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Jorge Valdés Díaz-Vélez
La Puerta Giratoria
Joaquín Mortiz, México, 1998,
100 págs.

Tres años largos de misión diplomática y cultural en España, queriendo hacer realidad lo que en las relaciones internacionales se llama «normalización», han dado espléndidos frutos: Jorge Valdés, último consejero de Cultura de la Embajada de México, ha enhebrado y puesto en movimiento las agujas que tejen de nuevo la sólida tela común de la lengua entre escritores mexicanos y españoles. Y en el aspecto literario, quienes lo conocimos y tratamos en Madrid, tuvimos el raro privilegio de ver crecer día a día su último libro, La puerta giratoria, que acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía «Aguascalientes» 1998, convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes mexicano.

Desde su primer libro, Aguas Territoriales (Molinos de Viento, Universidad Autónoma Metropolitana, 1998), Valdés Díaz-Vélez, fiel a la tradicional llamada telúrica de su país, hizo ya acopio de materia primordial a su alcance, formada por oscuros líquidos del subsuelo, larvas, lagos fosforescentes, sangre, arcilla, óxidos y máscaras, ángeles húmedos, llanto frío, inmensidad, desiertos, cenizas, guerrilla, vientre, amor, espejo. Por ejemplo. Como todo poeta joven, mas ya con gran maestría.

Un día se alejó de los espejos de la tradición, y de verse reflejado de cuerpo entero, pasó a detallar lo más cierto y certero de sí mismo. De la revolución de las brasas, pasó a la certeza del fuego sereno que aborda la forja de la madurez en la vida de un poeta: Cuerpo Cierto (Ediciones El Tucán de Virginia, México D.F., 1995) o más bien,

Flama líquida
por los pastizales del pensamiento,
sublevaciones del polvo
entre sílabas
de un salmo
apuran signos.

El poeta, que ya sabía de dónde llega el verbo, nacido al tiempo que el polvo hecho barro, aborda ahora la proclama de la contradicción suprema: «Hacer y deshacer/ la ceremonia del cántico y del duelo». O bien «Este volver oficio los exilios/ de la luz en la sombra».

Siendo su oficio el de diplomático, Valdés pasó a lo largo de sus dos primeros libros por Cuba y Buenos Aires, para recalar al fin en Madrid, donde escribió este libro. Entre nosotros, el poeta diplomático -en la más noble tradición de los Saint-John Perse, Gorostiza o Neruda—, ha vivido y leído «vorazmente», como quería Rimbaud, o llevado su escritura «al extremo», como hubiese preferido D’Annunzio, «para perderlo o ganarlo todo». El resultado en forma de libro es éste, que ha recibido el premio más importante de las letras mexicanas.

Por un lado, contiene una de las vetas más ricas de Valdés, espiritualista y -diría yo- fiel y sorprendentemente juanrramoniana en su tratamiento de la transparencia de la palabra, para mostrar lo más hondo de la idea. Por otro, el barroco magmático de «so el volcán», lo más racial, en la última y espléndida parte del libro, «Axtiaule», un verdadero milagro, a la par que lúcido manifiesto poético:

Escribo contra el tiempo
con esta posesión
que llamaron silencio
los antiguos. (…)

Tampoco ha sido ajeno el buen poeta, en su estancia madrileña, a las últimas luces de la mal llamada corriente experiencial, o literalismo anecdotista, y deja constancia de ello en algunos poemas tiernamente irónicos, que recuerdan esa tendencia.

En ambas laderas, Jorge Valdés plantó con éxito su huerto o su taller. Y nosotros nos hemos enriquecido con su trato: de su paciente lectura de nuestros textos, de sus consejos, su entusiasmo afectuoso y su hondo conocimiento de las «aguas territoriales» del ser humano, de la exquisita factura de sus versos, de la nada fácil naturalidad de sus obediencias rítmicas. De su calidad de gran poeta nacido de la luz ambigua y siempre gloriosamente oscura del conocimiento.


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