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El autor

Yuval (Noah) Harari es un hombre para el tercer milenio. Nació el 24 de febrero de 1976 en una familia hebrea laica, su abuela polaca llegó a Palestina en 1934 y él creció en Haifa. El París de 1968 es para él prehistoria y la caída del muro de Berlín en 1989 el acontecimiento histórico más relevante de su adolescencia. Su carrera universitaria transcurrió por los cauces convencionales de un estudiante de letras con posibilidades. Estudió historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén e hizo su doctorado en la Universidad de Oxford, especializándose en Historia medieval. Profesor luego en la Universidad Ben Gurión, ha escrito libros de historia medieval y artículos académicos de la especialidad. Empezó a usar su segundo nombre (Noah) para evitar ser confundido con otro profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén del mismo nombre y apellido.

Se ha lanzado a escribir una saga de la humanidad, convirtiéndose en un autor de best-sellers cuyas tiradas alcanzan millones y millones de ejemplares traducidos en 65 lenguas

Con estos mimbres, no hubiera adquirido seguramente especial notoriedad, aunque fuera un profesor solvente y de pluma fácil. Sin embargo, se ha lanzado a escribir una saga de la humanidad que le ha valido desde su primer volumen (Sapiens) una presencia mundial, convirtiéndose en un autor de best sellers cuyas tiradas alcanzan millones y millones de ejemplares traducidos en 65 lenguas.

Y es que, más allá de la comparativa entre guerreros medievales y militares contemporáneos de su tesis doctoral, se ha empeñado en una historia global marcada por las preguntas que siempre se han formulado (aunque sea implícitamente) los seres humanos: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy?

La tradición judeocristiana que, junto con la grecolatina clásica, nutre la cultura europea tenía unos relatos precisos que respondían a esas preguntas, el ateísmo marxista mantenía el mismo relato, solo que sustituyendo a Dios por la Historia. La pérdida de confianza en esos relatos –la cultura posmoderna– abre un hueco inmenso: cómo responder a esas preguntas en un mundo sin Dios.

Yuval Harari posee todas las cualidades para enfrentarse con el cambio de horizonte e indagar cuáles son las condiciones técnicas, científicas y sociales que explican la situación actual, que no es tan distinta, mutatis mutandis, de las descritas muchas veces por la Biblia judía, Claro que los marcos del multiculturalismo, las comunicaciones instantáneas y las nuevas tecnologías poco tienen que ver. Nuestro autor no es de ninguna manera fundamentalista, no desconoce las necesidades del ser humano y personalmente piensa que la nueva situación obliga a las personas a una búsqueda espiritual (sea lo que fuere eso de “búsqueda espiritual”).

En fin, tiene marido, el manager Itzik Yahav, que no es ajeno a la increíble publicidad de sus libros, se muestra convencido de la nutrición vegana y practica la meditación  vipassana. Es posmoderno.

La obra

  1. Sapiens, Barcelona, Debate, 2019. 494 páginas.
  2. Homo Deus, Barcelona, Debate, 2019. 492 páginas.
  3. 21 Lecciones para el Siglo XXI, Debate, 2019. 398 páginas.

El registro del escrito es el de un texto de alta divulgación que sale al encuentro de la sensibilidad contemporánea. Se trata de un ensayo-relato que es lo suficientemente superficial como paras no espantar a nadie y suficientemente intrigante y sugestivo como para funcionar a modo de libro de autoayuda.

Viene a decir que los seres humanos no somos sino una especie más del reino animal, dependemos enteramente de la biología y, si hemos llegados donde lo hemos hecho, es, entre otras cosas, por nuestra tendencia asesina: “sembramos muerte y extinción dondequiera que posamos el pie”. Además, está la falta de sensibilidad ecológica por lo que explotamos la naturaleza y nos perjudicamos a nosotros mismos.

Con todo, Harari no deja der admitir que es la capacidad simbólica de la especie humana lo que nos permite cooperar a gran escalas y afrontar la supervivencia con una tasa de éxito inaudita en el reino animal. Esa capacidad especial está en la base de fenómenos (para Harari, no en distintos planos) como la religión, la ciencia, el derecho o…el liberalismo.  Ninguno tendría base real. Llega ahí, por otro camino, a señalarlos como lo que el marxismo denomina “superestructuras”, mitos al servicio de nuestra lucha por la vida.

