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En nuestro siglo, la valoración y el concepto que se tenía de la ciencia han sufrido una importante transformación. Los progresistas del siglo xix llegaron a pensar, en un alarde de optimismo, que la ciencia acabaría con todos los males que padecía y había padecido la Humanidad, que de alguna manera podría traer la felicidad a la pobre y doliente Humanidad. Esta idea se ha desvanecido. Después de las explosiones atómicas y de las posibilidades de las guerras química y bacteriológica, nadie se atrevería a sostener aquel optimismo que, por lo menos, se nos antoja ingenuo. Pero lo que nadie negaba era la honradez intelectual de los científicos. Estos aparecían como auténticos apóstoles de la verdad, de una verdad solo alcanzable por la aplicación del método científico, es decir, por la conjunción de la observación experimental, debidamente contrastada, y por el pensamiento racional y, cuando fuera posible, elaborado de una forma matemática.

En este siglo, los estudios sobre historia de la ciencia han aumentado en calidad y en cantidad. La historia de la ciencia se ha consolidado como una auténtica disciplina, gracias al rigor y al método de sus cultivadores. Y la idea de que los científicos han buscado, y buscan en la actualidad, la verdad y nada más que la verdad, se ha desvanecido. Los científicos son como los demás hombres. Se mueven, en multitud de ocasiones, por egoísmos, por intereses y por prejuicios. La idea del científico encerrado en su torre de marfil, anhelando encontrar la verdad, ha desaparecido. Y, además, esto ha sucedido siempre. Lo mismo entre las grandes figuras, que entre las medianas y las pequeñas. Igual que ha pasado en todas las épocas, ha sucedido en todos los países.

Los ejemplos son innumerables. Algunos de los que menciona Di Trocchio resultan particularmente escandalosos. Además, se han producido en las ciencias duras. Incluso, en la Física, considerada como el paradigma de la verdad y la racionalidad. Los experimentos fundamentales «con los que Galileo hizo callar a los científicos aristotélicos, y que en el colegio nos señalaron como los ejemplos más perfectos del método experimental, no se realizaron jamás». Los conocidos experimentos del barco y de las piedras lanzadas desde la torre de Pisa se encuentran hoy muy cuestionados. El primero es nada menos que la base del llamado principio de relatividad de Galileo (es decir, los fenómenos físicos se producen idénticamente, tanto si se desarrollan en tierra firme como si lo hacen en un barco en movimiento, con la condición de que éste se mueva según una trayectoria rectilínea y uniforme). Parece completamente seguro que Galileo no realizó jamás ese experimento. También es dudoso que Galileo lanzara las conocidas piedras desde lo alto de la torre de Pisa para comprobar que, pese a su distinto peso, llegaban al suelo con la misma velocidad.

Si pasamos a los tiempos modernos, los ejemplos se multiplican. Pero las motivaciones de estos últimos fraudes son distintas. Mientras que en tiempos pasados se trataba, sencillamente, de satisfacer la vanidad humana, en nuestra época se mueven poderosos intereses económicos. Desde la Segunda Guerra Mundial, la investigación científica y tecnológica se ha convertido en una forma de poder. Este se mide con tres factores: el ejército, la economía y el desarrollo tecnológico. Ahora se trata de conseguir dinero para financiar investigaciones, proyectos e instituciones, o por el mero afán de lucro, gracias al cobro de patentes. Y el fraude científico se ha hecho habitual. Hasta el extremo de que el gobierno de los Estados Unidos nombró, en 1981, una comisión encargada de investigar los engaños y falsificaciones que se cometían en el área de la investigación biomédica. Más tarde, en 1990, comenzó a funcionar una comisión de Ciencia, Espacio y Tecnología encargada de llevar a cabo investigaciones en posibles casos de fraude y de vigilar el comportamiento de los científicos norteamericanos.

Resumiendo: podemos afirmar que, cuando en una actividad humana entran el poder y el dinero, o ambos factores a la vez, esa actividad tiende a corromperse. Porque así es, y así ha sido siempre la condición humana, en la que están incluidos todos los hombres: los científicos y los que no lo son.


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Alberto Miguel Arruti (1932-2011) licenciado en Ciencias Físicas, periodista y escritor; trabajó muchos años en RTVE, donde llegó a ser Director de los Servicios Informativos de TVE y RNE. También fue miembro de la Junta Directiva de la Asociación Española de Comunicación Científica. Impartió docencia en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, así como en las Universidades Europea de Madrid, CEU San Pablo y Universidad Internacional de Andalucía.