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«Café y cigarrillos» es una colección de cuarenta y ocho relatos breves aún no traducidos al español. Contiene autobiografía y al menos dos capítulos que bien habrían podido formar parte de Crímenes (2009), la obra con la que Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964), abogado penalista, se dio a conocer en la literatura alemana y obtuvo de paso un éxito mundial, luego consolidado con otras creaciones. Crímenes la ha publicado la editorial Salamandra en España.

Kaffee und Zigaretten (Café y cigarrillos), de Ferdinand Von Schirach

Ferdinand von Schirach, Kaffee und Zigaretten («Café y cigarrillos»), btb Verlag, 2020 (la primera edición es de 2019).


Unas pocas referencias sustentan el entramado literario de Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964) en «Café y cigarrillos». La primera es la huella del nacionalsocialismo. Baldur von Schirach, el abuelo paterno de Ferdinand, fue un alto dirigente nazi, condenado por los aliados en los juicios de Núremberg a 20 años de cárcel por haber ordenado la deportación de los judíos de Viena, durante la Segunda Guerra Mundial. Los otros puntos temáticos de «Café y cigarrillos» son el divorcio de los padres de Ferdinand, su paso por un internado jesuita a partir de los diez años y la reflexión sobre el sentimiento de culpa.

A Ferdinand von Schirach le gustan los haikus. Intenta imitar con su prosa la brevedad, claridad y aparente sencillez de esos poemas japoneses. Posee, además, grandes dotes de observación para señalar rápido y bien aspectos relevantes de lo que trata, como el caso de la vendedora del bar de un hospital que toma por enfermo mental a un médico (capítulo 27). A veces, con una frase retrata a un personaje, por ejemplo, a la señora que cambiaba de asunto cada «cuarenta segundos» (p. 179).

Ferdinand von Schirach mezcla literatura y vida de forma análoga, aunque no tan intensa, al escritor español Enrique Vila-Matas. Es significativa la común cita de Von Schirach y de Vila-Matas a Hemingway y a ese París que no se acaba nunca. Otro paralelismo entre vida y vida de artista es la amistad de Von Schirach con el Nobel de Literatura Imre Kertész (1929-2016), vecino suyo en Berlín un tiempo, y a quien le dedica un capítulo sobre el difícil arte del aguante y la paciencia. Kertész sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz. Mención especial merece su admiración por el cineasta Michael Haneke (Múnich, 1942), en especial por la película Caché. «En algún momento ya no se tienen modelos. Se sabe demasiado. Sobre uno mismo y sobre los demás. Michael Haneke es para mí la excepción», se puede leer en «Café y cigarrillos» (p. 79). Finalmente, Ferdinand von Schirach refleja en «Café y cigarrillos» que se codea en Inglaterra con amigos representantes de la alta nobleza y, por motivos profesionales, con banqueros poderosos de varias partes del mundo.

 

«La patria no es un lugar, es nuestra memoria» (Ferdinand von Schirach)

 

El historiador muniqués Golo Mann (1909-1994) publicó en 1989 un volumen titulado Wir alle sind, was wir gelesen («Todos somos lo que hemos leído»). Según Von Schirach, somos más bien nuestros recuerdos y ningún libro es la causa de que desesperemos, porque «buscamos los libros que han sido escritos para nosotros» (p. 122). «Café y cigarrillos» bien podría ser una de esas obras «escritas para nosotros».

En lo que sigue, habla el propio Ferdinand von Schirach. Nos limitamos a traducirlo del alemán (con aclaraciones entre corchetes si son necesarias y puntos suspensivos si suprimimos texto del original), a agrupar según un cierto orden y a veces resaltar en negrita.

El internado

«Poco antes de cumplir los diez años, ingresó [Ferdinand von Schirach, escribiendo en tercera persona] en un internado jesuita. El lugar está en un valle oscuro y estrecho de la Selva Negra. Seis meses de invierno. La ciudad próxima grande queda muy lejos. El conductor lo lleva a gran distancia de su casa, de las porcelanas chinas, del papel de seda pintado y de las cortinas con loros de colores» (p. 8).

«Cuando llegan, se siente intimidado por la enorme cúpula de la iglesia, los edificios barrocos y las sotanas negras de los jesuitas. Su cama está en un dormitorio con otras treinta más. En el baño los lavabos se sitúan en la pared, uno al lado del otro. Solo hay agua fría. Durante la primera noche piensa que pronto se volverá a encender la luz y alguien dirá: “Has sido valiente, se acabó, puedes volver a casa”» (pp. 8-9).

«Una vez le muestra al sacerdote que enseña alemán los poemas que escribe sobre… colores. El señor, ya mayor, llama a su madre y le dice que el niño está «en peligro”. Pero no ocurre nada. Cuando le devuelve los poemas, solo los errores ortográficos están marcados en rojo» (p. 9). [Por entonces, Ferdinand von Schirach tenía algo así como un problema de sinestesia: sensación propia de un sentido determinada por otra sensación de un sentido diferente. La última línea de «Café y cigarrillos» dice: «La felicidad es un color y siempre solo un momento» (p. 187).]