La obra de Harari parece proporcionar a muchas personas de la “sociedad líquida” (Bauman) unas ciertas explicaciones para rellenar la pérdida de sentido

En suma, los seres humanos, “grandes simios”, “algoritmos bioquímicos”, seríamos los responsables de la creación de este mundo horrendo y cruel. Pero ¿cómo contar la historia de la humanidad en un mundo sin Dios? En el fondo, la obra de Harari parece proporcionar a muchas personas de la “sociedad líquida” (Bauman) unas ciertas explicaciones para rellenar la pérdida de sentido. Quienes sienten cierta necesidad de escapar de la superficialidad, pero no pueden admitir la trascendencia, se entregan en los brazos del cientificismo y buscan explicaciones en la biología, la antropología, la paleontología, la economía, la historia, etc. No importa que las hipótesis hayan resultado inconsistentes muchas veces en todas las ciencias. Empleadas como se hace aquí esas disciplinan entran de lleno en el género fascinante de la ciencia-ficción. Todo vale.

Harari solo admite los datos empíricos e hipótesis científicas, que, como digo, serán confirmadas o sustituidas por nuevas hipótesis. Todo es relativo, menos la existencia de Dios, el alma humana o cualquier realidad sobrenatural, que, todo esto sí, se niega abiertamente. O sea, se impone la dictadura del relativismo. Todo puede encontrar un lugar en el debate social menos defender cualquier absoluto.

También encontrará dificultad cuanto se oponga a este clima de lo políticamente correcto, aunque no esté directamente relacionado. Así, se podrá admitir que, mutatis mutandis, un hombre prehistórico haya podido ser más feliz que un labriego medieval, pero no que en otros períodos de la historia muchas mujeres hayan encontrado plena felicidad en una sociedad que, en la distribución del trabajo, les asignaba el papel de madre y ama de casa. Se recordará que la religión no abolió la esclavitud, pero no la influencia que tuvo para abolirla la predicación de que todos somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos (carta de san Pablo a Filemón). Se señalará, con razón, la utilización de la religión como coartada para aberraciones como la del 11-S y se insistirá en las Cruzadas. Todos los pretextos, sin embargo, no deberían dejar en el olvido la decisiva influencia de la transmisión constante como lema imperativo del “Amad a vuestros enemigos”. Y así.

Esto en cuanto a lo que se niega. En cuanto a lo que se afirma, con frecuencia me hace recordar las palabras que se atribuyen a Chesterton: “Cuando no se cree en Dios, no es que no se crea en nada: se cree en todo”. 

I. Sapiens. De animales a dioses. (Breve historia de la humanidad)

El primer tomo está dedicado a responder a la interrogante ¿de dónde venimos? Aunque con los mimbres dichos, la pregunta no puede tener que ver con la de Heidegger ¿por qué el ser y no más bien la nada?, sino con los grandes hitos supuestos de la evolución de la materia. La organización del discurso se inicia con una cronología de aliento profético:

“Hace unos 14,000 millones de años, energía, tiempo y espacio tuvieron su origen en lo que se conoce como bing bang. El relato de estas características fundamentales de nuestro universo se llama física.

Unos 300.000 años después de su aparición, materia y energía empezaron a conglutinarse en estructuras complejas, llamadas átomos, que después se combinaron en moléculas. El relato de los átomos, las moléculas y sus interacciones se llama química.

Hace unos 4.000 millones de años, en un planeta llamado Tierra, determinadas moléculas se combinaron para formar estructuras particulares grandes e intrincadas llamadas organismos. El relato de los organismos se llama biología.

Hace unos 700.000 años, organismos pertenecientes a la especie Homo sapiens empezaron a formar estructuras todavía más complejas llamada culturas. El desarrollo subsiguiente de estas culturas humanas se llama historia.

