Joseba Louzao

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Hugh Thomas: la fascinación por la historia

El hispanismo no puede ser comprendido sin Hugh Thomas. Su éxito mediático favoreció que fuera una de las voces más respetadas en la esfera pública de la naciente democracia. Una semblanza con ocasión de la muerte del gran hispanista británico.

Jacinto Miquelarena en la edad del “sport”

No hay día sin su partido de fútbol. Sueño o pesadilla para millones de personas en este planeta. En este comienzo de verano han coincidido en el tiempo las dos competiciones regionales futbolísticas más importantes: la Eurocopa, que se disputa en Francia entre el temor a los atentados y el salvajismo hooligan, y la Copa América, que se celebra en un país como Estados Unidos donde la emigración hispanoamericana está transformando, poco a poco, los gustos deportivos entre los más jóvenes. Quizá sea este un buen momento para recordar a Jacinto Miquelarena y sus crónicas deportivas en las que recordaba que “el sentido sportivo, además, ha despertado el sentido de la juventud, llegando al descubrimiento de que se puede ser joven mucho más tiempo de lo que se era antes”.Miquelarena es hoy en día un escritor relegado al olvido, aunque haya quien considera que sus trabajos, vinculados en cierta medida con la generación del 27, forman parte de la mejor tradición prosista española. Más allá de sus posturas políticas −fue uno de los miembros fundacionales de Falange Española−, este ostracismo literario es consecuencia directa de la aparente incompatibilidad, construida por unos intelectuales cegados por el inconsistente elitismo cultural, entre la creación artística y el deporte. Y es que algunas de las mejores páginas de Miquelarena están consagradas al deporte y las emociones que éste origina. Ha costado escapar del falso esnobismo que desprecia el deporte como un entretenimiento de masas simple y tonto. Aunque aún hoy seguimos teniendo escaramuzas que lo atacan, quizá porque no sean conscientes que “el sport ha entrado en nosotros al arma blanca. Ya no es un juego al margen; ya no es una actividad complementaria y elegante, como un té de las cinco. El sport penetra en toda nuestra vida para empaparla de sentido sportivo. Los negocios son un juego y hay que saber ganar y perder. La política es un juego y hay que saber perder y ganar”.Nacido en 1891, Miquelarena fue la representación de la emergente burguesía desarrollada en el Bilbao de finales de siglo, esa ciudad a la que algunos caracterizaron rimbombantemente como la Atenas del Norte. En su juventud, como buen hijo de su época y de su clase social, estudió en Inglaterra, viajó alrededor del mundo (“sí; el viaje es un gran sport en el stadium del mundo”) y comenzó a apasionarse por el deporte. Aunque pueda sorprender por su deriva política posterior, engrosó en su juventud las filas del nacionalismo vasco y, por esa razón, consiguió participar de la creación de Excelsior (1924), el primer diario español dedicado exclusivamente al deporte de carácter apolítico que pretendía sanear económicamente las pérdidas del resto de publicaciones del Partido Nacionalista Vasco. En la posterior década de los treinta, al tiempo que daba el salto al ABC madrileño y a la dirección de la revista deportiva Campeón, Miquelarena se acercó al reducido grupo de escritores que secundaron a José Antonio Primo de Rivera en su proyecto falangista. Con todo, su prosa se...

