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Hay fechas ligadas a acontecimientos históricos, cuya sola mención Haviva recuerdos e imágenes, mensajes y discursos superadores del tiempo inmediato en que los hechos tuvieron lugar. Las fechas se elevan así a la categoría de mito, en el que es difícil distinguir los hechos reales de las leyendas. No es tanto una cuestión de falsedad o de verdad, pues los meros sucesos son tozudos y no se puede hacer con ellos historia virtual aunque lo hagan algunas empresas fabricantes y distribuidoras de videojuegos históricos al ritmo de contratas o subvenciones. Mas lo cierto es que vivimos en tiempos en el que las nuevas lecturas, las reinterpretaciones, están a la orden del día, en el que más que escrudiñadores de archivos se necesitan «cocineros» para condimentar los hechos de acuerdo con los paradigmas de lo política y socialmente correcto. Todo esto es plenamente aplicable a la conmemoración del bicentenario de 1808, del levantamiento de los españoles contra el ejército napoleónico de ocupación. Lo mismo que existe un uso alternativo del Derecho que supera con presuntos afanes de mejora políticosocial las leyes de referencia, existe un uso alternativo de la Historia que repite machaconamente que no existen los hechos sino las interpretaciones.

Navegamos por tiempos de deconstrucción, en los que se nos insiste en que todo carece de sentido y en que los textos o los testimonios tienen que independizarse radicalmente de sus autores. Es el relativismo en grado máximo, en el que la mejor interpretación es la que ha escogido uno libremente. Todo esto es muy propio de una sociedad poshistórica, posmoderna, que se cree de vuelta de todas las cosas y está instalada no en la esperanza de un paraíso futuro, terrenal o celestial, sino en un supuesto bienestar de eterno presente.

En la hora del triunfo del individualismo colectivo, del ciudadano individualista que intuyera Tocqueville en La democracia en América, las conmemoraciones históricas dificilmente despertarán entusiasmos o energías dormidas. Y es que estamos en una sociedad, un tanto infantilizada, que no mira al pasado, ni mucho menos al futuro, porque en el fondo cree que ambas dimensiones temporales son cosas de viejos.

NACIÓN Y LIBERTAD

Recordamos unos hechos de hace doscientos años, algo que en los libros de texto solía referirse como «la Guerra de la Independencia», pero que seguramente hoy sonará como políticamente incorrecto porque las únicas independencias legítimas, ya que no existen las colonias afroasiáticas, parecen ser las representadas por los secesionismos en Estados con fronteras internacionalmente reconocidas, un fenómeno en ascenso tras la caída de los regímenes comunistas. Sin embargo, en la rebelión de 1808, inseparable de su corolario que son las Cortes y la Constitución de 1812, se ha situado históricamente el nacimiento de la nación española, algo reconocido mayoritariamente por políticos e historiadores del siglo XIX y del primer tercio del XX, un periodo en el que las ideas de nación y libertad iban inequívocamente unidas, pues a partir de entonces, según recuerda Fernando García de Cortázar, se pone en marcha la idea de la libertad a través de la nación. Por lo demás, no olvidemos que los dos bandos de la guerra civil, ya se refirieran en su propaganda al pueblo o a España en armas, hacían uso de textos e imágenes referentes a la guerra iniciada en 1808.

Lo grave es cuando la idea de nación degenera en una estatolatría, y los gobernantes tienden a convertir en difusos sinónimos los conceptos de nación, Estado, pueblo… Es sabido que fue algo muy frecuente en los totalitarismos del periodo de entreguerras, hijos todos ellos de la deriva del nacionalismo hacia mareas autoritarias. Pero la situación no es mejor hoy en día, en esta época de exaltación de los derechos colectivos por encima de los individuales. La libre determinación de los pueblos, un principio consagrado por la ONU a partir de 1960, puso énfasis en la independencia, que no es necesariamente un equivalente de la libertad. No será infrecuente ver a las masas de los pueblos, que un día fueron colonizados, manifestarse a favor de su nación o si acaso de la libertad para su país, aunque muy rara vez exigir en la calle sus propios derechos y libertades. La gran paradoja es que los nacionales de países que adquieren su independencia, se convierten en subditos, y no en ciudadanos, tal y como se entendía en la Revolución Francesa, la madre de todos los nacionalismos. Todo ello, pese al elenco de libertades formales que pueden contener textos constitucionales en una impecable transcripción de normas de Estados con tradición democrática y liberal.