Tres revoluciones importantes conformaron el curso de la historia: la revolución cognitiva marcó el inicio de la historia hace unos 70.000 años. La revolución agrícola la aceleró hace unos 12.000 años. La revolución científica que se puso en marcha hace solo 500 años, bien pudiera poner fin a la historia e iniciar algo completamente diferente. Este libro cuenta el relato de cómo estas tres revoluciones afectaron a los humanos y a los organismos que los acompañan” (pág. 15).

Homo sapiens es el protagonista de la “revolución cognitiva”. Aparece un ser con unas capacidades distintas. Es capaz de simbolizar, es capaz del lenguaje, trasciende los límites de la biología. Nadie sabe científicamente cómo ocurre esto, aunque hasta hoy nos llegan relatos que lo explican (los relatos bíblicos, por ejemplo), los mitos. (Mythos es la palabra relato o fabula, en latín, pero no quiere decir algo falso como entendemos ahora cuando empleamos la expresión mito, fábula, relato mítico, relato fabuloso, personaje mítico). Harari no está por aceptar al ser humano, rey de la creación y, por tanto, entiende que seguramente esta capacidad insólita es una capacidad maligna, causante de provocar la extinción de un ingente número de especies de plantas y animales. “Poseemos [nosotros, los herederos del sapiens] la dudosa distinción de ser la especie más mortífera en los anales de la biología”. (p. 92). No es conclusión optimista.

Y como las desgracias nunca vienen solas, Harari considera que el paso que da sapiens de nómada a agricultor, la revolución agrícola, da lugar a la creación de órdenes imaginarios y diseños de escrituras al margen de nuestra herencia biológica (pág. 153). La cultura será pura alienación sin apenas relacionarse con la realidad. Así aparecen -dice por ejemplo- conceptos como “masculinidad” y “feminidad”. No es que el ser humano sea “hombre” y “mujer”, diferenciados por rasgos biológicos y psicológicos, y que, por esto, se afrontan ahora, con una gran atención, por cierto, aquellos casos en que un varón se siente mujer y viceversa, no. Harari ilustra su posición con sendas imágenes oficiales de Luis XIV de Francia, con peluca, medias, zapato de tacón alto y enorme espada, y de Obama, de chaqueta y corbata. Esto demostraría lo convencional de la distinción femenino/masculino. Me parece que Harari no tiene mucha idea del cambio semántico (no es lingüista y, menos, semiólogo), pero es un magnífico exponente de lo políticamente correcto.

Tras la revolución agrícola, los seres humanos se entregan a instintos artificiales que les proporcionan un presunto denominador común. Esta red se llama cultura. En este sentido, la religión es la institución cultural más alienante. Pero Harari descubre una excepción, Siddharta Gautama (Buda). “La intuición de Gautama fue que, con independencia de lo que la mente experimenta, por lo general reacciona con deseos, y los deseos siempre implican insatisfacción (…), descubrió que había una manera de salir de este círculo vicioso. Si, cuando la mente experimenta algo placentero o desagradable, comprende simplemente que las cosas son como son, entonces no hay sufrimiento”. (pág. 251). Sin entrar en la discusión de si el budismo es una religión, ya que reconoce “dioses”, estos no tienen nada que ver con el hecho humano de que el dolor nace del deseo.

Y ¿cómo queda el asunto de la religión? El pie de gráfico de la página 255 nos cuenta lo que piensa Harari:

La religión es un sistema de normas y valores humanos que se fundamenta en la creencia en un orden sobrehumano. La teoría de la relatividad nos es una religión porque (al menos hasta ahora) no existen normas y valores humanos que se fundamenten en ella. El fútbol no es una religión porque nadie aduce que sus reglas reflejen edictos sobrehumanos. El islamismo, el budismo y el comunismo son religiones porque son sistemas de normas y valores humanos que se fundamentan en la creencia de un orden sobrehumano. (pág. 255) [Adviértase la diferencia entre “sobrehumano” y “sobrenatural”. La ley de la naturaleza budista y las leyes de la historia marxista son sobrehumanas, puesto que no fueron legisladas por humanos, pero no son sobrenaturales].