El síndrome de Pickwick. Sobre arte y medicina

Hipócrates (h. 460-377 a. C.) sostuvo que la enfermedad siempre afeaba la hermosura. Para el padre de la medicina, la tarea del médico consistía en restituir la belleza a las formas del cuerpo humano. Por ello, algunos galenos siguen considerando que la medicina es una forma de arte imprescindible: el “arte de la vida”. Desde sus orígenes, las interrelaciones entre el arte y la medicina han sido tremendamente ambivalentes. No son pocos los médicos que pregonan a quien les quiera escuchar que su labor es fundamentalmente humanista, aunque en muchas ocasiones tienen que enfrentarse a la realidad hospitalaria, que convierte al paciente en una figura irrelevante. Su modo de encarar los problemas derivados de su profesión sitúa a los médicos entre dos mundos pensados contradictoriamente y en un resbaladizo cruce de caminos intelectual. En la consulta no se encuentra solamente un órgano, sino también una persona a la que mirar a los ojos fijamente. Lo científico y lo humanístico se entremezclan y son inseparables. Realmente no sabemos dónde comienza un ámbito y termina el otro en una particular pesquisa de la verdad.Como cualquier tipo de arte, la medicina también se basa en la conversación y en el encuentro de miradas y de personas. El propio Hipócrates sostuvo que la medicina debía tener presente tres factores que interactuaban entre ellos: la enfermedad, el enfermo y el médico. Y es que médico y enfermo tienen que colaborar juntos si quieren combatir la enfermedad adecuadamente. Todos hemos sido en alguna ocasión pacientes porque enfermar es una condición de vida. Nadie escapa de la dolencia y todos terminamos por contar nuestra historia particular delante de un médico. La enfermedad se convierte entonces en la sincera confesión de una experiencia encarnada, como también lo son las grandes obras de la literatura universal. Como recordaba el doctor polaco Andrezj Szczeklik en su recomendable obra Catarsis (Acantilado), “el enfermo habla. Hay que escucharle, hay que oír su historia. (…) Para el narrador, su historia es lo más importante del mundo. Y el oyente nunca debe olvidar que alguna de las historias que escucha será la suya un día u otro, porque alguna de las enfermedades le caerá en suerte también a él”. La empatía es una regla de oro que no se puede impostar. Si el encuentro con el paciente es sincero, ésta se convierte en uno de los mejores métodos de presencia alentadora y tangible, el irrevocable deber médico.Los médicos mantienen los ojos bien abiertos en su día a día. Por su parte, la observación es el fundamento sobre el que se han construido algunas de las más importantes obras de arte de la historia. No están tan lejos unos de otros. De hecho, hoy sabemos que existen manifestaciones artísticas, como la música, que consiguen tener efectos positivos en la mejoría de los pacientes. Novalis lo intuyó hace más de dos siglos: “toda enfermedad es un problema musical; y la curación, una solución musical. Cuanto más breve y no obstante más perfecta sea la solución,...

La Cádiz de 1812

La Constitución de 1812, el resultado de unas cortes abiertas dos años antes, fue el principal punto de partida de nuestra enmarañada contemporaneidad.
Nueva Revista

La fábula más bella del mundo

Los pajes reales habrán recogido, como cada año por este tiempo, millones de cartas escritas con ingenua caligrafía infantil. Muchos niños llevarán organizando la noche de Reyes a lo largo de las semanas anteriores a la Navidad y dejarán todo preparado en el salón de su casa para recibir la visita de los Magos. No existe ninguna fecha en el calendario que atesore tanta magia e ilusión como la del 6 de enero. Ni siquiera hace falta ser niño, o padre de alguno de ellos, para esperar con ansia la cabalgata, para colocar con mimo a los Reyes Magos en el belén casero o para debatir amistosamente sobre cuál de los tres es nuestro preferido. Los más golosos tampoco se olvidarán del roscón, una obra de arte de la sencillez culinaria. Y es que la historia de los Magos que partieron hasta Belén guiados por una estrella para adorar a un niño recién nacido, como ha remarcado el medievalista Franco Cardini (autor de una fascinante obra, desgraciadamente descatalogada: Los Reyes Magos. Realidad y leyenda), probablemente sea la fábula más bella del mundo.Entonces, ¿quiénes fueron aquellos extraños personajes que se acercaron a Belén en tiempos de Herodes el Grande? La búsqueda de una respuesta a esta pregunta no pretende desmitificar una narración antigua, ni racionalizar históricamente un evento imposible (¿quién puede dudar en un día como hoy de la existencia de los Magos?), sino que trata de adentrarnos con gozo en el hondo y rico simbolismo construido a lo largo de los siglos en relación a la Epifanía, una de las festividades cristianas más antiguas y respetadas. Pero antes de continuar, habrá que regresar a los Evangelios. La tonta polémica creada sobre el lugar del buey y la mula nos ha demostrado que, incluso entre los propios creyentes, muy pocos se detienen a leer lo que allí está escrito. Son historias tantas veces escuchadas que preferimos guiarnos por lo que tradicionalmente nos han contado y hemos contado. Por esa misma razón nos sorprendemos cuando recalamos de nuevo en el texto griego de Mateo (2, 1-12), el único evangelista que se refiere a los magusàioi de Oriente, y descubrimos con otros ojos el nacimiento de Jesús.¿Y qué nos cuenta Mateo realmente sobre estos enigmáticos Magos? Pues no demasiado. Tras el nacimiento de Jesús en Belén de Judea, éste fue visitado por un grupo de Magos procedentes de Oriente que, guiados por una estrella, buscaban al “Rey de los Judíos”. Los Magos tuvieron un encuentro con Herodes, inquieto por las preguntas que hicieron en Jerusalén estos personajes. Éstos le recordaron el anuncio del profeta Miqueas: “Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”. Después de esta conversación, siguieron su camino o, mejor dicho, el de la estrella, que se detuvo en el lugar exacto donde se encontraba el niño. Le rindieron homenaje con tres cofres que contenían oro, incienso...