En la actualidad la situación ha empeorado, y con ella las percepciones de las opiniones públicas, pues un neolenguaje, no muy diferente al orwelliano de 1984, domina en todas partes e impone la tesis de la primacía de los derechos colectivos, derechos del sentimiento herido que prevalecen sobre los de las personas concretas. El resultado es que puede existir un nacionalismo democrático, refrendado en las urnas, mas eso no significará que nación y libertad sean conceptos que vayan de la mano, a no ser que consintamos ingenuamente en creer que la única libertad importante es la de nación, encarnada, por supuesto, en unos gobernantes que sólo viven para su autoafirmación.

LOS EPISODIOS NACIONALES DE UN LIBERAL Y REPUBLICANO XIX

Sin embargo a lo largo del XIX español el recuerdo de 1808 no separó la idea de nación de la de libertad. Un ejemplo bien conocido es el de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, un republicano por más señas, que escribe la primera serie de sus novelas históricas, consagrada a la Guerra de la Independencia, en plena época del sexenio revolucionario, cuando la república de cuatro presidentes, envuelta en cantonalismos y guerras civiles, daba motivos para creer que la España ensimismada de entonces había entrado en uno de los momentos más sombríos de su historia. Pese a todo, son los años 1873 y 1874 aquellos en que el escritor canario recrea las acciones heroicas de Trafalgar, el 2 de mayo, Bailén, Zaragoza o Gerona. Hay entusiasmo, patriotismo y sentido del humor en esos libros, cuyo protagonista es el joven Gabriel Araceli. Se explica el éxito de la primera serie de los Episodios en los años de la Restauración y del regeneracionismo, cuando se volvía la vista atrás para inspirarse ante las desgracias del presente y las incertidumbres del futuro. Tampoco será extraño que las series posteriores de los Episodios no obtengan la misma aceptación popular. De hecho, Tito Liviano, protagonista de la quinta, la última e inacabada serie, que abarca desde la Revolución de 1868 a la Restauración canovista, nada tiene que ver con las ilusiones juveniles de Gabriel Araceli. Arribismo, cinismo y escepticismo son rasgos característicos de un personaje acorde con los tiempos cambiantes de la política.

La serie se interrumpió en 1912, por la ceguera del escritor, pero si éste hubiera podido completar los cuatro episodios que le quedaban, desde el Gobierno de Sagasta a la entronización de Alfonso XIII, el panorama español presentado habría sido no menos sombrío y pesimista.

ZARAGOZA COMO SÍNTESIS DE LO SECULAR Y LO RELIGIOSO

Galdós reconoció que la denominación de Episodios Nacionales se debía a su amigo, el periodista y político liberal, José Luis Albareda, presente en los diversos ministerios de Sagasta de la década de 1880. Posiblemente hizo más por su carácter nacional el editor Hernando al presentar en la portada de aquellos libros los colores de la bandera española. El catedrático de Literatura Española, José Carlos Mainer, ha señalado con acierto que los Episodios son tanto un punto de partida como un programa, porque la voluntad del novelista es pedagógica y no meramente narrativa.

Señalemos que Galdós tuvo ocasión de vivir el primer centenario de 1808, una oportunidad para convertir en ópera su Zaragoza, estrenada en el Teatro Principal de la capital aragonesa el 5 de junio de 1908, con música del compositor navarro Arturo Lapuerta. Cuentan las crónicas del tiempo que el novelista fue recibido a su llegada en el tren de Madrid a los acordes del Himno de Riego y La Marsellesa, muy acordes con el ideal político galdosiano, aunque el autor tenía mucho más de utópico que de radical. Galdós volvía triunfalmente a una ciudad, recreada por él minuciosamente treinta años atrás en su escenario del segundo de los sitios sufridos a manos de los franceses, entre el 21 de diciembre de 1808 y el 20 de febrero de 1809. Le llegaba así el reconocimiento popular por haber mantenido viva la memoria de los heroicos sitios de la ciudad, una resistencia que tuvo eco en toda Europa al llegar la noticia de la gesta heroica hasta Francia y Alemania, según nos recuerda el propio novelista, aunque también llegara hasta las inmensidades de Rusia, invadida por los franceses en 1812.

