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Yago Álvarez Barba. Periodista, divulgador especializado en asuntos económicos como fiscalidad, deuda, economía digital o banca, y activista en distintos movimientos sociales.


Avance

En las últimas décadas, la palabra «neoliberal» se ha convertido en un término habitual para atacar los principios básicos de la economía de mercado, dando lugar a una literatura copiosa e instrumentalizada en favor de un mayor control de la actividad económica por parte del Estado. El libro de Yago Álvarez Barba pertenece a ese género, subraya el autor de la reseña, el economista Francisco Cabrillo. La tesis de «Pescar el salmón» es que la prensa económica no tiene como objetivo ofrecer información a sus lectores, sino servir de altavoz y propaganda a las ideas neoliberales, en favor de los intereses de las empresas y los grupos económicos más potentes, a través de un lenguaje oscuro, abuso de anglicismos y un uso sesgado de ciertos términos. Lo más curioso, lo subraya el propio autor, es que «mientras los socialistas, y los intervencionistas, de izquierdas y de derechas, están convencidos de que viven en un mundo en el que la economía está por completo dominada por los principios del mercado, los liberales, por lo general, piensan todo lo contrario, ya que creen que el consenso dominante es claramente socialdemócrata y que ellos se encuentran casi siempre en una posición minoritaria frente a la opinión pública».


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La referencia al «neoliberalismo» más antigua que conozco la encontré leyendo un texto de Othmar Spann, el economista y filósofo conservador y antiliberal que tanto influyó en el pensamiento de la derecha alemana en el período de entreguerras. Seguramente podríamos encontrar referencias anteriores. Pero es interesante señalar que Spann utilizó este término hace ya un siglo. En aquellos años amplios sectores, tanto de la izquierda como de la derecha, atacaban todo lo que pudiera tener relación con la libertad económica, defendían la prioridad del colectivo sobre el individuo y pensaban que no tenía sentido volver atrás con ideas «neoliberales» inspiradas en la sociedad del siglo XIX que ellos consideraban superada por la historia. En unos casos se afirmaba que el sujeto de la actividad económica debería ser la nación; en otros que debería ser la clase trabajadora; nunca la persona o la empresa.  Y no cabe duda de que las ideas antiliberales han tenido una amplia aceptación desde entonces. Pero ha sido en las últimas décadas cuando la palabra «neoliberal» se ha convertido en un término habitual para atacar los principios básicos de la economía de mercado. Y existe una literatura bastante copiosa de obras que, sin un gran contenido técnico, se han convertido en instrumentos de una campaña muy extendida en favor de un mayor control de la actividad económica por parte del Estado y de los políticos que lo dirigen.

Yago Álvarez Barba: «Pescar el salmón. Bulos, narrativas y poder en la prensa económica». Capitán Swing, 2023

Pescar el salmón forma parte de esta literatura. En esta obra su autor intenta explicar al lector que la prensa económica —la prensa salmón, como a veces es conocida— no tiene como su principal objetivo ofrecer información a sus lectores, sino que es portavoz de las ideas neoliberales e instrumento de propaganda en favor de los intereses de las empresas y los grupos económicos más potentes. Y su idea más importante —casi omnipresente en sus páginas— es que la prensa económica forma parte de esa conjura neoliberal que, en su opinión —y en la de muchas otras personas, ciertamente— domina el mundo para garantizar los beneficios de los poderosos en contra de la gran mayoría de la población. Es interesante señalar que, mientras los socialistas, y los intervencionistas, de izquierdas y de derechas, están convencidos de que viven en un mundo en el que la economía está por completo dominada por los principios del mercado, los liberales, por lo general, piensan todo lo contrario, ya que creen que el consenso dominante es claramente socialdemócrata y que ellos se encuentran casi siempre en una posición minoritaria frente a la opinión pública y a las estrategias de la mayor parte de los gobiernos.

