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España limita al Norte con cierta angustia colectiva, al Sur con la amenaza irracional del integrismo y la pobreza, al Oeste con la plácida y reciente prosperidad de los otros ibéricos… Estas son, hoy por hoy, sus vecindades.

Durante muchos años gobiernos, funcionarios, intelectuales, políticos, diplomáticos, civiles y militares miraron hacia el Norte con cierto malhumor envidioso, vieron el Sur a través del prisma colonial o neocolonial y se olvidaron de mirar hacia el Portugal lejano del que hablaron, en solitario, Unamuno y Gaziel.

Asumir la evidencia

Las cosas, afortunadamente, han cambiado aunque no tanto como para declarar enfáticamente que la nación haya asumido la evidencia de sus vecindades. En eso debía estar pero ¿no constituye acaso la crisis actual, la recesión económica y social del momento, una nueva invitación para seguir contemplando fijamente nuestro borroso ombligo?. El problema estriba en que, a diferencia con otras épocas, los españoles no pueden no podemos distraerse ya con asuntos domésticos de menor calado: lo que ocurre a nuestro alrededor es hoy, más que nunca, un problema interno. Que se lo digan si no a nuestros angustiados campesinos, a nuestros metalúrgicos amenazados, a nuestros pescadores bajo sospecha, pendientes mas que nada de lo que se decide en Bruselas o en Rabat.

Por si esta evidencia no resultara meridiana habría que recordar apenas algunas realidades transfronterizas como, por ejemplo, el drama de las pateras y sus infelices tripulantes en el largo del estrecho de Gibraltar o la última batida en Bidart contra el santuario etarra. ¿Nos afectan o no estas realidades?. Sí, responden unánimes los que ahora se llaman interlocutores sociales, ciudadanos, gente. Pero ¿el país, la sociedad, la opinión pública han asumido al fin estos hechos como algo cotidiano, insoslayable?. Parece, en cambio, menos evidente.

Los miedos de Francia

Francia ha vivido en los últimos meses la angustia o el miedo producidos por ciertas percepciones u obsesiones irracionales y desmesuradas que ofrecen las características de una depresión colectiva como escribió hace poco Alain Duhamel (Les peurs fran§aises. Flammarion. París 1993).

Miedo a una crisis social (menor, si se contempla desde el prisma español) y económica, miedo al proyecto de unión europea que constituye una verdadera alternativa histórica para el país de Jean Monnet, miedo al otro (al árabe, al negro, al meteco, al ilegal, al clandestino) y a su cultura, miedo a las reformas, incluso a la democracia y a la propia historia nacional. Y sin embargo… pocos países han ofrecido en los últimos años un ejemplo más cumplido de crecimiento económico, estabilidad social, control de precios e incluso pese al avance, tal vez inevitable, del paro entre los jóvenes de promoción del empleo. La paja en el ojo galo se ha convertido en una viga. Pero sigue siendo una paja, al menos a nivel continental.

¿Servirán las elecciones legislativas de marzo para exorcizar los miedos franceses?. Tal vez, aunque la recuperación y la renovación no se producirán seguramente de forma mecánica. La cohabitación inevitable para salvar el orden constitucional vigente podría despertar la razón tolerante, hibernada en los últimos tiempos.

Entre la peste y el cólera

Ninguna justa electoral podría, en cambio, variar sustancialmente lo que sucede al sur de Gibraltar, en nuestras vecindades magrebinas. Claro que esa eventualidad no suele producirse en condiciones civilizadas con mucha frecuencia y cuando se produce constituye más la excepción que la regla.

En Argelia se vive desde hace más de un año una guerra civil más o menos solapada. Los asesinatos de militares y civiles se repiten a lo largo y ancho de todo el país. El gobierno antaño provisional pero cada vez mas decidido a eternizarse en el poder omnímodo parece dispuesto a meterse en el túnel del tiempo y repetir la experiencia autárquica (socialismo a la africana, partido único como cobertura de unas fuerzas armadas corruptas, economía planificada) del difunto presidente Huari Bumedien. Claro que este revival tiene su coste tanto humano como social, sobre todo social.

El país, pese a sus inmensos recursos, está endeudado hasta las cejas y no podrá salir del pozo si no cuenta con el apoyo de los países occidentales, especialmente Francia y Estados Unidos, y también España. La pregunta es si estos países y otros más están dispuestos a sufragar un proyecto político que sólo resulta convincente en uno de sus enunciados guerra sin cuartel al integrismo musulmán e intragable en el resto. Habrá que escoger entre la peste y el cólera, entre la amenaza integrista y su facilidad de contagio en la región y un regimen de dictadura militar cuya principal preocupación no parece ser el respeto a los derechos humanos sino el mantenimiento del orden público y las regalías de algunos privados.

Marruecos, donde al parecer no hay nubarrones integristas ni amenazas al sistema de poder basado en la baraka (hado, suerte) de un hombre, debe pechar sin embargo con una serie de dificultades la emigración salvaje, la amenaza demográfica son, apenas, un síntoma derivadas de una estructura de producción y social arcaica y, a medio plazo, inviable. Sin el capital humano imprescindible, los recursos naturales son insuficientes para alimentar a una población mayoritariamente joven. Sin la ayuda del Norte para evitar la emigración clandestina pero también el narcotráfico y hasta la subversión, de la Comunidad Europea, el futuro se presenta sombrío.

El todavía pendiente contencioso sahariano no ayudará a clarificar las cosas hasta fin de año, plazo establecido por la ONU para la celebración del referendum de autodeterminación. En éste como en otros asuntos España parece atrapada entre los principios y las realidades. Cualquier paso en falso de nuestra diplomacia conducirá inevitablemente al malhumor de cualquiera de las partes. El margen de maniobra que la ONU establece es muy limitado, máxime cuando se forma parte del Consejo de Seguridad donde hasta ahora se cocieron las resoluciones casi todas ellas imposibles para un contencioso que tiene casi veinte años de antigüedad.

Unidos por la barriga

Ningún enojo ni quebranto previsibles en la frontera occidental. La temida osmosis hispanoportuguesa se está realizando sin dificultades a través de los cada día mas estrechos contactos económicos y comerciales impulsados por la realidad europea en primer lugar y la prosperidad económica del amable vecino ibérico.

España y Portugal vivieron unidos por la espalda durante siglos, como siameses desconfiados. Ahora parecen decididos a unirse por la barriga, lo que tampoco es mala idea. Pero la oportunidad, tal vez única, de que la aproximación se produjera como resultado de un conocimiento mutuo parece haberse frustrado una vez más. Las cosas son como son y no como nos gustaría que fuesen.

Periodista