El éxito de Galdós en Zaragoza radica sobre todo en su capacidad de síntesis, en su acertada amalgama de lo secular y lo religioso. ¿Dónde queda la antitesis de las dos Españas, tras la lectura de este episodio y de otros de la primera serie? No se percibe en Zaragoza a españoles, sean aragoneses o refugiados en la ciudad procedentes de otras regiones, enfrentados por sus credos políticos. Si afloran tensiones, no suelen ser ideológicas sino las derivadas de las pasiones humanas: celos, ambición, avaricia… Mas todo esto resulta secundario en comparación con la simbiosis que Galdós hace del altar y la patria nacional. No es casual que Gabriel Araceli, huyendo de los franceses, llegue a Zaragoza para refugiarse en las ruinas del monasterio de Santa Engracia, en cuya cripta se guardan las reliquias de esta santa de origen lusitano y de otros mártires cristianos, calificados de «innumerables», y que hallaron la muerte en la persecución de Diocleciano a principios del siglo IV. Tampoco los nombra expresamente el autor, si bien se trata de los historiadores Jerónimo Blancas y Jerónimo Zurita, pero en esas ruinas zaragozanas se han dispersado los restos de dos famosos cronistas del reino de Aragón allí enterrados. Mártires cristianos, cronistas insignes y patriotas de 1808 forman un conglomerado de tradiciones y heroísmo que parece ponerse en pie en las horas cruciales de una invasión extranjera, y símbolo de resistencia es la fachada de Santa Engracia, de la que dice el autor: «La pared de la fachada continuaba en pie con su pórtico de mármol poblado de innumerables figuras de santos, que permanecían enteros y tranquilos como si ignoraran la catástrofe» (cap. I).

Ni que decir tiene que la perfecta fusión entre el heroísmo y lo religioso está representada por la multitud que se agolpa en la capilla del Pilar, en medio del fragor de los combates del segundo cerco. Galdós sabe muy bien de lo que habla al recrear este ambiente: «Los rezos, las plegarias y las demostraciones de agradecimiento formaban un conjunto que no se parecía a los rezos de ninguna clase de fieles […]. Allí no había sacristanes que prohibieran los modales descompuestos y los gritos irreverentes, porque estos y aquéllos eran hijos del desbordamiento y la devoción, semejante a un delirio. Faltaba el silencio solemne de los lugares sagrados: todos estaban allí como en su casa; como si la Virgen querida, la madre, ama y reina de los zaragozanos, fuese también la casa de sus hijos, siervos y subditos» (cap. VII). El novelista ha sabido plasmar en continuas referencias a lo largo de Zaragoza un clímax de fe, emoción y actitud heroica, muy real y nada idealizado. Hasta el protagonista, Gabriel, se diluye gustosamente en el heroísmo colectivo con la frecuente utilización del «nosotros». Es sabido que Galdós es republicano y más bien anticlerical, pero ha sabido entender que en la contienda, el pueblo defiende con idéntico ardor su independencia nacional y su religión. En este contexto se puede entender aquella célebre paradoja, puesta en circulación hace más de un siglo por el periodista liberal aragonés Mariano de Cavia, de que «el que no cree en Dios, cree en la Virgen del Pilar», en un artículo publicado en El Imparcial, uno de los grandes periódicos de la Restauración. En ese mismo artículo, bajo el título de «La misa del ateo», Cavia se refería al Pilar como «mitad Templo del Señor, mitad Alcázar del Pueblo». Unos calificativos que hubieran cuadrado perfectamente en la narración galdosiana del asedio de la capital aragonesa.

