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La República Argentina no es menos misteriosa para mí que mi propia vida o que el universo. Hacer comprender a los otros lo que uno mismo no comprende es muy arduo o, mejor dicho, es imposible. Ensayaré una breve reseña de carácter histórico.

La conquista no ofrece mayores dificultades. Como ha señalado Macaulay, fue un triunfo de la técnica. Si de un lado hay lanzas y del otro hay armas de fuego y caballos, el resultado es previsible y fatal. La llanura, que los hombres de letras llaman la Pampa, estaba casi despoblada. La recorrían pobres tribus de nómadas. A los territorios del Norte ya había llegado el vasto imperio incásico, que dejó algún pucará a los arqueólogos. Lo más interesante de aquel período fue la teocracia comunista que la Compañía de Jesús fundó en las misiones y que estudiarían mucho después Lugones y Groussac.

A la dura Guerra de la Independencia siguieron duros decenios de anarquía. Las dictaduras militares han constituido una de las malas costumbres de nuestro continente. Básteme recordar los apodos terroríficos y locales del Protector de los Pueblos Libres, del Supremo, del Supremo Entrerriano, del Patriarca de la Federación, del Tigre de los Llanos, del Restaurador de las Leyes, del Gran Ciudadano y, más cercanos en el tiempo, del Primer Trabajador y del Hada Rubia.

Dada la ausencia de metales preciosos y codiciables, el Virreinato del Río de la Plata fue acaso el más modesto de todos; a fines del siglo diecinueve y a principios del veinte, la República Argentina fue fácilmente la primera de la América del Sur. Hay personas en Lima o en Bogotá que piensan en la calle Corrientes o en el Abasto como nosotros, antes, pensábamos en el Barrio Latino o en la Isla de San Luis. Tratemos de ser dignos de esa dilatada nostalgia.

El azar o el destino (ambas palabras son acaso sinónimas) nos depararon grandes beneficios. Un territorio generoso y diverso, extensos ríos navegables, un clima casi nunca impiadoso, una incesante inmigración extranjera, una buena tradición cultural, el hábito de las letras y de las artes, la vasta sombra de Sarmiento, son mercedes que debemos agradecer. He hablado de las letras. Quizá no huelgue recordar que la más renovadora de las escuelas de la literatura castellana, el modernismo, surge en esta ribera del Atlántico y que una de sus capitales fue Buenos Aires. Surge a la gran sombra de Hugo, de Verlaine y de Edgar Alian Poe; contra toda geografía, estábamos más cerca de Francia que los españoles.

A diferencia de otras repúblicas, donde solo hay ricos y pobres hay, o hubo, en la nuestra, una abundante clase media, que es la que define un país. N o hay problemas o pseudoproblemas raciales. La Conquista del Desierto, lo que se llama en los Estados Unidos the winning of the West, tuvo fin hacia 1880. Durante la primera década de este siglo, los negros eran cosa frecuente en Buenos Aires. Curiosamente se creían indígenas; nadie los consideraba extranjeros y no sabían que eran de raíz africana. Usaban los nombres de sus antiguos amos; se llamaban Lezica, Paz o Acevedo. Pese a los públicos lamentos de cierto adinerado profesional, de cuyo nombre no quiero acordarme, los judíos constituyen aquí una comunidad respetada y próspera. Contamos con más de cien mil japoneses, que por lo general se dedican al arte de teñir y a la horticultura, oficios del color y de la forma. En mi barrio abundan los árabes y también los armenios. La mitad de la población del país procede de Italia; la otra de España, de Francia, de Inglaterra o de otras naciones de Europa.

Venturosamente nos falta el color local. Los gauchos, que no dieron a la historia un solo caudillo, pueden buscarse ahora en el Brasil, donde, según me han dicho, ralean. El tango, ese reptil de lupanar, como lo apodó Leopoldo Lugones, no interesa hoy a los jóvenes, que prefieren ser aturdidos por el rock argentino. El “lunfardo” no es otra cosa que una pequeña pieza de museo, cara a sus académicos. Los folkloristas no han logrado que la gente del pueblo conozca al lobizón o al tigre capiango. El color local es el nombre que damos a la mínima diferencia que separa a una región o a una época de otra. Ignoramos aún el color local de 1984.

¿A qué rememorar horrores recientes? Hemos padecido una dictadura afin a la de Rosas, varios gobiernos complacientes o cómplices, el terrorismo público de las bombas, el terrorismo clandestino de los secuestros, de las torturas y de las ejecuciones, y la más misteriosa de las guerras, ya que no la más larga.

A partir de cierto domingo de octubre de 1983, tenemos algún derecho a la esperanza. La resurrección será lenta, pero será. La patria exige de cada uno de nosotros un obstinado y firme acto de fe. •


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