«El sacerdote [otro padre jesuita] daba Latín y Griego. Nadie lo había visto nunca enojado, nunca gritaba. Había servido como soldado, él y su hermano, un abogado de Múnich. Habían estado en la resistencia contra Hitler. Más tarde, unos años después de la guerra, se hizo jesuita… Afirmaba que un hombre solo necesita tres cualidades: debe ser valiente, gallardo y amable. Debe comenzar las cosas audazmente, soportar sus fracasos con gallardía y ser afable. Murió cuando yo tenía doce años. Lo velamos en la capilla de la casa del internado. Su cara era de un blanco azulado… Me caía bien aquel señor» (pp. 106-108).

La figura del padre

«Su padre muere cuando él tiene 15 años [de nuevo Ferdinand von Schirach en tercera persona]. No lo había visto desde hacía mucho. Sus padres se separaron pronto. Su padre le enviaba postales al internado: vistas de las calles de Lugano, París y Lisboa. Una vez llegó una tarjeta de Manila. Un hombre con un traje ligero de lino se halla de pie frente al palacio blanco de Malacañang. Imagina que su padre se parece a ese hombre» (p. 9).

«De repente, pensé en mi padre… Era el verano que estábamos junto al río pescando truchas y creía que nada cambiaría. Hoy soy mayor que mi padre. Murió temprano… Ha pasado medio siglo desde entonces y todo ha cambiado. Las grandes domicilios se disolvieron. Con ellos desparecieron las chicas del servicio y las cocineras, los jardineros, los conductores y el guardabosques con sus perros, que tanto me gustaban. El parque verde oscuro en el que crecí, hace tiempo que se vendió. Los estanques con los nenúfares y el puente de madera curvado, la pista de tenis con la tierra roja que se pegaba a los pantalones y zapatos blancos, la piscina con hojas flotando en el agua azul clara… Todo eso ya no existe. Harold tenía razón: los días lentos de mi infancia, el humo de los cigarrillos de mi padre, la luz ámbar de las suaves noches de verano: ese mundo está solo dentro de mí» (pp. 62-64).

«La patria no es un lugar, es nuestra memoria» (p. 62).

«A los16 años, tras la muerte de mi padre, mi tío me regaló un librito de Epicteto sobre moral… Mi tío fue soldado de la Armada durante la Segunda Guerra Mundial. Una granada le arrancó el brazo izquierdo y tres dedos de la mano derecha. Después de la contienda bélica, mi tío estudió Derecho y se hizo juez… El libro que me regaló lo llevaba en el bolsillo de su abrigo durante la guerra; en el hospital lo dejaba en la mesita de noche. Luego, tras la guerra, lo ponía en su banco de juez» (p.150-151).

El abuelo y el nacionalsocialismo

«El 13 de marzo de 1997, Schily [Otto Schily (Bochum, 1932), abogado, ex ministro del Interior alemán] se dirige al Congreso con motivo de la exposición “Guerra de exterminio. Crímenes del Ejército alemán de 1941 a 1944”. Schily apenas puede pronunciar palabra. Vacila, se disculpa, está a punto de llorar. Luego habla de sus hermanos, de las víctimas de la guerra y de los nazis. No recuerdo un discurso que me haya afectado tanto» (pp. 26-27).

«Conversamos sobre nuestras familias [Ferdinand von Schirach, por motivos profesionales, en Berlín, con una abogada ucraniana de origen judío]. Sus abuelos judíos fueron deportados de Viena por los nazis y luego asesinados. Su madre pudo huir. Encontró refugio con parientes lejanos, agricultores, en Ucrania. La abogada creció en Kiev… Mi abuelo Baldur von Schirach era entonces el jefe nazi de Viena. «Todo judío que opere en Europa es un peligro para la cultura europea», dijo en un discurso en 1942. Fue responsable de la deportación de los judíos de Viena, también del destino de la familia de la abogada. Eso fue «una contribución activa a la cultura europea», afirmó mi abuelo. Quizás debido a la rabia y a la vergüenza por sus frases y acciones me he convertido en quien soy» (pp. 73-74).

 

«La pregunta de si una persona es buena o mala es un sin sentido completo. El ser humano puede ser todo» (Ferdinand von Schirach)

 

«Tengo una cita con un historiador del arte. Un periódico publicó que en 1938 los nazis habían robado todo a una familia en Viena y que mi bisabuelo posteriormente «compró» un cuadro de esa familia. Tras la guerra, los aliados confiscaron el patrimonio de mi bisabuelo y de mi abuelo. Pocos años después, a mi abuela se le permitió comprar el cuadro mencionado a las autoridades en Múnich, por poco dinero. Pasaron solo unos días, según el periódico, y lo revende con grandes ganancias. Los descendientes de la familia de Viena ahora viven en Nueva York. Nunca recuperaron la pintura» (p. 134).

La culpa

«Aquella tarde vi por primera vez la película Caché, de Haneke. Yo era ya abogado penalista desde hacía más de diez años, pero fue entonces, en ese momento en el cine, cuando entendí por primera vez, completamente, qué era realmente la culpa» (p. 82).

«Las películas de Haneke son valiosas porque nos cuestionan. Muestran que no hay respuestas. Esta es quizá nuestra única verdad. He necesitado mucho tiempo para entenderlo» (pp. 83-84).

«Después de todos estos años he comprendido que la pregunta de si una persona es buena o mala es un sin sentido completo. El ser humano puede ser todo» (p. 85).

 


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