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En un panorama editorial marcado por unas tendencias un tanto previsibles y reiterativas, una novela como esta es, por una parte, una apuesta arriesgada que puede sorprender o descolocar a bastantes lectores, pero, por lo mismo, una agradable sorpresa que, de entrada –e independientemente del juicio final que merezca– resulta de agradecer. Laurus es la segunda novela de Evgueni Vodolazkin, un autor ruso contemporáneo (nacido en 1964 en Kiev, entonces Unión Soviética, actualmente Ucrania), muy reconocido en su país con varios premios y algunos precisamente por esta novela, publicada en 2012. Vodolazkin es también, según se lee en la solapa del libro, experto en la historia y el folclore de la Rusia medieval. Esto último es perfectamente perceptible en esta novela, ambientada en la Edad Media tardía de su país. Concretamente, en la segunda mitad del siglo XV, cuando el mundo está en vísperas de ampliarse con los grandes viajes oceánicos y todavía corren leyendas sobre ese mundo ignoto.

Si estuviéramos ante una película, esta encajaría en lo que últimamente se llama biopic, literalmente película biográfica, aplicando libremente ese significado también a personajes de ficción. No hay un término semejante para la narrativa, pero lo que Laurus presenta es, en una primera aproximación, el recorrido biográfico de su protagonista, el Laurus del título, si bien este personaje aparece con otros tres nombres a lo largo del relato. Laurus es el último de esos nombres y, quizá, el que mejor le define al aludir a una planta curativa que, al ser de hoja perenne, anuncia la vida eterna. Y es que Laurus –o Arsénij, como es bautizado y aparece al comienzo del relato– es, más que un médico, un sanador. Alguien dotado desde niño para hacer más fácil la vida de la gente. Y el tiempo y la espiritualidad, esas dos grandes cuestiones que se condensan en el concepto de vida eterna, son los dos raíles principales sobre los que discurre esta novela compleja, repleta de sugerencias e ingredientes.

Laurus, de Evgueni Vodolazkin, Armaenia, 2022, 462 págs. 23 euros.

La columna vertebral de la historia que cuenta Laurus es la vida de este sanador, una especie de santo que encaja en lo que la Iglesia rusa llamó, sobre todo en los siglos XIV, XV y XVI, «locos por Cristo», personajes genuinamente rusos, cuya pasión radical por el sacrificio, incomprendida e incomprensible para el común de los mortales, llega a ser percibida en ocasiones más como humillación y como locura que como desprendimiento. En España contamos con un precedente con el que Laurus puede estar emparentado. Se trata del Nazarín galdosiano, no en vano la crítica ha relacionado esta novela con la lectura que de la obra de Tolstói hizo don Benito Pérez Galdós.

La biografía de Laurus se despliega en una serie de asuntos colaterales que enriquecen y dan un tono peculiar a la novela. Dicho tono emerge de la mezcla de misticismo, recursos del cuento tradicional, ecos bíblicos y realismo mágico. En Laurus hay, por un lado, el despojamiento, la renuncia a sí mismo del protagonista, y por otro, nevadas que recuerdan los fenómenos meteorológicos que asolaban Macondo, apariciones de la muerte, muertos que hablan o tienen conciencia, levitaciones, un personaje que llora durante siete días y siete noches o pasa medio mes seguido durmiendo, un pan que no mengua cuando se come, y otros fenómenos maravillosos como una resurrección, lágrimas que hacen brotar plantas o fuego que no quema.

Curiosamente, y ese es un atractivo de la novela, lo anterior convive con un realismo escrupuloso en la descripción de algunos aspectos de la vida de la época: las posadas y los posaderos embaucadores (antecesores de los Thénardier de Los miserables), las caravanas, ceremonias como la de tomar el hábito sacerdotal, contada con toda viveza y detalle. Ese contraste entre realismo y fantasía se corresponde con un contraste parecido entre el lenguaje arcaizante de muchos pasajes y las ocasionales expresiones coloquiales –colega, tenerlo crudo, incluso tacos– que puede recordar el estilo de nuestro Álvaro Pombo, también preocupado por la vida religiosa en alguno de sus libros. No faltan pinceladas de humor, como en el caso del hombre que, al contrario que sus vecinos, no busca el vigor sexual, ya que a él lo que le parece difícil es justamente conseguir lo contrario.

Los títulos de los cuatro bloques en que se divide el volumen –el libro del conocimiento, el libro de la renuncia, el libro del camino, el libro de la tranquilidad– pueden dar también una idea de su contenido. En el tercero de ellos, centrado en una peregrinación a Tierra Santa y el más ágil del conjunto, la historia deviene casi relato de aventuras. No falta un eco de lo que hoy se llama animalismo, pero que en el contexto de la historia sería franciscanismo, por la presencia de animales –un lobo, un oso– que se acercan al hombre.

No es que el tiempo no exista, como llega a sugerir un personaje, sino que es un episodio de la eternidad que no debe sobrestimarse

Finalmente, lo que caracteriza a esta original novela son las numerosas reflexiones que, al hilo de la narración, contiene. Laurus podría ser lo que antes se llamaba una «novela de ideas». Alrededor del tiempo y la espiritualidad, los antedichos dos grandes pilares que sostienen el relato, este abunda en reflexiones y sugerencias que enriquecen el texto y hacen que permanezca y crezca en la memoria del lector. Como dice en el prólogo el traductor, Rafael Guzmán, la idea filosófica principal del libro es que el tiempo no tiene fronteras. En otras palabras, no es que el tiempo no exista, como llega a sugerir un personaje, sino que es un episodio de la eternidad que no debe sobrestimarse. «El mundo material es el único que necesita tiempo», sostiene ese personaje. «Pero también el mundo material es el único en el que es posible actuar», le replica el protagonista. Porque Arsénij-Laurus, con su despojamiento y su renuncia a sí mismo, no deja de actuar e intervenir en el mundo: estar vivo es ser capaz de hacer buenas obras.

Hay todavía, a propósito del tiempo, sugerencias sobre la identidad entre el final de la vida personal y el fin del mundo, o sobre el modo en que el pasado y las personas que conocimos entonces nos siguen acompañando. No sorprende, dado el tipo de novela que es Laurus, una consideración sobre la fe y el conocimiento, sobre el esfuerzo que requiere la primera y la tranquilidad que supone el segundo, y cómo la fe de los justos es tan fuerte que llega a convertirse en conocimiento.

Otras cuestiones planteadas a lo largo del relato tienen que ver con lo agridulce de la vida, en la que se dan despedidas y encuentros. Sin olvidar las primeras, debemos alegrarnos de los segundos, se dice, alegrarnos de lo bueno sin olvidar lo malo; y saber que la dulzura del mundo se convierte finalmente en sal y amargura igual que el agua dulce del río se convierte en el agua salada del mar. Un personaje sostiene que, salvo con lágrimas, no es posible limpiar y purificar la mácula y la inmundicia del alma, y que «en la vida tiene que haber algún tipo de plenitud». Esas ideas que, a modo de aforismos, la recorren, enriquecen una novela bien nutrida de historias y personajes, que no desmerece de la gran tradición rusa, sean los maestros del XIX u otros del XX, como Andréi Biely o Ribákov.


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