Harari piensa que la historia contiene múltiples posibilidades, la mayoría de las cuales no llegan nunca a ocurrir. Es posible concebir la historia sin el imperio romano, sin el cristianismo y sin monedas de oro. Ciertamente, la revolución científica es un hecho de la máxima importancia, pero podría no haber sucedido. La bomba atómica podría no haber sido. La historia parece estar gobernada por el azar, es decir, por nadie.

En cuanto a la “revolución científica”, Harari señala el fenómeno de la aceleración del progreso científico en el siglo XX hasta desembocar en el tercer milenio. ¿Qué habría pensado un campesino que hubiera caído en un prodigioso letargo en el 1000 y hubiera despertado cuando el descubrimiento de América? Pues bien, se trata de una diferencia mínima por comparación con otro que hubiera iniciado el letargo en 1500 y hubiera despertado en los albores del tercer milenio, en plena era de internet. No cabe duda.

Es indudable la aceleración del progreso, pero también lo es que progreso no es necesariamente sinónimo de felicidad. Hemos traspasado o estamos a punto de traspasar las quimeras más delirantes del doctor Frankenstein

A caballo entre el criterio científico y el cientismo que piensa que solo el método científico es fuente de conocimiento, se va repasando la relación entre ciencia e imperio, el credo capitalista, la revolución industrial, las lecciones de la bomba atómica. Es indudable la aceleración del progreso en todos los órdenes, pero también lo es que progreso no es necesariamente sinónimo de felicidad. Hemos traspasado o estamos a punto de traspasar las quimeras más delirantes del doctor Frankenstein. Convertidos en dioses acompañados tan solo de las leyes de la física, no encontramos nunca la satisfacción plena. ¿“Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren? (págs. 456). El judío Harari se acordará tal vez de los primeros compases de la Biblia. Dios dijo: “de cualquier árbol del jardín podéis comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comeréis, porque el día en que comiereis de él, moriréis sin remedio” (Gen. II; 16-17). Lo que dice en estos libros resulta el último avatar hasta ahora de la tentación primigenia.

II. Homo Deus. (Breve historia del mañana)

El segundo tomo responde a la pregunta de ¿adónde vamos? Este libro empieza pronosticando que en el siglo XXI los humanos intentarán alcanzar la inmortalidad, la dicha y la divinidad. Continuamos con el supuesto materialista de que todo se cifra en una evolución de los animales que somos los sapiens, según unas leyes, desconocidas a priori, de la selección natural, ¿A dónde vamos?, ¿cuáles son las perspectivas que se abren?, ¿cuál es la agenda humana de este mundo sin Dios?

Siglo XXI. Homo sapiens conquista el mundo y, sin contar su lamentable poder depredador y autoritario que conduce, entre otros hechos, a que tengamos tan solo 200.000 lobos salvajes, frente a 400 millones de perros domésticos [sic], podemos vanagloriarnos, según Harari, de haber controlado las hambrunas, las pestes y las guerras, lo cual no deja de ser optimista si tenemos en cuenta que la pandemia del Covid-19 se ha iniciado tan solo 5 años después de escrita la afirmación antedicha. Y la guerra de Ucrania.

Partimos, pues, de la era humanista, los seres humanos somos los reyes de la evolución, nos basamos en la creencia de que tenemos alma, pero Harari dice que los animales no tienen alma; los seres humanos, tampoco. Así las cosas ante los desafíos de las nuevas tecnologías, es de temer el hundimiento del humanismo como han caído tantas otras etapas culturales que antecedieron en la historia. Están pendientes de resolver todavía el reto de la inmortalidad y el problema de la infelicidad, aunque muchos creen que si “en retrospectiva, la caída de los faraones y la muerte de Dios fueron acontecimientos positivos, quizá el hundimiento del humanismo también sea beneficioso”, pese a lo que pudiera parecer a primera vista.  (pág. 83).

Homo sapiens da sentido al mundo. Harari cree que, por de pronto, en el siglo XXI se crearán más religiones (en el significado que hemos visto da a religión) y más totalitarias que nunca:

“con la ayuda de la biotecnología y los algoritmos informáticos, estas religiones no solo controlarán nuestra existencia, minuto a minuto, sino que además serán capaces de modelar nuestros cuerpos, cerebros y mentes, y de crear mundos virtuales enteros. Diferenciar la ficción de la realidad y la religión de la ciencia será en consecuencia más difícil, pero también más esencial” (pág. 201).