El papel de la prensa económica

Pero, ¿cuál es, en concreto, el papel que desempeña la prensa económica en este contexto? Álvarez Barba lo tiene claro cuando afirma: «Desde entonces (se refiere a la década de 1980) la hegemonía neoliberal ha reinado en la prensa salmón de todo el planeta». Demostrar esta idea y diseñar estrategias para revertir esta situación son los objetivos principales de su libro. Si la prensa económica es un órgano más de la conspiración neoliberal, debemos esperar que aquélla actúe siempre en favor de las empresas y de los ricos; y en contra de los intereses de la gran mayoría de la población. Para asegurar su victoria, los poderosos disponen de numerosos instrumentos, a cuya descripción se dedican muchas páginas del libro: economistas manipulados o directamente a sueldo de los grupos de interés, centros de enseñanza proclives a sus objetivos, asociaciones (think-tanks) de ideología neoliberal; y, desde luego, medios de comunicación que difunden el mensaje mediante periodistas que a veces creen en las ideas neoliberales y, en otras ocasiones, aunque no acepten tales ideas, no se atreven a manifestar opiniones contrarias a ellas y simplemente obedecen a sus empresarios. Para lograr su propósito deben trasmitir su información sesgada —bulos y fake news en muchos casos— de modo que el lector no pueda reaccionar de forma crítica a las mentiras que le cuentan. Así, el lenguaje es, a propósito, oscuro, no porque el tema sea siempre complejo o porque el periodista no escriba bien o no entienda plenamente lo que está diciendo, sino porque se trata de hacer sentir al lector que él no es capaz de comprender unas cuestiones tan difíciles y que debe confiar ciegamente en lo que le cuentan.

Este argumento tiene, sin embargo, un punto débil. Si yo fuera un gran empresario neoliberal, como los que en el libro se presentan, y quisiera engañar a la gente, tratando de convencerla de que lo que a mí particularmente me interesa es lo mejor para el país, intentaría utilizar un lenguaje que resultara atractivo, de modo que los lectores interpretaran las ideas que les transmito como algo positivo. Si lo que se ofrece al lector supuestamente incauto es, en cambio, una terminología abstrusa e incomprensible, puede resultar mucho más difícil lograr tal objetivo.

Presión fiscal y esfuerzo fiscal

La interpretación sesgada que en este libro se hace del uso de determinados conceptos económicos sorprende a cualquier profesional de la economía. En muchos casos el problema no está en que un determinado concepto sea discutible, sino en el supuesto uso torticero que los adversarios —los neoliberales— hacen de él. Veamos un ejemplo de esta visión tan peculiar del uso de los términos económicos. Existen diversas formas de medir el peso que el sector público tiene en una economía. Dos de las que se utilizan más habitualmente son la «presión fiscal» y el «esfuerzo fiscal», términos similares, pero con algunas diferencias importantes. La presión fiscal es un concepto bastante simple que se calcula dividiendo el valor de la recaudación por impuestos por el PIB y elevando tal cifra a términos porcentuales. El esfuerzo fiscal se diferencia de este concepto en que el resultado obtenido se pondera por el nivel de PIB per cápita del país que se toma en consideración. La principal razón para utilizarlo es que, al ser decreciente la utilidad marginal de la renta, la carga fiscal que soporta una persona que tiene que dedicar, por ejemplo, el 30 por ciento de sus ingresos  al pago de impuestos, es mayor cuanto más reducida sea dicha renta. En otras palabras, no es lo mismo —en términos de reducción del nivel de bienestar— quitarle el 30 por ciento de sus ingresos a quien que gana 60.000 euros al año que a quien gana sólo 28.000. Ahora bien, es evidente, por otra parte, que, para un nivel dado de presión, el esfuerzo fiscal es mayor cuanto más bajo es el PIB per cápita de un país. Por ello el esfuerzo fiscal que soporta un contribuyente español es significativamente mayor que el que soporta un contribuyente alemán, aunque la presión fiscal sea algo más baja en España que en Alemania.

Las ventajas e inconvenientes de utilizar la presión o el esfuerzo fiscal para medir la carga fiscal que recae sobre los contribuyentes han sido ampliamente discutidas y pueden encontrarse opiniones muy diversas en la literatura económica. Pero no son ciertamente, los aspectos técnicos del tema los que al autor del libro interesan. Por ello, cuando en sus páginas se discute esta cuestión, lo que se argumenta es que el concepto de esfuerzo fiscal se ha popularizado «desde los sectores liberales y medios a su servicio» para convencer a la gente de que en España se pagan muchos impuestos. Evidentemente podría utilizarse una argumentación similar en sentido contrario y decir que los intervencionistas utilizan el concepto de presión y rechazan el de esfuerzo fiscal porque así pueden defender mejor la idea de que en España se pagan muy pocos impuestos. Pero el postulado que domina en todo momento la argumentación de este libro es que los partidarios de una mayor intervención del estado en la economía actúan siempre de buena fe, siendo, en cambio la conspiración y el engaño características indiscutibles de sus adversarios ideológicos, los neoliberales.  

