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De mirada limpia, amplia sonrisa, sorprendentemente tímido… Y con un carácter fuerte, como se suele definir a las personas con un cierto genio. Juan Pablo era así. O más bien, yo le veía así. Y precisamente por ello, porque tenía un carácter fuerte, me sorprendía su pelea diaria, minuto a minuto, por ahogar sus primeros impulsos y esmerar al máximo su trato con los demás.

Juan Pablo era un peleón infatigable, tenaz. En primer lugar, insisto, consigo mismo, porque se conocía lo suficiente como para plantearse metas de mejora personal día a día, con esa visión sobrenatural que poseía como consecuencia de su libre y responsable correspondencia a su condición de católico practicante. Un día, por ejemplo, me comentó a los postres de un almuerzo de trabajo —con medias palabras, porque no era amigo de hablar habitualmente de estas cuestiones— que había decidido dejar de tomar café. No es que hubiera recibido algún consejo médico al respecto, sino simplemente que deseaba evitar cualquier tipo de dependencia. Y había decidido también dejar de depender del café.

Era un peleón infatigable y tenaz, sí. Y prueba de ello es su propio currículum personal y profesional. Primero como estudiante; después, como profesional de la comunicación —fue un periodista de raza, como se suele decir—; y en tercer lugar, por aquello de seguir un orden cronológico, como empresario editor.

Es cierto que tenía visión de futuro. Evidentemente. Pero más importante, a mi juicio, era su compromiso diario con los proyectos planteados y su altura de miras. Sabía sentarse en la mesa de un consejo y compartir sus proyectos empresariales con otras personas. Y disfrutaba haciendo el periódico cada tarde, en medio de la redacción, sin evitar un intenso debate sobre cómo debía valorarse cada noticia y en qué términos la podía entender mejor el lector.

Y llegados a este punto, no quisiera dejar de apuntar una cuestión más. Era arrollador en la exposición de sus argumentos. Con numerosos recursos y una vasta formación cultural. No en vano se definía a sí mismo como un gran devorador de libros. Y al tiempo, un gran intelectual liberal, capaz de defender con pasión su puntos de vista y de escuchar con la misma atención las opiniones de los demás.

Desde este punto de vista se puede entender mejor que, siendo un católico practicante por los cuatro costados, fiel hijo de la Iglesia como numerario de la Prelatura del Opus Dei, evitó en todo momento impulsar proyectos periodísticos confesionales. Porque sabía muy bien que un católico no puede ni debe hacerse portavoz de opiniones sometidas al debate cotidiano como si fuesen las de la Iglesia católica, cuyas verdades trascienden la coyuntura de cada época.

Su talante liberal le llevó a respetar siempre las opiniones de los demás, a las que sumaba también las suyas propias. Y buscó siempre la verdad en medio de ellas. Aunque jamás cedió en el debate de las verdades objetivas, como son la libertad de las personas y la defensa de la vida. Dos de los pilares básicos que se dibujan claramente en todos y cada uno de los proyectos con los que se identificó a lo largo de su dilatada vida profesional.

Lamentablemente, los párrafos anteriores no son más que una pobre y sobria aproximación a la verdadera y rica personalidad humana e intelectual de Juan Pablo de Villanueva, periodista y editor. Así lo habrán entendido quienes hayan compartido algunos años de su vida con él. Y por ello, quizá, entenderán también que el teclado del ordenador se haya negado a dar forma a esos impulsos del corazón que fluyen sin remedio, y con cierto desorden, cuando se evoca el recuerdo cariñoso de un compañero y amigo leal.


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