trata [sigue diciendo Barbero] de una variante —muy ingeniosa, porque no identifica nobleza con virtud sino con la predisposición innata a comportarse noblemente— de un lugar común muy trillado y explorado en la Antigüedad, entre otros por Aristóteles, Séneca, Juvenal y Boecio. Un tópico que reaparece en los trovadores provenzales, en los muchos moralistas que se interrogan acerca de la vera nobilitas; se discute en las escuelas y es analizado por el maestro de Dante, Brunetto Latini, y por Guido Ginizelli en la canción Al cor gentil». Que no fue una veleidad juvenil queda claro porque «Dante, en sus últimos años, seguía reflexionando sobre el problema de la nobleza, que le apasionó durante toda su vida» (p. 263). Para nosotros esto tiene una importancia vertical, literaria; y otra actualísima, social.

En primer lugar, el impulso ascensional que pone en movimiento toda la Divina comedia no puede entenderse sin este otro combustible (junto al amor y la fe) del ánimo de mejoramiento personal, del cuidado del alma que implica y obliga la nobleza de espíritu, como opera desde Sócrates.

Por otro lado, Barbero constata que esa predisposición hacia la nobleza no era, ni mucho menos, un signo de sus tiempos. Dante vivió y actuó en política en un ambiente de un acendrado popularismo, en que los pruritos aristocratizantes podían pasarle factura por los dos cabos: por el orgullo de las familias más grandes, ya a la defensiva y por el resentimiento de los populares más vindicativos. El tono imperante en la república de Florencia nos lo describe Indro Montanelli en Dante y su siglo: «Una oleada de radicalismo democrático dio rienda suelta también a una grotesca retórica, hecha de títulos honoríficos a la inversa. Mientras hasta entonces todos habían procurado ser o hacerse llamar “Caballero” o “Micer”, a partir de aquel momento, en los documentos oficiales se impuso la costumbre de añadir a la firma los calificativos de “pobre”, “mísero”, “débil” y hasta “imbécil” e “impotente”. El vocabulario italiano aún no había elaborado la palabra “camarada”». La Divina comedia también nace del rechazo a un clima tan enrarecido.

CONOCER INTIMIMAMENTE A DANTE Y SU TIEMPO

El Dante de Alessandro Barbero no es una introducción filológica a la lectura de la Comedia. Pero con él entramos en ella conociendo más íntimamente a Dante y su tiempo. Teniendo en cuenta que, además del autor, es el personaje clave de todo su libro, arrancamos la lectura de «esa obra inmortal donde pusieron mano el Cielo y la tierra», con un pie más firme y un ánimo mejor predispuesto. Gracias a Barbero, se disfrutará mucho más el viaje.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es "Con el tiempo" (2010), tres dietarios (el más reciente, "Un largo etcétera", 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, "Un paso atrás", 2012), un libro de aforismos, "Palomas y serpientes" (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, "Alguien distinto" (2005). Tiene en prensa "El burro flautista", nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el "Tomás Moro", de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria "Nadie parecía" y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog "Rayos y truenos".