No solo en economía: uso y abuso de anglicismos

Hay algunas ideas más sólidas, sin duda, en este libro. Por ejemplo, un punto en el que su autor tiene bastante razón es su crítica al excesivo uso de términos en inglés que se utilizan, con frecuencia, en las noticias económicas. No parece necesario, en efecto, emplear en ellas expresiones como intraday trading, outsourcing o commodities, por citar sólo algunas de las palabras mencionadas en el texto. No me cabe duda de que muchos de los términos tienen equivalentes en español perfectamente válidos. Lo que ya no me parece de recibo es considerar que el uso de anglicismos forma parte también de la conspiración para que la gente no sea consciente de lo malas que son las políticas neoliberales, que es lo que el autor afirma. El uso —y a menudo el abuso— del inglés tienen otras razones y están cada vez más extendidos. Cuando voy por la calle observo que, en muchas tiendas de ropa ya no existen las rebajas; ahora hay sales. La moda es fashion y podemos comprar a buen precio en value shops o en outlets. Terminología, sin duda, bastante sorprendente para muchos; y con la peculiaridad de que quienes utilizan en sus negocios estos términos no suelen ser precisamente personas que hablen bien el inglés. Pero parece que es lo que se lleva hoy. ¡Qué le vamos a hacer! Lo que hasta este momento nunca se me había ocurrido es que, tras estas expresiones, estuviera también la conspiración neoliberal que, en este caso, estaría intentado engañar a los clientes para aprovechar de ellos y elevar los beneficios empresariales de forma torticera. Creo que, a partir de ahora, miraré los escaparates de las tiendas de ropa con más prevención.

Combatir la desinformación

¿Cómo hacer frente a estos problemas de falta de conocimientos básicos de economía que se observa en la mayor parte de la población? La propuesta del capítulo final del libro parece sensata: si a la gente le interesa entender la evolución de la economía en su país y en el mundo, debería esforzarse en adquirir alguna formación sobre la materia. Y en esa formación desempeñan un papel relevante no solo los libros de economía, sino también la prensa y, en general, los medios de comunicación. Es la estrategia que ya aconsejaba Keynes hace un siglo a quienes le preguntaban qué deberían hacer para entender los problemas económicos del momento: «Estudie los Principios de Marshall (el manual de economía más relevante en la época) y lea The Times todos los días». Es decir, no basta con estar al corriente de lo que ocurre en el mundo; hay que interpretarlo y entenderlo bien a la luz de la teoría económica. Creo que se trata de una buena recomendación que, adaptada a nuestro tiempo y país, sigue teniendo plena validez. Ninguna objeción, por tanto, a la sugerencia de Álvarez Barba. El problema es que en ese capítulo hay algo más. Piensa el autor que, para que la lucha contra el neoliberalismo sea eficaz, no basta con que el lector entienda mejor los problemas. Además, hay que filtrar la información para evitar que se extiendan los bulos y las noticias falsas que la prensa y muchos economistas difunden continuamente. Y el Estado debe intervenir para evitar que tales noticias se publiquen. Escribe: «Las fake news campan a sus anchas» y «las instituciones públicas no se atreven a regularlas».  Es decir, no es suficiente que el lector sepa un poco más de teoría económica. Se pide directamente la censura previa para «desmontar la desinformación».  Y lo que sea buena información o desinformación sería decidido, naturalmente, por esas «instituciones públicas» a las que el autor apela.

¿Merece la pena dedicar una tarde a la lectura de Pescar el salmón? No es fácil dar una respuesta clara a esta pregunta. Creo que con este libro se ha perdido una buena ocasión para analizar un tema interesante, porque en sus páginas el lector no encontrará un análisis serio y ecuánime de la prensa económica en España, que es lo que deberíamos esperar de una obra como ésta. Si es tal cosa lo que busca, mejor que deje el libro de lado. Pero si lo que quiere aquel que recorra sus páginas es un ensayo que amplíe al campo de la prensa económica la teoría de la conspiración neoliberal y refuerce las convicciones de quienes ya creen en ella, se trata, sin duda, de una obra a recomendar.


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Catedrático Emérito de Economía de la Universidad Complutense de Madrid. Profesor Senior de la UNIR