LA EXPOSICIÓN HISPANOFRANCESA DE 1908

Galdós volvió a Zaragoza con ocasión del primer centenario de los sitios, en plena apoteosis de la Exposición Hispano-Francesa, que tuvo lugar entre el 1 de mayo y el 5 de diciembre de 1908. No se trataba de rememorar fobias antifrancesas sino de una manifestación de fe en el progreso técnico, que por cierto parecía venir de Francia al hilo de la exposición parisina de 1900. Esta creencia en el progreso era muy característica del regeneracionismo de aquel momento, como el representado por Joaquín Costa, que pretendía dejar atrás el recuerdo de derrotas heroicas, en este caso las recientes pérdidas de los restos del imperio colonial en 1898. De ahí que la Zaragoza de hace un siglo no sólo se volcara en los recuerdos materiales de los sitios, como la erección de un monumento a Agustina de Aragón del escultor Mariano Benlliure, sino también en nuevos y magníficos edificios, en lo que entonces era la Huerta Vieja de Santa Engracia, y que formarán parte del paisaje urbano de una ciudad en expansión, presentes en la actual Plaza de los Sitios y en sus alrededores.

Es significativo que el empresario aragonés Basilio Paraíso, uno de los presidentes de la Unión Nacional de Cámaras de Comercio y defensor del ideario republicano, estuviera entre los organizadores de la exposición zaragozana. Paraíso, fundador de una fábrica de espejos, La Veneciana, con proyección en todo el territorio nacional, había sido también el alma de la Asamblea Nacional de Productores, celebrada en Zaragoza en 1899, un año después del desastre colonial. Su gestión y capacidad organizativa se aplicó al propósito casi mesiánico de avanzar en la industrialización del país, panacea que resolvería incluso los males sociales y políticos seculares de España.

Por lo demás, la conmemoración de 1908 simbolizaba la memoria de todos, conservadores o liberales, monárquicos o republicanos, lo que prueba que las efemérides de nuestra historia no han sido necesariamente excluyentes. No deja de ser curioso que el conservador Antonio Maura, el presidente del Consejo de Ministros de hace un siglo, no demostrara un excesivo entusiasmo por la conmemoración zaragozana y estuviera más interesado por el séptimo centenario del nacimiento de Jaime I el Conquistador, tan relacionado con su Mallorca natal. Por el contrario, un político liberal como Segismundo Moret, jefe del Gobierno entre 1905 y 1906, mostró su apoyo a una exposición que el Ayuntamiento estaba organizando desde seis años atrás.

En cualquier caso, aquel centenario demostró ser abierto y plural, pues no se consideraba que 1808 fuera una fecha vergonzante, como piensan algunos en estos tiempos de memoria histórica selectiva. Todos tenían claro que aquel acontecimiento significó que la nación española tomaba conciencia de su propio ser, y por tanto, defendía su libertad e independencia política.

LIBERTAD Y DIGNIDAD EN 1808

Volvamos a Galdós en las páginas finales de Zaragoza, en las que tras las críticas a un imperio napoleónico que no tiene otros fundamentos que la audacia y el genio militar, el novelista canario afirma con énfasis: «Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y su vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena [… ] no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece que hemos llegado al último grado del envilecimiento […], nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos […]. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas reserva la Providencia a esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada» (cap. XXX). Estas últimas palabras de Galdós parecen estar escritas también para un tiempo como el nuestro, en el que no sólo la mentalidad posmoderna y «presentista» desprecia el recuerdo de la Historia tal y como fue. La Historia real, que es tachada de imaginaria, pretende ser modelada por un constructivismo, capaz de confundir lo plural y lo plurinacional, y que nos insiste en que 1808 es tan sólo la conmemoración de unos hechos reaccionarios y xenófobos. Mas los auténticos hechos insisten en estar presentes: los españoles lucharon por su libertad y dignidad frente a un invasor que decía traerles el progreso si se sometían a él. Y es que el verdadero progreso nunca se construye a costa de la libertad de los seres humanos.


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