Hay que renunciar a dar un sentido a la vida. El ser humano es parte de un proceso ciego y carente de finalidad. En nuestro breve paso por la diminuta mota de polvo cósmico que es el planeta Tierra, podremos presumir lo que queramos (los que puedan), pero pasaremos y nunca más se oirá hablar de nosotros.

La Modernidad se ha propuesto dotar un sentido a la vida sin que haya ningún ninguna realidad trascendente que lo avale

La dificultad estriba, in embargo, en que es imposible mantener un orden sin sentido. La Modernidad se ha propuesto dotar un sentido a la vida sin que haya ningún ninguna realidad trascendente que lo avale. Los seres humanos no cumplimos un destino divino. Al contrario, quienes creen en un fundamento absoluto se convierten en el mayor peligro, por no decir el único que queda. Aquellas personas que continúan creyendo en Dios y en sus designios, están convencidos de que son el origen último del sentido. Son potencialmente violentos, porque el que está convencido de la verdad tenderá a imponerla y, aunque no fuera violento, por lo menos los demás se sentirán molestos al sentirse juzgados.

El humanismo tiene, pues, siempre algo de “religioso”, tanto en su versión ortodoxa que reconoce en cada ser humano una fuente de sentido (“humanismo liberal”) como en las versiones del nacionalismo y el socialismo. Y es que “religión y tecnología bailan siempre un tango delicado. Se empujan, dependen una de la otra y no pueden separarse demasiado. La tecnología depende de la religión porque cada invento tiene muchas aplicaciones potenciales y los ingenieros necesitan que algún profeta haga la elección crucial y señale el destino obligado. Sin algunas convicciones religiosas, las locomotoras no pueden decidir a donde ir”.

A pesar de los pesares, el tercer milenio se inicia bajo el dominio de la experiencia humana, aunque hostigada por los nuevos descubrimientos científicos y técnicos. El ser humano (el homo sapiens) está amenazado con perder el control. Según Harari, tres acontecimientos prácticos pueden hacer que la opción humanista haya quedado obsoleta. En el siglo XXI comienza la gran desconexión:

  1. Los humanos perderán su utilidad económica y militar, de ahí que el sistema económico y político deje de atribuirles mucho valor.
  2. El sistema seguirá encontrando valor en los humanos colectivamente, pero no en los individuos.
  3. El sistema seguirá encontrando valor en algunos individuos, pero estos serán una nueva élite de superhumanos mejorados y no la masa de la población (pág. 337).

¿Qué le ocurrirá a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes, pero muy inteligentes nos conozcan mejor que nosotros mismos? (pág. 431)

La conciencia está llamada a ser sustituida por la religión de los big data (dataísmo).  “Según el dataísmo, la Quinta Sinfonía de Beethoven, la burbuja de la Bolsa y el virus de la gripe no son sino tres pautas de flujos de datos que pueden analizarse utilizando los mismos conceptos y herramientas básicas”. (pág. 400) ¿Qué le ocurrirá a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes, pero muy inteligentes nos conozcan mejor que nosotros mismos? (pág. 431).

Los animales del tipo homo sapiens han llegado ser como dioses, orígenes del bien y del mal, pero esto les puede durar poco cuando los robots acechan. Lo dicho aquí trata más que de la historia del futuro del futuro de la historia, según la distopía de Harari.

III. 21 lecciones para el siglo XXI. (Interrogantes del presente)

El tercer tomo es una secuela del segundo. No se pregunta de dónde venimos (I) ni hacia donde parece que podríamos ir (II). Más bien, tras la anterior distopía, propone: ¿cómo nos las arreglamos entre tanto llega el futuro?

Olvidados de las grandes narrativas, el relato humanista-liberal triunfante se afana en conseguir la excelencia, el bienestar y el crecimiento económico, según se cree, directamente conectado con lo anterior.  La atención sanitaria, el acceso a la educación y la consecución de bienes de consumo completan la trinidad de aspiraciones humanas. Pero ahora, parece que las nuevas generaciones padecen el síndrome del cambio de milenio: recelan de poder vivir como sus padres y abrigan temores apocalípticos sobre el cambio climático que ha sucedido a las profecías demográficas del Club de Roma en el siglo XX o las predicciones del clérigo anglicano Thomas Malthus en el siglo anterior.