Rodríguez-Moñino: “el príncipe de los bibliófilos”

Los bibliófilos podrían pertenecer a una extensa y diversa sociedad secreta, si no fuera por el espacio que ocupa el saber. Poco secreto puede haber entre miles de ejemplares de ediciones de lo más diverso en tamaño, color o forma. Con todo, hay una tipología en esta tribu enferma (y enfermiza) de amantes de los libros. Y es que también podemos encontrarnos con sus propias tensiones. Existen dos bloques irreconciliables entre los coleccionistas que no les interesa la letra impresa y aquellos que no pueden entender su pasión sin la lectura. Uno de los mayores bibliófilos españoles de esta última familia fue, sin dudarlo, Antonio Rodríguez- Moñino. Como aseguró él mismo, “tal vez, para desgracia de ese papel de bibliógrafo, tengo la debilidad de no considerar el libro sólo como unidad catalográfica, sino como expresión material de pensamiento y sensibilidad: quiero decir que los leo”.Nacido en Calzadilla de los Barros (Badajoz), Rodríguez- Moñino fue considerado por el gran hispanista francés Marcel Bataillon como el “Príncipe de los bibliófilos”. Desde la década de los treinta del siglo pasado, cuando obtuvo una cátedra de Lengua y Literatura de Instituto en una severa oposición, este sabio extremeño participó intensamente en la vida intelectual española. Antes de licenciarse en Filosofía y Letras y Derecho ya había comenzado su carrera docente junto a Gerardo Diego. Rodríguez- Moñino destacó por su erudita producción filológica e histórica desde muy joven y su labor educativa no le impidió que su prolífica actividad académica decayera.  aunque su actividad académica no decayó. No es extraño, por tanto, que se convirtiese en técnico de la Junta de Protección de Tesoro Artístico del gobierno republicano durante la guerra, lo que le permitió encargarse de la salvaguarda de una parte importante del patrimonio bibliográfico español.Esta ocupación le transformó en un indeseable colaboracionista a ojos del régimen franquista, que le desalojó de su cátedra. Como no podía ser de otra forma, el estigma que le persiguió durante el resto de su vida. Con todo, su patriotismo le impidió exiliarse a Estados Unidos para salvar su situación en aquellos años de posguerra, donde fue reconocido como miembro de número de la Hispanic Society of America. Su amistad con algunos libreros le facilitó la provisión de importantes tesoros bibliográficos que fueron conformando una cuantiosa biblioteca personal en un contexto sombrío. La posguerra fue para Rodríguez- Moñino una época de exilio interior dominado por el miedo y la incertidumbre. Su incesante producción editorial, como lo demuestran los doce tomos de Las fuentes del Romancero General o la edición del Cancionero General de Hernando del Castillo, se transformó en su particular válvula de escape ante su situación personal. A todo ello debemos sumar sus esfuerzos en la editorial Castalia, que se perfilaba como el acabado ejemplo de rigor intelectual.Su participación en tertulias, como la popular del café Lyon, y el apoyo de personalidades de la talla de Gregorio Marañón, Dámaso Alonso, Camilo J. Cela o José M. de Cossío aliviaron sus circunstancias. Pero no pudieron evitar que...

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