Entre tanto llegamos a una sociedad nueva, habría que ver si un nuevo liberalismo podría recobrar su atractivo o si la religión o el nacionalismo recobran su papel, ofreciendo el plus de sentido que nuestra sociedad demanda

A partir de las conclusiones de los dos tomos anteriores y, dando por supuesto que los grandes cambios generados por la revolución industrial dieron lugar al fin de la estabilidad de los grandes relatos en el siglo XX (tomo I), hay que tener en cuenta las perspectivas esbozadas en el tomo II ante las revoluciones en biotecnología y tecnología de la información que se nos vienen encima. Entre tanto llegamos a una sociedad nueva, habría que ver si un nuevo liberalismo podría recobrar su atractivo o si la religión o el nacionalismo recobran su papel, ofreciendo el plus de sentido que nuestra sociedad demanda. En fin, Harari se pregunta si habría que elaborar un programa completamente nuevo que deje fuera de sitio no solamente los valores de la sabiduría tradicional, sino también los de la Revolución Francesa (libertad, igualdad y fraternidad) y sus formulaciones posteriores hasta nuestros días,

Mucha gente se encuentra en la situación del pez que ha sido sacado de una pecera para pasar a otra y todavía no ha llegado a la segunda. Esto pasa, por ejemplo, a los de las empresas informativas, todavía tantos años después de la aparición de internet.  Pero no solo a estos. El proceso de apostasía religiosa en la vieja Europa y en grandes capas sociales de otros muchos lugares influidos por la cultura europea vive una experiencia semejante. ¿Qué hacer? Harari piensa que si uno está sumido en la perplejidad debe intentar evitar el pánico.

En fin, la fusión de la biotecnología y la infotecnología nos enfrenta a los mayores desafíos que la humanidad ha conocido. Sea cual fuera el relato que debamos restaurar para seguir viviendo, deberá sin duda afrontar estas nuevas revoluciones.

La contraportada de Homo Deus nos las propone así de inquietantes:

Homo Deus explora los proyectos, los sueños y las pesadillas que están moldeando el siglo XXI, desde superar la muerte hasta la creación de la inteligencia artificial:

  • Cuando tu smarphone te conozca mejor de lo que te conoces a ti mismo, ¿seguirás escogiendo tu trabajo, a tu pareja y a tu presidente?
  • Cuando la inteligencia artificial nos desmarque del mercado laboral, ¿encontrarán los millones de desempleados algún tipo de significado en las drogas o los videojuegos?
  • Cuando los cuerpos y los cerebros sean productos de diseño, ¿cederá la selección natural el paso al diseño inteligente?

Claro que, después de todo, nos dirá en 21 lecciones para el siglo XXI:

“En este libro quiero centrarme en el aquí y el ahora. Para ello voy a abordar los asuntos actuales y el futuro inmediato de las sociedades humanas. ¿Qué está ocurriendo ahora mismo? ¿Cuáles son los mayores retos y opciones de hoy en día? ¿A qué debemos prestar atención? ¿Qué tenemos que enseñar a nuestros hijos?: desde luego 7.000 millones de personas tienen 7.000 millones de prioridades y, como ya hemos dicho, pensar en el panorama global es un lujo relativamente escaso. una madre soltera que intenta criar a dos niños en un suburbio de Bombay se centra en la comida siguiente; los refugiados que se encuentran en una barca en medio del Mediterráneo otean el horizonte en busca de algún indicio de tierra, y un hombre moribundo que yace en un hospital atestado de Londres reúne las fuerzas que le quedan para respirar una vez más. Todos ellos tienen problemas más acuciantes que el calentamiento global o la crisis de la democracia liberal. No hay libro que pueda hacer justicia a todo ello, y no tengo lecciones que enseñar a personas que se hallen en tales situaciones. Solo puedo aprender de ellas” (pág. 12).

(Continuará…)


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